Dani Rovira

Muchos apellidos

Una de las escenas del filme 'Ocho apellidos catalanes', de Emilio Martínez-Lázaro. / UNIVERSAL

Una de las escenas del filme ‘Ocho apellidos catalanes’, de Emilio Martínez-Lázaro. / UNIVERSAL

El parné siempre manda en esto del cine, y si una película tiene éxito, es decir, arrasa en taquilla, pues entonces se estira el chicle todo lo que se pueda. Ocho apellidos vascos (2014), la película con mayor recaudación de la historia de la cinematografía patria, no iba a ser menos, y su continuación era ya un hecho casi a las pocas semanas de estrenarse. La temática de la segunda parte de la franquicia liderada por ese artesano llamado Emilio Martínez-Lázaro estaba clara, más que nada porque la rabiosa actualidad también lo ponía a huevo, que diría un castizo: ya saben, el desafío soberanista de Cataluña y bla, bla, bla. Ocho apellidos catalanes sigue la misma línea de su antecesora, que tan buenos resultados -de público- dio, explotando similares clichés y estereotipos regionales, si bien incluso superando a la primera en su panoplia de chistes fáciles. Martínez-Lázaro y los guionistas Borja Cobeaga y Diego San José no logran sorprender -empresa que se antojaba difícil, dicho sea de paso- ni siquiera con el nuevo y atractivo “escenario catalán” (donde se traslada la trama tras romper su noviazgo la pareja protagonista, Amaia-Clara Lago y Rafa-Dani Rovira), y fracasan en el empeño de sacar el suficiente partido, más allá de alguna que otra risotada, a un contexto que no se escapa al humor en todas sus vertientes y manifestaciones -sobre todo, el surrealista-. Sin duda, lo mejor del filme, al igual que ocurrió en la cinta inaugural de esta particular saga, son los actores mal llamados secundarios, especialmente Karra Elejalde y Carmen Machi, a los que se ha sumado la extraordinaria Rosa María Sardá -no así Berto Romero, que desentona un poco en su papel de novio pijo y hipster-. En cualquier caso, lo positivo de cintas como las mentadas deviene en su aportación para continuar horadando el filón -muy virgen aún en este cainita país- de poder reirnos de nosotros mismos, de nuestras diferencias pero también de nuestras similitudes. Ahí radica el mérito de este producto orquestado por Martínez-Lázaro, que al parecer por cómo se ventila su final no se va a convertir en trilogía, aunque nunca se sabe. Como dije al principio, el parné siempre manda…

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Tirando de Rovira

Dani Rovira y María Valverde son los protagonistas de 'Ahora o nunca'. / ANTENA3.COM

Dani Rovira y María Valverde son los protagonistas de ‘Ahora o nunca’.                                       / ANTENA3.COM

Si algo funciona, hay que tirar de ello. Y eso es lo que ha hecho la directora María Ripoll con Dani Rovira en Ahora o nunca, principal reclamo y baza de esta cinta. El monologuista malagueño, reconvertido en actor desde su irrupción en la maxitaquillera Ocho apellidos vascos (2014, Emilio Martínez-Lázaro), se ha convertido en el Hugh Grant patrio (aunque menos balbuceante que el británico), y en punta de lanza de la comedia romántica nacional. Tanto es así que en Ahora o nunca, otra película española que pulula de nuevo por el mundo de los enlaces matrimoniales, tras La gran familia española (2013, Daniel Sánchez Arévalo) y 3 bodas de más (2013, Javier Ruiz Caldera), Rovira acapara las escenas más hilarantes, en un filme un tanto irregular, con gags con escasa enjundia, y en un guión sin brillantez y previsible, con algunos diálogos trufados de clichés y lugares comunes y que encima no saca el partido adecuado a secundarios tan suculentos como Yolanda Ramos y Jordi Sánchez. Si en Ocho apellidos vascos -vista aquí como faro del camino del éxito- se escudriñaba las diferencias regionales en la piel de toro, en esta película se transita de una manera un tanto simple por las desemejanzas entre países (Gran Bretaña, Holanda) , si bien exacerbando la España cañí (ese ruidoso grupo capitaneado por la ya talludita Melody -sí, la del baile del gorila- que va en guagua caminito de la campiña inglesa). A Rovira lo acompañan en su devenir por Ahora o nunca las cumplidoras María Valverde y Clara Lago, bastantes duchas en estas lides, y poco más. La cinta de María Ripoll -directora, entre otras, de Lluvia en los zapatos (1998), Tortilla Soup (2001), Utopía (2003) y Rastros de sándalo (2014)- viene a confirmar la estrella fulgurante de este cómico en su segunda aparición en la gran pantalla como protagonista, al que le esperan muchos proyectos semejantes y que a pesar de que corra el peligro de encasillamiento, vista su enorme capacidad de adaptabilidad, no nos extrañe que depare más sorpresas con otros registros interpretivos.

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De prometedora a fundido en negro

De los norteamericanos, estúpido, de los norteamericanos… Igual aprendemos alguna vez cómo estos tipos del otro lado del charco logran hacer un espectáculo de cuatro o cinco horas sin que la gente no se desespere o se tire de un precipicio. Y eso que la pasada gala de los Goya comenzó de manera contundente, con ese recordatorio exultante y laudatorio del cine patrio y con ese popurrí ad hoc en el escenario, incluido el Resistiré del Dúo Dinámico -ahí es nada-, que para eso 2014 fue como fue, con récord de taquilla, de público y demás. Sin embargo, la gran fiesta de la cinematografía española, que prometía, y mucho, se apagó lentamente como un fundido a negro y nos sumergió poco a poco en el tedio más absoluto, solo salvado, justo es reconocerlo, por el buen hacer de Dani Rovira, que con sus horas de vuelo de monologuista empedernido consiguió mantener las espadas en alto. Un espectáculo en el que se supone que hay que echar el resto, y más con los guarismos que ha tenido el cine español esta temporada, debe contar con una escaleta adecuada, y no un show con algunos números impostados y sin sentido, como la actuación por partida doble de Miguel Poveda al final de la gala -aún estoy alucinando-. Por lo demás,  todo en mayor o menor medida dentro del guión previsto: los interminables agradecimientos de los galardonados -igual sería bueno volver al micrófono “sube y baja”; la charla complaciente y poco reivindicativa de Enrique González Macho, a quien Dios no lo llamó precisamente por el recto camino de la oratoria; y una quiniela de premios sin ningún sobresalto especial. Quizás la sorpresa la constituyó el propio ministro Wert, que se fue de rositas en su retorno al ruedo de los actores, a excepción de la pulla que le deslizó Almodóvar. La emoción la puso Antonio Banderas en su discurso de agradecimiento por el Goya de Honor, con su frase para la posteridad: “Hoy comienza la segunda parte del partido de mi vida”. En fin, que para galas cinematográficas o bien se recurre a la sencillez y la concisión, como la de los Premios Feroz, o si se quiere poner uno estupendo o exquisito, se “copia” de los mejores en esto. Lo dicho, de los norteamericano, estúpido, de los norteamericanos…

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Fino y chacolí

Hace pocos años llegaban a las pantallas españolas las exitosas Bienvenidos al Norte (2008) y Bienvenidos al Sur (2011) -filme francés e italiano, respectivamente-, que ahondaban en clave de humor desenfadado y sin complejos en las diferencias socioculturales e incluso económicas entre territorios, comunidades, regiones, autonomías o como diablos quieran ustedes llamarlas. Un extenso campo, por cierto, poco cultivado por estos lares de Dios, donde cuesta bastante dejar de mirarse el ombligo y reírse de uno mismo y de las comunes cuchipandas, costumbres, neuras, miedos y miserias, a no ser por honrosas excepciones, como en su momento hicieron los propios vascos con el hilarante programa televisivo Vaya semanita. Emilio Martínez-Lázaro (Los dos lados de la cama, El otro lado de la cama, Las 13 rosas, Los peores años de nuestra vida), un verdadero artesano de nuestro cine, ha querido paliar en parte este déficit patrio de comicidad catártica e interregional pergeñando algo parecido a las mentadas cintas en Ocho apellidos vascos. Para ello, Martínez-Lázaro utiliza el envoltorio de la comedia romántica de enredo, protagonizada en el caso que nos ocupa por el monologuista Dani Rovira -en su primera experiencia delante de las cámaras de cine- y por Clara Lago, ambos -uno de las tierras de la manzanilla, el fino y el rebujito, y otra de las del chacolí y el calimocho – ennoviados por las circunstancias en un caserío costero de Euskadi. A pesar de expeler una constante batería de chascarrillos y tópicos sobre vascos y andaluces -más de los primeros que de los segundos-, la cinta coguionizada por Borja Coebaga se deja ver, si bien se desaprovecha la ocasión para sacar una mayor tajada humorística. Ocho apellidos vascos resulta un producto ligero, con gracia -sin alcanzar lo desternillante-, que te deja con la insana sensación de que podía haber dado más de sí, y en el que al menos destacan, en el apartado interpretativo, los siempre solventes Carmen Machi y Karra Elejalde. De todas formas, la película de Martínez-Lazaro tiene visos de erigirse en avanzadilla para que proliferen comedias de este cariz, que profundicen sin ningún rubor en nuestro amplio, rico y pintoresco universo local. Material e historias no van a faltar.

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