drama

La sonrisa inquietante

oaquin Phoenix es el protagonista de 'Joker'. / WARNER BROS

Joaquin Phoenix es el protagonista de ‘Joker’. / WARNER BROS

La sonrisa más inquietante y perturbadora del mundo de los cómics ya tiene su propio espacio en el universo cinematográfico. Un personaje tan poliédrico y con tantas aristas y vericuetos como el Joker resulta sumamente atractivo para otorgarle el protagonismo que se merece y librarlo así de la alargada sombra de Batman. Todo un filón interpretativo, como se pudo comprobar en el excelso trabajo del malogrado Heath Ledger en la genial El caballero oscuro (2008), de Christopher Nolan, que le hizo acreedor -a título póstumo- del Óscar a mejor actor de reparto, un camino que parece que va a enfilar con enormes perspectivas de éxito Joaquin Phoenix. De vivaz querencia a la introspección y al histrionismo, lo cierto es que un desatado Phoenix echa el resto en articular física y psicológicamente a Arthur Fleck/Joker, un hombre maduro con problemas mentales que fracasa en su intento de triunfar como humorista y que vive de manera precaria junto a su madre. Pero más allá de la inconmensurable labor actoral de Phoenix en el papel del villano más reconocible de Gotham, Joker destaca por marcar distancias con las películas de superhéroes para poner el foco e insuflar dramatismo y altas dosis de critica social en torno a la sombría y ambigua figura del antihéroe, aunque paradójicamente Todd Philips, el director del filme -conocido por Resacón en Las Vegas y sus secuelas-, no duda en recurrir a la esencia de los primeros cómics, en los que pululaban por doquier personajes atormentados e inadaptados. Joker deviene en una película que no deja indiferente a nadie. Lo único que me temo es que cree tendencia en la industria y veamos de ahora en adelante una ristra de cintas hagiográficas sobre los malos más célebres del género. Al tiempo…

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Liberadora senectud

El incombustible Clint Eastwood dirige y protagoniza 'Mula'. WARNER BROS.

El incombustible Clint Eastwood dirige y protagoniza ‘Mula’. WARNER BROS.

Da igual el resultado final del filme, que un tipo como Clint Eastwood siga haciendo pelis a su edad, 89 años, ya es todo un triunfo, y si, además, conserva intacta esa pericia de un artesano que conoce muy bien su oficio, heredada de ilustres mentores como Sergio Leone y Don Siegel, y que ha alcanzado la sublimidad cinematográfica en no pocas ocasiones, pues qué decir entonces. Antes de entrar en faena, y por proximidad en el tiempo, resulta prácticamente imposible para los asiduos a la cartelera comparar Mula, la nueva cinta dirigida y protagonizada por el exalcalde de Carmel, con The old man and the gun, de su ilustre colega de generación Robert Redford. Ambos interpretan a dos caraduras entrañables en el otoño de su vida, que siempre hicieron lo que les venía en gana, si bien, a diferencia del personaje interpretado por Redford, un inadaptado y crepuscular atracador de bancos, obsesionado hasta el paroxismo con ellos, el de Eastwood, Earl Stone, recurre, acuciado por las deudas, tras una vida alegre y despreocupada que lo ha llevado a dejar de lado a su familia, al dinero fácil que supone trabajar de transportista para un narcotraficante. Inspirado en un artículo de The New York Times sobre la historia de un nonagenario amante de las flores que ejerce de mula, Eastwood despliega aquí todo su arsenal narrativo, sin alharacas estéticas ni virtuosismos técnicos, que nos recuerda al Gran Torino y a su Walt Kowalski -como Earl Stone, también veterano de la Guerra de Corea-. El director californiano reflexiona en Mula acerca de la redención y la capacidad de reconocer los errores como efecto liberador, algo que el pragmatismo de la senectud no rebaja ni un ápice, al menos en la piel de este Eastwood inspirador que le confiere su personal toque a una cinta que sería otra cosa sin su presencia.

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La balada de Robert Redford

Robert Redford interpreta al octogenario atracador en 'The old man and the gun'. / FOX

El mítico actor californiano Robert Redford interpreta al octogenario atracador Forrest Tucker en ‘The old man and the gun’. / FOX

Nada mejor que una despedida por todo lo alto cuando de cine se trata. No sabemos si Robert Redford, que ha transitado por la gran pantalla durante seis décadas, pondrá punto final a su extensa y prolífica carrera cinematográfica o seguirá los pasos de ese incombustible coetáneo suyo, aunque seis años mayor que él, llamado Clint Eastwood, quien enfilando los 90 aún le sobra gasolina -en marzo se estrena en España su última película, La mula-. Si realmente cumple con lo dicho y publicitado, el actor y director californiano se despide a la postre con un más que notable epílogo: The old man and the gun (en la lengua de Cervantes y Quevedo, Un viejo con una pistola). Esta sencilla historia sobre un crepuscular atracador al que nada le gusta más que desplumar bancos y fugarse de prisión, basada en las andanzas reales de Forrest Tucker, deviene también en un claro guiño, en forma de metáfora, a la trayectoria de Redford. Si a uno, a Tucker, le pirraba -porque ya falleció- esto de robar casi compulsivamente a entidades financieras, eso sí, con clase y pulcra educación, al otro, Redford, con no menos clase, faltaría más, le encanta ponerse delante y detrás de la cámara, en una clara declaración de principios: los del amor a su oficio de cineasta. Con tono pausado y aire melancólico, no exento de humor e incluso fina ironía, el filme, dirigido por David Lowery Peter y el dragón (2016), Una historia de fantasmas (2017)- despliega un encantador halo otoñal, con un reposado e inconmensurable Redford y una soberbia partenaire, Sissy Spacek. The old man and the gun rezuma nostalgia por doquier y resulta un excelente broche de oro para un tipo que ha protagonizado o dirigido cintas de la categoría de Dos hombres y un destino, El golpe, El gran Gatsby, Todos los hombres del presidente, Gente corriente, Memorias de África, Quiz Show. El dilema… Ahí es nada.

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Mitomanía sin complejos

Fotograma del filme 'Bohemian Rhapsody'. / FOX

Fotograma del filme ‘Bohemian Rhapsody’. / FOX

Cine y rock and roll, qué gran y bendita mezcla cuando se agitan bien… La mayor virtud de Bohemian Rhapsody, la historia de Queen para la gran pantalla, película que toma el nombre del legendario sencillo de esta no menos legendaria banda británica, es que te lleva inevitablemente en volandas por sus dos horas y cuarto de metraje y música. ¡Cómo no dejarse camelar y embelesar por un viaje a través de buena parte de tu propia memoria sonora y la de varias generaciones! Bohemian Rhapsody deviene en un hábil y eficaz ejercicio de mitomanía al servicio del puro espectáculo, abanderado por la convincente interpretación de Rami Malek -al que recordamos como protagonista de la serie estadounidense Mr. Robot-, trayendo de vuelta de donde quiera que esté a esa personalidad arrolladora llamada Freddie Mercury, a quien mimetiza sin renunciar a su propio sello y que supone uno de los principales activos de una cinta que se desarrolla a un ritmo ligero y fluido, no en vano su director primigenio, Bryan Singer -fue despedido a pocas semanas de finalizar el rodaje por el estudio en cuestión, la Fox, y sustituido por Dexter Fletcher-, es un consumado especialista en acción que aporta frescura y agilidad a este biopic grupal. Un producto cuasi hagiográfico que muestras sus cartas abiertamente y sin ningún tipo de complejos. Sin embargo, a pesar de atraparte desde el primer momento con estos artificios, resulta del todo injusto no subrayar que también es un filme edulcorado y políticamente correcto, a ratos superficial, que no profundiza por determinadas situaciones del devenir de Queen y de Mercury o pasa de soslayo por otras, cuando no las minimiza, las engrandece o las obvia, sin que la carga dramática sostenga momentos álgidos, aunque sí emocionales. Que la realidad no te estropee un buen titular, reza un antiguo aserto de la canallesca; aquí sería que la fidelidad a los hechos -incluso cronológica- no rebaje o desluzca la brillantez del conjunto. Las licencias narrativas y cierta laxitud suelen ser el precio que hay pagar para glorificar los mitos.

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Mística lunar

El actor Ryan Gosling interpreta a Neil Armstrong en 'First man', la nueva película de Damien Chazelle. / EP

El actor Ryan Gosling interpreta a Neil Armstrong en ‘First man’, la nueva película de Damien Chazelle. / EP

Toda épica atesora su mística, o dicho de una manera más prosaica, las grandes gestas esconden las dudas, los miedos, las esperanzas o los demonios interiores de quienes las protagonizan. First man, la primera incursión espacial de Damien Chazelle tras sus celebradas Whiplash y La La Land, ambas con la música como denominador común, transita de lleno esta senda, digamos intimista, para contar la intrahistoria de Neil Armstrong, el astronauta finalmente designado por la NASA para que fuera el primer ser humano en pisar la Luna. Chazelle no hace un biopic al uso, pero su personalísima propuesta, en la que dominan los aspectos introspectivos, carece de la emoción necesaria, de la sublimidad que requiere narrar la consecución de un hito más que histórico, y por ahí se rebajan con creces sus prestaciones y pretensiones finales. La cinta, por la propia filosofía que impregna el director, recuerda en demasía al Terrence Malick de El árbol de la vida o al de El Nuevo Mundo, no por la carga poética y fuerza de las imágenes, sino por sus momentos de querencia reflexiva, centrados en sus dos actores principales, Ryan Gosling y Claire Foy, en los papeles de Armstrong y su esposa, aunque aquí estos instantes se despliegan en un contexto menos apropiado. Desde esta perspectiva, la apuesta de Chazelle es clara y sin ambages, y para ello incluso no duda en pasar de puntillas a la hora de reflejar otras consideraciones de calado, como la situación geopolítica que posibilita la carrera espacial entre estadounidenses y soviéticos (en plena Guerra Fría) y, por ende, su gran objetivo: alcanzar el satélite natural de la Tierra, o el propio proceso de selección y entrenamiento de astronautas, en el que no incide lo suficiente. Desde luego, First man no es Elegidos para la gloria (Philip Kaufman, 1983) ni pretende serlo, pero se echa de menos ese toque de epopeya que, sin caer en el ombliguismo de bandera a la que son tan dados este tipo de filmes, insufle más gasolina a una película correcta que solo remonta en su epílogo y juega peligrosamente en la frontera del tedio.

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Follón sobre el hielo

Fotograma de 'Yo, Tonya', 'biopic' sobre la patinadora artística Tonya Harding. / NEON

La actriz Margot Robbie protagoniza el original ‘biopic’ sobre la patinadora artística estadounidense Tonya Harding. / NEON

Muchas veces recurrir al humor es la forma más despiadada de contar un drama. Yo, Tonya es el  atrevido, mordaz y desenfadado biopic sobre Tonya Harding, aquella patinadora artística -los más talluditos la recordarán- que allá por los años 90 de la pasada centuria se vio envuelta en una polémica mediática en Estados Unidos tras la agresión sufrida por su compañera y rival, Nancy Kerrigan, quien fue golpeada en sus rodillas por un sujeto contratado por el marido de Harding con ánimo de lesionarla gravemente, semanas antes de los Juegos Olímpicos de Invierno de Lillehammer (Noruega). Narrada con ribetes de falso documental (lo que los americanos llaman mockumentary), esta comedia negra, que recuerda por momentos a las enrevesadas historias de los Coen, con la pequeña gran salvedad de que aquí se trata de un caso real, se pasea por la vida de la tosca Harding, desde su niñez hasta el conocido escándalo deportivo y sus posteriores consecuencias, en una original puesta en escena dirigida por el australiano Craig Gillespie, con guion de Steven Rogers. La ironía y la sátira capitanean un filme que resulta en su quintaesencia una pura tragedia, la de una joven deportista, alentada, primero, por una madre egoísta y sin escrúpulos, y luego, bajo la égida de un inseguro y zafio marido, en su afán por intentar ser la mejor en una disciplina en la que a pesar de sus logros nunca se consolidó en lo más alto. Gillespie nos ofrece un fresco aparentemente inocuo, en el que no juzga los comportamientos de los protagonistas, que dan su versión libremente ante la cámara, y que aunque parezca que los suaviza con recursos satíricos y canallas, son, en definitiva, un mero envoltorio que sirve para esconder una realidad de sinsabores y desencuentros. Otra vez en esta temporada cinematográfica volvemos a mirar a la América más profunda, donde campan la incultura y los bajos instintos, esa que posiblemente llenó de votos la buchaca de Trump y que nos demuestra que hacía tiempo que estaba larvada, a punto de que alguien rascara un poquito para aflorar con fuerza. Harding, interpretada por una soberbia Robbie Williams, deviene más en víctima que verdugo, con la que llegamos a empatizar. Lo de menos es desentrañar qué ocurrió: si ella estaba realmente enterada de toda la estrambótica trama articulada por su esposo y su incalificable amigo guardaespaldas para lesionar a Kerrigan; lo de más es poner sobre la mesa desigualdades sociales, malos tratos y unos medios amarillistas que actuaron sin medida para lograr las mayores cuotas de audiencia. Yo, Tonya es una más que recomendable cinta donde sobresale, aparte de Robbie, Allison Janney (la inolvidable jefa de prensa de El lado oeste de la Casa Blanca), con un impagable papel de mamá sarcástica, dura e insensible, todo un personaje.

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El instante más Churchill

Gary Oldman encarna al primer ministro británico Winston Churchill en 'El instante más oscuro', filme dirigido por Joe Wright. / UNIVERSAL

Gary Oldman encarna al histórico primer ministro británico Winston Churchill en ‘El instante más oscuro’, filme dirigido por Joe Wright. / UNIVERSAL

Y llegó El instante más oscuro, el segundo biopic parcial sobre la figura de Winston Churchill que en apenas cuatro meses aparece en la cartelera, siempre con el contexto de la Segunda Guerra Mundial como escenario, por lo que la comparación entre ambas resulta inevitable. Si en la película rubricada por el australiano Jonathan Teplitzky y protagonizada por el escocés Brian Cox, de título taxativo y sin ambages, Churchill, la semblanza del celebérrimo primer ministro inglés se circunscribía a los inciertos días previos al decisivo desembarco de Normandía, en El instante más oscuro la radiografía del estadista orondo y amante de los habanos se centra en las primeras semanas de su acceso al poder, tras sustituir en estos menesteres a un dubitativo Neville Chamberlain, fracasado en su intento de lograr la paz en el Viejo Continente ante los embates belicistas del régimen nazi. Si la interpretación de Cox era notable, qué decir de la del camaleónico Gary Oldman, no en vano su trabajo le ha valido el Globo de Oro a mejor actor dramático y estar nominado a los Óscar, donde tiene muchas papeletas para alzarse con la preciada estatuilla. Las biografías cinematográficas se sustentan en una acertada caracterización del personaje (en este caso, con la ayuda de kilos de prótesis y maquillaje) y en la calidad interpretativa que se le imprima, elementos en los que cumple con creces Oldman, quien se apodera de la esencia del histórico premier. Si a esto le unimos una más que convincente dirección, el resultado final deviene en un producto entretenido y hasta didáctico, si bien en su debe pulula un matiz excesivamente hagiográfico. A diferencia de la cinta de Teplitzky, más sosegada e introspectiva, carente de una mayor emoción, aunque, eso sí, muy estética, el filme de Joe WrightOrgullo y prejuicio (2005), Expiación (2007), Pan (2015)- ofrece igualmente unos presupuestos visuales de altos quilates, pero conseguidos aquí con planos más ágiles y arriesgados, y un ritmo mayor o al menos más equilibrado, en el que sobresale un extraordinario arranque de película, donde se subraya la magnificencia de Churchill sin mostrarlo en pantalla. Sin embargo, Wright usa también el virtuosismo para tapar los bajones de un filme que vive sus mejores momentos cuando se ocupa de las entretelas del Gobierno y del Parlamento (ya saben que Churchill dijo eso de “nuestros adversarios están enfrente, nuestros enemigos atrás”); del mismo modo, se echa en falta una mayor presencia de la siempre excelente Kristin Scott Thomas, que encarna a Clementine, la esposa del político inglés.

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Liliput existe, no lo pises

Escena de 'Una vida a lo grande', fillme dirigido por Alexander Payne. / PARAMOUNT PICTURE

Fotograma de la película norteamericana ‘Una vida a lo grande’, dirigida por Alexander Payne. / PARAMOUNT PICTURES

Como una aventura sin retorno a Liliput, ese recóndito lugar visitado en Los viajes de Gulliver, Una vida a lo grande nos traslada a un mundo capitidisminuido fruto de una tecnología creada por científicos noruegos que permite reducir a las personas de su tamaño natural a apenas 12 centímetros -vamos, transformándonos en una especie de madelmans-, todo con una finalidad ecologista y conservacionista: cuanto más bajitos seamos, menos consumimos y contaminamos, así que, ¿por qué no empequeñecernos? El director de esta sátira medioambiental con ribetes de crítica social y hasta de existencialismo, que habla de un mundo miniaturizado que convive con el que llamaríamos normal, no es otro que Alexander Payne, un excelso y preclaro contador de grandes historias sencillas, como ha demostrado de sobra con Entre copas (2004), Los descendientes (2011) y Nebraska (2013), que se ha metido en este fregado de gran presupuesto con un acabado francamente irregular. Huelga decir que el filme resulta poderoso desde el punto de vista visual y efectista, explotando de forma hábil y eficaz los recursos técnicos inherentes a fantasear con la posibilidad de empequeñecer, además de resaltar las evidentes contradicciones de un universo en miniatura que coexiste con otro que no lo es. Precisamente, es en esta faceta donde la película campa a sus anchas como un producto entretenido y trufado de humor, en el que auténticos parques temáticos a modo de microcosmos idílicos en los que viven los pequeños reproducen a escala los mismos problemas individuales y colectivos de sus mayores: soledad, desamor, desigualdad, injusticia social… Sin embargo, la cadencia de la cinta y su frescura, también su comicidad, decaen de forma progresiva hasta llegar a un anodino epílogo, cuando Payne va desestimando las grandes cuestiones que suelen preocupar a la humanidad para centrarse en las cuitas personales del protagonista de este cotarro, un ciudadano corriente de Omaha llamado Paul Safranek y que tiene el rostro de un Matt Damon que no ha roto ni un plato. Al fin y al cabo, el oscarizado director -en realidad, sus dos estatuillas han sido en calidad de guionista- también se ha limitado a aplicar en la filosofía de su cinta el reduccionismo del que habla: de más a menos.

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El tren indiscreto

Ya está entre nosotros el esperado estreno de La chica del tren, filme sobre el conocido bestseller de la escritora nacida en Zimbabue Paula Hawkins, todo un pelotazo editorial. Drama teñido de suspense con tintes psicológicos, dirigido por Tate Taylor (Criadas y señoras), narra la historia de tres mujeres -Rachel, Megan y Anna-, marcadas cada una de una manera distinta por la maternidad -o por su anhelo- y cuyas vidas están entrelazadas. La cinta comienza de forma brillante y con el suficiente gancho para el espectador -como mandan los cánones del género-, con el devenir del tren que traslada diariamente a una de ellas desde las afueras de Nueva York a Manhattan. El tren se convierte en un elemento indispensable para la trama, ejerciendo de singular ventana indiscreta, al modo de la célebre película de Hitchcock -de la que toma evidentes préstamos-, por la que la verdadera protagonista, Rachel, interpretada por una sublime Emily Blunt -lo mejor del filme, sin duda-, ve retazos de la vida hogareña de las otras dos mujeres y de sus respectivos maridos. La chica del tren empieza a flaquear a medida que avanza, con sus excesivos flashbacks y enredos argumentales gratuitos, que restan equilibrio al conjunto y, por lo tanto, impiden coronar el producto con solvencia.

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Lale y sus hermanas

Las cinco jóvenes rotagonistas de la película 'Mustang'. / A CONTRACORRIENTE FILMS.

Las cinco jóvenes protagonistas de la película ‘Mustang’. / A CONTRACORRIENTE FILMS.

La pequeña Lale en el filme, la joven actriz tureca Günes Sensoyz. / A CONTRACORRIENTE

La pequeña Lale en el filme, la joven actriz tureca Günes Sensoyz. / A CONTRACORRIENTE FILMS.

 

Con tanto título divergente en una cartelera en la que manda lo más comercial y evasivo, películas como Mustang se agradecen vívidamente. La directora Deniz Gamze Ergüven ha irrumpido en el escenario fílmico con una potente historia que narra las vicisitudes de cinco hermanas huérfanas, en  el delgado tránsito entre la niñez y la adolescencia, cuyo único pecado es ser jóvenes y disfrutarlo en un pequeño pueblo del norte de Turquía a orillas del Mar Negro, dominado por una sociedad patriarcal. Una película de trazos sencillos y límpidos, sin querencia al dramatismo, con un ritmo pausado pero intenso, en el que las chicas pasan en un plis plas de un ambiente de cierta libertad a otro carcelario en la vivienda de su abuela y de su tío tras ser acusadas falsamente de comportamientos “obscenos e inmorales”, lo que es aprovechado por sus familiares para concertar matrimonios. Con claras reminiscencias de la lorquiana La Casa de Bernarda Alba, aunque también, más evidentes, con Las vírgenes suicidas (Sofia Coppola, 1999), la cinta de Deniz Gamze Ergüven, la aplaudida cinta de Deniz Gamze Ergüven (entre otros galardones, obtuvo el Goya a mejor película europea) descansa en el buen hacer de las cinco jóvenes y a priori inexpertas actrices, especialmente de la más pequeña, Günes Sensoy, que interpreta a Lale, quien abandera con coraje e inteligencia la rebeldía fraternal forjada día a día entre los muros físicos y mentales de la incomprensión, dentro de un universo de tradiciones en la que la mujer se lleva la peor parte. La mirada de ojos verdosos de la grácil Lale viene a reflejar el inconformismo frente a la forzada sumisión a la que está abocada. Loable cinta que desliza una aguda crítica a una cultura que aún se debate por alcanzar la plena modernidad.

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