drama

Mitomanía sin complejos

Fotograma del filme 'Bohemian Rhapsody'. / FOX

Fotograma del filme ‘Bohemian Rhapsody’. / FOX

Cine y rock and roll, qué gran y bendita mezcla cuando se agitan bien… La mayor virtud de Bohemian Rhapsody, la historia de Queen para la gran pantalla, película que toma el nombre del legendario sencillo de esta no menos legendaria banda británica, es que te lleva inevitablemente en volandas por sus dos horas y cuarto de metraje y música. ¡Cómo no dejarse camelar y embelesar por un viaje a través de buena parte de tu propia memoria sonora y la de varias generaciones! Bohemian Rhapsody deviene en un hábil y eficaz ejercicio de mitomanía al servicio del puro espectáculo, abanderado por la convincente interpretación de Rami Malek -al que recordamos como protagonista de la serie estadounidense Mr. Robot-, trayendo de vuelta de donde quiera que esté a esa personalidad arrolladora llamada Freddie Mercury, a quien mimetiza sin renunciar a su propio sello y que supone uno de los principales activos de una cinta que se desarrolla a un ritmo ligero y fluido, no en vano su director primigenio, Bryan Singer -fue despedido a pocas semanas de finalizar el rodaje por el estudio en cuestión, la Fox, y sustituido por Dexter Fletcher-, es un consumado especialista en acción que aporta frescura y agilidad a este biopic grupal. Un producto cuasi hagiográfico que muestras sus cartas abiertamente y sin ningún tipo de complejos. Sin embargo, a pesar de atraparte desde el primer momento con estos artificios, resulta del todo injusto no subrayar que también es un filme edulcorado y políticamente correcto, a ratos superficial, que no profundiza por determinadas situaciones del devenir de Queen y de Mercury o pasa de soslayo por otras, cuando no las minimiza, las engrandece o las obvia, sin que la carga dramática sostenga momentos álgidos, aunque sí emocionales. Que la realidad no te estropee un buen titular, reza un antiguo aserto de la canallesca; aquí sería que la fidelidad a los hechos -incluso cronológica- no rebaje o desluzca la brillantez del conjunto. Las licencias narrativas y cierta laxitud suelen ser el precio que hay pagar para glorificar los mitos.

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Mística lunar

El actor Ryan Gosling interpreta a Neil Armstrong en 'First man', la nueva película de Damien Chazelle. / EP

El actor Ryan Gosling interpreta a Neil Armstrong en ‘First man’, la nueva película de Damien Chazelle. / EP

Toda épica atesora su mística, o dicho de una manera más prosaica, las grandes gestas esconden las dudas, los miedos, las esperanzas o los demonios interiores de quienes las protagonizan. First man, la primera incursión espacial de Damien Chazelle tras sus celebradas Whiplash y La La Land, ambas con la música como denominador común, transita de lleno esta senda, digamos intimista, para contar la intrahistoria de Neil Armstrong, el astronauta finalmente designado por la NASA para que fuera el primer ser humano en pisar la Luna. Chazelle no hace un biopic al uso, pero su personalísima propuesta, en la que dominan los aspectos introspectivos, carece de la emoción necesaria, de la sublimidad que requiere narrar la consecución de un hito más que histórico, y por ahí se rebajan con creces sus prestaciones y pretensiones finales. La cinta, por la propia filosofía que impregna el director, recuerda en demasía al Terrence Malick de El árbol de la vida o al de El Nuevo Mundo, no por la carga poética y fuerza de las imágenes, sino por sus momentos de querencia reflexiva, centrados en sus dos actores principales, Ryan Gosling y Claire Foy, en los papeles de Armstrong y su esposa, aunque aquí estos instantes se despliegan en un contexto menos apropiado. Desde esta perspectiva, la apuesta de Chazelle es clara y sin ambages, y para ello incluso no duda en pasar de puntillas a la hora de reflejar otras consideraciones de calado, como la situación geopolítica que posibilita la carrera espacial entre estadounidenses y soviéticos (en plena Guerra Fría) y, por ende, su gran objetivo: alcanzar el satélite natural de la Tierra, o el propio proceso de selección y entrenamiento de astronautas, en el que no incide lo suficiente. Desde luego, First man no es Elegidos para la gloria (Philip Kaufman, 1983) ni pretende serlo, pero se echa de menos ese toque de epopeya que, sin caer en el ombliguismo de bandera a la que son tan dados este tipo de filmes, insufle más gasolina a una película correcta que solo remonta en su epílogo y juega peligrosamente en la frontera del tedio.

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Follón sobre el hielo

Fotograma de 'Yo, Tonya', 'biopic' sobre la patinadora artística Tonya Harding. / NEON

La actriz Margot Robbie protagoniza el original ‘biopic’ sobre la patinadora artística estadounidense Tonya Harding. / NEON

Muchas veces recurrir al humor es la forma más despiadada de contar un drama. Yo, Tonya es el  atrevido, mordaz y desenfadado biopic sobre Tonya Harding, aquella patinadora artística -los más talluditos la recordarán- que allá por los años 90 de la pasada centuria se vio envuelta en una polémica mediática en Estados Unidos tras la agresión sufrida por su compañera y rival, Nancy Kerrigan, quien fue golpeada en sus rodillas por un sujeto contratado por el marido de Harding con ánimo de lesionarla gravemente, semanas antes de los Juegos Olímpicos de Invierno de Lillehammer (Noruega). Narrada con ribetes de falso documental (lo que los americanos llaman mockumentary), esta comedia negra, que recuerda por momentos a las enrevesadas historias de los Coen, con la pequeña gran salvedad de que aquí se trata de un caso real, se pasea por la vida de la tosca Harding, desde su niñez hasta el conocido escándalo deportivo y sus posteriores consecuencias, en una original puesta en escena dirigida por el australiano Craig Gillespie, con guion de Steven Rogers. La ironía y la sátira capitanean un filme que resulta en su quintaesencia una pura tragedia, la de una joven deportista, alentada, primero, por una madre egoísta y sin escrúpulos, y luego, bajo la égida de un inseguro y zafio marido, en su afán por intentar ser la mejor en una disciplina en la que a pesar de sus logros nunca se consolidó en lo más alto. Gillespie nos ofrece un fresco aparentemente inocuo, en el que no juzga los comportamientos de los protagonistas, que dan su versión libremente ante la cámara, y que aunque parezca que los suaviza con recursos satíricos y canallas, son, en definitiva, un mero envoltorio que sirve para esconder una realidad de sinsabores y desencuentros. Otra vez en esta temporada cinematográfica volvemos a mirar a la América más profunda, donde campan la incultura y los bajos instintos, esa que posiblemente llenó de votos la buchaca de Trump y que nos demuestra que hacía tiempo que estaba larvada, a punto de que alguien rascara un poquito para aflorar con fuerza. Harding, interpretada por una soberbia Robbie Williams, deviene más en víctima que verdugo, con la que llegamos a empatizar. Lo de menos es desentrañar qué ocurrió: si ella estaba realmente enterada de toda la estrambótica trama articulada por su esposo y su incalificable amigo guardaespaldas para lesionar a Kerrigan; lo de más es poner sobre la mesa desigualdades sociales, malos tratos y unos medios amarillistas que actuaron sin medida para lograr las mayores cuotas de audiencia. Yo, Tonya es una más que recomendable cinta donde sobresale, aparte de Robbie, Allison Janney (la inolvidable jefa de prensa de El lado oeste de la Casa Blanca), con un impagable papel de mamá sarcástica, dura e insensible, todo un personaje.

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El instante más Churchill

Gary Oldman encarna al primer ministro británico Winston Churchill en 'El instante más oscuro', filme dirigido por Joe Wright. / UNIVERSAL

Gary Oldman encarna al histórico primer ministro británico Winston Churchill en ‘El instante más oscuro’, filme dirigido por Joe Wright. / UNIVERSAL

Y llegó El instante más oscuro, el segundo biopic parcial sobre la figura de Winston Churchill que en apenas cuatro meses aparece en la cartelera, siempre con el contexto de la Segunda Guerra Mundial como escenario, por lo que la comparación entre ambas resulta inevitable. Si en la película rubricada por el australiano Jonathan Teplitzky y protagonizada por el escocés Brian Cox, de título taxativo y sin ambages, Churchill, la semblanza del celebérrimo primer ministro inglés se circunscribía a los inciertos días previos al decisivo desembarco de Normandía, en El instante más oscuro la radiografía del estadista orondo y amante de los habanos se centra en las primeras semanas de su acceso al poder, tras sustituir en estos menesteres a un dubitativo Neville Chamberlain, fracasado en su intento de lograr la paz en el Viejo Continente ante los embates belicistas del régimen nazi. Si la interpretación de Cox era notable, qué decir de la del camaleónico Gary Oldman, no en vano su trabajo le ha valido el Globo de Oro a mejor actor dramático y estar nominado a los Óscar, donde tiene muchas papeletas para alzarse con la preciada estatuilla. Las biografías cinematográficas se sustentan en una acertada caracterización del personaje (en este caso, con la ayuda de kilos de prótesis y maquillaje) y en la calidad interpretativa que se le imprima, elementos en los que cumple con creces Oldman, quien se apodera de la esencia del histórico premier. Si a esto le unimos una más que convincente dirección, el resultado final deviene en un producto entretenido y hasta didáctico, si bien en su debe pulula un matiz excesivamente hagiográfico. A diferencia de la cinta de Teplitzky, más sosegada e introspectiva, carente de una mayor emoción, aunque, eso sí, muy estética, el filme de Joe WrightOrgullo y prejuicio (2005), Expiación (2007), Pan (2015)- ofrece igualmente unos presupuestos visuales de altos quilates, pero conseguidos aquí con planos más ágiles y arriesgados, y un ritmo mayor o al menos más equilibrado, en el que sobresale un extraordinario arranque de película, donde se subraya la magnificencia de Churchill sin mostrarlo en pantalla. Sin embargo, Wright usa también el virtuosismo para tapar los bajones de un filme que vive sus mejores momentos cuando se ocupa de las entretelas del Gobierno y del Parlamento (ya saben que Churchill dijo eso de “nuestros adversarios están enfrente, nuestros enemigos atrás”); del mismo modo, se echa en falta una mayor presencia de la siempre excelente Kristin Scott Thomas, que encarna a Clementine, la esposa del político inglés.

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Liliput existe, no lo pises

Escena de 'Una vida a lo grande', fillme dirigido por Alexander Payne. / PARAMOUNT PICTURE

Fotograma de la película norteamericana ‘Una vida a lo grande’, dirigida por Alexander Payne. / PARAMOUNT PICTURES

Como una aventura sin retorno a Liliput, ese recóndito lugar visitado en Los viajes de Gulliver, Una vida a lo grande nos traslada a un mundo capitidisminuido fruto de una tecnología creada por científicos noruegos que permite reducir a las personas de su tamaño natural a apenas 12 centímetros -vamos, transformándonos en una especie de madelmans-, todo con una finalidad ecologista y conservacionista: cuanto más bajitos seamos, menos consumimos y contaminamos, así que, ¿por qué no empequeñecernos? El director de esta sátira medioambiental con ribetes de crítica social y hasta de existencialismo, que habla de un mundo miniaturizado que convive con el que llamaríamos normal, no es otro que Alexander Payne, un excelso y preclaro contador de grandes historias sencillas, como ha demostrado de sobra con Entre copas (2004), Los descendientes (2011) y Nebraska (2013), que se ha metido en este fregado de gran presupuesto con un acabado francamente irregular. Huelga decir que el filme resulta poderoso desde el punto de vista visual y efectista, explotando de forma hábil y eficaz los recursos técnicos inherentes a fantasear con la posibilidad de empequeñecer, además de resaltar las evidentes contradicciones de un universo en miniatura que coexiste con otro que no lo es. Precisamente, es en esta faceta donde la película campa a sus anchas como un producto entretenido y trufado de humor, en el que auténticos parques temáticos a modo de microcosmos idílicos en los que viven los pequeños reproducen a escala los mismos problemas individuales y colectivos de sus mayores: soledad, desamor, desigualdad, injusticia social… Sin embargo, la cadencia de la cinta y su frescura, también su comicidad, decaen de forma progresiva hasta llegar a un anodino epílogo, cuando Payne va desestimando las grandes cuestiones que suelen preocupar a la humanidad para centrarse en las cuitas personales del protagonista de este cotarro, un ciudadano corriente de Omaha llamado Paul Safranek y que tiene el rostro de un Matt Damon que no ha roto ni un plato. Al fin y al cabo, el oscarizado director -en realidad, sus dos estatuillas han sido en calidad de guionista- también se ha limitado a aplicar en la filosofía de su cinta el reduccionismo del que habla: de más a menos.

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El tren indiscreto

Ya está entre nosotros el esperado estreno de La chica del tren, filme sobre el conocido bestseller de la escritora nacida en Zimbabue Paula Hawkins, todo un pelotazo editorial. Drama teñido de suspense con tintes psicológicos, dirigido por Tate Taylor (Criadas y señoras), narra la historia de tres mujeres -Rachel, Megan y Anna-, marcadas cada una de una manera distinta por la maternidad -o por su anhelo- y cuyas vidas están entrelazadas. La cinta comienza de forma brillante y con el suficiente gancho para el espectador -como mandan los cánones del género-, con el devenir del tren que traslada diariamente a una de ellas desde las afueras de Nueva York a Manhattan. El tren se convierte en un elemento indispensable para la trama, ejerciendo de singular ventana indiscreta, al modo de la célebre película de Hitchcock -de la que toma evidentes préstamos-, por la que la verdadera protagonista, Rachel, interpretada por una sublime Emily Blunt -lo mejor del filme, sin duda-, ve retazos de la vida hogareña de las otras dos mujeres y de sus respectivos maridos. La chica del tren empieza a flaquear a medida que avanza, con sus excesivos flashbacks y enredos argumentales gratuitos, que restan equilibrio al conjunto y, por lo tanto, impiden coronar el producto con solvencia.

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Lale y sus hermanas

Las cinco jóvenes rotagonistas de la película 'Mustang'. / A CONTRACORRIENTE FILMS.

Las cinco jóvenes protagonistas de la película ‘Mustang’. / A CONTRACORRIENTE FILMS.

La pequeña Lale en el filme, la joven actriz tureca Günes Sensoyz. / A CONTRACORRIENTE

La pequeña Lale en el filme, la joven actriz tureca Günes Sensoyz. / A CONTRACORRIENTE FILMS.

 

Con tanto título divergente en una cartelera en la que manda lo más comercial y evasivo, películas como Mustang se agradecen vívidamente. La directora Deniz Gamze Ergüven ha irrumpido en el escenario fílmico con una potente historia que narra las vicisitudes de cinco hermanas huérfanas, en  el delgado tránsito entre la niñez y la adolescencia, cuyo único pecado es ser jóvenes y disfrutarlo en un pequeño pueblo del norte de Turquía a orillas del Mar Negro, dominado por una sociedad patriarcal. Una película de trazos sencillos y límpidos, sin querencia al dramatismo, con un ritmo pausado pero intenso, en el que las chicas pasan en un plis plas de un ambiente de cierta libertad a otro carcelario en la vivienda de su abuela y de su tío tras ser acusadas falsamente de comportamientos “obscenos e inmorales”, lo que es aprovechado por sus familiares para concertar matrimonios. Con claras reminiscencias de la lorquiana La Casa de Bernarda Alba, aunque también, más evidentes, con Las vírgenes suicidas (Sofia Coppola, 1999), la cinta de Deniz Gamze Ergüven, la aplaudida cinta de Deniz Gamze Ergüven (entre otros galardones, obtuvo el Goya a mejor película europea) descansa en el buen hacer de las cinco jóvenes y a priori inexpertas actrices, especialmente de la más pequeña, Günes Sensoy, que interpreta a Lale, quien abandera con coraje e inteligencia la rebeldía fraternal forjada día a día entre los muros físicos y mentales de la incomprensión, dentro de un universo de tradiciones en la que la mujer se lleva la peor parte. La mirada de ojos verdosos de la grácil Lale viene a reflejar el inconformismo frente a la forzada sumisión a la que está abocada. Loable cinta que desliza una aguda crítica a una cultura que aún se debate por alcanzar la plena modernidad.

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Clases de filosofía (y más) con Woody

Emma Stone y Joaquin Phoenix son los protagonistas de la última película de Woody Allen. / EUROPA PRESS

Emma Stone y Joaquin Phoenix protagonizan ‘Irrational Man’. / EUROPA PRESS

El sentimiento de culpabilidad a colación de un crimen retorna a la filmografía de Woody Allen, aspecto que ha tocado ya en cintas de la talla de Delitos y faltas (1989), Match Point (2005) y El sueño de Casandra (2007). En esta misma trayectoria temática se ubica Irrational Man, la última película del genio neoyorquino, un drama encapsulado de comedia ligera que tiene como actores principales a Joaquin Phoenix y a Emma Stone  -que repite aquí con Allen tras la grácil Magia a la luz de la luna (2014), lo que la convierte poco menos que en su nueva musa-. Un extraordinario Phoenix es Abe Lucas, un maduro, desaliñado y prestigioso profesor de filosofía desencantado de la vida, que vuelve a dar clases, después de un parón existencial, en una pequeña universidad de la costa este norteamericana. Y Stone es Jill, una avispada e inconformista alumna que se enamora del abatido docente e inicia un idilio con él. Pero a Abe no le estimula lo suficiente ni su nuevo trabajo ni la entusiasta compañía de la joven ni la madura profesora con la que mantiene ocasionales encuentros sexuales, de nombre Rita -interpretada por Parker Posey-. Su verdadera resurrección como persona llega del atractivo de ejercer como particular juez del destino, de erigirse en singular y desconocido ángel de la guarda y de intentar cometer de paso el crimen perfecto. Si en Match Point el protagonista, tras acabar con su amante, “justificaba” su huida hacia adelante por mor de su recién alcanzado estatus social, aquí la culpabilidad se “obvia” y relativiza en favor de un supuesto altruismo, aunque Abe cae en el mismo juego: no quiere perder su remozada existencia. Woody Allen juega a la vez a profesor de filosofía y a maestro del suspense, buena mezcla que corona con un excelente epílogo que demuestra que este tipo bajito y con gafas de pasta sigue al pie del cañón y con cuerda para rato.

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‘Ma ma’, la madurez de Penélope

 Penélope Cruz es la protagonista de 'Ma ma', el último filme de Julio Medem. / DA

Penélope Cruz es la protagonista de ‘Ma ma’, el último filme de Julio Medem. / DA

Una España en plena crisis económica, sumida en el pozo del paro y jalonada con vastos recortes sociales y sanitarios, pero con el fútbol como irremediable bálsamo de Fierabrás -vamos, lo que aún seguimos viviendo en mayor o menor medida- es el escenario en el que Julio Medem nos presenta Ma ma, su último filme, rodado en parte en esta ínsula de las Afortunadas (el avezado espectador, además de los dos hospitales universitarios, seguro que reconoce los eucaliptos de la bella carretera de la Cruz de Tea, en las medianías de Granadilla). Ma ma, pese a su sensible y dura temática, es una película -en el fondo y en la forma- vitalista que tiene a Penélope Cruz como punta de lanza y razón de ser, en una gran interpretación, en la que viene a subrayar su enorme talento, no siempre lo suficientemente valorado, y eso a pesar del atronador bagaje que da el llevar a cuestas tres Goyas, un Bafta y un Óscar. La actriz madrileña se pone aquí en la piel de Magda, una maestra desempleada, madre de un niño, que está a punto de separarse de su casquivana pareja y a la que le detectan un cáncer de mama. En esta tesitura, en uno de los partidos de su hijo conoce a un ojeador del equipo infantil del Real Madrid, Arturo (Luis Tosar) al que la desgracia también ha tenido a mal tocar y con el que emprende un camino en común. Medem (Vacas, Los amantes del Círculo Polar, Lucía y el sexo, Caótica Ana, Habitación en Roma) nos sumerge en un torrente de emociones y sentimientos que la protagonista capea con cuidadas dosis de humor y naturalidad, en una de las mejores actuaciones de Penélope Cruz, digna de papeles como el de su recordada Raimunda de Volver, y que huele -el tiempo lo dirá- a premio. Ma ma, que cuenta con una excelente partitura de Alberto Iglesias, descansa -vuelvo a repetir- en la oscarizada intérprete, bien secundada por el solvente Luis Tosar, que casi nunca defrauda, y con un más que correcto Asier Etxeandia como ginecólogo, cuyo único debe es el excesivo canturreo al que le somete un Medem un tanto almodovariano que, no obstante, supera el lance con aprobado, si bien podría haber colocado el final de este drama apenas unos segundos antes…

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Mambrú sí fue a la guerra

Fotograma de 'Un día perfecto'. / EUROPA PRESS

Fotograma de ‘Un día perfecto’. / EUROPA PRESS

El cine no suele menudear películas sobre el mundo de los cooperantes, a no ser como aspecto secundario o para subrayar el contexto de una trama. Un ejemplo de ello lo tuvimos meses atrás con el fallido thriller titulado Caza al asesino, dirigido por Pierre Morel y protagonizado por Sean Penn y Javier Bardem, en el que se utiliza la figura de una ONG y de varios de sus miembros como mero MacGuffin. Fernando León de Aranoa (Barrio, Los lunes al sol, Príncesas), en su esperado regreso al celuloide, viene a paliar en parte este déficit con Un día perfecto, obra que bebe de la novela Dejarse llover, de Paula Faría. Con un reparto internacional encabezado por dos auténticos baluartes en la interpretación cinematográfica contemporánea, Benicio del Toro y Tim Robbins, en la piel de dos activistas pasados de vueltas, acompañados de Olga Kurylenko y Mélanie Thierry, León de Aranoa nos saca de sus habituales escenarios urbanos para llevarnos a la inestable zona de los Balcanes en los años 90, donde aún colea en el ambiente el horripilante conflicto que azotó la región. La labor ardua y callada -también ingrata y muchas veces incomprendida- del cooperante se erige como vehículo para radiografiar la sinrazón de la guerra y el perceptible odio en la aparente y a la postre falsa normalidad del alto el fuego, en el que campea a sus anchas la inmovilista burocracia (en este caso, la de Naciones Unidas). El pozo del que hay que sacar un cadáver que está contaminando el agua de una población sirve como punto de partida y final -acaso metáfora- de un filme que transita el drama subyacente con pinceladas de humor en forma de lustrosos diálogos. El descreimiento de Mambrú -así se llama Benicio del Toro en su papel, en clara alusión al personaje que “se va a la guerra” de la popular canción infantil- rivaliza con la locura motivadora de Tim Robbins en el trabajo, mientras sus dos jóvenes partenaires intentan poner cierta mesura. La violencia se palpa en las situaciones, no se explicita, está en los gestos, en los silencios, en las miradas de esta peculiar road movie rural de ida y vuelta que traza un día perfecto en la imperfección del ser humano.

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