dramedia

Duelo en la corte

Olivia Colman interprera a la reina Ana Estuardo en 'La favorita', la nueva película de Yorgos Lanthimos. / FOX

Olivia Colman interprera a la reina Ana Estuardo en ‘La favorita’, la nueva película de Yorgos Lanthimos. / FOX

La Historia es siempre un buen lugar para hurgar en sus vericuetos y hallar relatos sugerentes. El triste acontecer de la reina británica Ana Estuardo -que perdió más de una quincena de hijos- y las veleidades de dos de sus íntimas colaboradoras y consejeras, Sarah Churchill, marquesa de Marlborough -ascendiente de personajes como Winston Churchill y Lady Di-, y su prima Abigail Masham, sirve de excepcional marco, con las consabidas licencias del libreto firmado por Deborah Davis y Tony McNamara, al sui géneris director griego Yorgos LanthimosCanino (2009), Langosta (2015)- para dar rienda suelta en La favorita a una vehemente reflexión sobre el poder y la nefanda atracción que ejerce; aquí, además, desde el nunca bien ponderado -y poco reflejado- punto de vista femenino. Con una elaborada y estética puesta en escena, jalonada por una extraordinaria fotografía que retrata con sapiencia y pericia una época, principios del siglo XVIII, y un sistema de imágenes donde campa con frecuencia el ojo de pez y el gran angular, Lanthimos esboza un ácido y mordaz fresco, plasmado a través un triángulo amoroso en los que cada uno de sus lados ocupa su lugar sin apenas concesiones: Sarah (Rachel Weisz), para mantenerse a toda costa en su posición de medrar; Abigail (Emma Stone), con sus descaradas aspiraciones arribistas, y la achacosa reina Ana (Olivia Colman), necesitada de afecto y atenciones tras sus desgracias, pero que, a pesar de su naturaleza caprichosa y de su aparente indolencia y abulia, sabe de sobra que es el eje fundamental en el que pivota todo. Este juego alrededor del trono, trufado de diálogos lacerantes, llenos de irónicas réplicas y contrarréplicas, se sustenta en las excelentes y cruzadas interpretaciones del trío protagonista, en el que destaca sobremanera la notabilísima actuación de la inglesa Olivia Colman, ganadora del Globo de Oro y nominada a mejor actriz en los próximos Óscar por esta cinta, al igual que sus dos compañeras, aunque en la categoría de reparto. La favorita es un filme con una potente fuerza visual y narrativa que transita en paralelo y con éxito por el humor negro y la descarnada tragedia.

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Sublime Cate

Después de su último periplo europeo, con estancias admirativas en París y Roma, Woody Allen regresa con Blue Jasmine al suelo patrio -el suyo, claro-, a la empinada San Francisco sin dejar atrás su Nueva York del alma -a través de flashbacks, eso sí- para armar una de esas historias con denominación de origen, trufadas de estimulantes diálogos y de personajes con personalidad que transitan por el caleidoscópico mundo del prolífico director de la Gran Manzana y que tanto gustan a su legión de fans. Sin embargo, este nuevo relato fílmico de Allen no sería lo mismo -ni de lejos- sin la acaparadora presencia de una actriz que siempre coloca el listón un centímetro más alto que las demás y que se llama Cate Blanchett (El curioso caso de Benjamin Button, Elizabeth, Hannah). La interpretación de la rubia australiana sublima y vigoriza el relato de Allen, bordando hasta la saciedad el papel de egoísta exconsorte millonaria neurótica venida a menos (Jasmine), que busca un nuevo hálito a su existencia yendo a vivir a casa de su modesta hermana adoptiva y causando de paso el lógico terremoto. La esplendidez en la pantalla de Cate Blanchett es tal que prácticamente eclipsa a todos, incluida a una genial y empática Sally Hawkins (Persuasión, Happy-Go-Lucky, Jane Eyre), en la piel de la grácil Ginger, la humilde hermanastra, y también a un no menos brillante Bobby Cannavale (lo hemos visto en la serie Boardwalk Empire), el abrupto novio de Ginger: los secundarios de lujo en esta nueva dramedia de Allen, junto a Alec Baldwin (que repite con el genio de Brooklyn tras su paso por A Roma con amor), Andrew Dice Clay, Peter Sarsgaard y Louis C.K. El realizador neoyorquino lanza sus puyas a la ensimismada alta sociedad neoyorquina y hace descender a una expatriada del lujo y de la dolce vita, Jasmine, al infierno de la cruda realidad, en la que tratará de forma patética de manipular y de retorcer todo en beneficio propio para recuperar su posición de antaño. Blue Jasmine es, en definitiva, una película con el inconfundible sello de Woody Allen pero se recordará por la actuación de la inconmensurable Cate Blanchett, y eso no se ve todos los días…

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Película bipolar

Una de las escenas de la película

El éxito de los géneros híbridos radica en la laxitud y en la habilidad de escaparse de los encorsetamientos y de los límites académicos, lo que suele desconcertar positivamente al espectador. Es el caso de las denominadas dramedias, que coquetean sin remisión entre ambos ámbitos aunque al final la balanza siempre se decante (para bien o para mal) de una parte. En El lado bueno de las cosas gana a los puntos la comedia romántica, a pesar de los fuertes rasgos dramáticos que la presiden y que en algunos instantes nos hacen dudar vivamente del camino que seguirá el filme. Y es que cada vez más nos gustan menos los estereotipos y sí las situaciones inusuales. David O. Russell (Tres reyes, The Fighter), que además de dirigir el filme firma el guión, ha sabido captar la atención con un caramelo de esos que, aparte de tener un envoltorio atractivo, poseen  un sabor variable, como un zumo multifrutas, en esta singular historia -basada en un relato corto de Matthew Quick– sobre un hombre con trastorno bipolar que quiere reconducir su vida después de pasar ocho meses en el psiquiátrico por un episodio violento tras hallar en la ducha a su mujer y su amante.

De Niro, en una de las escenas de la película

Esta cinta, que veremos en los premios Óscar, donde compite con ocho nominaciones, cuenta con un sorprendente e inusual Bradley Cooper, uno de sus elementos más sobresalientes, con una interpretación de altura que lo aleja de los papeles con cierto toque gamberro a los que nos tiene acostumbrados. Su actuación, junto a la prometedora Jennifer Lawrence, en la piel de una joven viuda que ayuda a exorcizarlo a través del baile, y, sobre todo, la de un resucitado De Niro (sin duda, de lo mejorcito que ha hecho en los últimos años), en la tesitura de un peculiar padre con un trastorno obsesivo-compulsivo, dan lustre a una película con un epílogo bastante previsible y edulcorado. El lado bueno de las cosas abunda en la sana sensación de que al final la cordura siempre es relativa en este mundo de marras, que parece que necesita de unas buenas dosis de desenfreno.

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Sexo con pulmón de acero

Dos de los protagonistas

El cine independiente nos regala de vez en cuando pequeñas perlas en forma de comedia (o dramedia, como prefieran llamarla), películas con un trasfondo difícil o duro -basadas en hechos reales- pero que pasadas por el cedazo del humor, el cinismo y la ironía desdramatizan en enormes dosis la historia en sí y sus circunstancias. Ya lo vimos hace unos meses con el filme francés Intocable, que trata la amistad de un millonario tetrapléjico y de un joven de origen senegalés procedente de un barrio marginal de París, y ahora nos encontramos con algo parecido en Las sesiones, cinta inspirada en relatos autobiográficos del escritor y periodista Mark O’Brien, quien vivió siempre pendiente de un pulmón de acero por culpa de la polio.

William H. Macy hace en esta ocasión de cura

La película, escrita y dirigida por Ben Lewin (entre otros trabajos, rodó un buen puñado de capítulos de la serie Ally Mcbeal), cuenta las vicisitudes del propio O’Brien, interpretado por un convincente John Hawkes (La tormenta perfecta, Winter’s Bone), a la hora de perder la virginidad con 38 años de edad, para lo que recurre a consultas teórico-prácticas de una madura terapeuta sexual (Helen Hunt, –Mejor… imposible, La maldición del escorpión de jade-); eso sí, siempre bien aconsejado por su pragmático amigo, de profesión cura (un genial y ahora desmelenado William H. MacyFargo, Boogie Nights, Pleasantville-). Las sesiones está relatada con una sencillez desbordante y atraviesa sin pudor ni complejos, y con la más mundana naturalidad, por temas tratados casi de puntillas como es el sexo en los discapacitados. Lewin esboza un lúcido y ágil producto cinematográfico que toma su fuerza en la soberbia interpretación del trío protagonista, que dota de personalidad a un filme sin grandes pretensiones pero que reflexiona de forma nítida sobre el sexo -sea en el contexto que sea-, los sentimientos y la religión.

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