espías

A tiro limpio

Dylan O’Brien es el protagonista de 'American Assassins' . / LIONSGATE

Dylan O’Brien, conocido por la saga ‘El corredor del laberinto’, es el protagonista del thriller de acción ‘American Assassin’ . / LIONSGATE

Películas de agentes secretos letales las hay de todos los colores, aunque buenas, posiblemente pocas. Dejando a un lado las de James Bond, que eso es harina de otro costal, en los últimos tiempos han aparecido meritorios productos, como la saga Bourne, que sobresale del resto, y, en menor medida, la de Jack Reacher, por citar a las más conocidas. American Assassin podría encuadrarse en esta tipología, aunque sin la consistencia ni las hechuras de las mentadas. La cinta, basada en las novelas del estadounidense Vince Flynn, protagonizadas por el agente Mitch Rapp, funciona muy bien como filme de acción a raudales, pero no en su intención de thriller de corte político, donde falla estrepitosamente. Una bipolaridad que deviene en necesaria en este tipo de subgéneros para darle equilibrio estructural a la trama. En lo primero resulta una cinta trepidante, con un ritmo frenético y escenas a mayor gloria del espectáculo visual. Sin embargo, es en lo segundo, en el argumento, donde cojea y en la que esputa todo su patrioterismo yankee más rancio -vamos, lo que manda ahora en la era Trump-, centrado en la figura de Rapp, que interpreta Dylan O’Brien -los espectadores menos talluditos lo recordarán por ser el líder posadolescente de la serie cinematográfica de El corredor del laberinto-, una especie de lobo solitario a la inversa que es captado por la CIA tras intentar tomarse la venganza por su cuenta y riesgo -terroristas yihadistas asesinaron a su novia durante unas vacaciones en Ibiza, o al menos una supuesta Ibiza…-, y que tiene que desempeñar un papel primordial en una intriga que luego se desmadra, con un antiguo espía estadounidense rebelde, conspiradores del Gobierno iraní y una bomba nuclear de por medio. American Assassin, dirigida y producida por Michael Cuesta -que ha realizado algunos capítulos de Homeland-, y que tiene en nómina a un actor tan solvente como Michael Keaton, no da tregua a los grises, es decididamente maniquea y aboga por que todo se resuelve a trompazo y tiro limpio, lo que desde el punto de vista palomitero y evasivo entretiene lo suyo.

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Casablanca 2.0

 

'Aliados' es un filme dirigido por Robert Zemeckis. / PARAMOUNT PICTURES

Brad Pitt y Marion Cotillard protagonizan ‘Aliados’. / PARAMOUNT PICTURES

Robert Zemeckis es un artesano más que consolidado, uno de los reyes del blockbuster. Sus películas suelen tener consistencia, y eso siempre es un valor añadido -su último estreno, recordemos, fue El desafío (The walk), filme sobre las peripecias del equilibrista francés Philippe Petit, quien allá por 1974 cruzó por un alambre la distancia que separaba las cimas de las ya trágicamente desaparecidas Torres Gemelas neoyorquinas-. En Aliados articula una cinta -guionizada por Steven Knight– correcta y ponderada, sin salirse en ningún momento por la tangente de la imprevisibilidad. Si antes de que viera la luz Zemeckis se encargó de propagar a los cuatro vientos que su producto era un sentido homenaje a Casablanca, desde luego no engañó a nadie. El aroma a la mítica película de Michael Curtiz está presente en el ambiente, no solo por la referencia geográfica a la ciudad marroquí, nido de espionaje y contubernios durante la Segunda Guerra Mundial -una Casablanca no de cartón piedra, pero con el sabor que le otorga la zona más añeja de Las Palmas de Gran Canaria, donde fue rodado gran parte del filme-, sino por su firme compromiso estilístico. Casablanca sirve de escenario y preámbulo a la historia de amor entre el espía canadiense Max Vatan al servicio de su graciosa majestad, a la sazón Brad Pitt, y la heroína de la resistencia gala, Marianne Beauséjour, en la piel de la oscarizada y siempre bella Marion Cotillard, con el trasfondo de intrigas nazis; trama que luego se traslada a la Inglaterra bombardeada por la Luftwaffe. La cinta tiene las dosis justas de acción y de thriller (rezuma cosas de la hitchcockiana Encadenados), lo que equilibra el conjunto, aunque el autor de la trilogía de Regreso al futuro y de Forrest Gump no corre riesgo alguno. Todo muy correcto y académico, lo que resta emoción al resultado final, si bien logra, al menos, regalarnos un buen rato del Hollywood más clásico.

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Un puente bien construido

Tom Hanks protagoniza 'El puente de los espías'. / FOX

Tom Hanks protagoniza ‘El puente de los espías’, la nueva película de Steven Spielberg. / FOX

La vuelta del Rey Midas de Hollywood siempre es una gran noticia, y más si lo hace por la puerta grande, aunque ya eso de convertir en oro todo lo que toca parece cosa del pasado. Steven Spielberg regresa a la pantalla después de su biopic de Abraham Lincoln -en 2012- con El puente de los espías, filme brillante e inteligente -ahí está el libreto firmado por Matt Charman y los hermanos Cohen-, en el que demuestra una vez más sus enormes dotes de narrador, con una expeditiva puesta en escena y un dominio absoluto del lenguaje cinematográfico, remarcado con la sublime fotografía del polaco Janusz Kaminski. Spielberg despliega sobre el tapete y como alegato la defensa a ultranza de la legalidad en su país, en un contexto de plena ebullición de la Guerra Fría con una CIA pragmática e implacable como contrapoder -antes y ahora-, y donde la bandera de las libertades, enarbolada por el abogado James B. Donovan, en la figura de uno de sus actores fetiche, Tom Hanks, se erige como elemento diferenciador frente a la Unión Soviética, su contrincante al otro lado del telón de acero. Con el añejo sabor de las películas de espías, aunque en realidad no lo es en stricto sensu, Spielberg traza sobre unos hechos reales un verdadero thriller político, dotándolo de elementos de suspense que a ratos recuerdan a Hitchcock -también caben aquí como referencias otros directores de la época clásica- en filmes de parecida temática, como Cortina rasgada (1966) o Topaz (1969). Hanks, émulo contemporáneo de James Stewart en su papel de héroe tranquilo, y en el caso que nos ocupa un Atticus Finch de altos vuelos, interpreta al íntegro letrado que lucha contra el establishment para dar una salida garantista a su incómodo cliente, el espía soviético Rudolf Abel -un genial Mark Rylance-, cazado por el FBI en pleno Brooklyn, tesitura que luego le llevará a desempeñar el papel de avezado mediador en un intercambio de agentes secretos entre Estados Unidos y la URSS en el complicado Berlín de posguerra. Precisamente, las escenas en la ciudad germana, justo en el momento de la construcción del muro de la vergüenza, resultan las más vibrantes de un conjunto en el que no faltan las comedidas notas de humor y que comienza con una magistral secuencia, digna del maestro que es Spielberg. Vayan a verla.

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Un agitado y no mezclado sabor a epílogo

Fotograma de 'Spectre', la nueva entrega de James Bond. / EUROPA PRESS

Daniel Craig, siguen siendo un letal James Bond en ‘Spectre’. / EUROPA PRESS

Siempre resulta gratificante, y más si eres un irredento fan, sumergirse en una nueva entrega del inefable espía parido por la animosa imaginación de Ian Fleming, aun a riesgo de ser cándidamente condescendiente en su juicio. Spectre, la película número 24 del agente menos secreto más famoso de todos los tiempos, pisa fuerte y sigue de cerca la estela dejada por Skyfall, el anterior filme de esta veterana y prolija saga y el mejor producto -al menos, el más completo- de la era de Daniel Craig como 007, tras recuperar el pulso de una franquicia algo alicaída por la inconsistente y fallida Quantum of Solace. Spectre arranca de manera sublime, con un extraordinario plano secuencia en la mexicana plaza del Zócalo en el Día de los Muertos, en un alarde de buen oficio de Sam Mendes, director a quien -para ser justos- le debemos esta ulterior inyección de adrenalina a la serie; no en vano ha sabido combinar de manera magistral la consabida acción con oscuras tramas, marca de la casa de este James Bond introspectivo, circunspecto y letal que representa Craig. El 007 más sobrio se enfrenta aquí, ayudado por los rejuvenecidos Q (Ben Whishaw) y Moneypenny (Naomie Harris), además del remozado M (Ralph Fiennes), a la fría y poderosa organización Spectre, la madre de los más abyectos contubernios criminales, dirigida por un villano con la cara entre cínica y burlona de Christopher Waltz -el germano lo borda en este tipo de papeles-, en un elenco que se completa con Lèa Seydoux y Monica Bellucci (lamentablemente, la presencia de la italiana es de casi un suspiro) como partenaires. La muerte -pasada y presente-, el control absoluto de la información y la megavigilancia con reminiscencias orwellianas subyacen en el argumentario de la cinta, que se liga -de forma un tanto artificial- a las anteriores películas de esta etapa, que comenzó con la brillante Casino Royale. En Spectre se reivindica lo antiguo -desde el espionaje de la vieja escuela hasta el Aston Martin más clásico-, destilando  nostalgia y un aparente sabor a epílogo, no tanto por el anunciado adiós de Sam Mendes -asegura que no volverá a rodar otra de James Bond- como la más que posible marcha de Craig. Esperemos que ambos no cometan el pecado -luego enmendado con una peli oficiosa- del gran Sean Connery de proclamar a los cuatro vientos: “Nunca jamás”.

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Verano de espías

 Rebbeca Fergusson y Tom Crusie protagonizan la quinta entrega de 'Misión Imposible'. / EUROPA PRESS

Rebbeca Fergusson y Tom Crusie protagonizan la quinta entrega de ‘Misión Imposible’. / EUROPA PRESS

Henry Cavill y Armie Hammer interpretan a los antagónicos espías de 'Operación U.N.C.L.E.' / EUROPA PRESS

Henry Cavill y Armie Hammer interpretan a los antagónicos espías de ‘Operación U.N.C.L.E.’ / EUROPA PRESS

El estío, que ya se acaba, está siendo un tanto pródigo en materia de espías. Además de la recién estrenada -este mismo viernes-, Anacleto: agente secreto, contribución patria al subgénero vía mundo del tebeo (o de los chistes, como los llamábamos de pequeños por estos lares), el verano nos ha traído dos muestras de este universo propio, ambas emanadas curiosamente de series televisivas norteamericanas de los años 60, a saber: una saga ya consolidada y un filme que tiene visos de convertirse en franquicia, aunque quizás no con tanto éxito como la anterior. Me refiero a la quinta entrega de Misión Imposible (Nación secreta) y a Operación U.N.C.L.E, respectivamente. De la primera, aparte de la consabida y casi obligada escena de contener la respiración -esta vez toca subirse en el exterior de un avión en pleno despegue-, ejecutada por el propio Ethan Hunt-Tom Cruise, lo que es de agradecer -las aseguradoras del actor no piensan lo mismo-, decir que sigue, como no podía ser de otra manera, los mismos parámetros de sus precuelas: acción a raudales y villanos con mala baba. Tal vez la cinta desprende un punto de intimismo, el que da la estilizada aportación de la actriz Rebbeca Ferguson. Como aspecto poco acertado, por la carencia de originalidad debido a su excesivo uso en el celuloide, que no por su concepción estética en esta película-todo lo contrario-, destaca el recurrente recurso del Nessun dorma (la famosa aria del acto final del Turandot de Puccini) para remarcar el clímax narrativo, en el  caso que nos ocupa en la secuencia en la Ópera de Viena. Por lo que respecta Operación U.N.C.L.E., que bebe de la  sesentera El agente de CIPOL, protagonizada Robert Vaughn y David McCallum, sustituidos aquí por el superman Henry Cavill y el llanero solitario Armie Hammer, deviene en un producto lustroso y cool, bajo las coordenadas del director británico Guy Ritchie, cineasta que despliega por doquier un estilo propio y definido que impregna a sus películas de arriba a abajo. En este tête à tête colaborativo entre dos consumados espías: uno estadounidense y otro soviético, en plena vorágine de la Guerra Fría, Ritchie vuelve a demostrar su buen hacer, si bien lo que viene defectuoso de fábrica es el propio argumento del filme: algo ramplón y con poca chicha. Quitando este debe, la cinta resulta potable.

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Misión entretenida

Debo confesar que mis malos presagios para con Misión Imposible. Protocolo fantasma, especialmente con ese subtítulo tan de Las Guerras de las Galaxias (o de rimbombante operación bélica estadounidense), no se han cumplido. El cuarto filme de esta saga que bebe de la exitosa serie televisiva de los años 60 y 70 del pasado siglo no solo no finiquita un producto, como suele ser habitual cuando se empieza a estirar el chicle de una franquicia hasta la saciedad, sino que incluso lo viene a revitalizar. Un auténtico lavado de cara el efectuado para este vehículo de lucimiento personal del amigo Tom Cruise -el ínclito agente Ethan Hunt-, al que, ya de paso, le imploramos (a la Iglesia de la Cienciología si hiciera falta) que solo se centre en este tipo de películas, que al fin y al cabo es lo mejor que sabe hacer. La cinta posee el pulso y el ritmo necesario para que no bajes la guardia ni un ápice en las dos horas y pico que dura, lo cual, aunque va en el propio ADN de este tipo de filmes de persecuciones a tutiplén, de malos malísimos, de chicas de muy buen ver y de mundos a los que salvar, se agradece, porque no siempre se logra mantener el trasero del espectador en simbiosis con la butaca. Se nota de nuevo la mano del J.J Abrams de marras, que ejerce ahora aquí de productor, y de un sorprendente Brad Bird (el creador de Ratatouille y Los increíbles) en la dirección, así como las buenas sensaciones que dejan actores como Jeremy Renner, Simon Pegg y Paula Patton. Impresiona la secuencia en la que se escala el Burj Khalifa, en Dubai, el edificio más grande del mundo (por ahora), aunque no tanto la correspondiente escena de la destrucción del Kremlin (creo que de los pocos edificios emblemáticos que el cine no se había cargado). En resumidas cuentas, Misión Imposible. Protocolo fantasma deviene en una buena película de evasión que cumple con la regla básica del género de acción: entretener, además de entretener, y en la que me quedo con una cosa en particular: a los espías de ahora les van los cacharritos del fallecido Steve Jobs, sobre todo, el iPad y el iPhone… James Bond me temo que estás anticuado…

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Espías con dudas

Llega el final de un verano que no se ha caracterizado por buenas películas que digamos, todo lo contrario. A excepción de Super 8 -llamado a ser uno de los filmes del año- y alguna cinta más, el bagaje estival ha sido paupérrimo. Sin embargo, en el epílogo del estío empiezan ya a aflorar títulos en las pantallas patrias que merecen la pena visionar, como es el caso de La deuda (ya están también en capilla la última y premiada obra de Terrence Malick, El árbol de vida; y Los amos de Brooklyn, de Antoine Fuqua). La deuda, dirigida por John Madden, es un remake de un filme israelí de 2007, que narra la historia de tres agentes del Mossad, dos hombres y una mujer, y el intento de secuestro a mediados de los 60 en Berlín oriental de un doctor nazi que perpetró cientos de macabros experimentos científicos en el campo de Birkenau. La trama transita entre este espacio temporal y el año 1997, cuando la hija de dos de esos espías escribe un libro sobre los hechos que supuestamente ocurrieron y que llevaron a sus padres a convertirse en héroes del país hebreo. La deuda, sobre la que planea la inevitable comparación con Munich, de Steven Spielberg, si bien la película firmada por el ‘rey Midas’ cuenta con una factura más impecable y se sitúa en un nivel superior, mantiene desde el primer instante el interés del espectador, con las dosis de intriga y acción necesarias, un aspecto que no resulta nada desdeñable en estos tiempos de productos enlatados con fecha de caducidad. El filme se sustenta, además, en un extraordinario elenco de actores, liderado por una siempre eficaz Helen Mirren, a la que le van a la saga Tom Wilkinson, Ciarán Hinds, Jesper Christensen (da repelús en su interpretación de criminal nazi) y un cada vez más convincente Sam Worthington. Madden ha esbozado una notable cinta con un evidente pulso dramático, aunque en su debe hay que cargarle que pase un tanto de puntillas por aspectos morales inherentes a conceptos como la venganza y se centre más en filosofar sobre “la verdad os hará libres”.

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