Gerard Butler

Asegurando el perímetro

Fotograma del filme 'Objetivo: Washington D.C.'. /EP

Gerard Butler es el agente Mike Banning en ‘Objetivo: Washington D.C. / EP

La cartelera de este verano que ya está casi extinto no ha sido pródiga en películas de enjundia, salvo alguna que otra excepción, caso de la tarantiniana Érase una vez en Hollywood. Como no podía ser de otra manera, el cine de evasión, en cualquiera de sus vertientes, se erige en la gran estrella estival, que para eso estamos en el periodo de ocio por antonomasia y, por lo tanto, susceptible de que uno se desparrame por la butaca con un buen puñado de cotufas en la boca. La acción canicular ha llegado esta vez de la mano de Objetivo: Washington D.C., que aparentemente cierra una saga protagonizada por una suerte de gafe -es lo que sin duda llamaríamos a un tipo a cuyo lado siempre se quieren cargar de la forma más estrambótica al presidente estadounidense-: el agente del servicio secreto Mike Banning, a la sazón el Leónidas Gerard Butler. El filme, dirigido en esta ocasión por Ric Roman Waugh (El mensajero), que toma el relevo del resolutivo Antoine Fuqua y de Babak Najafi, artífices, respectivamente, de las dos cintas anteriores de la trilogía (Objetivo: la Casa Blanca y Objetivo: Londres), no decae en su ritmo en ningún momento, con meritorias escenas, a pesar de desplegar menos artificios visuales que sus predecesoras y de una trama que dista mucho de ser original, más bien todo lo contrario, pero que la entronca con éxitos del género en el pasado, como la versión cinematográfica de El fugitivo. La película rezuma un regusto crepuscular, personificado en un Banning ya entradito en años y en achaques, y sube enteros al contar con el buen hacer de ilustres veteranos, como Nick Nolte y Danny Huston, además del eterno Morgan Freeman, que repite en la franquicia. Mira que nos gustan a rabiar las pelis en las que alguien dice con marcialidad aquello de: “El perímetro está asegurado”. Nos deja más tranquilos, o no…

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Tormenta imperfecta

Fotograma de 'Geostorm'. / WARNER BROS.

Fotograma de ‘Geostorm’, dirigida por Dean Devlin / WARNER BROS.

 

Hacía tiempo que no aparecía por la cartelera una película de catástrofes de corte apocalíptico. A bote pronto, si no me falla la memoria y a riesgo de dejarme alguna en el tintero, la última cinta hasta la fecha de este subgénero nacido para mayor gloria de acongojar al respetable -como si no lo estuviéramos ya con esto del calentamiento global- fue San Andrés (2015), sobre la falla del mismo nombre, en California, protagonizada por ese armario llamado Dwayne Johnson. Geostorm es la nueva aportación a la causa del acabose de la humanidad, en este caso, a costa de los fenómenos meteorológicos devastadores. El filme, dirigido por Dean Devlin, que también ejerce de coguionista, narra el fallo en un sistema de satélites que controla el tiempo en la Tierra y que puede desembocar en un auténtico pandemónium. Su aparente virtud radica en que la trama catastrófica se envuelve en una especie de thriller con reminiscencias políticas e incluso tiene su toque de ciencia ficción con la estación espacial internacional construida ad hoc; sin embargo, el resultado ofrecido no deviene en satisfactorio, más bien lo contrario, empezando por la artificial relación entre los dos hermanos encargados del proyecto: Jake y Max Lawson (Gerard Butler y Jim Sturgess). Desde luego, al espartano Butler le va más pegar mamporros a diestro y siniestro, pero en el papel de ingeniero aeronáutico deja mucho que desear, a lo que no ayuda mucho los pueriles cuando no ridículos diálogos pergeñados por Devlin y Paul Guyot (el otro guionista). Y eso que el reparto tiene su lustre, con dos veteranos como Ed Harris y Andy García, que no dejan de ser meros convidados de piedra. Un producto de evasión como Geostorm debe destacar por encima de todo por sus efectos especiales, que se centran aquí en las escenas que ilustran desgracias meteorológicas (desde la congelación de una aldea afgana o de una playa de Río de Janeiro hasta una ola de calor que achicharra la madrileña Puerta del Sol); no obstante, no llegan a sorprender de la misma manera que lo han hecho otros filmes similares. La cinta tampoco posee ninguna pulsión dramática, y en el único atisbo se diluye al final con un decepcionante deus ex machina. Eso sí, al menos posee un mensaje a modo de moraleja que parece dirigido al inefable y negacionista Donald Trump: cuidadín, que el cambio climático no es coña…

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Objetivo fallido

El actor escocés Gerard Butler es protagonista de 'Objetivo: Londres'. / EONE FILMS

Gerard Butler es el protagonista de ‘Objetivo: Londres’. / EONE FILMS

La cartelera en primavera, al contrario de lo que sucede en esta estación, lejos de florecer parece un erial. Justo por esta época, en 2013, se estrenaba en España el filme Objetivo: la Casa Blanca, una película de acción a raudales en las que un grupo de terroristas norcoreanos irrumpía en el conocido edificio de trabajo y morada del presidente norteamericano para secuestrarlo a él y a parte de su gobierno, sin caer en la cuenta de que por allí andaba ufano el agente del servicio secreto Mike Banning, a la sazón el rudo Gerard Butler -que volvía a tomarle el pulso a esto de dar mamporros- para deshacer el entuerto. La cinta, dirigida por un consumado especialista en este tipo de filmes, Antoine Fuqua (realizador de Training Day y Los amos de Brooklyn, entre otras cintas), resultaba ciertamente entretenida a pesar del consabido y apriorístico final: ganan los buenos y los malos salen machacados por todos lados. Sin embargo, alguien creyó que la fórmula, lejos de agotarse, podía seguir vigente. Con la misma base de actores, aparte del guardaespaldas Butler, repiten Aaron Eckhart, en el papel del presidente del Imperio, y el ínclito Morgan Freeman –que en esta continuación pasa de portavoz gubernamental a vicepresidente-, aunque sin el mismo director, le sustituye el cuasi novato Babak Najafi, la trama se traslada a Londres, donde un contubernio terrorista acaba con varios primeros ministros del G8 que acudían al entierro del premier británico. Objetivo: Londres es previsible en su planteamiento, caótica en su ejecución, regular en las formas, sin ningún tipo de grises en su argumentario y con diálogos para pegarse un tiro. En resumidas cuentas, una más que prescindible secuela. Recemos pues encarecidamente al dios del sentido común para que nadie tenga la infeliz ocurrencia de hacer una tercera parte.

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Leónidas en la Casa Blanca

Menudo secarral de películas estamos viendo en esta calurosa primavera del año 13 del segundo milenio después de Cristo, donde los filmes interesantes no brotan ni por asomo en la cartelera. En este páramo cinematográfico nos encontramos con productos de vívida evasión como Objetivo: la Casa Blanca (en inglés, Olympus has fallen, un título mucho más poético, no me lo negarán), básicamente una tuneada versión de la primigenia Jungla de Cristal, que cambia el edificio Nakatomi por el hogar de los presidentes de Estados Unidos, y que sustituye al metomentodo policía neoyorquino John McClane-Bruce Willis por el agente del servicio secreto Mike Banning-Gerard Butler, con el añadido de que el actor británico nos recuerda también a su letal Leónidas de 300. Si en la célebre cinta de los 80, los terroristas eran malvados alemanes orientales (de los de la extinta RDA), en esta, por mor de los tiempos que corren, los malos malísimos -una vez finiquitado el ínclito Bin Laden- son, como no podía ser de otra manera, los norcoreanos, quienes atacan sorpresivamente la Casa Blanca y la hacen papilla para bebés, tomando de paso al presidente (Aaron Eckhart ) y parte de su gobierno como rehenes en el búnker (¡sí, existe!).

 

Butler interpreta a un agente del servicio secreto estadounidense

La película por supuesto que resulta entretenida, como todas las de esta clase, en las que el máximo responsable del Imperio está en apuros (ya saben, Air Force One…), y más una dirigida por un tipo como Antoine Fuqua, ya curtido en filmes de acción (Los amos de Brooklyn, Shooter: el tirador, El rey Arturo, y la excelente Training Day), lo que pasa es que deja un capitidisminuido espacio para la sorpresa, y tras un prometedor inicio, apenas transcurridos diez minutos, barruntas lo que va a suceder, incluida la imagen de la bandera de las barras y estrellas cayendo al suelo con música solemne. Nada que no hayamos visto antes. Como curiosidad, el bueno de Morgan Freeman (que interpreta al portavoz gubernamental) llega a la presidencia de Estados Unidos por segunda vez en su carrera (ya lo fue en la apocalíptica Deep Impact), aunque aquí sea solo en funciones. Por lo demás, poca cosa. ¡Ah! Butler no dice eso de yipikayei hijo de…, ni tampoco augh, afortunadamente

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