Goya

Sin Goya al mejor espectáculo

Si en 2015 la gala de los Goya comenzaba con contundencia y cierto estilo, acabando luego en las manos del dios del aburrimiento, eso sí, salvada por la irrupción del humorista metido a actor Dani Rovira, este año no solo su inicio no fue prometedor -un paupérrimo número musical-, sino que lejos de remontar durante la noche se sumió aún más en el tedio, sin que el carisma del cómico malagueño pudiera hacer nada para mejorar el cotarro, salvo algún que otro chascarrillo a cuenta de los políticos presentes entre el respetable. Una -larga- velada para olvidar en su faceta de espectáculo, en la que únicamente deslumbraron las emocionales intervenciones de Miguel Herrán, Dani Guzmán y Natalia de Molina, la gran sorpresa de la noche, no en vano arrebató el cabezón a Penélope Cruz, Juliette Binoche e Inma Cuesta -ahí es nada-. Una realización televisiva manifiestamente mejorable -a muchos aludidos ni se les vio en el graderío, o se les vio a destiempo-, unos números desubicados -la magia y el cine van de la mano, pero no tanto- y el dudoso criterio -como acertó a espetar Ricardo Darín– para interrumpir los discursos de los premiados -la dichosa e irrespetuosa musiquita- jalonaron un acto bastante lejano de la brillantez que se requería en el 30 aniversario de los galardones. Si la referencia para la que se supone que es la gran fiesta del cine español sigue siendo Hollywood -si se copia de lo bueno, bienvenido sea-, todavía hace falta aprender, y mucho. Y si no, que se fijen aquí cerquita, en los Premios Feroz, que en solo tres ediciones, con menos medios pero con bastante imaginación, logran hacer una gala de lo más ágil y divertida.

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Un Depp sin mucho arte

Cada vez que veo al ínclito Johnny Depp transitando por la comedia o sucedáneos con toques de aventura o fantasía, veo irremisiblemente de una u otra manera, con sus matices y subrayados, al inefable personaje del capitán Jack Sparrow, ya sea en la piel del lustroso vampiro gótico Barnabas Collins de Sombras tenebrosas (2012), de su amigo y benefactor cinematográfico Tim Burton, o en el cien veces histriónico Sombrerero Loco de Alicia en el País de las Maravillas (2010), o al excéntrico Willy Wonka de Charlie y la fábrica de chocolate (2005), ambas en las versiones ideadas por el mentado director californiano; incluso lo veo en el personaje del indio Toro en El llanero solitario (Gore Verbinski, 2013), eso sí, lacónico en la verborrea, aunque con un cierto parecido con el pirata en su caracterización. Y lo vuelvo a ver en Mortdecai, su nueva película, dirigida por David Koepp, en la que interpreta a un taimado marchante de arte a la búsqueda de un cuadro perdido de Goya que contiene en su reverso un código secreto, atosigado en todo momento por la mafia rusa y el espionaje británico y con una esposa un tanto esquiva. Basado en los libros de Kyril Bonfiglioli protagonizados por el coleccionista -un tanto canalla pero distinguido- Charlie Mortdecai, el filme es un vehículo ideado para el supuesto lucimiento de Depp, en el que destila por doquier sus aspavientos y gestos -con bigote adosado para más inri-, algo que no solo no nos sorprende, sino que ya empieza a resultar cansino. En cualquier caso, y sin descargar las tintas solo en la figura de Johnny Depp -por otra parte un estupendo actor cuando se pone a ello, que quede claro-, la película coquetea con el más pasmoso tedio y se sostiene a duras penas entre tanto humor previsible y clichés, a pesar de contar con un estimable elenco de actores, como Gwyneth Paltrow, Ewan McGregor y Paul Bettany, quien, por cierto, pasa por ser de lo más risible de esta cinta en su papel de guardaespaldas y mayordomo para todo obsesionado con el sexo.

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Una gala ‘low cost’

Que España es diferente ya lo sabemos. Más allá de supuestas buenas intenciones laborales y de acuerdos beneficiosos -la pela al final es la pela-, solo en un país como este ocurren cosas como que dos personas ataviadas con trajes alusivos a una conocida empresa de trabajo temporal entreguen tres premios en la máxima fiesta del cine patrio. No sé ustedes, pero yo no me imagino en los Óscar a dos individuos vestidos de Ronald McDonald dando la preciada estatuilla dorada al mejor cortometraje de ficción por mucho que la cadena de hamburguesas fuese patrocinadora. En fin, supongo que todo formaba parte de esa querencia a gala low cost de estos Goya 2014, edición que parió una ceremonia escasamente brillante a la par que sobria, en la que, como era previsible, el ínclito y malquerido ministro Wert estuvo muy presente a pesar de no dejar ver su brillante testa por territorio enemigo. Pocas sorpresas y pronósticos casi cumplidos en una convocatoria donde la gran perdedora fue la más nominada -suele ocurrir-, La gran familia española, y que tuvo en Vivir es fácil con los ojos cerrados a la triunfadora de la noche -junto a Las brujas de Zugarramurdi-, con un David Trueba pletórico y verborreico. Del gesticulante, y novato en el difícil cometido de conducir este carro, Manel Fuentes, qué decir, pues eso, que debería haber sobreactuado menos y dejar los aspavientos a un lado -igual le habría ido bien fijarse en el tranquilo Buenafuente, con sus manos en los bolsillos-. El popular presentador, periodista y cómico catalán comenzó un tanto nervioso y tardó en conectar con un respetable bastante frío de inicio, a lo que no ayudó, desde luego, su chiste fácil sobre el ojo del mayor de los Trueba. Los vídeos y gags alrededor de las películas candidatas, como siempre, de lo mejorcito de la gala, incluido el guiño de los presentadores de anteriores ceremonias -hay que curarse en salud con humor-, además del ya habitual e hilarante sketch chanante de Muchachada Nui -tendrían que darle algún año la oportunidad de dirigir el cotarro, seguro que nos divertiríamos más-. Aparte de los reiterados palos al ministro ausente, el espectáculo discurrió con lacerante normalidad, falto de ritmo y sin adornos, y por ende, sin excesiva profusión. Hasta el propio discurso de Enrique González Macho, el presidente de la Academia del Cine, quien no está ungido precisamente por las musas de la oratoria, careció de una mayor contundencia -tal vez porque, según reiteró él mismo, continúan los mismos males que afectan a la cinematografía nacional, y no le falta razón-. La emoción en mayúsculas llegó al menos en la velada de la mano de esa señora de la escena llamada Terele Pávez, con su merecidísimo Goya que, por fin, también se llevó otro grande de nuestra gran pantalla, Javier Cámara.

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El brigada Landa

Con el adiós de Alfredo Landa se finiquita, por pura ley de vida, una amplia etapa del cine patrio. Landa formó parte en sus inicios de una industria que, bajo el paraguas de la dictadura franquista, paría productos como las comedias de costumbres con gran componente machista, lo que peyorativamente se conoció a la postre como españoladas, aunque se integró, de secundario, en filmes de caché como esas perlas de la época llamadas Atraco a las tres y El verdugo. Encasillado en interpretaciones de ciudadano de a pie, bajito, bizarro, de pelo en pecho, con una extraña mezcla de mala leche y de indestructible candidez, Landa se hizo un hueco en el sector e incluso dio nombre a un término, el landismo, que fue sinónimo de una especie de subgénero de lo anterior, que englobaba a películas de enredo con toques de erotismo pueril -propio de las circunstancias del momento-, en las que, sobre todo, las extranjeras venidas de la fría Escandinavia se erigían en objeto de frustrante deseo, y donde, además de él mismo, también pululaban por ese universo actores de la talla de José Luis López Vázquez y José Sacristán. Tras la llegada de la democracia, pudimos comprobar el enorme y sólido actor que era Alfredo Landa, en un cine más ambicioso y con otros registros. El crack y su secuela, Los santos inocentes ( por la que recibió ex aqueo -junto a Paco Rabal- en 1984 el premio a la mejor interpretación del Festival de Cannes), Los paraísos perdidos, El bosque animado (por la que obtuvo un Goya a la mejor interpretación, al igual que con La marrana) y El rey del río, entre otras, componen esa nutrida filmografía de su madurez personal y artística. Con Landa hemos disfrutado, nos hemos reído a rabiar, por su simpático y perenne cabreo, pero de manera particular me he descuajaringando a carcajadas viéndolo en la piel del brigada chusquero Castro en esa metáfora de la España que fue y que no queremos que se repita nunca llamada La vaquilla, del sublime Berlanga. “Cuidado mi teniente, cuidado conmigo, eh! Hemos corrido un encierro, nos hemos tragado una misa, hemos llevado una virgen, hemos cargado con un marqués, usted ha afeitado a un fascista, a mí me han pegado una cornada, éste… ¡se ha cagao!, a éste… lo han vestido de sacristán y a éste le han puesto los cuernos… Y todo por la jodida vaca ¡Qué le den mucho por el saco a la vaca! Yo me voy a comer…!”, dixit el ya eterno actor navarro en una de las escenas más celebradas del filme. Genio y figura. Descanse en paz.

 

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Goyas contenidos

Sobriedad, glamour hasta cierto punto discreto, poca fastuosidad, escasas sorpresas, alguna que otra crítica (muy tibia, cuando la hubo), algún espontáneo, y mucho humor (ya solo nos queda eso). Y es que hasta las galas entre las galas no se salvan de la alargada e inquietante sombra de la crisis. Los Goya más contenidos (por diversos motivos) que uno recuerde premiaron mesuradamente al favorito de las quinielas: ese western urbano llamado No habrá paz para los malvados, aunque nuestro (por lo de Mateo Gil) western del Altiplano, Blackthorn, tampoco se fue de vacío. Era lo esperado, incluidos los Goyas menores (salvo los premios a mejor actriz, Elena Anaya; y mejor banda sonora, Alberto Iglesias) para el hijo pródigo Pedro Almodóvar, quien con gafas a lo Jack Nicholson resistió impávido la velada. Eva Hache se sube al carro de presentadores -si bien se esperaba un poco más de ella- que se han ganado a pulso el volver a conducir una gala de los Goya. A diferencia de los estadounidenses en sus Oscar (Billy Crystal y poco más, no crean), por estos lares tenemos unos cuantos para elegir, desde los clásicos Rosa María Sardá y el Gran Wyoming, hasta José Corbacho y Buenafuente, sin obviar a un futurible en tales cometidos: Santiago Segura, con diferencia, el más canalla de los que pasaron el domingo por el acto. En una ceremonia que osciló entre las gracietas y el inicio del bostezo, se hicieron un sitio la emoción, en especial cuando subió al escenario una recuperada Silvia Abascal, y el absurdo, con el espontáneo que pidió dinero para un western en Extremadura (por allí pasó otro de Anonymous). La controversia también tuvo un cachito de protagonismo, una vez más con internet. Si el año pasado, el presidente saliente del cotarro académico, Álex de la Iglesia, decía que el “cine le debe mucho a internet”; el entrante, Enrique González Macho, opinaba que la red “no forma parte de la actividad económica de esta industria”. Qué cosas…

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