Henry Cavill

Verano de espías

 Rebbeca Fergusson y Tom Crusie protagonizan la quinta entrega de 'Misión Imposible'. / EUROPA PRESS

Rebbeca Fergusson y Tom Crusie protagonizan la quinta entrega de ‘Misión Imposible’. / EUROPA PRESS

Henry Cavill y Armie Hammer interpretan a los antagónicos espías de 'Operación U.N.C.L.E.' / EUROPA PRESS

Henry Cavill y Armie Hammer interpretan a los antagónicos espías de ‘Operación U.N.C.L.E.’ / EUROPA PRESS

El estío, que ya se acaba, está siendo un tanto pródigo en materia de espías. Además de la recién estrenada -este mismo viernes-, Anacleto: agente secreto, contribución patria al subgénero vía mundo del tebeo (o de los chistes, como los llamábamos de pequeños por estos lares), el verano nos ha traído dos muestras de este universo propio, ambas emanadas curiosamente de series televisivas norteamericanas de los años 60, a saber: una saga ya consolidada y un filme que tiene visos de convertirse en franquicia, aunque quizás no con tanto éxito como la anterior. Me refiero a la quinta entrega de Misión Imposible (Nación secreta) y a Operación U.N.C.L.E, respectivamente. De la primera, aparte de la consabida y casi obligada escena de contener la respiración -esta vez toca subirse en el exterior de un avión en pleno despegue-, ejecutada por el propio Ethan Hunt-Tom Cruise, lo que es de agradecer -las aseguradoras del actor no piensan lo mismo-, decir que sigue, como no podía ser de otra manera, los mismos parámetros de sus precuelas: acción a raudales y villanos con mala baba. Tal vez la cinta desprende un punto de intimismo, el que da la estilizada aportación de la actriz Rebbeca Ferguson. Como aspecto poco acertado, por la carencia de originalidad debido a su excesivo uso en el celuloide, que no por su concepción estética en esta película-todo lo contrario-, destaca el recurrente recurso del Nessun dorma (la famosa aria del acto final del Turandot de Puccini) para remarcar el clímax narrativo, en el  caso que nos ocupa en la secuencia en la Ópera de Viena. Por lo que respecta Operación U.N.C.L.E., que bebe de la  sesentera El agente de CIPOL, protagonizada Robert Vaughn y David McCallum, sustituidos aquí por el superman Henry Cavill y el llanero solitario Armie Hammer, deviene en un producto lustroso y cool, bajo las coordenadas del director británico Guy Ritchie, cineasta que despliega por doquier un estilo propio y definido que impregna a sus películas de arriba a abajo. En este tête à tête colaborativo entre dos consumados espías: uno estadounidense y otro soviético, en plena vorágine de la Guerra Fría, Ritchie vuelve a demostrar su buen hacer, si bien lo que viene defectuoso de fábrica es el propio argumento del filme: algo ramplón y con poca chicha. Quitando este debe, la cinta resulta potable.

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Resucitando a Superman

Ya sé que estamos en una época propicia para humanizar a los superhéroes -sobre todo porque escasean entre tanto supermangante del maldito parné-, insuflándoles un halo ora introspectivo ora oscuro y despojándoles de paso -eso sí que es un acierto y un brindis al buen gusto- de cualquier atisbo kitsch, incluso hasta en la propia indumentaria, lo cual no resulta una empresa nada fácil… El hombre de acero sigue sin complejos esta tendencia metafísica y profunda tan acusada en los filmes de Christopher Nolan sobre el otro tótem de los cómics, Batman (no en vano comparten productor, el propio Nolan, y guionista, David S. Goyer). No diré que no me haya gustado la nueva revisitación de Superman dirigida por Zack Snyder, superior a todas luces al anterior y fallido intento de resucitar la franquicia, pero tampoco me produjo un entusiasmo inusitado, aunque sí creo que se han puesto los mimbres necesarios para que la saga se revitalice. Una casa siempre hay que empezarla por los cimientos y una película de este cariz se apuntala  -obviamente- por el personaje: el actor que iba a tener la encomienda de encarnar al primus inter pares de los superhéroes debía de ser escrupulosamente convincente y en este caso Henry Cavill lo ha sido, erigiéndose en un digno sucesor de Christopher Reeve. El hombre de acero incide en la madre -y padre- del cordero, es decir, en contar los orígenes alienígenas de Superman (para los kriptonianos Kal-El), y mostrar, a base de medidos flashback, su incomprendida infancia. Sin embargo, el filme, entretenido al principio, abusa en exceso de los palos que a diestro y siniestro se da el ínclito con sus paisanos voladores, escenas que recuerdan en demasía a los mamporros en plena urbe de la última de Los Vengadores (encima de la competencia tebeística, la Marvel) si bien sin tanta gracia -por cierto, falta mucho humor en este reinicio supermaniano, algo que era un santo y seña en la serie de Reeve-. Este hombre de acero de condición mística (para los de los paralelismos cristianos, en la peli tiene 33 años y pide hasta consejo a un sacerdote católico) y con padres con posibles (tanto el natural como el putativo, a la sazón Russell Crowe y Kevin Costner) cuenta con madera pese a que sus nuevos creadores cometen un sacrilegio parcamente enmendado: casi eliminan a su alter ego periodístico.

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Mitología tuneada

A la espera del estreno de la “canaria” Furia de Titanes 2, de Jonathan Liebesman, la cartelera cinematográfica alberga estas semanas otra muestra de mitología griega adulterada, en esta ocasión, de la mano de Immortals, una suerte de peplum pasado sin cortapisas por el tamiz de 300 y la saga de El señor de los anillos y concebido para mayor gloria del 3D, en el que los guionistas de la cinta en cuestión, Charley Parlapanides y Vlas Parlapanides, a pesar de llevar a cuestas un claro apellido heleno, se pasan por el forro de sus caprichos la literatura clásica al respecto. Hollywood tiene la inquietante y cansina manía de intentar mejorar lo inmejorable. El prolífico, lascivo y puñetero panteón griego, con Zeus, Hera, Atenea y Poseidón a la cabeza, resulta lo suficientemente atractivo y estimulante para no descarriar por un precipicio el particular culebrón mitológico de la Hélade, pergeñando extrañas e incomprensibles compañías de viaje. Mezclar a un tipo como Teseo, uno de los héroes griegos por antonomasia, el “torero” del Minotauro, quien dejó en Naxos para vestir santos a la bella Ariadna, con la lucha entre titanes y dioses del Olimpo, es como juntar churras con merinas en una noche sin luna. Bien es verdad que el peplum, esas películas de túnicas y espadas, mal llamadas -por extensión- de romanos, no suelen ser muy fieles a la Historia y a la leyenda, pero siempre se agradece un poco de rigor al cotarro. Immortals, dirigida por Tarsem Singh, y protagonizada por Henry Cavill, Mickey Rourke (le pone ganas a la cosa yendo de canalla sin escrúpulos), John Hurt (que siempre cuenten con él), Freida Pinto (lo mejor, sin duda) y Stephen Dorff (raro verlo por estos lares), deviene en un testosterónico filme, con imágenes hiperbólicas y una estética algo kitsch, cuyo hilo conductor no convence ni al más impávido creyente. Entretenimiento el justo para llevarse un buen puñado de palomitas a la boca y poco más en esta enésima revisitación del mentado género. Lo dicho, a la espera de más furias de titanes, a ver si esta vez sorprenden…

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