Jeremy Renner

El regreso del grupo salvaje

Los  Vengadores, de nuevo en acción. / MARVEL

Los Vengadores, de nuevo en acción. / MARVEL

Por fin ya está por aquí la segunda parte de Los Vengadores que, con el subrayado de La era de Ultrón, pasa por ser uno de los estrenos más esperados de este año aún adolescente. El universo cinematográfico de Marvel sigue lejos -por ahora- del agujero negro del fracaso comercial, y continúa sacando rédito a los personajes -separados, juntos y revueltos- cocreados principalmente por el historietista Stan Lee, que como no podía ser de otra manera protagoniza aquí su enésimo cameo. En esta ocasión, el peculiar y variado grupo de superhéroes se las ve y se las desea con Ultrón, una suerte de robot producto de la inteligencia artificial que, como suele ser casi una obligación en un malvado que se precie, quiere finiquitar de un plumazo a la humanidad. El mayor atractivo del filme que dirige Joss Whedon -que repite de nuevo en estas lides-, más que en los reiterados y consabidos artificios visuales y efectos especiales y en la acción pura y dura, radica en la evolución individual y grupal de Los Vengadores -hasta se van de fiesta -. Vemos, por ejemplo, el incipiente romance entre Hulk (Mark Ruffalo) y la Viuda Negra (Scarlett Johansson), e incluso la estrecha colaboración laboral entre Capitán América (Chris Evans) y Thor (Chris Hemsworth), combinando escudo y martillo para machacar al personal, esta vez a una miríada de androides voladores. También conocemos más sobre la referida Viuda Negra y el propio Ojo de Halcón (Jeremy Renner), uno de los personajes que más han pasado desapercibidos hasta el momento en la franquicia, todo un padre de familia. Y, sobre todo, asistimos a la incorporación de nuevos miembros a este colectivo “filantrópico”. Por lo demás, y a pesar de las pinceladas oscuras y hasta místicas de esta segunda entrega, la cinta expele los mismos presupuestos de mamporros y de destrucción a mansalva de edificios, asfalto y mobiliario urbano de la ciudad de turno (cómo se nota que no están en elecciones), y por supuesto, la ironía siempre fina de Tony Stark-Iron Man (el ínclito Robert Downey Jr.). En cualquier caso, y sin que nos sorprendan por este camino -era muy difícil superar la primera parte de esta saga-, el entretenimiento al menos no falta a la cita.

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Estafa y peluquería

Tiene La gran estafa americana algo que te engancha a pesar de que uno se esperaba un poco más de este multipremiado filme -es lo que pasa con las grandes expectativas-, y no lo digo por la impactante escena inaugural, en la que un enorme excaballero oscuro Christian Bale, barrigón y desengañado, se coloca a duras penas su peluquín. Y no será por falta de pelos, porque el cabello forma parte de la personalidad de los diferentes protagonistas que pululan por esta historia de estafadores captados por el FBI para destapar una trama de corrupción en la Norteamérica de los años 70, desde los pequeños y cuidados rizos de Bradley Cooper, hasta los cuidados estofados de Amy Adams, pasando por los recogidos de Jennifer Lawrence y acabando con el tupé a lo Elvis de Jeremy Renner. David O. Russell (Tres Reyes, The Figther, El lado bueno de las cosas) ha articulado una tragicomedia en la que el timo, personal y profesional, supone el hilo conductor de este cóctel de géneros que transita entre surreales personajes y situaciones, donde los actores llevan absolutamente el peso de la narración, con una estupenda Amy Adams y una brillantísima Jennifer Lawrence, que tiene todos los visos de convertirse en un gran estrella del celuloide y que lo borda en el papel de femme fatale doméstica con laca hasta arriba. De hecho, son los intérpretes, principales y secundarios, incluido el cameo mafioso de un -parece que recuperado para la causa- Robert De Niro, los que dan bagaje y lustre a una película que deambula con un ritmo bastante pausado, roto por una excelente banda sonora que recrea en la época que mandaban en esto de la música gente como Donna Summer y Tom Jones. Merece la pena su visionado por estas circunstancias, no en vano el cuarteto principal de actores está nominado a los Óscar -ya ocurrió en la edición del año pasado con el anterior filme de David O. Russell, El lado bueno de las cosas-. Si nos ponemos a compararla con la otra gran favorita a mejor película para ganar la preciada estatuilla, léase El lobo de Wall Street, no me cabe ninguna duda, me quedo sí o sí con el excelso y excesivo filme de Martin Scorsese. Sin embargo, no le hagan ascos a esta cinta, aunque ponga estafa en el título.

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Misión entretenida

Debo confesar que mis malos presagios para con Misión Imposible. Protocolo fantasma, especialmente con ese subtítulo tan de Las Guerras de las Galaxias (o de rimbombante operación bélica estadounidense), no se han cumplido. El cuarto filme de esta saga que bebe de la exitosa serie televisiva de los años 60 y 70 del pasado siglo no solo no finiquita un producto, como suele ser habitual cuando se empieza a estirar el chicle de una franquicia hasta la saciedad, sino que incluso lo viene a revitalizar. Un auténtico lavado de cara el efectuado para este vehículo de lucimiento personal del amigo Tom Cruise -el ínclito agente Ethan Hunt-, al que, ya de paso, le imploramos (a la Iglesia de la Cienciología si hiciera falta) que solo se centre en este tipo de películas, que al fin y al cabo es lo mejor que sabe hacer. La cinta posee el pulso y el ritmo necesario para que no bajes la guardia ni un ápice en las dos horas y pico que dura, lo cual, aunque va en el propio ADN de este tipo de filmes de persecuciones a tutiplén, de malos malísimos, de chicas de muy buen ver y de mundos a los que salvar, se agradece, porque no siempre se logra mantener el trasero del espectador en simbiosis con la butaca. Se nota de nuevo la mano del J.J Abrams de marras, que ejerce ahora aquí de productor, y de un sorprendente Brad Bird (el creador de Ratatouille y Los increíbles) en la dirección, así como las buenas sensaciones que dejan actores como Jeremy Renner, Simon Pegg y Paula Patton. Impresiona la secuencia en la que se escala el Burj Khalifa, en Dubai, el edificio más grande del mundo (por ahora), aunque no tanto la correspondiente escena de la destrucción del Kremlin (creo que de los pocos edificios emblemáticos que el cine no se había cargado). En resumidas cuentas, Misión Imposible. Protocolo fantasma deviene en una buena película de evasión que cumple con la regla básica del género de acción: entretener, además de entretener, y en la que me quedo con una cosa en particular: a los espías de ahora les van los cacharritos del fallecido Steve Jobs, sobre todo, el iPad y el iPhone… James Bond me temo que estás anticuado…

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