Oscar

Película y experimento

Ellar Coltrane, de niño, es el protagonista de 'Boyhood'. / UNIVERSAL PICTURE

Ellar Coltrane, de niño, es el protagonista de ‘Boyhood’. / UNIVERSAL PICTURES

Está claro que Boyhood debería haber merecido algo más en los pasados Óscar, donde tan solo consiguió la estatuilla a mejor actriz de reparto, para Patricia Arquette, lo que a todas luces se queda corto para un filme que ha obtenido galardones de relevancia en los Globos de Oro, los BAFTA y en el Festival de Berlín del año pasado, y que ya de por sí ha alcanzado un lugar en la posteridad del universo cinematográfico por su decidida vocación experimental al retratar la vida de un niño, Mason, el actor Ellar Coltrane, y de su entorno, durante algo más de un decenio, desde que el infante tenía cinco años hasta que se convierte en un adolescente preuniversitario, todo compartimentado en casi 40 días de rodaje -desde 2002 a 2013-. Tal exiguo reconocimiento de la Academia de Cine de Hollywood no hace justicia a una cinta a priori valiente (la predisposición para embarcarse en un proyecto con mucho de incertidumbre y al socaire de imponderables, lo es, sin duda) que rinde, sobre todo, homenaje a ese precioso valor llamado tiempo -y no lo digo precisamente por los 167 minutos que dura- y a la puñetera cotidianidad, la que padecemos la inmensa mayoría de los mortales en nuestro tránsito vital, a excepción de algún que otro carrusel que nos trastoca la existencia. Richard Linklater, el artífice junto a Julie Delpy y Ethan Hawke  -que también hace acto de presencia en Boyhood– de esa maravillosa trilogía del antes (Antes del amanecer, Antes del atardecer y Antes del anochecer), nos lleva de viaje a un territorio que nos suena de mucho -y no me refiero a esa Texas cuasi crepuscular en la que se desarrolla la película-, donde conviven las frustraciones -la mayor parte de las veces- y alguna que otra alegría, todo trufado con la melancolía que desprende Mason, quien asiste, entre estupefacto e impasible, a su propio devenir con la mirada del párvulo que descubre el desalentador mundo en el que las preguntas no siempre tienen respuesta. Y es que si la gran triunfadora de los Óscar, Birdman, nos gana por su ritmo frenético y por su vena verborreica y gestual; la intimista Boyhood te llega a cautivar por su sencillez reflexiva y por su realismo contenido.

Publicado el por Fran Domínguez en Canarias, Cine, Críticas, Opinión ¿Qué opinas?

Un Eastwood no tan letal

Bradley Cooper es el protagonista de 'El francotirador', el último filme de Eastwood. / WARNER BROS.

Bradley Cooper es el protagonista de ‘El francotirador’, el último filme de Clint Eastwood. / WARNER BROS.

 

El francotirador recibió un disparo en los pasados Óscar. Ese puede ser el titular de esta controvertida película, que ha sido un éxito en taquilla en Estados Unidos, pero que no ha contado con el beneplácito de los premios (sólo se llevó en el caso de la estatuilla dorada un galardón técnico: mejor montaje de sonido). El último filme de Clint Eastwood, basado en la historia real del Navy SEAL Chris Kyle -interpretado por Bradley Cooper-, quien tuvo en su haber como tirador de élite del ejército estadounidense la terrible cifra de 160 personas abatidas en Irak (y eso según fuentes oficiales, porque se le atribuyen hasta 250 muertes), no logra sorprender ni enganchar, entre otras cosas por su vocación de soflama conservadora y militarista, y se queda en el reverso oscuro de una hagiografía. Es más, la cinta toma retazos de otras películas de la que es deudora y que van desde el explícito Enemigo a las puertas hasta Black Hawk derribado, pasando por La chaqueta metálica o si me apuran incluso por El sargento de hierro -dirigida por el propio Eastwood-, y sobre todo, por En tierra hostil, de Kathryn Bigelow, la gran triunfadora en los Óscar del año 2010. En ella, Bigelow nos mostraba la historia de un especialista en desarticular explosivos, miembro de un escuadrón norteamericano en territorio iraquí, y nos deslizaba su adicción a la guerra y su nula adaptación a la sociedad. Eastwood cuenta aquí prácticamente lo mismo que Bigelow, aunque otorga al filme de una carga ideológica de mayor profundidad, o dicho de otra manera, de una consideración más patriótica -al estilo yankee, ya saben, con esa visión unilateral en la que no existen los tonos grises-. Eso sí, el viejo maestro dota a su producto, como no podía ser de otra manera, de una notable factura visual y narrativa a las escenas de acción, si bien no pone toda la carne en el asador en el universo civil del protagonista, con un final en el que obvia los detalles para mayor gloria del homenaje y la glorificación del héroe. En definitiva, El francotirador es de las cintas que no engrosarán ni de lejos el listado de honor del que fuera alcalde de Carmel.

Publicado el por Fran Domínguez en Canarias, Cine, Críticas, Opinión ¿Qué opinas?

Entre códigos

Fotograma  de The imitation game. / THEIMITATIONGAMEMOVIE.COM

Benedict Cumberbatch, en el papel de Alan Turing. / THEIMITATIONGAMEMOVIE.COM

Uno a veces le gusta empezar por el final. Lo digo porque voy a hablar en esta tribuna-y creo que llego a tiempo, dado que este domingo es la ceremonia de los Óscar- de la primera película de las nominadas a la preciada estatuilla que se estrenó en este aún párvulo 2015. The imitation game es el controvertido biopic sobre la figura del matemático Alan Turing y su paso por el equipo que descifró la célebre máquina nazi Enigma, filme que ha recibido palos por todos lados -también buenas críticas, justo es recordarlo- por contener errores de bulto sobre la vida y obra del que está considerado el padre de la informática -al parecer no era un ególatra arrogante incapaz de trabajar en común, ni nunca se convirtió en encubridor de un espía soviético, ni tampoco algunos personajes se comportaron tal y como aparecen retratados en esta cinta dirigida por el cineasta noruego Morten Tyldum-. Obviando el sempiterno debate de las biografías cinematográficas, de que sí es mejor ser fiel a la historia o tomarse ciertas libertades en beneficio del  resultado artístico final, la cinta, por lo pronto, ha logrado reivindicar el papel y el interés por la cuasi olvidada figura de Turing, y no solo refleja muy bien uno de los aspectos menos conocidos y cruciales de la Segunda Guerra Mundial: todo el contubernio montado en torno a la descodificación de mensajes secretos, sino el rechazo y la persecución sufrida en Gran Bretaña por la condición de homosexual de uno de los científicos más brillantes del siglo XX, quien falleció envenenado en 1954. No es la primera vez que el cine trata de la importancia de los criptoanalistas en el contraespionaje aliado, el filme Enigma, una coproducción de 2001 de Reino Unido, Estados Unidos, Alemania y los Países Bajos, aborda la misma temática, aunque desde otra óptica bien distinta y en cualquier caso bastante inferior a The imitation game. Esta cinta, basada en un libro de Andrew Hodges, tal vez no sea un compendio de exactitudes -que no lo es-, pero resulta una película correcta en las formas -no tanto en el fondo-, que se sustenta irremisiblemente en la enorme actuación de Benedict Cumberbatch -candidato al Óscar a mejor actor-, si bien es cierto que le ha faltado incidir un poco más en la tortuosa vida de Turing.

Publicado el por Fran Domínguez en Canarias, Cine, Críticas, Noticias ¿Qué opinas?

El Universo por testigo

Felicity Jones y Eddie Redmayne protagonizan 'La teoría del todo'. UNIVERSAL

Felicity Jones y Eddie Redmayne protagonizan ‘La teoría del todo’. / UNIVERSAL

Stephen Hawking es uno de los personajes mediáticos mundiales más atrayentes a pesar de su condición de científico -lo que ya es un logro en la sociedad en la que vivimos, donde los referentes suelen dedicarse a actividades mucho más prosaicas y menos complacientes con el intelecto-. Su enorme inteligencia y el reto vital de afrontar la enfermedad degenerativa que padece desde su juventud, la temida esclerosis lateral amiotrófica, que para nada ha supuesto un imponderable en sus estudios sobre el origen del Universo, componen un binomio que siempre ha concitado el interés y la curiosidad por este sublime físico teórico, por lo que el estreno de su biopic era largamente esperado. No es la primera vez que un filme trata de un brillante científico con dificultades adyacentes, incluida una relación sentimental -recordemos la excelente Una mente maravillosa, dirigida por Ron Howard y protagonizada por Russell Crowe, que narra la vida del ilustre economista John Forbes Nash, aquejado de esquizofrenia paranoide-. La teoría del todo, título tomado de un libro del propio Hawking, cuya lectura recomiendo encarecidamente, no resulta una cinta tan completa ni tan densa como Una mente maravillosa, y deviene en una historia de amor -subrayada por la adversidad y las vicisitudes-, la del astrofísico y su primera mujer, Jane Wilde, no en vano bebe directamente de las memorias de su esposa. El filme se centra en exclusiva en bucear en esta relación desde sus inicios hasta su epílogo, aunque no esconde el trabajo y la trayectoria científica de Hawking -habríamos deseado ver más, lo que está en el debe de la película-; eso sí, con meras apostillas sobre los agurejos negros, quarks, singularidades y demás conceptos, alusiones que el director James March visualiza brillantemente con imágenes metafóricas. La teoría del todo, que cuenta con cinco candidaturas en la próxima edición de los Óscar, se sustenta en las excelentes interpretaciones de sus dos protagonistas, Eddie Redmayne -con un parecido físico increíble a Stephen Hawking- y Felicity Jones, nominados ambos a mejor intérprete, y esa es, desde luego, su principal baza y atractivo.

Publicado el por Fran Domínguez en Canarias, Cine, Críticas, Opinión ¿Qué opinas?

Viajando con papá

'Nebraska', filme dirigido por Alexander Payne. / VÉRTIGO FILMES

‘Nebraska’ está protagonizada por Bruce Dern y Will Forte. / VÉRTIGO FILMS

Fue una de las pequeñas grandes delicias que concurrió en la pasada edición de los Óscar, un David entre tanto Goliat, un ejemplo de esas obras que merecen el reconocimiento en su conjunto más allá del lustre efímero de candidaturas y premios. Nebraska, el último filme del preclaro Alexander Payne (Entre copas, Los descendientes), supone un remanso de buen cine independiente en las siempre predominantes y gigantescas aguas comerciales de la industria cinematográfica norteamericana. Sencilla, sosegada, inteligente y ácida en ocasiones, esta introspectiva y otoñal road movie rodada en blanco y negro nos sumerge en una entrañable historia de amor, la que profesa un hijo (Will Forte) a su viejo y achacoso padre (Bruce Dern), por quien se embarca en un viaje a lo aparentemente infructuoso, a lo ilusorio de ir a recoger desde Montana a Nebraska un supuesto millón de dólares ganado por su progenitor en un sorteo, a pesar de tratarse de un mero truco publicitario. Payne, ganador de dos Óscar al mejor guión adaptado, nos transporta por el paisaje de un Medio Oeste desolado por la crisis, en el que habita gente que no tiene nada que hacer porque no hay nada que hacer. Es en ese vasto y frío territorio de la desesperanza y de la forzada cotidianidad, en ese destartalado mundo, donde el hijo va descubriendo poco a poco aspectos desconocidos de un padre exalcohólico y siempre distante. La parada y estancia en el antiguo pueblo paternal a causa de una reunión de la familia, en la que enseguida salen a relucir viejas deudas pecuniarias ante la creencia -falsa a la postre- de la inminente llegada de caudales, revierte la primigenia pena del vástago hacia su anciano padre, reciclándola en retazos de admiración. Payne juega de manera genial con conceptos y estados como la vejez, la esperanza y la dignidad. Una comedia dramática que no hay que perderse, en la que además de la magistral actuación -pese a la parquedad oratoria del personaje- de Bruce Dern (Danzad, danzad malditosNaves misteriosas, El gran Gatsby) destacan las interpretaciones del cómico Will Forte, como sufrido hijo, y de la sin par June Squibb, como sublime madre cascarrabias y deslenguada.

Publicado el por Fran Domínguez en Canarias, Cine, Críticas, Opinión ¿Qué opinas?

Igual que el Gordo…

Repartiditos, como el último Gordo de Navidad, tanto que todos pillaron cacho (unos más y otros menos, pero todos tan contentos; bueno, a lo mejor Steven Spielberg no tanto). Era lo previsible, lo que dice mucho de las películas que participaban en esta edición caracterizada por la gran calidad de las producciones. Pocas sorpresas en la vertiente puramente cinematográfica (aquí ocurre a la inversa de la lotería: acertamos casi todo) y algunos premios merecidos, como el de mejor guión original a Quentin Tarantino por su excepcional Django desencadenado. Nuestro diseñador de moda, el lanzaroteño Paco Delgado, no pudo lograr el doblete (Goya y Óscar) porque Anna Karenina se lo quitó (mejor que fuera ella), en una ceremonia larga hasta decir basta que más se asemejó a una gala musical que a un acto para mayor gloria del cine en mayúsculas, y a la que sólo le faltó que Michelle Obama cantara desde la Casa Blanca un espiritual acompañada del coro de encorsetados uniformados que tenía detrás. ¡Ah!, por cierto, se me olvidaba. Mucho me temo que al tal Seth MacFarlane, conductor de la kilométrica velada y creador de la genial serie Padre de familia, no volveremos a verlo por el teatro Dolby de Los Ángeles, lo cual me parecerá una gran noticia. ¡Que vuelva Billy Crystal! Soy un clásico… 

Publicado el por Fran Domínguez en Cine, Críticas ¿Qué opinas?

Bajos vuelos

Washington, en uno de sus mejores papeles

Sorprendente cóctel compuesto de unas buenas dosis de Aeropuerto (y el resto de sus secuelas), Leaving Las Vegas y Días de vino y rosas, El vuelo (Flight) supone la vuelta al cine de carne y hueso -después de sus coqueteos con la animación- del realizador nacido en Chicago Robert Zemeckis (Tras el corazón verde, Regreso al futuro, Forrest Gump, Náufrago), con un producto original y de enorme carga dramática que tiene en el incombustible Denzel Washington a su mayor valedor, posiblemente en una de sus mejores interpretaciones. El filme, irregular pero entretenido, posee como principal activo el giro inesperado en que torna la historia: la de un piloto de líneas regulares pasado de vuelta (en todos los sentidos de la expresión) que salva de manera sorprendente a la inmensa mayoría de los pasajeros de un aparatoso accidente producido por un fallo mecánico, pero que, a pesar de su heroicidad y templanza, debe rendir cuentas por su adicción al alcohol y a la cocaína. Aunque desde ese punto de vista la propuesta resulta interesante, transita, tras un prometedor inicio, con ciertos altibajos, a los que se suma la impertinente manía de bastantes de las películas que este año asoman su cabeza por los Óscar de inflar innecesariamente el minutaje final de la cinta.

Dos grandes actores en liza

El vuelo regurgita dilemas morales y éticos, con personajes abyectos y sin escrúpulos como el del abogado de la compañía aérea afectada por el incidente (un sobrio pero efectivo Don Cheadle) y el propio representante del sindicato de pilotos (un convincente Bruce Greenwood); y escruta, tal de vez de manera escasamente batial, los tejemanejes que se cuecen alrededor de las investigaciones de ese calado. Por lo demás, se echa en falta un mayor desarrollo de determinadas interpretaciones, como la de la novia toxicómana del piloto, papel encarnado por una siempre interesante Kelly Reilly.

Publicado el por Fran Domínguez en Cine, Críticas, Opinión ¿Qué opinas?

Cazando a Osama

La agente Maya, protagonizada por la actriz Jessica Chastain

Aséptica en esencia, sin estridencias narrativas y con el ritmo adecuado. Así se puede definir La noche más oscura (Zero Dark Thirty), la esperada película sobre la persecución a Osama Bin Laden, que se ha hecho acreedora de cinco candidaturas en los próximos premios Óscar, entre ellas, las de mejor película y mejor actriz (Jessica Chastain), aunque su directora, Kathryn Bigelow, se ha quedado fuera -injusta y sorprendentemente- de las nominaciones. Bigelow, que ya demostró con creces su buen hacer con la excelente En tierra hostil (que se vio recompensada con las mieles de la Academia en 2010) vuelve a la palestra con un filme -no exento de polémica por el espinoso asunto de las torturas- sobre el que estaban puestas todas las miradas (especialmente las estadounidenses) y que se se pergeñó con testimonios reales acerca del arduo proceso de búsqueda del terrorista saudí. La noche más oscura, que arranca con un impactante y justificativo prólogo (voces en off de las conversaciones a través del móvil de víctimas del 11-S ) y culmina también de manera brillante, se limita -y ahí radica su acierto- a narrar, huyendo de moralismos y de consideraciones políticas, la trama desplegada por los servicios secretos norteamericanos para atrapar a Bin Laden. Esta persecución farragosa y multidireccional pero impenitente la centra Bigelow en Maya, una novata agente de la CIA, interpretada por Chastain, que poco a poco se introduce en la madeja hilada para llegar al objetivo.

Una de las escenas del filme, en la que las fuerzas especiales se preparan para el asalto de la morada de Bin Laden

La directora californiana tiene la habilidad de intentar abstraer al espectador de otras cuestiones inherentes a la narración y lo embarca en la obcecada misión de la protagonista. Aboga por contar y mostrar los hechos, sin dar pábulo a juzgar ni siquiera a reflexionar (aspectos que deja al propio público), creando además la tensión necesaria, que llega a su clímax con el operativo de asalto que acabó con la vida del enemigo número 1 de América. Bigelow firma aquí un notable trabajo cinematográfico que te atrapa al instante en la butaca.

Publicado el por Fran Domínguez en Cine, Críticas, Opinión ¿Qué opinas?

Premio al cine mudo

En medio de este planeta digital, del 3-D y demás parafernalia técnica en la que vivimos, una película francesa, muda y en blanco y negro, ha reivindicado el mundo desposeído de palabras, en el que la imagen cobra su poder más descriptivo para emocionarnos. En un auténtico desafío creativo y comercial, The Artist ha cautivado al público con su sentido homenaje a un cine de otra pasta, de otros mimbres, que ya no volverá. La apuesta de Hazanavicius ha tenido su recompensa en la propia Meca del Cine, con un filme que recuerda a los estadounidenses en su propia cara los orígenes de esta industria. En la edición inaugural de estos galardones (que aún no se llamaban Oscar), que se entregaron por primera vez en 1929 (se premiaba a las películas del periodo 1927-1928), la ganadora se llamaba Wings (Alas), de William A. Wellman. Fue la primera vez y única (hasta el pasado lunes) que una cinta muda había logrado tal distinción. Wings suponía el canto del cisne de un modelo cinematográfico, en una época en la que la irrupción del sonoro era inevitable. Más de 80 años después, The Artist sorprende por su “modernidad”, revalorizando el espíritu de los pioneros…

Publicado el por Fran Domínguez en Canarias, Cine, Opinión, Premios ¿Qué opinas?

El ombligo de la Thatcher

“A la Thatcher, échale laca”, me decía siempre con sorna un compañero del instituto. La primera ministra británica forma parte de los iconos políticos de los años 80 del pasado siglo, década en la que con su férrea gestión marcó toda una época, el denominado thatcherismo, no de muy buen recuerdo precisamente para la clase obrera de la Pérfida Albión, donde la palabra recorte, ahora tan de moda en nuestras vidas por razones de sobra conocidas, era moneda corriente. En La dama de hierro (no se comieron mucho la testa con el obvio título), la directora Phyllida Lloyd y la guionista Abi Morgan llevan a cabo un peculiar biopic en el que, sin entrar en ningún tipo de juicio crítico con el personaje (lo que a la postre se echa bastante en falta), se limitan a explorar los anhelos, las ambiciones y los miedos de esta enfant terrible de la política europea, que llegó a lo más alto del Gobierno de su Graciosa Majestad allá por 1979, poltrona de la cual no bajó hasta 1990. Con un tono pausado e intimista, la película se centra en las reflexiones -pasadas por el tamiz de la alucinación- de una más que otoñal Margaret Thatcher, que mantiene fluidas conversaciones con el fantasma de su fallecido marido (en sentido literal, que no figurado); y en la que a través del recurso del flashback vamos conociendo telegráficamente y sin mucha consistencia sus inicios políticos y su llegada y asentamiento en el poder. Esta verdadera hagiografía de Thatcher (de santa poco, aunque ya sabemos que este término se utiliza con bastante laxitud) rezuma condescendencia por doquier con una dama que se mira el ombligo constantemente, sin que el filme ahonde en un periodo lleno de turbulencias sociales. Punto y aparte merece la interpretación de Meryl Streep, un verdadero calco de la Thatcher, que borda el papel y que a buen seguro le reportará un nuevo Oscar que sumar a su amplia buchaca de premios, esta vez merced al sombrero, a las perlas y a los kilos de laca de Maggie.

 

Publicado el por Fran Domínguez en Cine, Críticas, Opinión ¿Qué opinas?