Penélope Cruz

Agente escatológico

 

El cómico Sacha Baron Cohen es Nobby en 'Agente contrainteligente'. / REUTERS

Nobby, el nuevo personaje de Sacha Baron Cohen, protagoniza ‘Agente contrainteligente’. / REUTERS

Sacha Baron Cohen es un cómico con inclinación a los excesos, de esos que te encantan o, por el contrario, abominas de ellos. Reconozco que en los mockumentarys (falsos documentales) Borat (2006) y Brüno (2009), basados en sus personajes homónimos, el perseverante periodista kazajo y el fashion reportero austríaco, respectivamente, se pasa un rato divertido con sus ocurrencias y salidas de tono; sin embargo, con El dictador (2012) las expectativas de este irreverente, canalla y socarrón humorista británico bajaron un escalón. Baron Cohen ha regresado a la pantalla con Agente contrainteligente (carpetovetónico nombre que le han dado en la patria de Cervantes al título original del filme, The Brothers Grimsby), en la que lejos de parodiar las películas de espías, reduce el producto a un mero recital compulsivo de escenas escatológicas. No digo que no sueltes algunas sonoras carcajadas con las pintorescas situaciones que plantea (la seminal secuencia en el interior de las partes nobles de una elefanta, por ejemplo) y los dardos que lanza a determinadas celebridades, pero sí se trata de una irregular comedia de la que se podía haber sacado mucha más pólvora del ácido arsenal que atesora Baron Cohen, aparte de su consabido recurso a la megaexageración. En el filme, que dirige el francés Louis Leterrier, un conocido realizador de largometrajes de acción (The Transporter, Transporter 2, El increíble Hulk, Furia de Titanes), Baron Cohen interpreta a Nooby, un hooligan británico con progenie numerosa que encuentra después de muchos años sin saber de él a su hermano Sebastian, convertido ahora en un letal agente del MI6, que no es otro que el rudo Mark Strong, por otra parte, lo mejor de una cinta en la que sirve de contrapunto “serio” a tanto despiporre , y en la que la presencia de Penélope Cruz es meramente anecdótica y testimonial, casi un cameo.

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Sin Goya al mejor espectáculo

Si en 2015 la gala de los Goya comenzaba con contundencia y cierto estilo, acabando luego en las manos del dios del aburrimiento, eso sí, salvada por la irrupción del humorista metido a actor Dani Rovira, este año no solo su inicio no fue prometedor -un paupérrimo número musical-, sino que lejos de remontar durante la noche se sumió aún más en el tedio, sin que el carisma del cómico malagueño pudiera hacer nada para mejorar el cotarro, salvo algún que otro chascarrillo a cuenta de los políticos presentes entre el respetable. Una -larga- velada para olvidar en su faceta de espectáculo, en la que únicamente deslumbraron las emocionales intervenciones de Miguel Herrán, Dani Guzmán y Natalia de Molina, la gran sorpresa de la noche, no en vano arrebató el cabezón a Penélope Cruz, Juliette Binoche e Inma Cuesta -ahí es nada-. Una realización televisiva manifiestamente mejorable -a muchos aludidos ni se les vio en el graderío, o se les vio a destiempo-, unos números desubicados -la magia y el cine van de la mano, pero no tanto- y el dudoso criterio -como acertó a espetar Ricardo Darín– para interrumpir los discursos de los premiados -la dichosa e irrespetuosa musiquita- jalonaron un acto bastante lejano de la brillantez que se requería en el 30 aniversario de los galardones. Si la referencia para la que se supone que es la gran fiesta del cine español sigue siendo Hollywood -si se copia de lo bueno, bienvenido sea-, todavía hace falta aprender, y mucho. Y si no, que se fijen aquí cerquita, en los Premios Feroz, que en solo tres ediciones, con menos medios pero con bastante imaginación, logran hacer una gala de lo más ágil y divertida.

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‘Ma ma’, la madurez de Penélope

 Penélope Cruz es la protagonista de 'Ma ma', el último filme de Julio Medem. / DA

Penélope Cruz es la protagonista de ‘Ma ma’, el último filme de Julio Medem. / DA

Una España en plena crisis económica, sumida en el pozo del paro y jalonada con vastos recortes sociales y sanitarios, pero con el fútbol como irremediable bálsamo de Fierabrás -vamos, lo que aún seguimos viviendo en mayor o menor medida- es el escenario en el que Julio Medem nos presenta Ma ma, su último filme, rodado en parte en esta ínsula de las Afortunadas (el avezado espectador, además de los dos hospitales universitarios, seguro que reconoce los eucaliptos de la bella carretera de la Cruz de Tea, en las medianías de Granadilla). Ma ma, pese a su sensible y dura temática, es una película -en el fondo y en la forma- vitalista que tiene a Penélope Cruz como punta de lanza y razón de ser, en una gran interpretación, en la que viene a subrayar su enorme talento, no siempre lo suficientemente valorado, y eso a pesar del atronador bagaje que da el llevar a cuestas tres Goyas, un Bafta y un Óscar. La actriz madrileña se pone aquí en la piel de Magda, una maestra desempleada, madre de un niño, que está a punto de separarse de su casquivana pareja y a la que le detectan un cáncer de mama. En esta tesitura, en uno de los partidos de su hijo conoce a un ojeador del equipo infantil del Real Madrid, Arturo (Luis Tosar) al que la desgracia también ha tenido a mal tocar y con el que emprende un camino en común. Medem (Vacas, Los amantes del Círculo Polar, Lucía y el sexo, Caótica Ana, Habitación en Roma) nos sumerge en un torrente de emociones y sentimientos que la protagonista capea con cuidadas dosis de humor y naturalidad, en una de las mejores actuaciones de Penélope Cruz, digna de papeles como el de su recordada Raimunda de Volver, y que huele -el tiempo lo dirá- a premio. Ma ma, que cuenta con una excelente partitura de Alberto Iglesias, descansa -vuelvo a repetir- en la oscarizada intérprete, bien secundada por el solvente Luis Tosar, que casi nunca defrauda, y con un más que correcto Asier Etxeandia como ginecólogo, cuyo único debe es el excesivo canturreo al que le somete un Medem un tanto almodovariano que, no obstante, supera el lance con aprobado, si bien podría haber colocado el final de este drama apenas unos segundos antes…

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Abogado en apuros

El consejero, la última película de Ridley Scott, deviene en un inusual thriller que, pese a situarse geográficamente la mayor parte del metraje en el peligroso narcoterritorio de la frontera entre Estados Unidos y México, el primer acto de violencia explícita -la otra pulula de manera sigilosa por el ambiente- no llega hasta una hora y pico después, lo cual subraya la intención intimista que preside esta cinta guionizada por Cormac McCarthy, el celebrado autor de No es país para viejos y La carretera. Scott y McCarthy nos presentan un producto que obliga al espectador a ir enlazando cada una de las piezas de un artilugio narrativo que tiene en su carismático elenco la otra gran baza, empezando por Michael Fassbender, en el papel de abogado con ganas de trepar en el negocio del tráfico de estupefacientes, siguiendo por Javier Bardem, Cameron Diaz -de lo mejorcito del filme-, Penélope Cruz y Brad Pitt, y acabando por secundarios de lujo como Bruno Ganz, Rosie Perez y John Leguizamo. Interesante propuesta, gran puesta en escena y, por lo general, buenos diálogos. Dos curiosidades: los narcos citan hasta versos de Machado en sus devaneos filosóficos y el sexo en coche ya tiene otro significado después de esta película..

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Agotamiento a la vista

Exprimir la franquicia como una naranja madura hasta que no se  pueda sacar más jugo. La cuarta entrega de Piratas del Caribe, bajo el subrayado subtítulo de En mareas misteriosas, sigue la estela dejada por sus dos más inmediatas antecesoras (la primera parte continúa siendo la mejor con diferencia), si bien en su pliego de descargo hay que decir que al menos no presenta una farragosa trama; eso sí, como marca de la casa, vuelve a retorcer y malear a su antojo mitos y leyendas, en esta ocasión, la Fuente de la Juventud. El inclasificable y algo amanerado capitán Jack Sparrow, la ya célebre proyección pirata de Johnny Depp, toma verdaderamente el mando del timón y despliega por doquier un arsenal de poses, de histrionismo y demás parafernalia carnavalesca del personaje, que para eso es la estrella absoluta de una saga que, a buen seguro, vivirá otro episodio más, que mucho me temo (y deseo) será el último, dado el “agotamiento a la vista” del producto. Rob Marshall, quien se ha hecho cargo de esta cuarta parte, esboza un filme lleno de notables efectos especiales y divertidas coreografías de espada (se nota la mano “dancística” del cineasta, director de Chicago y Nine), todo aderezado con diversos toques de humor, elementos que, sin embargo, y como bien saben los seguidores de la saga, no aportan nada que no hayamos visto, ni siquiera el tira y afloja entre Sparrow y su nueva partenaire, una discreta Penélope Cruz en el papel de la española Angélica. La presencia de  Geoffrey Rush (otra vez en la piel del pérfido capitán Barbosa, de los pocos supervivientes originales de la franquicia) y del casi siempre excelente Ian MacShane (el temible pirata Barbanegra) contribuyen a equilibrar y dar lustre a una película que no tiene mayores pretensiones que entretener. Precisamente, éste es el mar por donde Piratas del Caribe transita a sus anchas, aunque debe cuidarse, y mucho, de no encallar en los peligrosos arrecifes de la repetición.

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