Peter Jackson

Adiós a la Tierra Media

Cartel de 'El Hobbit. La batalla de los cinco ejércitos'. / WARNER BROS.

Cartel de ‘El Hobbit. La batalla de los cinco ejércitos’. / WARNER BROS.

No sé cuándo veremos de nuevo en el cine el universo tolkeniano de elfos, enanos, orcos, trasgos, hobbits, magos y demás habitantes singulares de la indómita Tierra Media, léase ahora El Silmarillion, la recopilación de textos del celebérrimo escritor británico, publicada tras su muerte por su hijo Christopher Tolkien, que aún queda por llevar a la gran pantalla, aunque me temo que pasará mucho tiempo para ello, entre otras cosas, porque los derechos del libro los tiene su vástago (y ya sabemos las dificultades que pondrían los herederos para su adaptación, dado que no suelen demostrar demasiado entusiasmo) y porque, también hay que decirlo, estamos ya un pelín saturados de esta fantástica historia fantástica. Por lo pronto, el artífice de todo esto, Peter Jackson, se ha querido despedir a lo grande de su trilogía cinematográfica de El Hobbit, con una puesta en escena acorde con el subtítulo de este último filme: La batalla de los cinco ejércitos. Más acción que en las dos anteriores entregas, Jackson no escatima recursos para dotar de la épica necesaria a este epílogo, si bien no alcanza la sublimación ni la fuerza visual que logró en las apabullantes escenas de contiendas de la saga de El señor de los anillos. En cualquier caso, el director neozelandés ha dotado a la cinta, mucho más corta que las anteriores -tanto de las precuelas como de las secuelas- de un ritmo frenético y trepidante, no exento de cierta carga dramática, si bien con poco equilibrio, para rubricar una tríada correcta, muy inferior a la del Anillo en su concepción global, y eso que se le agradece el esfuerzo por filmar una obra como El Hobbit, más concebida y dirigida a un público infantil. Jackson aprovecha esta última ocasión para unir las dos sagas cinematográficas con cameos de personajes y con explicaciones argumentales y dar así continuidad a su vasto y costoso proyecto de extrapolar al séptimo arte el inabarcable mundo de J.R.R Tolkien. Ahora, vendrán la mercadotecnia final y las versiones ampliadas y demás parafernalia. Pero eso es otra historia…

Publicado el por Fran Domínguez en Canarias, Cine, Críticas, Opinión ¿Qué opinas?

Regreso a medias

Imagen de uno de los fotogramas del filme

Y por fin llegó El Hobbit. Un decenio después de que Peter Jackson deslumbrara al mundo con su acertada adaptación de la trilogía del anillo de J.R.R. Tolkien, el director nacido en Nueva Zelanda nos devuelve de un plumazo a la Tierra Media para contar las andanzas de un joven Bilbo Bolson (por esos mundos de enanos, elfos, trols, trasgos, orcos y demás criaturas de ese continente imaginario). La película, la primera de la que será otra terna, además de la novedad que supone los 48 fotogramas por segundo -aspecto que en modo alguno es baladí-, resulta una libre traslación a la pantalla del libro original -más infantil y lúdico-, con unos toques que lo engarzan con la saga del anillo, sobre todo en lo referente a la épica, que deviene inevitablemente en una clara sensación de continuidad y de revisitación de lugares comunes -y no solo físicos, que también- , aunque el humor aquí está mucho más vivo que en el conjunto de las cintas precedentes. Ese hilo umbilical con la anterior trilogía es lo que marca, precisamente, el camino de El Hobbit: un viaje inesperado, donde Jackson cumple con creces, siguiendo el guión establecido de la grandilocuencia pero que en el fondo no llega del todo a emocionar; de hecho, algunas secuencias se subrayan en exceso, especialmente las iniciales, que rozan hasta cierta abulia. En esa línea de vinculación con la comunidad del anillo, Jackson rescata personajes como Galadriel (Cate Blanchett) o el propio Frodo (Elijah Wood) y dota a nuevos con ropajes de otros ausentes (es el caso del enano Thorin, un claro trasunto de Aragorn). El regreso a la Tierra Media no ha sido tan contundente como el esperado, al menos, en esta primera visita, si bien para los fans irredentos y magnánimos de Tolkien siempre resulta gratificante ver su mundo plasmado en el cine. No obstante, esperemos que Jackson tome buena nota y se suelte la melena en las dos entregas posteriores. Lo veremos justo dentro de un año.

Publicado el por Fran Domínguez en Cine, Críticas, Opinión 2 comentarios

Spielberg con tupé

Una auténtica lección de cine. Así de sencillo, sin más alharacas y adornos. Steven Spielberg recupera la esencia de las mejores piezas del género de aventuras en su particular y lúcida visión de Tintín, el inolvidable personaje de cómic creado por el belga Hergé. El rey Midas de Hollywood (ayudado por otro que no se queda atrás en estas lides, Peter Jackson) sigue aún ejerciendo sus poderes, convirtiendo una vez más en oro todo lo que toca. En Las aventuras de Tintín. El secreto del Unicornio, el director estadounidense logra casi desde el primer fotograma que nos olvidemos de que se trata de un producto de animación de esta era digital y tridimensional en la que vivimos, rodado en el sistema de motion capture (captura de movimiento), como los filmes Polar Express, Beowulf o Cuento de Navidad, aunque en este caso con mayor excelencia. Y lo hace desplegando todo un arsenal de recursos cinematográficos y narrativos que componen un potente espectáculo visual que desactiva por completo en imaginación y diversión a las anteriores versiones fílmicas -animadas o no- de este héroe juvenil de historieta. Spielberg no tiene reparos en la película, acertado compendio, mezcla, amasijo o como lo quieran llamar de varias historias, la basada en El secreto del Unicornio, a la que se unen El tesoro de Rackham el Rojo y El cangrejo de las pinzas de oro, de rendir tributo a uno de sus personajes cinematográficos más celebrados, Indiana Jones, a quien la crítica europea comparó en el estreno de la primera entrega de la popular saga “arqueológica” con el mismísimo Tintín, corroborando así las similitudes entre ambos (no buscadas en su momento, por cierto, dado que el realizador norteamericano desconocía entonces la existencia del intrépido periodista del Petit Vingtième). Pero los autohomenajes spielbergnianos no acaban aquí, también hay referencias a Tiburón (1975), en una escena en la que el pequeño tupé de Tintín transita por el mar como si fuera un escualo. En definitiva, una de las cintas comerciales del año de obligado visionado.

Publicado el por Fran Domínguez en Cine, Críticas ¿Qué opinas?