Quentin Tarantino

Un cuento hollywoodense

Fotograma de la película Érase una vez en Hollywood / EP

Fotograma correspondiente a la película ‘Érase una vez en Hollywood’. / EP

La novena (película) de Quentin Tarantino, su penúltimo filme, según él mismo se ha encargado de anunciar -esperemos que solo sea un pronto-, deviene en su trabajo más personal, sin perder la chispa ni la esencia que le han llevado a erigirse en uno de los guionistas y directores más originales de la actual industria cinematográfica. Érase una vez en Hollywood hace bueno su enunciado, un cuento-y a la vez un homenaje- sobre una época, el final de una década adjetivada de prodigiosa, que dejaba de ser dorada. Tomando como referencia el emblemático año 1969, con tantas efemérides a cuestas, Tarantino recorre con nostalgia y socarronería los vericuetos de un Hollywood que se debatía entre los estertores de su star system y una nueva forma de entender la profesión. De la mano de un actor de series televisivas con ínfulas más altas, Rick Dalton (Leonardo DiCaprio), y su pragmático compañero especialista, Cliff Booth (Brad Pitt), acaso trasuntos de Robert Redford y Paul Newman, y ambos geniales en la interpretación, el realizador parido en Tennessee pero criado en California nos traslada a fiestas glamurosas, a reuniones con productores sin escrúpulos, a los estudios, a las calles de Los Ángeles donde pululaba el movimiento hippie, a sectas destructivas (Charles Manson)… Tarantino da rienda suelta a su memoria cinéfila más párvula, aquella que quedó impregnada en su retina siendo un niño, cuando cazaba todo lo que salía de la caja tonta. Cine dentro del cine (el western siempre está presente, sea explícito o no, en su universo), con una poderosa banda sonora (que incluye un tema de Los Bravos), es en el epílogo donde Tarantino pone su auténtica rúbrica y donde no tiene reparos una vez más en malear la Historia para exorcizar, en este caso, uno de los relatos más tristes acaecidos en la ciudad de las estrellas.

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En el hotel de los líos

Fotograma de 'Malos tiempos en El Royale'. / FOX

Fotograma de ‘Malos tiempos en El Royale’, película dirigida por el también guionista Drew Goddard . / FOX

Los hoteles suelen ser desde siempre un escenario recurrente en el cine. Lugares de tránsito, de encuentro, de esparcimiento, de descanso e incluso de súbita actividad, según se mire, cuando no espacios en los que se da rienda suelta a las más pasiones y pulsiones más oscuras -no se me vayan por pensamientos inapropiados…-. Malos tiempos en El Royale no corresponde en particular a este último caso, como el Overlook de El resplandor (Stanley Kubrick, 1980), ni siquiera El hotel de los líos de los hermanos Marx (William A. Seiter, 1938), aunque por su poliédrica trama lo pueda parecer, si bien aquí su escasa cuota de comicidad discurre por derroteros mucho más siniestros. El segundo filme tras las cámaras del guionista Drew Goddard (La cabaña en el bosque), quien también firma el libreto, deviene en una película con vocación de suspense clásico que deriva en un producto con claros rasgos tarantinianos, y no solo por la contundencia de su epílogo, sino también por la multiplicidad de visiones de una misma escena. Malos tiempos en El Royale narra las vicisitudes de unos enigmáticos huéspedes y un no menos singular recepcionista en un otrora floreciente recinto hotelero, ahora en decadencia, ubicado en la mismísima frontera entre California y Nevada. El clasicismo imperante en este thriller, sobre todo en el planteamiento inicial, se muestra en la presentación de personajes, con sus falsas apariencias y motivaciones, muy a lo Agatha Christie, en un contexto situado en el tránsito de los años 60 a los 70. Precisamente, y ahí radica una de sus mejores señas de identidad, aspectos relevantes de la historia estadounidense de ese periodo convulso se imbrican en la intrahistoria de los mismos personajes, ya sean los iniciales tejemanejes del Gobierno de Nixon, el FBI de Hoover, la Guerra del Vietnam o las propias sectas destructivas (hasta Charles Manson pulula por el ambiente), subrayado en su conjunto con buena música soul de la época. Un cóctel explosivo y ácido, liderado por un siempre resuelto Jeff Brigdes y una convincente Cynthia Erivo, y en el que sorprende el vengador Chris Hemsworth, que poco a poco se va soltando el pelo en esto de interpretaciones más complejas. Malos tiempos en El Royale resulta una entretenida propuesta de cine negro, pero lastrada por un metraje excesivo que reduce un tanto su resultado global.

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Western con ventisca

Fotograma de 'Los odiosos ocho', la nueva película de Tarantino. / EONE

Kurt Russell y Samuel L. Jackson, dos de los protagonistas de ‘Los odiosos ocho’. / EONE

Una hora y media -sí, lo que oyen- tarda en escucharse el primer disparo en Los odiosos ocho. Para un western que se precie resulta bastante extraña tal dilación temporal a la hora de desenfundar un arma. Sin embargo, teniendo detrás de las cámaras a Quentin Tarantino todo es posible. Aun así, que nadie se lleve al menor de los engaños: el paroxismo de violencia marca de la casa llegará a su cita y con tintes gore, además. Tarantino siempre sorprende y eso queridos amigos resulta un plus cada vez más valorado en la enlatada cinematografía actual. Como rezuma cine por todos lados, el guionista y director nacido en Tennessee lo vomita de manera complaciente en cada uno de sus trabajos. En este su segundo western oficial tras Django desencadenado, y digo oficial dado que los mimbres del género los ha utilizado -y de manera harto visible- en buena parte de sus anteriores filmes, vuelve a sorprendernos. Formalmente, Los odiosos ocho es en toda regla un western, por ámbito geográfico, ubicación histórica y patrones estilísticos; no obstante, y he aquí el guiño de Tarantino, deviene en una película de suspense. El frío imperante del paisaje del estado de Wyoming, territorio en el que se sitúa la narración de la cinta escasos años después de la finalización de la contienda fratricida norteamericana (aunque en realidad se rodó en Colorado), parece contagiar los primeros tramos de la película, vana excusa para entrar en calor -eso sí, tal vez con una transición demasiado lenta-, cuando los peculiares e indeseables pasajeros de una diligencia -la referencia fordiana aquí es evidente- se apeen en la mercería de Minnie para refugiarse de la poderosa ventisca que se avecina. Al socaire del abrigo de la fonda y de un café que destilará aromas hitchckonianos se desatan los recelos y las verdaderas intenciones de estos bribones (cazarrecompensas, exsoldados, aspirantes a sheriff…). Tarantino recurre a sus actores más fetiches para urdir este teatral western, con una banda sonora de lujo firmada por Ennio Morricone, en el que destacan profusamente Kurt Russell, Samuel L. Jackson y una Jennifer Jason Leigh en plan Calamity Jane, que le ha valido para estar nominada al Óscar, sin desmerecer a un flemático Tim Roth -en un papel que podría haber hecho Cristopher Waltz- y a un veterano de la talla de Bruce Dern. La octava película de Tarantino no pasa desapercibida y te gustará más a medida que transcurra el tiempo.

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Pistolero Tarantino

Christoph Waltz y Jamie Foxx, los protagonistas de 'Django desencadenado'

El western no supone un género ajeno en la filmografía de Quentin Tarantino. ¿Acaso Reservoir Dogs no es una peli del Oeste trasladada al ámbito urbano, un verdadero Grupo Salvaje cuyos componentes van vestidos de negro. ¿Acaso la saga Kill Bill no cuenta con los mimbres básicos del género, aunque cambiando pistolas por katanas? ¿Acaso la secuencia con la que arranca de forma magistral Maldito Bastardos no empatiza a escala de tensión y de atmósfera con el universo del Far West, pero en la campiña francesa y con malnacidos nazis? A Quentin Tarantino únicamente le faltaba dirigir un western de manera formal (ya había participado como actor en uno, precisamente en Sukiyaki Western: Django, de Takashi Miike). En Django desencadenado despliega todo el imaginario que tiene en su cabeza, ora sea la vertiente crepuscular, ora ese homenaje más que explícito al spagueti western (como santo y seña de este paradigma, el cameo de Franco Nero, el Django de la versión de 1966). Tarantino no reinventa el género, pero le da su excepcional toque, el de un tipo que ha mamado cine por los cuatro costados.

Django desencadenado, que narra las peripecias -dos años antes de la Guerra de Secesión- de un cazarrecompensas alemán (Christoph Waltz, el nuevo actor fetiche de Tarantino: simplemente genial) y de su particular compañero de andanzas, un esclavo liberado  (Jamie Foxx), resulta, en definitiva, una cinta con el santo y seña tarantiniano: diálogos magistrales, sentido del humor, escenas violentas -al final no tantas como cabría esperar- y una pegadiza banda sonora -en la que se incluye un rap-. En el debe del filme: un metraje excesivamente largo (se podía contar lo mismo con menos minutaje). Y en cuanto a la polémica suscitada por las críticas -un tanto fuera de lugar- de Spike Lee por cómo el director de Tennessee trata el asunto de la esclavitud (algo que hace sin haberla visto, según dice), sólo un apunte: Tarantino se ríe hasta del Ku Kux Klan, con una escena en la que ridiculiza a una especie de protogrupo de esos descerebrados… No se la pierdan.

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