Ron Howard

Infierno con poco fuego

Como era de esperar, las nuevas andanzas de Robert Langdon, el solitario y sesudo profesor de simbología de la Universidad de Harvard creado por la mente del conspiranoico novelista Dan Brown, iban a ser carne de cañón cinematográfico, no en vano lo fueron en su momento y con la aquiescencia del respetable los bestsellers El código Da Vinci y Dante (primera novela de la saga y la segunda en plasmarse en celuloide). En esta entrega, titulada al igual que el libro, Inferno, se dejan de lado los intríngulis religiosos al socaire de grupos esotéricos o de la mismísima curia romana para dar lugar a una trama enmarcada en los tejemanejes de una posible pandemia promovida por un millonario iluminado -que no illuminati-,  con el hilo argumental del circular Infierno descrito por Dante Alighieri en su Divina Comedia y, lógicamente, con Florencia como escenario principal. Se nota en el filme el hastío -remunerado-del cada vez más artesano Ron Howard en ponerse por tercera vez detrás de la cámara con un producto made in Dan Brown, abulia que se nota en el resultado final. Inferno no tensiona y en su devenir resulta previsible, caótica y con cierta querencia al bostezo, sensaciones que no se resquebrajan ni en los momentos de mayor acción y ritmo. La falta de química entre la emergente Felicity Jones y el ya cada vez más crepuscular Tom Hanks es otro de los debe que hay que apuntar en esta irregular cinta, cuyo máximo atractivo, sin duda, son los lugares que visita el otoñal Langdon -aparte de la hermosa capital de la Toscana, las no menos atrayentes Venecia y Estambul- en la búsqueda de este particular Inferno, que por cierto quema poco.

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Persiguiendo al Leviatán

Fotograma del filme 'En el corazón del mar', dirigida por Ron Howard. / WARNER BROS.

Chris Hemsworth es el protagonista de ‘En el corazón del mar’. / WARNER BROS.

El mar, la mar, que diría Rafael Alberti, vuelve a salpicar la pantalla grande, lo cual siempre es de agradecer. Desde la maravillosa Master and Commander: al otro lado del mundo (2003), de Peter Weir,  protagonizada por Russell Crowe y basada en la serie de novelas de Patrick O’Brian, no veíamos una película de aventuras de corte clásico en el gran azul. Ahora llega En el corazón del mar, el nuevo producto de Ron Howard, cinta rodada por estos lares isleños, especialmente en La Gomera, que narra la historia real del ballenero norteamericano Essex, que allá por el primer tercio del siglo XIX fue hundido por un cachalote de dimensiones bíblicas y que sirvió de inspiración a Herman Melville para su afamada novela Moby Dick. De esta manera, Canarias queda vinculada definitivamente al mito de la ballena blanca cinematográfica, dado que la versión más popular en celuloide de Moby Dick también se filmó en el Archipiélago, en aguas grancanarias, a principios de los años 50. En el corazón del mar deviene en un notable blockbuster; sin embargo, se esperaba mucho más de uno de los directores consagrados de Hollywood, en una cinta que se prestaba por su contenido y posibilidades a la épica más desaforada. Howard tenía un buen material entre sus manos y se le ha escapado como el enorme cachalote -un Leviatán en toda regla- del filme, por no arponear bien en la diana de la emoción, aspecto primordial en las epopeyas de este calibre. La película despliega sus velas en su grandiosa factura visual y pierde el rumbo en su tramo final. Del guión, no se sustancia lo suficiente el antagonismo del capitán del ballenero y su primer oficial, a la sazón Chris Hemsworth, y no se incide lo deseable en mostrar la vida a bordo de un barco de principios de la centuria decimonónica, como sí ocurre en Master and Commander -da igual que fuese un buque de guerra-, la referencia obvia y más cercana en el tiempo. De lo más destacable del filme, la convincente interpretación de Hemsworth, acostumbrados a verlo en otras lides testosterónicas (excepto en Rush), pegando mamporros a diestro y siniestro con el martillo de Thor. Del elenco, en el que está incluido nuestro Jordi Mollà (un cameo, en realidad) resalta, además, el joven Tom Holland (al que vimos en Lo imposible,  igualmente con el agua hasta el cuello). Pese a todo, En el corazón del mar, que cuenta con una gran partitura de Roque Baños, mantiene el espíritu de las viejas películas de aventuras.

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El Universo por testigo

Felicity Jones y Eddie Redmayne protagonizan 'La teoría del todo'. UNIVERSAL

Felicity Jones y Eddie Redmayne protagonizan ‘La teoría del todo’. / UNIVERSAL

Stephen Hawking es uno de los personajes mediáticos mundiales más atrayentes a pesar de su condición de científico -lo que ya es un logro en la sociedad en la que vivimos, donde los referentes suelen dedicarse a actividades mucho más prosaicas y menos complacientes con el intelecto-. Su enorme inteligencia y el reto vital de afrontar la enfermedad degenerativa que padece desde su juventud, la temida esclerosis lateral amiotrófica, que para nada ha supuesto un imponderable en sus estudios sobre el origen del Universo, componen un binomio que siempre ha concitado el interés y la curiosidad por este sublime físico teórico, por lo que el estreno de su biopic era largamente esperado. No es la primera vez que un filme trata de un brillante científico con dificultades adyacentes, incluida una relación sentimental -recordemos la excelente Una mente maravillosa, dirigida por Ron Howard y protagonizada por Russell Crowe, que narra la vida del ilustre economista John Forbes Nash, aquejado de esquizofrenia paranoide-. La teoría del todo, título tomado de un libro del propio Hawking, cuya lectura recomiendo encarecidamente, no resulta una cinta tan completa ni tan densa como Una mente maravillosa, y deviene en una historia de amor -subrayada por la adversidad y las vicisitudes-, la del astrofísico y su primera mujer, Jane Wilde, no en vano bebe directamente de las memorias de su esposa. El filme se centra en exclusiva en bucear en esta relación desde sus inicios hasta su epílogo, aunque no esconde el trabajo y la trayectoria científica de Hawking -habríamos deseado ver más, lo que está en el debe de la película-; eso sí, con meras apostillas sobre los agurejos negros, quarks, singularidades y demás conceptos, alusiones que el director James March visualiza brillantemente con imágenes metafóricas. La teoría del todo, que cuenta con cinco candidaturas en la próxima edición de los Óscar, se sustenta en las excelentes interpretaciones de sus dos protagonistas, Eddie Redmayne -con un parecido físico increíble a Stephen Hawking- y Felicity Jones, nominados ambos a mejor intérprete, y esa es, desde luego, su principal baza y atractivo.

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Escaso dilema

El regreso a la comedia del recurrente y recurrido Ron Howard no ha sido muy afortunado que digamos. Tras un buen puñado de años sin tocar el género, su retorno, con el filme ¡Qué dilema!, deja un desconsolado sabor agridulce, en el que el aliño del reparto, liderado por ese gigantón llamado Vicent Vaughn y secundado por gente como Kevin James, Jennifer Connelly y Winona Ryder, no alcanza el punto de sal recomendado, más que nada por la evidente falta de química entre ellos y por el deslavazado producto que esboza. Y eso que el tema tiene su cosa (valga la rima)… La película narra, básicamente, las diarreas mentales y el acoso permanente de su propia conciencia que sufre Ronny (Vaughn), tras descubrir el affaire que mantiene la pareja de su socio y mejor amigo con un jovenzuelo. Un histriónico Vaungh se debate los sesos por contarle a Nick (Kevin James) los devaneos de su mujer, una Winona Ryder que poco a poco va saliendo de su ostracismo (aquí con el nombre de Geneva -Ginebra-: ¿acaso haciendo referencia a la “apropiada” historia de Arturo, Lanzarote del Lago y demás gente de Camelot?). Un discreto y comedido Howard (1,2,3…Splash, Wilow, Una mente maravillosa, Cinderella Man, El código Da Vinci y Ángeles y Demonios) pasa de puntillas, y no con la gracia suficiente, por las procelosas aguas que separan los límites de la amistad y la intromisión personal. Para resumir, algún momento divertido -siendo condescendiente- y poco más. Así que, dilema resuelto…

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