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Gélido suspense

 Michael Fassbender es el protagonista de 'El muñeco de nieve'. / UNIVERSAL PICTURES

Michael Fassbender se pone en la piel de detective Harry Hole en el filme de suspense ‘El muñeco de nieve’. / UNIVERSAL PICTURES

Eso de combatir el pelete casi día sí y otro también metido en casita, bien al abrigo de una chimenea o con la estufa a todo meter, acompañado de una taza de café con leche, té, chocolate u otra bebida similar que te haga entrar en calor, debe azuzar la imaginación, especialmente la parte más oscura de la psique, para pasar como bien se pueda las horas muertas entre nevada y lluvia, lluvia y nevada. Tal vez sea por esta gélida cotidianidad o por el decaído Estado del bienestar, del que fueron punta de lanza, los nórdicos se han convertido en maestros de la literatura de suspense más escabrosa, que ha eclosionado con fuerza en los últimos años, desde el mismísimo Stieg Larsson (con él empezó el boom) hasta Henning Mankell, ambos suecos, pasando por el noruego Jo Nesbø. Precisamente, la adaptación de una de las obras de este último, El muñeco de nieve, séptimo libro de la saga literaria protagonizada por el detective Harry Hole, se puede ver ya en la gran pantalla. No me he leído la novela en cuestión ni ninguna de las otras de Nesbø, por lo que me circunscribo a lo visto en el filme que ha dirigido Tomas Alfredson, al que recordamos por cintas tan celebradas como Déjame entrar y El topo. La película resalta desde el principio todos los ingredientes del género negro escandinavo, que tiende a escrutar su aparente compacta sociedad a través de sus propias disfunciones; sin embargo, es en su desarrollo y en su desenlace cuando, y ahí vamos al chiste fácil, el muñeco se derrite. La historia sobre un psicópata con traumas infantiles que asesina a mujeres a las que censura su conducta transita meridianamente bien hasta que se profundiza en la trama y sus subtramas, con varios flashbacks, que conviven con el devenir personal -no suficientemente desarrollado- de sus protagonistas: un contenido Michael Fassbender, en el papel de Harry Hole, y una misteriosa Rebecca Ferguson, en la piel de su compañera policía, cuyas interpretaciones salvan el tipo, sin desmerecer a un desmejorado Val Kilmer, al que cuesta reconocer por su enrevesada caracterización (solo su otoñal flequillo recuerda al imberbe rockero de Top secret!). Pese a lo deslavazado del producto, el filme, con una notable banda sonora de Marco Beltrami, mantiene cierto interés hasta que se llega a la culminación, con un final de lo más previsible e incluso grotesco.

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Infierno con poco fuego

Como era de esperar, las nuevas andanzas de Robert Langdon, el solitario y sesudo profesor de simbología de la Universidad de Harvard creado por la mente del conspiranoico novelista Dan Brown, iban a ser carne de cañón cinematográfico, no en vano lo fueron en su momento y con la aquiescencia del respetable los bestsellers El código Da Vinci y Dante (primera novela de la saga y la segunda en plasmarse en celuloide). En esta entrega, titulada al igual que el libro, Inferno, se dejan de lado los intríngulis religiosos al socaire de grupos esotéricos o de la mismísima curia romana para dar lugar a una trama enmarcada en los tejemanejes de una posible pandemia promovida por un millonario iluminado -que no illuminati-,  con el hilo argumental del circular Infierno descrito por Dante Alighieri en su Divina Comedia y, lógicamente, con Florencia como escenario principal. Se nota en el filme el hastío -remunerado-del cada vez más artesano Ron Howard en ponerse por tercera vez detrás de la cámara con un producto made in Dan Brown, abulia que se nota en el resultado final. Inferno no tensiona y en su devenir resulta previsible, caótica y con cierta querencia al bostezo, sensaciones que no se resquebrajan ni en los momentos de mayor acción y ritmo. La falta de química entre la emergente Felicity Jones y el ya cada vez más crepuscular Tom Hanks es otro de los debe que hay que apuntar en esta irregular cinta, cuyo máximo atractivo, sin duda, son los lugares que visita el otoñal Langdon -aparte de la hermosa capital de la Toscana, las no menos atrayentes Venecia y Estambul- en la búsqueda de este particular Inferno, que por cierto quema poco.

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Espías con dudas

Llega el final de un verano que no se ha caracterizado por buenas películas que digamos, todo lo contrario. A excepción de Super 8 -llamado a ser uno de los filmes del año- y alguna cinta más, el bagaje estival ha sido paupérrimo. Sin embargo, en el epílogo del estío empiezan ya a aflorar títulos en las pantallas patrias que merecen la pena visionar, como es el caso de La deuda (ya están también en capilla la última y premiada obra de Terrence Malick, El árbol de vida; y Los amos de Brooklyn, de Antoine Fuqua). La deuda, dirigida por John Madden, es un remake de un filme israelí de 2007, que narra la historia de tres agentes del Mossad, dos hombres y una mujer, y el intento de secuestro a mediados de los 60 en Berlín oriental de un doctor nazi que perpetró cientos de macabros experimentos científicos en el campo de Birkenau. La trama transita entre este espacio temporal y el año 1997, cuando la hija de dos de esos espías escribe un libro sobre los hechos que supuestamente ocurrieron y que llevaron a sus padres a convertirse en héroes del país hebreo. La deuda, sobre la que planea la inevitable comparación con Munich, de Steven Spielberg, si bien la película firmada por el ‘rey Midas’ cuenta con una factura más impecable y se sitúa en un nivel superior, mantiene desde el primer instante el interés del espectador, con las dosis de intriga y acción necesarias, un aspecto que no resulta nada desdeñable en estos tiempos de productos enlatados con fecha de caducidad. El filme se sustenta, además, en un extraordinario elenco de actores, liderado por una siempre eficaz Helen Mirren, a la que le van a la saga Tom Wilkinson, Ciarán Hinds, Jesper Christensen (da repelús en su interpretación de criminal nazi) y un cada vez más convincente Sam Worthington. Madden ha esbozado una notable cinta con un evidente pulso dramático, aunque en su debe hay que cargarle que pase un tanto de puntillas por aspectos morales inherentes a conceptos como la venganza y se centre más en filosofar sobre “la verdad os hará libres”.

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