thriller

Casablanca 2.0

 

'Aliados' es un filme dirigido por Robert Zemeckis. / PARAMOUNT PICTURES

Brad Pitt y Marion Cotillard protagonizan ‘Aliados’. / PARAMOUNT PICTURES

Robert Zemeckis es un artesano más que consolidado, uno de los reyes del blockbuster. Sus películas suelen tener consistencia, y eso siempre es un valor añadido -su último estreno, recordemos, fue El desafío (The walk), filme sobre las peripecias del equilibrista francés Philippe Petit, quien allá por 1974 cruzó por un alambre la distancia que separaba las cimas de las ya trágicamente desaparecidas Torres Gemelas neoyorquinas-. En Aliados articula una cinta -guionizada por Steven Knight– correcta y ponderada, sin salirse en ningún momento por la tangente de la imprevisibilidad. Si antes de que viera la luz Zemeckis se encargó de propagar a los cuatro vientos que su producto era un sentido homenaje a Casablanca, desde luego no engañó a nadie. El aroma a la mítica película de Michael Curtiz está presente en el ambiente, no solo por la referencia geográfica a la ciudad marroquí, nido de espionaje y contubernios durante la Segunda Guerra Mundial -una Casablanca no de cartón piedra, pero con el sabor que le otorga la zona más añeja de Las Palmas de Gran Canaria, donde fue rodado gran parte del filme-, sino por su firme compromiso estilístico. Casablanca sirve de escenario y preámbulo a la historia de amor entre el espía canadiense Max Vatan al servicio de su graciosa majestad, a la sazón Brad Pitt, y la heroína de la resistencia gala, Marianne Beauséjour, en la piel de la oscarizada y siempre bella Marion Cotillard, con el trasfondo de intrigas nazis; trama que luego se traslada a la Inglaterra bombardeada por la Luftwaffe. La cinta tiene las dosis justas de acción y de thriller (rezuma cosas de la hitchcockiana Encadenados), lo que equilibra el conjunto, aunque el autor de la trilogía de Regreso al futuro y de Forrest Gump no corre riesgo alguno. Todo muy correcto y académico, lo que resta emoción al resultado final, si bien logra, al menos, regalarnos un buen rato del Hollywood más clásico.

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Jaleo setentero

Ryan Gosling y Russell Crowe, protagonistas de 'Dos buenos tipos'. / WARNER BROS.

Ryan Gosling y Russell Crowe son ‘Dos buenos tipos’. / WARNER BROS.

 

Dos buenos tipos, traducción libre en España de The nice guys, es una de las películas más potables de la actual cartelera preveraniega. Una divertida y entretenida -lo que ya es mucho decir para cómo está el patio del celuloide- comedia con tintes de thriller protagonizada por dos actores que no suelen explotar en demasía su vis cómica, el neozelandés Russell Crowe y el canadiense Ryan Gosling, cuyas aportaciones a este género se limitaban hasta la fecha a los filmes de corte romanticón y poco más. Sin duda, una pica en Flandes de ambos en su lustrosa carrera cinematográfica, y cuya química en pantalla supone uno de los pilares de este filme con aire eminentemente vintage -transcurre a finales de los años 70 de la pasada centuria en Los Ángeles, ya saben, pantalones acampanados, camisas con motivos geométricos o florales, pelos alborotados, patillas por doquier, música disco, etc-. Además de las geniales interpretaciones de Crowe y de Gosling -este, un pelín histriónico en alguna que otra escena, por ponerle algo en su debe-, en la piel de una especie de matón a sueldo y de un desastroso detective privado a cargo de una hija adolescente (la actriz Angourie Rice), respectivamente, que se ven envueltos en una truculenta trama de denuncia ecológica con película porno de por medio, Dos buenos tipos sobresale por sus agudos diálogos y por el punto canalla e irreverente que destila. La cinta, orquestada por el director, guionista y actor Shane Black (Kiss Kiss Bang Bang, Iron Man 3), recuerda de refilón a series setenteras de polis y detectives, como Starsky y Hutch y Colombo -el personaje de Gosling y el interpretado por Peter Falk comparten su querencia a la heterodoxia-, lo que da un plus. Por el resultado y porque va funcionar muy bien en taquilla, a buen seguro que veremos más pronto que tarde a esta imprevista pareja en una secuela.

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Bajo el cielo de Nairobi

Helen Mirren es una coronel británica en 'Espías desde el cielo'. / BLEECKER STREET MEDIA

La actriz Helen Mirren es una coronel británica en la película ‘Espías desde el cielo’. / BLEECKER STREET MEDIA

 

Mientras una niña musulmana vende pan en un puesto improvisado de una calle de los arrabales de Nairobi, en la casa de atrás, un piso franco, se prepara un atentado suicida por islamistas radicales que operan en Kenia bajo la égida del grupo Al Shabab. Ambas situaciones ligadas por los imponderables de los acontecimientos están siendo vistas desde ordenadores ubicados a miles de kilómetros de distancia, en una base militar de Nevada y en el centro de operaciones del Ejército británico en Londres… Y hay que tomar una decisión… Espías desde el cielo, el filme dirigido por Gavin Hood y protagonizado por Helen Mirren, Aaron Paul, Iain Glen y el recientemente fallecido Alan Rickman, juega muy bien y de manera inteligente e inteligible sus bazas narrativas, empastando para ello dos perspectivas, la del thriller y la de la reflexión. Las dos discurren de manera paralela en su desarrollo: la primera, siguiendo los cánones del género, enmarcado aquí de belicismo, con una trama ágil y bien estructurada; y la segunda, alimentando el debate y los consiguientes dilemas, en los que se dan citan términos y conceptos como legalidad, ética, moral, órdenes…, y recurrentes eufemismos, como víctimas colaterales y minimizar daños. La cinta disecciona magistralmente la supuesta cadena de mando de una operación antiterrorista, misión que lidera una estupenda Helen Mirren, en la piel de una pragmática coronel británica. La cosa se complica cuando se debe decidir si para acabar con los terroristas, mediante el uso de drones, es preciso que mueran personas inocentes como mal menor ante la inminente atrocidad de un atentado de enorme envergadura. Hood logra que el espectador se implique en el carrusel de dudas e indecisiones que transitan a nivel jerárquico entre militares y políticos, donde la responsabilidad de los actos, al socaire de la fría distancia que proporcionan las nuevas tecnologías, se diluye o se comparte, lo que distorsiona o minimiza la culpabilidad.

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‘Thriller’ laboral

Maribel Verdú y Fernando Cayo, en 'La punta del iceberg'. / RTVE.ES

Fotograma del filme ‘La punta del iceberg’, dirigida por el canario David Cánovas y basada en la obra homónima del palmero Antonio Tabares. / RTVE.ES

 

No es la primera vez -y supongo que no será la última- que el más reciente cine español bucea por los intrincados caminos del mundo laboral para escarbar en las pequeñas y grandes miserias asociadas a las relaciones entre empresas y trabajadores, con la pertinaz crisis como marco -aún estamos en sus brazos, que nadie se lleve a engaño-. El realizador canario David Cánovas ha elegido precisamente esta temática para su debut en el largometraje, de la mano de la adaptación de la aplaudida obra teatral del dramaturgo palmero Antonio Tabares La punta del iceberg, que narra la investigación llevada a cabo por una ejecutiva de una multinacional que es enviada a una de sus delegaciones para indagar en las causas del suicidio de tres empleados. Con libreto del propio director y de los también isleños Alberto García y José Amaro Carrillo, y la subyugante música del orotavense Antonio Hernández, Cánovas traza un thriller con un halo de buscada frialdad, en las formas y en la estética, así como en el tono, al que envuelve de un ritmo pausado y en ocasiones denso sin que el espectador se resienta ni pierda la conexión con una trama que gira cual peonza alrededor de la directiva metida a “detective” Sofía Cuevas, una espléndida Maribel Verdú -calificativo extensivo también a otros actores del elenco, llámense Carmelo Gómez, Fernando Cayo o Álex García-. A través de ella y de sus idas y venidas por la gélida sede empresarial -una cárcel sin barrotes-, el espectador se topa con un desalentador y contemporáneo fresco: presiones en cascada, competencia atroz, abuso de poder, mobbing, injusticias, arribismo…, todo contado desde la perspectiva nada minimizadora del suspense. La punta del iceberg resulta un más que convincente filme de un cineasta con un prometedor futuro.

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En la frontera

Fotograma de una de las escenas de 'Sicario'. / LIONSGATE

Fotograma de una de las escenas de ‘Sicario’. / LIONSGATE

En los últimos tiempos, el cine ha tratado el siniestro mundo del tráfico de drogas, especialmente en el ámbito de los temibles y violentos cárteles, preñando películas de diferentes facturas, como Traffic (Steven Soderbergh, 2001), Salvajes (Oliver Stone, 2012) Escobar: Paraíso perdido (Andrea Di Stefano, 2014) por citar solo unas cuantas, las más conocidas. Ahora, llega a las pantallas Sicario, un notable filme dirigido por el canadiense Denis Villeneuve que cuenta entre sus protagonistas con Emily Blunt, Josh Brolin y el incombustible en estas lides Benicio del Toro (el actor puertorriqueño es ya un clásico en la temática, no en vano ha participado en todas las cintas antes mentadas). Tras el visionado de Sicario resulta inevitable  su comparación con la excelente Traffic. En el caso de la cinta de Steven Soderbergh, el abonado terreno de las drogas se aborda desde múltiples perspectivas, de una manera casi integral, poniendo el foco en la burocrática política gubernamental, las operaciones policiales a ambos lados de la frontera entre Estados Unidos y México, la corrupción lineal y transversal, los recovecos del consumo, y los devastadores efectos de la adicción y su incidencia. Soderbergh compone, con un soberbio tono narrativo, un caleidoscópico fresco del problema y sus derivaciones, si bien lo pincela con un claro tono esperanzador que no diluye para nada el resultado final. Villeneuve se centra en Sicario en el combate contra las drogas desde el lado más opulento de esa misma frontera, y lo ejemplifica en las figuras de una idealista agente del FBI (Blunt) y de un pragmático miembro del servicio secreto (Brolin), a quien acompaña un misterioso compañero de fatigas (Del Toro) -del que sobra decir que está inmenso en su interpretación, como siempre-, embarcados en una operación encubierta contra el cártel de Sinaloa. Sicario reflexiona acerca del uso de la guerra sucia en la lucha antidroga, con la utilización de las mismas prácticas que sus antagonistas y del recurso del todo vale para alcanzar la meta, en una visión actualizada y ad hoc del maquiavélico “el fin justifica los medios”. Sicario va de fronteras físicas pero también morales, donde la legalidad se cuestiona o sacrifica por mor de un objetivo, aunque sea efímero. Todo ello envuelve el aire de este thriller de acción altamente recomendable.

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Pantagruélico Del Toro

Fotograma del filme 'Escobar. Paraíso Perdido'. / DA

Benicio del Toro, en ‘Escobar. Paraíso Perdido’

No soy un fan irredento de los biopics, dado que no suelen ser propensos a sorprender ni en su planteamiento ni en su concepción, limitándose la mar de las veces a hacer un somero repaso vital, ora lacrimógeno ora laudatorio, o simplemente revisionista, y poco más. Sin embargo, hay honrosas excepciones, como el filme que ahora nos ocupa y que explora en el universo del que podríamos denominar como el padre de todos los narcotraficantes habidos y por haber, o sea, el colombiano Pablo Escobar, el tristemente célebre jefe del Cártel de Medellín, muerto en 1993 a manos de las fuerzas armadas del país cafetero y que dejó tras de sí un reguero de víctimas como macabro balance. La nueva película sobre este capo di tutti capi, urdida por el debutante Andrea Di Stefano, se titula de manera poco acertada Pablo Escobar: Paraíso Perdido (convendrán que la coletilla no es nada afortunada) y llama la atención no por no ser un filme biográfico al uso, sino porque ni siquiera es un filme biográfico. Di Stefano plantea la cinta desde el punto de vista de un joven y cándido surfista canadiense (en la piel de Josh Hutcherson) que se enamora de la sobrina del narcotraficante (Claudia Traisac) y entra a formar parte -sin quererlo- del círculo del famoso delincuente. Aunque la trama se centra en el personaje -de ficción- del veinteañero norteamericano la siniestra e inquietante figura de Escobar copa -engulle, diría- toda la película, incluso aunque esté fuera de campo. El Patrón -como lo llamaban- está encarnado por ese pedazo de actor de nombre Benicio del Toro, genial, desmesurado, pantagruélico, la mejor opción posible para mostrar el carácter poliédrico del abyecto narco. Su caracterización se come literalmente la aparente afable imagen del Escobar real y se transmuta en la de un mafioso que hace del mismísimo Vito Corleone un mero colegial, un auténtico reverso del papel de poli bueno que interpretaba en la incuestionable Traffic (Steven Soderbergh, 2000). Di Stefano soslaya biografía -meros apuntes- para articular un auténtico thriller que poco a poco adquiere el cariz de inquietante y que le da el aprobado con nota a este actor metido a director en la que es su primera obra cinematográfica.

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Escala de grises en Nueva York

Fotograma de 'Caminando entre las tumbas'. / DA

Liam Neeson, protagonista de ‘Caminando entre las tumbas’. / DA

Antes que nada una pequeña -y a la postre obvia- observación: Caminando entre las tumbas no es ninguna película de terror a pesar de semejante título y de estrenarse en Halloween, esa festividad anglosajona que finalmente nos ha ganado la batalla -ustedes ya me entienden-. El filme, dirigido por Scott Frank (The Lookout, Minority Report, La intérprete, El vuelo del Fénix) y basado en uno de los betsellers del reconocido autor norteamericano Lawrence Block, deviene en una de esas pequeñas joyas que sin llegar a ser obras maestras sí que expelen, en este caso, el típico olor añejo a puro cine negro, lo cual es de agradecer en estos tiempos tremebundos de efectos digitales y de productos huecos. Y es que su aspecto formal y tono argumental parecen sacados de la mismísima chistera de clásicos como Raymond Chandler y Dashiell Hammett, y del buen hacer de sus emblemáticos detectives, Philip Marlowe y Sam Spade -algo que, por otra parte, ya se encargan incluso de subrayar en la propia cinta por si alguien se despista-. El thriller está protagonizado, al igual que buena parte del trabajo literario de Block, por un investigador privado sin licencia, expolicía y exalcohólico, de nombre Matthew Scudder, encarnado aquí por un sublime y sobrio Liam Neeson -posiblemente en su mejor trabajo de los últimos años-, en una historia sencilla, para nada enrevesada, todo lo contrario, que discurre en dos etapas del Nueva York de los años 90. Así, la Gran Manzana -en realidad, las calles de Brooklyn-, lluviosa y plomiza, sirve de excepcional marco para las andanzas indagatorias de una especie de John Wayne -en su justo término westerniano– crepuscular y pasado de vuelta, a quien un narcotraficante le encarga que investigue el secuestro y asesinato de su esposa. Una trama directa, sin alharacas y sin demasiadas concesiones a la acción, con mucha pausa y poca prisa -hay quienes opinan que es un pelín larga, aunque a mí no me lo parece-, construida con sólidos cimientos narrativos, que va de menos a más y que se corona con un inquietante tramo final, como mandan los cánones del género.

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Abogado en apuros

El consejero, la última película de Ridley Scott, deviene en un inusual thriller que, pese a situarse geográficamente la mayor parte del metraje en el peligroso narcoterritorio de la frontera entre Estados Unidos y México, el primer acto de violencia explícita -la otra pulula de manera sigilosa por el ambiente- no llega hasta una hora y pico después, lo cual subraya la intención intimista que preside esta cinta guionizada por Cormac McCarthy, el celebrado autor de No es país para viejos y La carretera. Scott y McCarthy nos presentan un producto que obliga al espectador a ir enlazando cada una de las piezas de un artilugio narrativo que tiene en su carismático elenco la otra gran baza, empezando por Michael Fassbender, en el papel de abogado con ganas de trepar en el negocio del tráfico de estupefacientes, siguiendo por Javier Bardem, Cameron Diaz -de lo mejorcito del filme-, Penélope Cruz y Brad Pitt, y acabando por secundarios de lujo como Bruno Ganz, Rosie Perez y John Leguizamo. Interesante propuesta, gran puesta en escena y, por lo general, buenos diálogos. Dos curiosidades: los narcos citan hasta versos de Machado en sus devaneos filosóficos y el sexo en coche ya tiene otro significado después de esta película..

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Capitán Hanks

El mundo de la piratería es todo un subgénero cinematográfico, revitalizado en los últimos tiempos por la casi inagotable saga de Piratas del Caribe, que tan buenos resultados ha dado en taquilla y derivados. Las pelis de piratas, corsarios, filibusteros, bucaneros y demás gentes de mala vida marítima se han centrado en el periodo histórico álgido de esta actividad, que abarca desde mediados del siglo XVI hasta principios de la decimonovena centuria, y particularmente en historias que tenían lugar en aguas del continente americano y la mar de las veces con los navíos españoles como recurrentes víctimas. Sin embargo, la piratería contemporánea no ha tenido mucho calado que digamos en el séptimo arte, y eso que no han faltado historias como la que ahora nos ocupa. Capitán Phillips, el filme protagonizado por Tom Hanks, y que también huele a Óscar, nos lleva al Cuerno de África, a las peligrosas aguas somalíes, predio de un pirateo sistemático -precisamente, esta misma semana hemos conocido la condena a los piratas que intentaron asaltar hace unos años el buque de combate español Patiño-. La cinta, dirigida por Paul Greengrass, basada en hechos reales y en el subsiguiente libro sobre el suceso, narra un ataque perpetrado en 2009 a un barco mercante estadounidense y el posterior secuestro de su capitán. Greengrass, un avezado especialista en thrillers de acción, con dos filmes de la serie Bourne en su buchaca y con relatos también inspirados en la realidad como Domingo sangriento y United 93, presenta un notable y atractivo producto que se vertebra en las dotes interpretativas del ya veterano Hanks y en su capacidad para mantener el pulso de la narración hasta el clímax final, y eso a pesar de la consabida intervención en el rescate -como es natural- del séptimo de caballería. Uno de los principales aciertos de la película descansa en no deslizarse por la senda del maniqueísmo ramplón, fácil en acontecimientos de esta índole, aspecto que el realizador anticipa en un prólogo que ilustra las preocupaciones familiares de un capitán de barco en el contexto de la actual crisis económica y las presiones mortales para delinquir por parte de los señores de la guerra a las que se ven obligados muchos ciudadanos de ese país olvidado de Dios llamado Somalia. Dos mundos en colisión en alta mar.

 

 

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En la mente de pocos

Resulta difícil a estas alturas de la película sorprender al espectador con un thriller de acción con un psicópata enrevesado de por medio, salvo que el filme en cuestión incluya alguna pizca de originalidad, se bata el cobre con una interesante puesta en escena o destaque por su estética. Nada de esto ocurre en En la mente del asesino, dirigida por Rob Cohen, realizador del primer filme de la saga Fast and the furious (A todo gas, que tan de moda está por aquí, con el reciente rodaje de su sexta parte en tierras tinerfeñas). A pesar de las expectativas, produce esa sensación de que ya está todo visto, masticado y hasta enlatado como atún en conserva. Incluso, lo que poseía cierto atisbo de interés, las andanzas de un sociópata letal que mata de forma sofisticada a personas con alto poder adquisitivo, se torna en leoninas venganzas personales entre asesino y policías, en un juego mil veces visionado en la pantalla. Y ni siquiera el pequeño giro final logra revertir un ápice nuestro veredicto. Los personajes de En la mente del asesino  beben la pócima del estereotipo, especialmente los agentes del orden. En esta batalla por captar el interés del que se sienta en la butaca, llama la atención el malo malísimo, en una interpretación que se curró Matthew Fox, bastante convincente en su faceta de malvado. Desde luego, lo más destacable de la película, junto a la madre del policía protagonista (si la ven, ya la comprenderán).

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