Saltad valientes, más alto.

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Venecia, Alemania, Francia son algunos de los lugares en los que he estado enviando mis obras. Galerías y particulares que me han tenido este tiempo sin poder escribir y sin pintar en ” mi calle”.

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No cabe duda que he extrañado envolverme en la cálida noche costera de un pueblo tan entrañable y mágico, un rinconcito que desprende perfumes de flores y mar y que recita música de bolero.

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pero ahora que vuelvo a mi rutina de cada noche, puedo decir que ha merecido la pena ausentarme para vencer el miedo que me provocaba dar el salto.

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Aquel e-mail escrito en Inglés de un señor que una vez me compró un cuadro había roto por completo mi estado de comodidad. Me escribía para ponerme en contacto con algunas galerías de varios países donde exponer mi trabajo, y yo no sabía qué hacer.

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El miedo me había paralizado todos los órganos, parecía que me habían enyesado por dentro. Estuve sin dormir y esperando la luz del día durante una semana. Era más fácil las exposiciones locales que iban saliendo o estar en mi calle pintando, e incluso irme a casa sin vender mucho o nada.
A veces nos creemos que solos debemos resolver nuestras dudas, que así somos hombres y mujeres fuertes, independientes. Pero eso es uno de tantos estereotipos falsos, lo que realmente nos hace valientes es contar con el prójimo. Puede ser incluso que comentes de pasada tu inquietud entre amigos y de repente, una idea de uno de ellos es la luz, la señal que te hacía falta, en mi caso así fue.

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Con gran premura, confirmé enviar mis obras y ya no había vuelta atrás.

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A partir de ahí el miedo se había disipado y tomaba forma de inspiración. Empezaba a sentirme renacida, a crear piezas sin descanso. Y todo pasaba tan rápido y tan lentas las horas de vigilia antes de aquel e-mail que ahora si miro con perspectiva me han servido para saberme más fuerte en este camino que es la vida.
¡Saltad valientes, con ayuda o sin ella, más alto, se puede!

Año nuevo / ¿vida nueva?

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Llegó el primer día del año y todos intentamos cumplir las nuevas propuestas;  ir al gimnasio, cuidarnos la dieta,  hacer ese curso de idiomas que estábamos arrastrando.

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Pero llegados a este punto, me pregunto si ponemos en valor aquellas cosas que nos permiten destacar y que no debemos  cambiar, sino seguir potenciando.

Les cuento esto porque justo tras el día de año nuevo, fui a pintar por la noche.

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Al terminar asistí a una cita con amigos, en una cafetería  cercana, en las que hablamos de arte, cultura, películas y por supuesto nuevas tendencias, dietas, gimnasio, etc.

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En esa esfera de diálogo y aires renovados, un amigo había descubierto un artista que hacía unas piezas pintadas increíbles, tanto es así, que  si tuviera la certeza de  que existiera la perfección diría que le faltaba tan solo el soplo final del creador.

Las conversaciones de  todos mis amigos quedaron como a lo lejos y me quedé pensando.

–          “Vaya M*****  de trabajo que hago. Después de ver esto, lo mío ni  se aproxima”.

Un día alguien muy cercano me dijo antes de dedicarme  a pintar en  cuerpo y alma, que era un campo difícil porque abundan los artistas de gran calidad, que me dedicara a otra cosa.

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Ahora casi que estaba de su parte.

En esa ola de frustración que me invadía mientras a lo lejos oía como la conversación seguía,  apareció otra voz interna:

voz interna

“A ver, ¿no estás vendiendo? ¿No tienes cada noche clientes? Si vendes es porque no eres tan mala. Si se paran a mirar mientras trabajas es porque tienes una manera de pintar, un método, que otros artistas no tienen y te ponen en valor.

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Fue entonces cuando entendí que tengo una forma y estilo propio, y aquel artista al que acababa de admirar, tenía  otro totalmente diferente, pero a cada uno de los dos nos dotaba de un valor, y para que éste fuese mayor solo habría que potenciarlo, nunca cambiarlo.

Lo que funciona no se toca, solo se mejora.

Y así fue como junto a la lista de propósitos para el nuevo año que se encuentra imantada a mi nevera, coloqué otra lista con todas aquellas virtudes que me dan valor y hacen que siga sobreviviendo para poder contarlo. Y créanme que si hacen lo mismo, tendrán una lista muy reconfortante.

Feliz año nuevo y potencien las virtudes que le dan valor.

¡Ayuda Facebook!

 

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Cuando llevas un tiempo desarrollando un trabajo y crees que puedes controlarlo parece necesario mirar a tu alrededor, así que cada noche dedico más tiempo a mis clientes, intento comprenderlos, saber sus colores preferidos, sus aficiones,  que me ayuden a plasmar sus ideas, en definitiva ser una gran anfitriona en mi lugar de trabajo y atender sus necesidades.

Una  noche después de pintar,  la vida, la sociedad, las personas, me dieron una lección.

Llegue al coche y me conecté a la otra realidad, la de las redes sociales. En ellas siempre hay personas a las que no conoces pero que se han ido incorporando por coincidencias en aficiones, blogs, fotos, afinidades. Del mismo modo y prácticamente sin quererlo, vas asistiendo al proceso de cambio que experimentan sus vidas, hasta el punto en el que si coincides con algunos de ellos podrías hablar de cualquier tema.

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Entre mis notificaciones, pude ver como una de estas amigas de las redes, aunque desconocida, había perdido a su perro:

“¡por favor difundan, es muy importante para mi…!”

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Sin pensarlo me desvié cuarenta kilómetros de mi rumbo y en medio de la oscuridad rastreé durante horas la zona en la que se había extraviado.

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Desafortunadamente sin éxito.

Al llegar a casa rendida y abatida, comencé a cuestionarme qué es lo que me había hecho ir a buscar en un pueblo lejano, al perro de alguien que no conocía.

La solución estaba otra vez en las redes sociales. Decenas de mensajes, de pistas, de fotos y carteles compartidas en busca del perro. De amigos, familiares, conocidos y desconocidos deseosos de saber si había aparecido.

Todos unidos

La empatía me había puesto en la piel de mi amiga de red social, había entendido su dolor, su angustia por la desaparición. No era un perro más, era un miembro de su unidad familiar.

Por fortuna, dos días después, el perro apareció. Alguien lo había visto y las movilizaciones surgieron su efecto, para alegría de su dueña y de todos los que habíamos sentido esa afinidad o sentido identificado con ella.

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La vida me dio otra lección y me enseñó que hay más compasión o cercanía  de la que yo creía. La empatía, ese sentimiento que no se educa, ni se aprende, se tiene y se desarrolla.

Por esto me permito la licencia de recomendarles que empaticen,  porque la empatía es un boomerang que se vuelve y cualquier día podrían estar del otro lado.

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El valor de lo que nos rodea

El valor de las personas

En uno de mis pasados relatos, contaba mi experiencia con un hombre de edad avanzada que cada noche se sentaba en un banco próximo y me veía pintar.
Casi siempre dialogaba conmigo y con aquellos espectadores que observaban mientras trabajaba. Su presencia ya casi se había hecho incluso necesaria y el día que no hacía acto de presencia me preguntaba qué habría pasado.


Se trataba de un señor de un singular caminar y que de alguna manera desprendía un halo entrañable. Esas personas que cuando hablan, se hace un silencio a su alrededor porque sus palabras nos sacudirán un soplo de sabiduría.
Un hombre que era “de toda la vida del pueblo”, al que conocían con un mote y por su singular manera de caminar, al que saludaban con buen agrado y de quien aparentemente nadie sabía más de su vida, salvo que caminaba a diario por estas calles.

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Cada noche paseaba solo y yo en más de una ocasión me habría preguntado si alguna vez tuvo una compañera de vida. Sin embargo, parecía que se había adaptado muy bien a su soledad y cada noche se sentaba en una terraza para escuchar unas canciones que le traían recuerdos de cuando era joven y no se perdía ninguna de las verbenas que se celebraban en los distintos pueblos.

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Al acabar las actuaciones de locales y hoteles se aproximaba hasta mi rincón para desearme las buenas noches y darme un curioso pronóstico acerca de cómo estaría el turismo en los días venideros. Y he de confesar que no solía errar.
La cosa no va bien– , me decía con tono preocupado.

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Como apreciarán, es el tiempo en pasado el que predomina en este nuevo relato.
El invierno ha sido duro y no solo para mí. En varias ocasiones advertí como este señor, quien nunca quiso desvelarme su nombre, se aquejaba de varias dolencias y nuevos achaques a su salud agudizada por su avanza edad.
Una noche de invierno, no vino. Tampoco al día siguiente ni al otro.
Empecé a preocuparme, pregunté a la gente de los alrededores por su ausencia repentina pero nadie sabía nada, ni siquiera se habían percatado de su ausencia.

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-¡Ah sí, el señor! Es verdad que ya no viene-. Era la respuesta más usual.
Dejé de preguntar, quizás escudándome en la ignorancia de no saber lo ocurrido y evitar dolor, pero ya tenía dentro el vacío que había dejado.

Los días fueron pasando y hasta el día de hoy no he vuelto a tenerlo frente a mí arrancándome una carcajada cuando me dedicaba siempre la misma canción de su artista favorito, Antonio Machín.

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La reflexión que me ha surgido a raíz de este hecho es que todos tenemos en mente ciertas personas que vemos con asiduidad por las calles y que de alguna manera forman parte de nuestros días.

De igual forma si hiciéremos un ejercicio mental de recordar a personas que antes solíamos ver y ya no están, nos saldrían unos cuantos.

Cómo puede ser posible que todos nos conozcamos en cierta manera, pero que al mismo tiempo no extrañemos la ausencia de ese alguien que pasaba cada día por mi tienda, por esta o aquella calle?

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Quizás desde aquí, a pie de calle, ciertos matices se aprecian mejor y desde ahí arriba las prisas, los cafés impacientados, nuestras únicas preocupaciones, la lectura diagonal de los periódicos, en definitiva, el ajetreo diario nos priva de estar menos atentos a lo que nos rodea y no valorar ciertas buenas personas que hoy están y de repente nunca más los vuelves a ver.

Pintando
Yo seguiré bajando mi cabeza para centrar la mirada en mi lienzo anhelando alguna noche escuchar una voz entre el bullicio de “mi calle” que me diga: -buenas noches señorita, hoy la cosa va bien-. Una frase que antes me creaba cierta molestia y ahora la anhelo y valoro.

 

Preguntas impertinentes

Cada noche coloco mi silla, abro la caja de pinturas, pongo la música y la pequeña luz que ilumina el rincón de “mi calle”. Mientras tanto, percibo cómo la gente pasa, escucho trocitos de conversaciones, tacones, zapatos  y sé que algo nuevo va a ocurrir durante mis horas de óleos derramados.

Caja de pinturas

Hay comentarios  y preguntas que se repiten casi diariamente y lo peor es que son incómodas o violan tu intimidad pero aún así intentas guardar la calma y no hacer caso porque al hacerlo estás dando relevancia a algo que no la tiene. Así que he decidido exponerlos aquí y hacerlos público.

Verán,  hay personas que se acercan para verme pintar y mientras estoy en ello, preparan un entrante dulce para después hacerte la pregunta.

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– Es precioso lo que pintas pero, ¿te da con esto para vivir o haces otra cosa?. 

De repente se abre una ventana al morbo,a la curiosidad. No basta con lo que ven, necesitan más.

Anoche la anécdota fue algo más lejos.

Preguntas impertinentes

Una señora se colocó a mi lado y entre un número de personas que  miraban el proceso de una de mis obras me preguntó  acerca de mi procedencia: ¿Y tú eres canaria?, como no le contesté en el instante, me volvió a preguntar en un tono de voz elevado.

¡Oye!, ¿que si eres canaria?

¿Qué más da, señora?- pude contestar ante el asombro general.

Lo pregunto porque los canarios no suelen a hacer eso. ¿Eres de aquí? 

“No suelen hacer eso”, ¿a qué se refería la señora?, ¿ a pintar en la calle, a pintar?.

Créanme que entre mi círculo de amigos son muchos los artistas, creativos y autónomos aventureros que viven una situación similar a la mía.

Señora, está haciendo preguntas personales y estoy trabajando-. Intenté terminar con el incómodo interrogatorio.

¿Personales?– Me volvió a preguntar en un tono violento.

seguidamente decidí dejar de mirarla y proseguí con mi obra casi finalizada.

 Al mostrarla al público  recibí su aceptación en forma de aplausos, mientras  la señora muy enfadada  abandonaba el habitual corrillo para seguir mofándose al fondo de mis respuestas a sus impertinentes preguntas.

¡Dice que responder si es de aquí es algo personal!,- aclamaba  con sorna.

Yo me quedé muy sorprendida y aunque en estos años había lidiado con un amplio abanico de personalidades variopintas, jamás una persona  ya bien adulta  me había violentado tanto.

Sé que si no esta noche, la siguiente  me volverá a ocurrir la misma situación o similar.

Aunque parezca extraño hay barreras que la sociedad tiene estigmatizadas o condicionadas como un patrón inalterable.

Quizás para ustedes preguntas como las que les he expuesto no sean consideradas como una impertinencia,  pero en mi opinión, en algunos contexto está fuera de lugar, y tan solo me parece una ventana al morbo y al interés por lo del prójimo.

Curiosos

Hay cuestiones que no se deben preguntar aún  poniendo una gran dosis de simpatía previa. Temas como la religión, la tendencia sexual, opiniones políticas y cuestiones monetarias que mejor no tocar si lo que se quiere tan solo es juzgar  y  curiosear  y  aún menos, cuando se hacen  en medio de  un público  que se encuentra observando tu trabajo con otros ojos.

Ya les digo, no queda semana que se me acerque alguien para preguntarme la procedencia Y “si me da o no me da”y la mayoría formuladas con una  finalidad curiosona.

Debería contestar, que si me ven todas las noches pintando al raso, con frío, calor, viento, salvando la lluvia, etc , es porque para comer me da como cualquier otro trabajo. Pero en conclusión, ¿qué más da, si da o no da?, ¿que más da de dónde soy?, ¿Le gusta lo que pinto?, pues disfrútelo que mirar es gratis.

Por desgracias hay aún profesiones estigmatizadas y mal valoradas, por aquellos que están nutridos de ignorancia y por otro lado, vivimos en tiempos  en los que la privacidad es mínima. Con solo mirar su perfil de  la red social que utilizan habitualmente sería capaz de radiografiar su vida.  Créame que no es tarea sencilla salvaguardar su privacidad.

Redes Sociales

Podemos averiguar donde ha estado el fin de semana, a qué hora y por dónde corre a 10 km/h un total de 60 minutos, conocemos sus aficiones y hasta qué piensa del aborto y otros temas candentes.

Quizás por eso incluso se ha perdido el pudor a preguntar sobre ciertos asuntos a tumba abierta y cara descubierta.

Yo por lo pronto he inhabitado algunas casillas de las opciones de mi privacidad.

y sí, soy canaria, pero ¿ qué más da?.

Como el Guadiana

 

Músico

Aparece y desaparece. Como el Guadiana.

Cada noche puede irrumpir a cualquier hora.

Les hablo de un músico que se coloca en la esquina de abajo. Bueno aunque a veces lo hace en la de arriba.

La verdad es que  a veces ni se pone. Ya les digo que es como el Guadiana.

Canta y toca la guitarra. En realidad,  no se le oye mucho cuando recita sus letras y cuando toca la guitarra pues, no sé, me recuerda cuando cogía la guitarra de mi padre, acariciaba sus cuerdas y por un momento parecía que salían bonitos acordes.

Las personas pasan a su lado, lo miran extrañados y luego me regalan una mirada cómplice junto a una sonrisa que parece preguntarme, ¿qué es lo que canta? como si yo lo supiera.

Cada noche interpreta una y otra vez la misma canción, quizás la que  aprendió en la mañana y ha preparado para conquistar la noche.

Guadiana

Por momentos se hace un silencio largo, parece que se ha ido, el Guadiana ha desaparecido, y de repente, un extraño acorde anuncia a la calle que vuelve a la carga. Otra vez la canción de esa noche.

Les voy a contar  que ayer llegaba tarde a trabajar, la lluvia y el viento no invitan a estar en la calle.

Cuando me dirigía al lugar en el que pinto cada noche observaba al artista caminando hacia la zona. Iba inquieto, llevaba la canción preparada, se aclaraba la voz, se peinaba y adecentaba la ropa. Un protocolo previo digno de una actuación a lo grande.

Entonces comprendí que aunque el resultado no fuera todo lo bueno que se pudiera esperar, el empeño y el esfuerzo que hacía para cada función era digno de premio.

Al acabar la noche mientras recogía para dejar el trozo de “mi calle” como si nada hubiera pasado, observaba de nuevo al “Guadiana”.

Entonces sucedía algo mágico. Un niño se paraba ante él y  observaba cómo…..digamos….actuaba.

Tanto insistía a su madre que se veía obligada a darle una moneda. El jpequeño feliz se apresuraba  a depositarlo frente al artista.

Había conseguido cautivar a alguien.

Tesón

El empeño y la dedicación tienen su recompensa. Un alto porcentaje del éxito depende del trabajo. Y algo de ese intangible que llamamos suerte, también se presenta como el Guadiana.

Procesos migratorios

PintandoYa son muchos meses trabajando a pie de calle para poder apreciar muchos datos que se escapaban.

Cuando se trabaja en un ámbito abierto, ese rincón en el que lo haces, el rincón de mi calle, se convierte en una oficina.

Oficina

En muchas ocasiones cuando acudimos a un lugar por costumbre no percibimos ciertos detalles que rodean al lugar. ¿Quién no ha dicho alguna vez: “jamás me había fijado en esto” pese a que estuviera ahí desde tiempos remotos? Obviamos lo habitual.

Pues algo así me ocurría. Llegaba a “mi calle”, montaba mi oficina en ese despacho improvisado y a trabajar que me ponía.

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Con el tiempo he comenzado a observar a mí alrededor y percibir como salvo los edificios y el mobiliario urbano todo va cambiando.

Los turistas van y vienen, a veces se pueden contar con los dedos de una mano y en otras, la multitud galopa desbocada calle abajo. Al igual que las nacionalidades, todo es cambiante, como si de ciclos migratorios se tratase.

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Es la época en la que llegan los noruegos, se comenta por las calles, y cual salmones remontando el río van llegando. El mes que viene llegarán los franceses, y así sucede, en breve se monta una república por las calles.

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Fue entonces cuando eché una mirada atrás y me di cuenta de todos las personas que había tenido de “compañeros” en estos meses y cuando comprendí el carácter migratorio de las personas que han tomado la calle como su modo de vida.

En la calle como en la vida no es fácil triunfar. Encontrar aquello que se abra camino entre tanta competencia.

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Entonces es necesario mirar a tu alrededor y pensar qué es que hace falta, porque eso será lo que te haga triunfar.

Buscar esa necesidad para evitar emigrar cuando llegue tu ciclo.

 

Cuando lo esporádico se convierte en rutinario, ¿perdemos la capacidad de sorprendernos?

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Les hago esta introducción previa porque sinceramente, no me había pasado nada digno de contar, o al menos eso pensaba.

Pero hace unos días me puse a pensar buscando una señal y ¡la encontré!.  Soy de las que piensa que nunca es tarde para nada, Así que la amarré con fuerza.

Escribir

Fue el día  1 de Mayo, Día Internacional del Trabajador, horas colmadas de reivindicaciones, actos y movimientos aclamados. Como cada año observaba las noticias al respecto pero como ninguno otro, causaba en mí un revuelo en mi consciencia y sin embargo, dejé ir ese día  sin darme cuenta de lo que había provocado en mí, no escribí!

No hacía más que mirar  hacia atrás y comparar mi antigua situación de redactora en los medios de comunicación y mi nueva faceta de pintora a pie de calle. Reflexionaba acerca de lo que había dejado por el camino y aquello nuevo que había conseguido.

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Pensaba en todas aquellas personas que se veían en una situación similar a la mía realizando un acto emprendedor o quizás una huida hacia un futuro de supervivencia.

Es asombroso apreciar como el ser humano es capaz de ir adaptándose a los cambios hasta el punto de hacer de lo singular y esporádico  en algo común y rutinario.

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Exactamente eso es lo que me había pasado, me había acostumbrado a pintar a en la calle.

El vértigo, el miedo que les expresaba en mis primeros relatos, la inestabilidad, los momentos difíciles, la lluvia, la comunicación con decenas de turistas vestidos de  idiosincrasia dispar, todo eso lo había convertido en un día a día sin más.

Rutina

Fue entonces cuando advertí que me habían pasado muchas cosas sorprendentes que merece la pena ser contadas y que solo las había pasado por el filtro de lo normal, es decir, como un acto repetitivo,  por ejemplo, los hábitos de la oficina, los comentarios en la redacción, incluso el café con el compañero.

Yo no tengo nada de eso y aun así, algo tan rocambolesco como plantar mi silla en medio de una calle y pintar lo había convertido en un ritual.

Esta noche bajaré a pintar a “mi calle”. Sin hábitos, sin café, ni conversación con los compañeros de la redacción u oficina, aunque no les niego que muchas veces  lo echo de menos.

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Cuestión de fe

 

Campanadas

Lo confieso.

Llevo varias horas buscando un comienzo para esta entrada.

Lo confieso.

He intentado afrontar este relato de infinitas maneras para evitar ser centro de discrepancias y no herir sensibilidades, pero para poder seguir siendo honesta con mis vivencias a pie de calle no puedo dejar de escribirlo.

Pinto al lado de una iglesia.

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Durante este año de supervivencia, junto a los turistas, el murmullo del trasiego de la calle y la música, me ha acompañado el repicar de las campanas.

El invierno ha sido duro, y aunque lo comencé con ánimos, en algunos días e incluso semanas reconozco que me ha vencido.

La lluvia, el frío, la humedad en mis huesos, turistas sin detenerse y deseando refugiarse en un lugar cálido. Confieso que ha sido duro.

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Al volver a mi puesto de trabajo he reaccionado pensando que muchas personas se encuentran en situación incluso peor a la mía, pero no quería que ese pensamiento se transformara en un mal de muchos consuelo de pocos.Fe

Quería que esa visión se transformara en una fuente de energía que nos hiciera reaccionar a todos, que eliminase una estúpida barrera que hasta hace no mucho nos hacía mirar por encima del hombro a los demás.

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Quizás la reflexión que intento hacer en esta entrada de hoy sea un poco etérea, pero es que de eso va este relato. , de aquello que nos hace continuar, que no se compra sino que se regenera.

Regenerar  la energía y seguir adelante.

 

 

 

 

 

 

 

Vencer los ciclos

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Quién no ha  oído frases del tipo, “esto es una cuestión de ciclos, es algo temporal” y en definitiva se convierten en  una retahíla de excusas/ respuestas que parecen dar sentido al más inesperado de los inconvenientes.

Hace unos días circulaba por las calles de Santa Cruz y esperaba  a que el semáforo me autorizara reanudar la marcha, por cierto, ¡bien tardan algunos semáforos!, oía como el taxista de al lado hablaba con su pasajero sobre el tiempo, los políticos, etc… hasta que retumbaba  en mi cabeza una frase:

 “A mí me va bien a veces, otras no, cuando parece que voy a remontar llega una semana mala, cuestión de ciclos”.

Cuestión de ciclos, una frase que  se me repetía en mi cabeza hasta la noche, momento en el que la oscuridad me indicaba que era la hora de salir a trabajar.

Sé que la persecución de este mensaje por mi mente no era por cualquier motivo, no. Estaba pasando por la peor semana desde hacía mucho tiempo. No había alemanes que quisieran que les pintase flores, ni franceses que adorasen las siluetas finas de las féminas que pintaba, solo veía piernas que pasaban delante de mí  a gran velocidad ignorando por completo lo que hacía.

Turismo

Me acostaba cada noche pensando en un plan que cambiara lo que llevaba meses haciendo y me había ayudado a sobrevivir.

“He de cambiar de hora, variar el sitio en el que pinto, ¿y si pinto de pie?” -no saben cuántas alternativas pensé.

Una mañana entré a la tienda de oleos y me decidí a comprar uno de color verde, diferente, más aceitunado. El que llevaba en mi paleta no acababa de llenarme.

Esa noche triunfé. ¡Querían mis cuadros! Y lo más importante, es que esta semana podré pasar por delante de la puerta del casero.

Verde

Sin duda había sido el verde. El verde es la clave, gritaba y comentaba a mis amigos que miraban incrédulos. Pero, ¿y si es cuestión de ciclos?

No sé cuáles son los motivos de semejantes cambios pero he aprendido a no dudar de mi trabajo. Y es lo que quiero transmitirles.

No duden de su trabajo en las épocas malas, si han sido buenos hasta ahora no hay motivos para que cambien y al mismo tiempo, aunque suene contradictorio, busquen algo que sume a lo que hasta entonces hayan hecho, busquen su color verde.

Hagamos que los ciclos buenos se repitan.