Saltad valientes, más alto.

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Venecia, Alemania, Francia son algunos de los lugares en los que he estado enviando mis obras. Galerías y particulares que me han tenido este tiempo sin poder escribir y sin pintar en ” mi calle”.

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No cabe duda que he extrañado envolverme en la cálida noche costera de un pueblo tan entrañable y mágico, un rinconcito que desprende perfumes de flores y mar y que recita música de bolero.

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pero ahora que vuelvo a mi rutina de cada noche, puedo decir que ha merecido la pena ausentarme para vencer el miedo que me provocaba dar el salto.

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Aquel e-mail escrito en Inglés de un señor que una vez me compró un cuadro había roto por completo mi estado de comodidad. Me escribía para ponerme en contacto con algunas galerías de varios países donde exponer mi trabajo, y yo no sabía qué hacer.

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El miedo me había paralizado todos los órganos, parecía que me habían enyesado por dentro. Estuve sin dormir y esperando la luz del día durante una semana. Era más fácil las exposiciones locales que iban saliendo o estar en mi calle pintando, e incluso irme a casa sin vender mucho o nada.
A veces nos creemos que solos debemos resolver nuestras dudas, que así somos hombres y mujeres fuertes, independientes. Pero eso es uno de tantos estereotipos falsos, lo que realmente nos hace valientes es contar con el prójimo. Puede ser incluso que comentes de pasada tu inquietud entre amigos y de repente, una idea de uno de ellos es la luz, la señal que te hacía falta, en mi caso así fue.

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Con gran premura, confirmé enviar mis obras y ya no había vuelta atrás.

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A partir de ahí el miedo se había disipado y tomaba forma de inspiración. Empezaba a sentirme renacida, a crear piezas sin descanso. Y todo pasaba tan rápido y tan lentas las horas de vigilia antes de aquel e-mail que ahora si miro con perspectiva me han servido para saberme más fuerte en este camino que es la vida.
¡Saltad valientes, con ayuda o sin ella, más alto, se puede!

El valor de lo que nos rodea

El valor de las personas

En uno de mis pasados relatos, contaba mi experiencia con un hombre de edad avanzada que cada noche se sentaba en un banco próximo y me veía pintar.
Casi siempre dialogaba conmigo y con aquellos espectadores que observaban mientras trabajaba. Su presencia ya casi se había hecho incluso necesaria y el día que no hacía acto de presencia me preguntaba qué habría pasado.


Se trataba de un señor de un singular caminar y que de alguna manera desprendía un halo entrañable. Esas personas que cuando hablan, se hace un silencio a su alrededor porque sus palabras nos sacudirán un soplo de sabiduría.
Un hombre que era “de toda la vida del pueblo”, al que conocían con un mote y por su singular manera de caminar, al que saludaban con buen agrado y de quien aparentemente nadie sabía más de su vida, salvo que caminaba a diario por estas calles.

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Cada noche paseaba solo y yo en más de una ocasión me habría preguntado si alguna vez tuvo una compañera de vida. Sin embargo, parecía que se había adaptado muy bien a su soledad y cada noche se sentaba en una terraza para escuchar unas canciones que le traían recuerdos de cuando era joven y no se perdía ninguna de las verbenas que se celebraban en los distintos pueblos.

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Al acabar las actuaciones de locales y hoteles se aproximaba hasta mi rincón para desearme las buenas noches y darme un curioso pronóstico acerca de cómo estaría el turismo en los días venideros. Y he de confesar que no solía errar.
La cosa no va bien– , me decía con tono preocupado.

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Como apreciarán, es el tiempo en pasado el que predomina en este nuevo relato.
El invierno ha sido duro y no solo para mí. En varias ocasiones advertí como este señor, quien nunca quiso desvelarme su nombre, se aquejaba de varias dolencias y nuevos achaques a su salud agudizada por su avanza edad.
Una noche de invierno, no vino. Tampoco al día siguiente ni al otro.
Empecé a preocuparme, pregunté a la gente de los alrededores por su ausencia repentina pero nadie sabía nada, ni siquiera se habían percatado de su ausencia.

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-¡Ah sí, el señor! Es verdad que ya no viene-. Era la respuesta más usual.
Dejé de preguntar, quizás escudándome en la ignorancia de no saber lo ocurrido y evitar dolor, pero ya tenía dentro el vacío que había dejado.

Los días fueron pasando y hasta el día de hoy no he vuelto a tenerlo frente a mí arrancándome una carcajada cuando me dedicaba siempre la misma canción de su artista favorito, Antonio Machín.

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La reflexión que me ha surgido a raíz de este hecho es que todos tenemos en mente ciertas personas que vemos con asiduidad por las calles y que de alguna manera forman parte de nuestros días.

De igual forma si hiciéremos un ejercicio mental de recordar a personas que antes solíamos ver y ya no están, nos saldrían unos cuantos.

Cómo puede ser posible que todos nos conozcamos en cierta manera, pero que al mismo tiempo no extrañemos la ausencia de ese alguien que pasaba cada día por mi tienda, por esta o aquella calle?

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Quizás desde aquí, a pie de calle, ciertos matices se aprecian mejor y desde ahí arriba las prisas, los cafés impacientados, nuestras únicas preocupaciones, la lectura diagonal de los periódicos, en definitiva, el ajetreo diario nos priva de estar menos atentos a lo que nos rodea y no valorar ciertas buenas personas que hoy están y de repente nunca más los vuelves a ver.

Pintando
Yo seguiré bajando mi cabeza para centrar la mirada en mi lienzo anhelando alguna noche escuchar una voz entre el bullicio de “mi calle” que me diga: -buenas noches señorita, hoy la cosa va bien-. Una frase que antes me creaba cierta molestia y ahora la anhelo y valoro.

 

Preguntas impertinentes

Cada noche coloco mi silla, abro la caja de pinturas, pongo la música y la pequeña luz que ilumina el rincón de “mi calle”. Mientras tanto, percibo cómo la gente pasa, escucho trocitos de conversaciones, tacones, zapatos  y sé que algo nuevo va a ocurrir durante mis horas de óleos derramados.

Caja de pinturas

Hay comentarios  y preguntas que se repiten casi diariamente y lo peor es que son incómodas o violan tu intimidad pero aún así intentas guardar la calma y no hacer caso porque al hacerlo estás dando relevancia a algo que no la tiene. Así que he decidido exponerlos aquí y hacerlos público.

Verán,  hay personas que se acercan para verme pintar y mientras estoy en ello, preparan un entrante dulce para después hacerte la pregunta.

curiosos

– Es precioso lo que pintas pero, ¿te da con esto para vivir o haces otra cosa?. 

De repente se abre una ventana al morbo,a la curiosidad. No basta con lo que ven, necesitan más.

Anoche la anécdota fue algo más lejos.

Preguntas impertinentes

Una señora se colocó a mi lado y entre un número de personas que  miraban el proceso de una de mis obras me preguntó  acerca de mi procedencia: ¿Y tú eres canaria?, como no le contesté en el instante, me volvió a preguntar en un tono de voz elevado.

¡Oye!, ¿que si eres canaria?

¿Qué más da, señora?- pude contestar ante el asombro general.

Lo pregunto porque los canarios no suelen a hacer eso. ¿Eres de aquí? 

“No suelen hacer eso”, ¿a qué se refería la señora?, ¿ a pintar en la calle, a pintar?.

Créanme que entre mi círculo de amigos son muchos los artistas, creativos y autónomos aventureros que viven una situación similar a la mía.

Señora, está haciendo preguntas personales y estoy trabajando-. Intenté terminar con el incómodo interrogatorio.

¿Personales?– Me volvió a preguntar en un tono violento.

seguidamente decidí dejar de mirarla y proseguí con mi obra casi finalizada.

 Al mostrarla al público  recibí su aceptación en forma de aplausos, mientras  la señora muy enfadada  abandonaba el habitual corrillo para seguir mofándose al fondo de mis respuestas a sus impertinentes preguntas.

¡Dice que responder si es de aquí es algo personal!,- aclamaba  con sorna.

Yo me quedé muy sorprendida y aunque en estos años había lidiado con un amplio abanico de personalidades variopintas, jamás una persona  ya bien adulta  me había violentado tanto.

Sé que si no esta noche, la siguiente  me volverá a ocurrir la misma situación o similar.

Aunque parezca extraño hay barreras que la sociedad tiene estigmatizadas o condicionadas como un patrón inalterable.

Quizás para ustedes preguntas como las que les he expuesto no sean consideradas como una impertinencia,  pero en mi opinión, en algunos contexto está fuera de lugar, y tan solo me parece una ventana al morbo y al interés por lo del prójimo.

Curiosos

Hay cuestiones que no se deben preguntar aún  poniendo una gran dosis de simpatía previa. Temas como la religión, la tendencia sexual, opiniones políticas y cuestiones monetarias que mejor no tocar si lo que se quiere tan solo es juzgar  y  curiosear  y  aún menos, cuando se hacen  en medio de  un público  que se encuentra observando tu trabajo con otros ojos.

Ya les digo, no queda semana que se me acerque alguien para preguntarme la procedencia Y “si me da o no me da”y la mayoría formuladas con una  finalidad curiosona.

Debería contestar, que si me ven todas las noches pintando al raso, con frío, calor, viento, salvando la lluvia, etc , es porque para comer me da como cualquier otro trabajo. Pero en conclusión, ¿qué más da, si da o no da?, ¿que más da de dónde soy?, ¿Le gusta lo que pinto?, pues disfrútelo que mirar es gratis.

Por desgracias hay aún profesiones estigmatizadas y mal valoradas, por aquellos que están nutridos de ignorancia y por otro lado, vivimos en tiempos  en los que la privacidad es mínima. Con solo mirar su perfil de  la red social que utilizan habitualmente sería capaz de radiografiar su vida.  Créame que no es tarea sencilla salvaguardar su privacidad.

Redes Sociales

Podemos averiguar donde ha estado el fin de semana, a qué hora y por dónde corre a 10 km/h un total de 60 minutos, conocemos sus aficiones y hasta qué piensa del aborto y otros temas candentes.

Quizás por eso incluso se ha perdido el pudor a preguntar sobre ciertos asuntos a tumba abierta y cara descubierta.

Yo por lo pronto he inhabitado algunas casillas de las opciones de mi privacidad.

y sí, soy canaria, pero ¿ qué más da?.

Procesos migratorios

PintandoYa son muchos meses trabajando a pie de calle para poder apreciar muchos datos que se escapaban.

Cuando se trabaja en un ámbito abierto, ese rincón en el que lo haces, el rincón de mi calle, se convierte en una oficina.

Oficina

En muchas ocasiones cuando acudimos a un lugar por costumbre no percibimos ciertos detalles que rodean al lugar. ¿Quién no ha dicho alguna vez: “jamás me había fijado en esto” pese a que estuviera ahí desde tiempos remotos? Obviamos lo habitual.

Pues algo así me ocurría. Llegaba a “mi calle”, montaba mi oficina en ese despacho improvisado y a trabajar que me ponía.

Caja de pinturas

Con el tiempo he comenzado a observar a mí alrededor y percibir como salvo los edificios y el mobiliario urbano todo va cambiando.

Los turistas van y vienen, a veces se pueden contar con los dedos de una mano y en otras, la multitud galopa desbocada calle abajo. Al igual que las nacionalidades, todo es cambiante, como si de ciclos migratorios se tratase.

calle

Es la época en la que llegan los noruegos, se comenta por las calles, y cual salmones remontando el río van llegando. El mes que viene llegarán los franceses, y así sucede, en breve se monta una república por las calles.

Turistas

Fue entonces cuando eché una mirada atrás y me di cuenta de todos las personas que había tenido de “compañeros” en estos meses y cuando comprendí el carácter migratorio de las personas que han tomado la calle como su modo de vida.

En la calle como en la vida no es fácil triunfar. Encontrar aquello que se abra camino entre tanta competencia.

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Entonces es necesario mirar a tu alrededor y pensar qué es que hace falta, porque eso será lo que te haga triunfar.

Buscar esa necesidad para evitar emigrar cuando llegue tu ciclo.

 

Cuando lo esporádico se convierte en rutinario, ¿perdemos la capacidad de sorprendernos?

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Les hago esta introducción previa porque sinceramente, no me había pasado nada digno de contar, o al menos eso pensaba.

Pero hace unos días me puse a pensar buscando una señal y ¡la encontré!.  Soy de las que piensa que nunca es tarde para nada, Así que la amarré con fuerza.

Escribir

Fue el día  1 de Mayo, Día Internacional del Trabajador, horas colmadas de reivindicaciones, actos y movimientos aclamados. Como cada año observaba las noticias al respecto pero como ninguno otro, causaba en mí un revuelo en mi consciencia y sin embargo, dejé ir ese día  sin darme cuenta de lo que había provocado en mí, no escribí!

No hacía más que mirar  hacia atrás y comparar mi antigua situación de redactora en los medios de comunicación y mi nueva faceta de pintora a pie de calle. Reflexionaba acerca de lo que había dejado por el camino y aquello nuevo que había conseguido.

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Pensaba en todas aquellas personas que se veían en una situación similar a la mía realizando un acto emprendedor o quizás una huida hacia un futuro de supervivencia.

Es asombroso apreciar como el ser humano es capaz de ir adaptándose a los cambios hasta el punto de hacer de lo singular y esporádico  en algo común y rutinario.

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Exactamente eso es lo que me había pasado, me había acostumbrado a pintar a en la calle.

El vértigo, el miedo que les expresaba en mis primeros relatos, la inestabilidad, los momentos difíciles, la lluvia, la comunicación con decenas de turistas vestidos de  idiosincrasia dispar, todo eso lo había convertido en un día a día sin más.

Rutina

Fue entonces cuando advertí que me habían pasado muchas cosas sorprendentes que merece la pena ser contadas y que solo las había pasado por el filtro de lo normal, es decir, como un acto repetitivo,  por ejemplo, los hábitos de la oficina, los comentarios en la redacción, incluso el café con el compañero.

Yo no tengo nada de eso y aun así, algo tan rocambolesco como plantar mi silla en medio de una calle y pintar lo había convertido en un ritual.

Esta noche bajaré a pintar a “mi calle”. Sin hábitos, sin café, ni conversación con los compañeros de la redacción u oficina, aunque no les niego que muchas veces  lo echo de menos.

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Cuestión de fe

 

Campanadas

Lo confieso.

Llevo varias horas buscando un comienzo para esta entrada.

Lo confieso.

He intentado afrontar este relato de infinitas maneras para evitar ser centro de discrepancias y no herir sensibilidades, pero para poder seguir siendo honesta con mis vivencias a pie de calle no puedo dejar de escribirlo.

Pinto al lado de una iglesia.

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Durante este año de supervivencia, junto a los turistas, el murmullo del trasiego de la calle y la música, me ha acompañado el repicar de las campanas.

El invierno ha sido duro, y aunque lo comencé con ánimos, en algunos días e incluso semanas reconozco que me ha vencido.

La lluvia, el frío, la humedad en mis huesos, turistas sin detenerse y deseando refugiarse en un lugar cálido. Confieso que ha sido duro.

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Al volver a mi puesto de trabajo he reaccionado pensando que muchas personas se encuentran en situación incluso peor a la mía, pero no quería que ese pensamiento se transformara en un mal de muchos consuelo de pocos.Fe

Quería que esa visión se transformara en una fuente de energía que nos hiciera reaccionar a todos, que eliminase una estúpida barrera que hasta hace no mucho nos hacía mirar por encima del hombro a los demás.

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Quizás la reflexión que intento hacer en esta entrada de hoy sea un poco etérea, pero es que de eso va este relato. , de aquello que nos hace continuar, que no se compra sino que se regenera.

Regenerar  la energía y seguir adelante.

 

 

 

 

 

 

 

Vencer los ciclos

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Quién no ha  oído frases del tipo, “esto es una cuestión de ciclos, es algo temporal” y en definitiva se convierten en  una retahíla de excusas/ respuestas que parecen dar sentido al más inesperado de los inconvenientes.

Hace unos días circulaba por las calles de Santa Cruz y esperaba  a que el semáforo me autorizara reanudar la marcha, por cierto, ¡bien tardan algunos semáforos!, oía como el taxista de al lado hablaba con su pasajero sobre el tiempo, los políticos, etc… hasta que retumbaba  en mi cabeza una frase:

 “A mí me va bien a veces, otras no, cuando parece que voy a remontar llega una semana mala, cuestión de ciclos”.

Cuestión de ciclos, una frase que  se me repetía en mi cabeza hasta la noche, momento en el que la oscuridad me indicaba que era la hora de salir a trabajar.

Sé que la persecución de este mensaje por mi mente no era por cualquier motivo, no. Estaba pasando por la peor semana desde hacía mucho tiempo. No había alemanes que quisieran que les pintase flores, ni franceses que adorasen las siluetas finas de las féminas que pintaba, solo veía piernas que pasaban delante de mí  a gran velocidad ignorando por completo lo que hacía.

Turismo

Me acostaba cada noche pensando en un plan que cambiara lo que llevaba meses haciendo y me había ayudado a sobrevivir.

“He de cambiar de hora, variar el sitio en el que pinto, ¿y si pinto de pie?” -no saben cuántas alternativas pensé.

Una mañana entré a la tienda de oleos y me decidí a comprar uno de color verde, diferente, más aceitunado. El que llevaba en mi paleta no acababa de llenarme.

Esa noche triunfé. ¡Querían mis cuadros! Y lo más importante, es que esta semana podré pasar por delante de la puerta del casero.

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Sin duda había sido el verde. El verde es la clave, gritaba y comentaba a mis amigos que miraban incrédulos. Pero, ¿y si es cuestión de ciclos?

No sé cuáles son los motivos de semejantes cambios pero he aprendido a no dudar de mi trabajo. Y es lo que quiero transmitirles.

No duden de su trabajo en las épocas malas, si han sido buenos hasta ahora no hay motivos para que cambien y al mismo tiempo, aunque suene contradictorio, busquen algo que sume a lo que hasta entonces hayan hecho, busquen su color verde.

Hagamos que los ciclos buenos se repitan.

Dos breves historias

1.- Los hombres de ciencia

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Hace unos días me encontré en la localidad en la que trabajo un grupo de matemáticos llegados de otro país para debatir sobre  estadísticas y ecuaciones. Sus amados números.

Mientras pintaba los vi aproximarse calle abajo, venían  hacia mí pero pasaban  de largo absortos en su discurso.

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Sobre la música que me acompaña mientras pinto oía sus palabras acerca de posibilidades numéricas y dilemas matemáticos que no lograba descifrar. Entonces, me percaté de algo, uno  de ellos  lentamente se iba  descolgando del grupo cual número 1 en un Método de Rufini para acercarse a mí, observar y marcharse.

Tras unos minutos oía su voz -buenas noches señorita, me gustaría ese que acaba de pintar-.

Ahora pienso en esas personas de ciencia, metidas de lleno en su mundo y de apariencia fría. Recuerdo  al  profesor que se esforzó por enseñarme a amar, o al menos entender las matemáticas, y ahora más que nunca  creo que entre todos ellos late la pasión. La pasión por las matemáticas, la locura por innovar, por descubrir nuevos límites.

Si no fuera así, sería imposible que Einstein, por ejemplo, pensara en la gravedad. Si no fuera así  sería imposible que ese hombre aparentemente desinteresado por otras cosas que no fuera su ámbito rompiera mi visión  y me diera una lección al comprarme  un cuadro.

Por una noche,  sentí el encanto de las Matemáticas como nunca antes lo había sentido.

2.- Premiar el esfuerzo

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Todo iba bien. Yo pintaba, tenía un público muy atento y la lluvia había dado una tregua hasta que sentí la brisa. Sí, esa que anuncia agua.

Y así fue.

¡corran debajo de los balcones! – alerté a la gente mientras  recogía de manera apresurada y ellos me devolvían su atónita mirada.

Ha enloquecido esa mujer, debían pensar. Pero las primeras gotas hicieron que valoraran mi advertencia.

Se acabó, otro día perdido– pensé.

-¿ya no vas a pintar más, verdad?, es que nos vamos mañana -.  Me preguntaron un grupo de turistas.

En ese momento con mis atrezos desperdigados por el suelo y mis pinturas mojadas no pude más que pintarles aquello que ellas deseaban.

Y así fue, una autentica odisea bajo la lluvia para poder realizar el dibujo. Una batalla de gotas de lluvia contra óleos en medio de un lienzo.

Sé que el resultado no fue el mejor y casi me odiaba por no poder hacerlo todo lo bien que me hubiera gustado.

Estuve angustiada pero intenté sonreír y mostrarme segura de mi pieza. Sin embargo, cuando les mostré de frente la obra terminada esperando una respuesta  recibí  un sí rotundo que iba acompañado de un “te lo has ganado” reflejado en sus ojos.

Creo que más que el cuadro, valoraron mi predisposición y esfuerzo por complacerlas. Y eso tiene su premio.

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Esta semana pintar en la calle me ha dado la oportunidad de  ver con otros ojos las ciencias y sus devotos y a reafirmarme en que el esfuerzo tiene sus frutos y hay que llegar hasta el final sin ser vencido porque ahí fuera hay personas dispuestas a valorarlo.

Deseando que se vaya el invierno…

El turismo visto a pie de calle

TuristasUn día pensé vivir de las palabras, de las noticias, de contar la realidad e informar mientras dedicaba mi tiempo libre a la pintura, y a día de hoy es a la inversa. Vivo de los óleos que compran mayormente turistas y en mi tiempo libre escribo, aunque ambas cosas las hago con la misma pasión.

A diario surge información, estadísticas y comentarios en todos los medios acerca de la situación turística pero permítanme  dar una visión subjetiva a través de mi experiencia pintando en la calle.

Verán, en general  ha sido un buen año. Mi calle tiene marcadas miles de nuevas pisadas foráneas.

Hay días en la semana  en los que la afluencia  disminuye pero no hay que alarmarse, simplemente, como se dice en el argot de los comerciantes cercanos a mí, “estamos en el cambio de turistas, pronto llegará nueva remesa”. Y así sucede.

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El turista alemán sigue estando presente en la zona en la que trabajo y observo que se ha incorporado con mayor  insistencia  el italiano y el francés.

También el inglés parece que no pierde la costumbre de visitarnos y cómo no,  la evidente irrupción del turismo ruso muy en boca de todos.

La presencia del turismo peninsular es menor y a diferencia del año pasado veo más parejas jóvenes.

¿Qué les gusta de nuestra isla?

El turista alemán  adora el senderismo y la vegetación. Incalculable  es el número de lienzos que he pintado para ellos reflejando el Teide y las flores autóctonas y se desviven por las que encuentran en nuestras calles. Es de costumbres clásicas que se sorprende y analiza todo lo que ve a su paso.

Al  italiano le apasiona el mar, las puestas de sol y al igual que al francés les embriaga un halo bohemio que percibo cuando me dan  la libertad para  pintarles lo que en ese momento se me ocurre.

Aún desconozco las debilidades y placeres del  ruso , creo que  poco a poco debemos ir conociendo.

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A grandes rasgos puedo decir que se trata de un turismo educado y cuidadoso con el entorno y con un nivel adquisitivo medio- alto.

Me gusta la época en la que ¨mi calle¨ se llena de gente de tantos lugares diferentes y se paran para verme pintar porque sé que se llevarán un bonito recuerdo de un momento único y diferente.

Una anécdota.

La pasada noche una pareja volvía por segundo año consecutivo  y me regalaba una postal de su país con una entrañable dedicatoria y hoy un cliente noruego me dedicaba un poema escrito.

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Hay turistas que aparte de ver un paisaje hermoso, disfrutar de sus playas y gastronomía lo que les hace volver es el alma que un día respiraron en ese lugar.

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Aunque no lo creas y estés deseperado habrá alguien que tira de tu mano

 

La escultura Banco de sangre de Zaragoza creada por Leticia Zubiri Gallego

 Escultura del Banco de sangre de Zaragoza creada por Leticia Zubiri Gallego

Anoche la señora que vende décimos de la Cruz Roja  se paró como de costumbre para saludarme con su acento andaluz muy saleroso y para dejarme la huella de un pedazo de beso  en rojo carmín. De  esos de barra fija que no se van ni arrancándote la piel, mira que le temo.

-Niña, mañana te voy a traer un par de cosas de comer. voy  a darte paquetes de lentejas, arroz y pastas porque yo tengo mucho en mi casa y no lo voy a gastar, ¿vas a venir?

-sí, claro. Muchas gracias, pero no te preocupes, que vas a venir cargada- ¿Cómo negar su amabilidad?

-Tranquila mujer que lo meto todo en un carro. Traigo una bolsa de cosas para ti y otra para una amiga que trabajó conmigo hace tiempo.

Efectivamente, al  siguiente día apareció con dos bolsas  llenas de pastas,  arroz, sopas, legumbres, etc…

-Toma, y ahora voy a darle otra bolsa a la amiga que te dije, a la pobre la han dejado parada y a mí ya ves tú, es que me sobra y se me va a echar a perder.

-¡No tenías por qué, gracias!

Nada mujer. Bueno, me voy a llevarle a la otra la bolsa.

– Mucha prisa tienes hoy le dije

¡Niña, voy para casa que no llego al capítulo de la novela, que está, no vea cómo está…!

¡Se va a liar, hoy ya se sabe todo con Manuel Alejandro y la otra, ya verás!

Se despidió con la emoción crecida por la intriga del episodio de su novela, tomó su carrito y se alejó.

Yo seguí  riéndome por la situación y me quedé  pintando con una bolsa repleta de comida al lado.

*Son tiempos difíciles y el ser humano de manera innata se asocia y solidariza con actos que sin duda, hace que todavía podamos creer en la supervivencia de valores.

Seguramente el hecho de verme trabajar en la calle puede despertar reacciones como las que narro y más allá de los paquetes de comida quedará grabado en mí el acto de bondad tan valioso.

Vemos diversos programas de recogida de alimentos, solidarios que hacen albergar la esperanza tras una nube gris de individualismo que nubla la sociedad, sigue existiendo un aire fresco de humanidad.