Cuando lo esporádico se convierte en rutinario, ¿perdemos la capacidad de sorprendernos?

rutina

Les hago esta introducción previa porque sinceramente, no me había pasado nada digno de contar, o al menos eso pensaba.

Pero hace unos días me puse a pensar buscando una señal y ¡la encontré!.  Soy de las que piensa que nunca es tarde para nada, Así que la amarré con fuerza.

Escribir

Fue el día  1 de Mayo, Día Internacional del Trabajador, horas colmadas de reivindicaciones, actos y movimientos aclamados. Como cada año observaba las noticias al respecto pero como ninguno otro, causaba en mí un revuelo en mi consciencia y sin embargo, dejé ir ese día  sin darme cuenta de lo que había provocado en mí, no escribí!

No hacía más que mirar  hacia atrás y comparar mi antigua situación de redactora en los medios de comunicación y mi nueva faceta de pintora a pie de calle. Reflexionaba acerca de lo que había dejado por el camino y aquello nuevo que había conseguido.

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Pensaba en todas aquellas personas que se veían en una situación similar a la mía realizando un acto emprendedor o quizás una huida hacia un futuro de supervivencia.

Es asombroso apreciar como el ser humano es capaz de ir adaptándose a los cambios hasta el punto de hacer de lo singular y esporádico  en algo común y rutinario.

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Exactamente eso es lo que me había pasado, me había acostumbrado a pintar a en la calle.

El vértigo, el miedo que les expresaba en mis primeros relatos, la inestabilidad, los momentos difíciles, la lluvia, la comunicación con decenas de turistas vestidos de  idiosincrasia dispar, todo eso lo había convertido en un día a día sin más.

Rutina

Fue entonces cuando advertí que me habían pasado muchas cosas sorprendentes que merece la pena ser contadas y que solo las había pasado por el filtro de lo normal, es decir, como un acto repetitivo,  por ejemplo, los hábitos de la oficina, los comentarios en la redacción, incluso el café con el compañero.

Yo no tengo nada de eso y aun así, algo tan rocambolesco como plantar mi silla en medio de una calle y pintar lo había convertido en un ritual.

Esta noche bajaré a pintar a “mi calle”. Sin hábitos, sin café, ni conversación con los compañeros de la redacción u oficina, aunque no les niego que muchas veces  lo echo de menos.

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