Saltad valientes, más alto.

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Venecia, Alemania, Francia son algunos de los lugares en los que he estado enviando mis obras. Galerías y particulares que me han tenido este tiempo sin poder escribir y sin pintar en ” mi calle”.

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No cabe duda que he extrañado envolverme en la cálida noche costera de un pueblo tan entrañable y mágico, un rinconcito que desprende perfumes de flores y mar y que recita música de bolero.

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pero ahora que vuelvo a mi rutina de cada noche, puedo decir que ha merecido la pena ausentarme para vencer el miedo que me provocaba dar el salto.

pintando

Aquel e-mail escrito en Inglés de un señor que una vez me compró un cuadro había roto por completo mi estado de comodidad. Me escribía para ponerme en contacto con algunas galerías de varios países donde exponer mi trabajo, y yo no sabía qué hacer.

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El miedo me había paralizado todos los órganos, parecía que me habían enyesado por dentro. Estuve sin dormir y esperando la luz del día durante una semana. Era más fácil las exposiciones locales que iban saliendo o estar en mi calle pintando, e incluso irme a casa sin vender mucho o nada.
A veces nos creemos que solos debemos resolver nuestras dudas, que así somos hombres y mujeres fuertes, independientes. Pero eso es uno de tantos estereotipos falsos, lo que realmente nos hace valientes es contar con el prójimo. Puede ser incluso que comentes de pasada tu inquietud entre amigos y de repente, una idea de uno de ellos es la luz, la señal que te hacía falta, en mi caso así fue.

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Con gran premura, confirmé enviar mis obras y ya no había vuelta atrás.

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A partir de ahí el miedo se había disipado y tomaba forma de inspiración. Empezaba a sentirme renacida, a crear piezas sin descanso. Y todo pasaba tan rápido y tan lentas las horas de vigilia antes de aquel e-mail que ahora si miro con perspectiva me han servido para saberme más fuerte en este camino que es la vida.
¡Saltad valientes, con ayuda o sin ella, más alto, se puede!

El valor de lo que nos rodea

El valor de las personas

En uno de mis pasados relatos, contaba mi experiencia con un hombre de edad avanzada que cada noche se sentaba en un banco próximo y me veía pintar.
Casi siempre dialogaba conmigo y con aquellos espectadores que observaban mientras trabajaba. Su presencia ya casi se había hecho incluso necesaria y el día que no hacía acto de presencia me preguntaba qué habría pasado.


Se trataba de un señor de un singular caminar y que de alguna manera desprendía un halo entrañable. Esas personas que cuando hablan, se hace un silencio a su alrededor porque sus palabras nos sacudirán un soplo de sabiduría.
Un hombre que era “de toda la vida del pueblo”, al que conocían con un mote y por su singular manera de caminar, al que saludaban con buen agrado y de quien aparentemente nadie sabía más de su vida, salvo que caminaba a diario por estas calles.

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Cada noche paseaba solo y yo en más de una ocasión me habría preguntado si alguna vez tuvo una compañera de vida. Sin embargo, parecía que se había adaptado muy bien a su soledad y cada noche se sentaba en una terraza para escuchar unas canciones que le traían recuerdos de cuando era joven y no se perdía ninguna de las verbenas que se celebraban en los distintos pueblos.

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Al acabar las actuaciones de locales y hoteles se aproximaba hasta mi rincón para desearme las buenas noches y darme un curioso pronóstico acerca de cómo estaría el turismo en los días venideros. Y he de confesar que no solía errar.
La cosa no va bien– , me decía con tono preocupado.

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Como apreciarán, es el tiempo en pasado el que predomina en este nuevo relato.
El invierno ha sido duro y no solo para mí. En varias ocasiones advertí como este señor, quien nunca quiso desvelarme su nombre, se aquejaba de varias dolencias y nuevos achaques a su salud agudizada por su avanza edad.
Una noche de invierno, no vino. Tampoco al día siguiente ni al otro.
Empecé a preocuparme, pregunté a la gente de los alrededores por su ausencia repentina pero nadie sabía nada, ni siquiera se habían percatado de su ausencia.

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-¡Ah sí, el señor! Es verdad que ya no viene-. Era la respuesta más usual.
Dejé de preguntar, quizás escudándome en la ignorancia de no saber lo ocurrido y evitar dolor, pero ya tenía dentro el vacío que había dejado.

Los días fueron pasando y hasta el día de hoy no he vuelto a tenerlo frente a mí arrancándome una carcajada cuando me dedicaba siempre la misma canción de su artista favorito, Antonio Machín.

vacío

La reflexión que me ha surgido a raíz de este hecho es que todos tenemos en mente ciertas personas que vemos con asiduidad por las calles y que de alguna manera forman parte de nuestros días.

De igual forma si hiciéremos un ejercicio mental de recordar a personas que antes solíamos ver y ya no están, nos saldrían unos cuantos.

Cómo puede ser posible que todos nos conozcamos en cierta manera, pero que al mismo tiempo no extrañemos la ausencia de ese alguien que pasaba cada día por mi tienda, por esta o aquella calle?

nadie
Quizás desde aquí, a pie de calle, ciertos matices se aprecian mejor y desde ahí arriba las prisas, los cafés impacientados, nuestras únicas preocupaciones, la lectura diagonal de los periódicos, en definitiva, el ajetreo diario nos priva de estar menos atentos a lo que nos rodea y no valorar ciertas buenas personas que hoy están y de repente nunca más los vuelves a ver.

Pintando
Yo seguiré bajando mi cabeza para centrar la mirada en mi lienzo anhelando alguna noche escuchar una voz entre el bullicio de “mi calle” que me diga: -buenas noches señorita, hoy la cosa va bien-. Una frase que antes me creaba cierta molestia y ahora la anhelo y valoro.

 

Cuestión de fe

 

Campanadas

Lo confieso.

Llevo varias horas buscando un comienzo para esta entrada.

Lo confieso.

He intentado afrontar este relato de infinitas maneras para evitar ser centro de discrepancias y no herir sensibilidades, pero para poder seguir siendo honesta con mis vivencias a pie de calle no puedo dejar de escribirlo.

Pinto al lado de una iglesia.

iglesia

Durante este año de supervivencia, junto a los turistas, el murmullo del trasiego de la calle y la música, me ha acompañado el repicar de las campanas.

El invierno ha sido duro, y aunque lo comencé con ánimos, en algunos días e incluso semanas reconozco que me ha vencido.

La lluvia, el frío, la humedad en mis huesos, turistas sin detenerse y deseando refugiarse en un lugar cálido. Confieso que ha sido duro.

lluvia

Al volver a mi puesto de trabajo he reaccionado pensando que muchas personas se encuentran en situación incluso peor a la mía, pero no quería que ese pensamiento se transformara en un mal de muchos consuelo de pocos.Fe

Quería que esa visión se transformara en una fuente de energía que nos hiciera reaccionar a todos, que eliminase una estúpida barrera que hasta hace no mucho nos hacía mirar por encima del hombro a los demás.

gente

Quizás la reflexión que intento hacer en esta entrada de hoy sea un poco etérea, pero es que de eso va este relato. , de aquello que nos hace continuar, que no se compra sino que se regenera.

Regenerar  la energía y seguir adelante.

 

 

 

 

 

 

 

Vencer los ciclos

Ciclos

Quién no ha  oído frases del tipo, “esto es una cuestión de ciclos, es algo temporal” y en definitiva se convierten en  una retahíla de excusas/ respuestas que parecen dar sentido al más inesperado de los inconvenientes.

Hace unos días circulaba por las calles de Santa Cruz y esperaba  a que el semáforo me autorizara reanudar la marcha, por cierto, ¡bien tardan algunos semáforos!, oía como el taxista de al lado hablaba con su pasajero sobre el tiempo, los políticos, etc… hasta que retumbaba  en mi cabeza una frase:

 “A mí me va bien a veces, otras no, cuando parece que voy a remontar llega una semana mala, cuestión de ciclos”.

Cuestión de ciclos, una frase que  se me repetía en mi cabeza hasta la noche, momento en el que la oscuridad me indicaba que era la hora de salir a trabajar.

Sé que la persecución de este mensaje por mi mente no era por cualquier motivo, no. Estaba pasando por la peor semana desde hacía mucho tiempo. No había alemanes que quisieran que les pintase flores, ni franceses que adorasen las siluetas finas de las féminas que pintaba, solo veía piernas que pasaban delante de mí  a gran velocidad ignorando por completo lo que hacía.

Turismo

Me acostaba cada noche pensando en un plan que cambiara lo que llevaba meses haciendo y me había ayudado a sobrevivir.

“He de cambiar de hora, variar el sitio en el que pinto, ¿y si pinto de pie?” -no saben cuántas alternativas pensé.

Una mañana entré a la tienda de oleos y me decidí a comprar uno de color verde, diferente, más aceitunado. El que llevaba en mi paleta no acababa de llenarme.

Esa noche triunfé. ¡Querían mis cuadros! Y lo más importante, es que esta semana podré pasar por delante de la puerta del casero.

Verde

Sin duda había sido el verde. El verde es la clave, gritaba y comentaba a mis amigos que miraban incrédulos. Pero, ¿y si es cuestión de ciclos?

No sé cuáles son los motivos de semejantes cambios pero he aprendido a no dudar de mi trabajo. Y es lo que quiero transmitirles.

No duden de su trabajo en las épocas malas, si han sido buenos hasta ahora no hay motivos para que cambien y al mismo tiempo, aunque suene contradictorio, busquen algo que sume a lo que hasta entonces hayan hecho, busquen su color verde.

Hagamos que los ciclos buenos se repitan.

Menudo San Valentín

San Valentín

No Tenía más de cuatro años y se presentó justo en frente de mí para observar  con auténtico asombro aquello que  estaba pintando. Lo miré y me devolvió una mirada bañada en el más profundo y brillante océano. En ese momento de mí salió una espontánea sonrisa al ver aquella cosita tan pequeña con su rostro claro como la luz, tan inocente como un inicio  y con una cara de pillo que parecía un diablillo.

Al cabo de un rato  le invité a pintar un cuadro y no tardó ni dos segundos en ocupar mi sitio, limpiarse sus manos con los trapos, manejar óleos y darle un mundo  de color a un lienzo. Esa noche  se fue eufórico de la mano de su madre.

mi público

Para mi asombro a la noche siguiente  intuí una pequeña figura frente a mí, radiante. Alcé la mirada y allí estaba nuevamente el renacuajo con  un cabello tan rubio como el sol y con sus  ojos de mar  inquieto. Lo saludé y percibí con auténtica ternura cómo se ruborizaba. Se sentó en el banco que está al lado de mí junto con sus padres y se dispuso a observar. Yo me extrañé ante tan buen comportamiento e incluso llegué a preguntarme qué estaría tramando.

banco

Al cabo de media hora se acercó temeroso cogido de la mano de su madre, con las mejillas sonrojadas y me regaló una chocolatina de su país. No pude más que echarme a reír al igual que lo hizo la gente que en ese momento estaba observando.

chocolatina

En agradecimiento a su regalo  y metida en ese sentimiento compartido, le pedí que me diera un beso en la mejilla antes de que se fuera y en menos de un segundo noté unos carnosos y jugosos labios en mi mejilla. El crío con tal emoción se alejó rápidamente de mí para sentirse seguro en la mano de su madre y marchar.

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Ahí no se acabó la historia, porque de repente, el angelito rebelde, se soltó de la mano y fue corriendo hacía mí para plantarme un rápido beso en los morros y salir pitando en busca de un refugio recóndito y seguro entre sus progenitores. Yo no salía de mi asombro y ahora el público no paraba de reír.

beso

Un valiente Romeo que volvía  a la noche siguiente y yo me preguntaba si  aquel canijo era el  San Valentín, pero  me sorprendió su actitud, sí, porque esta vez  se estaba comportando  como un auténtico caballero. Observaba respetuosamente mientras pintaba desde el banco, acabó por comprar un  un lienzo,  y por  regalarme otra chocolatina . Se despidió con  un cálido y elegante saludo .

día

Ya no lo volví a ver.

Dicen los expertos que los niños no se enamoran hasta bien entrada la pubertad y que no son lo suficientemente maduros emocionalmente para poder sentir amor por un semejante como un adulto, pero este pequeño sin duda,  dio una lección de conquista a muchos de ellos.  

 niños

Hay tantas cosas que los niños nos pueden enseñar… de sentimientos, muchos.

Basta con observar sin reírse de ellos.


 

La cultura de lo gratis

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Todos somos usuarios de una conocida aplicación para nuestros avanzados móviles basada en la mensajería instantánea. Aplicación que usamos de manera frecuente y, en algunos casos compulsiva.

Además todos somos conscientes que su coste tras un largo periodo de prueba es de 0,89 cts al año y son muchísimas las personas que hacen artimañas para poder saltarse dicho pago. Que si lo apago tres veces y pongo mi contraseña  pero al revés, y haciendo el pino-puente. En definitiva que todo nos salga gratis.

Es cierto que hay productos que parecen tener un precio excesivo o que no están acorde a lo que se ofrece. Pero no podemos, creo yo, poner todo en el mismo saco.

Pensemos en los céntimos que a diario dejamos escapar bien en propinas, cambios o incluso el céntimo que se nos cae al suelo y pensamos que no merece agacharnos.

Aplicaciones gratutitas

Esta reflexión inicial es un símil que expongo para una circunstancia que me ocurre cada noche.

Mientras trabajo,  hay un momento que se forma un grupo de gente alrededor observando mientras pinto. Vaya por delante, mi más sincero agradecimiento a todo el que se detiene  pero tengo que exponer que son varias las personas las que se pueden pasar  una hora mirando cómo acabo un cuadro y empiezo otro. Sinceramente no entiendo como sus músculos no se resienten. Y una vez he acabado deciden darse la media vuelta  y marcharse sin echar ni un céntimo en mi pequeño cuenco.

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Puedo llegar a entender que no les guste, pero pienso que pasada una hora ya sabrán que realmente soy mala, no les gusta y deberían seguir su camino.

Puedo pensar que les ataca la curiosidad, pero tras la primera hora creo que la curiosidad, como decía mi abuela, mató al gato.

Anoche mientras recogía mis bártulos pensaba en el porqué de esta actitud, al tiempo que recibía un mensaje en esa aplicación ya comentada: la cultura de lo gratis.

No creo que en España seamos tacaños, tenemos fama de picarescos eso  sí y  quizás haya algo de verdad en ello. Nos gusta fardar de cómo hemos conseguido esta cosa gratis o aquella porque un amigo tiene un conocido que…la cultura de lo gratis.

Quizás es que el arte  no sirva para vestir, no se pueda comer, aunque créanme si les digo que alimenta los sentidos y el conocimiento.

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Sinceramente hay actitudes que no entiendo, pero por lo que a mí respecta, pueden seguir mirando y yo seguiré creyendo que no valoramos bien las cosas por las que pagamos y por las que no.

Hazlo y esperarán por ti. Clientes

No hay secretos para triunfar. En la práctica todas las teorías se derrumban. Todo se reduce a la suerte de una larga paciencia

He estado reflexionando acerca de la capacidad  de espera que tenemos cuando deseamos tener algo en nuestras manos, aunque no  sé si dicha capacidad será tan intensa  cuando se trata de obtener algo que no es material.

Esta noche la gente a mi alrededor observaba  como elaboraba una y otra pieza. Iban pidiendo por turno  y ellos mismos se daban la vez  como se suele hacer  en la carnicería.  Yo agradecía que  se ocuparan de su organización porque sinceramente,  noches anteriores ellos esperaban que yo supiera quién iba antes o después y tremendo  lío monté. Lo siento mucho, pero  a veces estoy  en aquella  esfera  que me permite lindar con las ideas para crear, tanto que a veces me olvido de  todo lo que hay en el exterior.  Es para echarse las manos a la cabeza, ya lo sé, en ocasiones han venido clientes anteriores y me han preguntado:

Hola, ¿ te acuerdas de mí?

Ahhhh, sí! – Respondo

No, no tengo ni idea de quién es, ¿pero cómo voy a decirle que no?

Espero que puedan comprenderme y disculparme. De verdad que cada año hago propósito de enmienda en este aspecto, además de la dieta y creo que poco a poco voy avanzando. Paciencia, por favor.

Una vez hablado de mi despiste, pasamos al tema de la espera.

Me parece casi ilógico esperar durante una hora en pié mirándome o sentado en el banco cercano para llevarse una de mis pinturas. Ya ni decir tiene cuando estoy acabando uno y veo acercarse  alguien rápidamente para preguntarme con cara de ansiedad y con dos ojos como platos, ¿está YA vendido?.

A veces, están esperando antes de llegar yo, me sonríen plácidamente y siguen esperando hasta que instalo todo tinglado.

A día de hoy puedo decir que tengo una clientela. Meses antes, las situación actual me echó a la calle en la búsqueda desesperada de mi supervivencia, hoy llego a casa con la satisfacción de estar llenando un vacío. Cuando pensamos en emprender pienso por mi experiencia que ha de buscarse aquello que sabemos hacer y que nadie más hace, pero sobre todo APOSTAR por  ello.

¡Créanme cuando les digo que he ahí uno de los secretos!. Si  lo encuentran, tendrán una lista de clientes dispuestos a esperar por usted  porque quieren su tesoro.

Un consejo, no inviertan en el amor porque es algo en lo que ya  no se tiene paciencia.