28 mm

Se acerca la hora de marcharse. Después de doce días en Tenerife, “pam”; cae la claqueta. El director repite furioso: “¡Acción!” Titubeo, como si no fuera conmigo. Tengo que decir algo, moverme, provocar una situación. No puedo. ¿Qué se espera que haga? –me pregunto.  No sé dónde poner las manos, hacia dónde dirigirme o qué perfil enseñar. Sólo querría eternizar este instante de amor, el de la despedida, sin darme la vuelta en el aeropuerto ni llorar a moco tendido.

Pero me esperan. Amigos y familiares me observan detrás de las cámaras. Están nerviosos, quieren que la función continúe. Me dicen “ánimo, tú puedes”, “confiamos en ti”, “aquí estamos siempre para lo que necesites”, “recuerda, cuando vuelvas todo seguirá igual”. Lo sé, me lo repito también, sin embargo, me emociono y amplifico dramáticamente las circunstancias: “¿Cómo volver a mi vívida ficción de canario paleto que intenta sobrevivir en Austria? Si yo no hablo alemán, si casi no me entienden en inglés…” Y sumen más preguntas y excusas, los cantos de sirena del inmovilismo. De nuevo el director: “¡He dicho, acción! ¡Joder Jonay, siempre buscando disculpas! ¡Lánzate!”

Por eso subo, subiré, al avión. Pasaré el control policial del aeropuerto, me daré la vuelta y diré adiós con la mente puesta en las próximas horas de viaje. Si me preguntan cómo evité el terrorismo interno, seré sincero: no lo he conseguido, sólo acepto mi fragilidad. Siento miedo, los nervios me destrozan el estómago, lloro en las despedidas, pruebo poco, yerro más que acierto, necesito amar y ser amado, detesto la soledad, las compañías huecas, un día aprenderé a vivir conmigo…

“¡Corten! Pasemos a la escena de la llegada a Salzburgo.”

Publicado el por Jonay Sánchez en Personal ¿Qué opinas?

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