Jonay Sánchez - Soltar todo y largarse

Matar a Dios por vanidad.

“Me acepto y me quiero con humildad”. Con esta frase de mi querido hermano Luis deseo comenzar esta reflexión. Porque quizás sea éste uno de los  principios básicos que nos salve de la barbarie.

Me explico.

Cuando Dios descansó en camposanto, asumimos nuestra responsabilidad en la historia. Pero la luz de la razón terminó deslumbrando. De tan responsables, medimos los cráneos, los orgasmos, y las ideas, pensando que el misterio del yo con los otros, cuando surge el amor o el odio, también podría calcularse. Y claro, si sólo los números, las fórmulas y los conceptos nos hablan de la verdad, de nada sirven el arte y la ética. Así pasaron guerras, hasta hoy, donde una disciplina tan poderosa como la economía -neoliberal-, destinada a facilitarnos la gestión de los recursos, reprocha que sobra una variable: nosotros, sus creadores, sus dioses.

Como a los mercados financieros, la soberbia bajo control nos refina, pero sin restricciones, nos devora. Por un lado, uno puede creerse el centro del universo e intentar aplastar con su molde al resto de iguales. Por otro, ser esclavo de la ambición con la exigencia constante de parecer más y mejor, una proyección insatisfecha, por irreal e inalcanzable.

Dijo uno de los anteriores pontífices (siento la herejía, me obliga la congruencia textual) que la vanidad es el comienzo de todos los pecados. Desconozco sus argumentos, aunque como conclusión encaja al completo con los míos. A la humanidad y a los particulares que la componen nos bastaría con querernos tal y como somos, ahora bien, con humildad. Prosperar en aquellas parcelas de nuestra existencia acordes a las necesidades que nuestra condición animal y social exige. ¿Parece fácil? Entonces, ¿cuándo empezamos?

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¿Por qué me meteré en estos berenjenales?

Hace seis años escuché por primera vez, explicadas con simplicidad y exactitud, las tesis fundamentales del realismo científico gracias al profesor de la Universidad de Santiago de Compostela, José Miguel Sagüillo. A saber:

  1. Existe una realidad externa independiente de nosotros;
  2. esa realidad posee una estructura determinada independiente de nosotros;
  3. existe una representación o teoría completa, objetiva y literalmente verdadera de la realidad independiente;
  4. esa representación o teoría es científicamente cognoscible.

Aunque se refiere a las ciencias naturales, los mismos axiomas podrían aplicarse a las ciencias sociales -siempre que confiemos en dichas disciplinas como ciencias. De este modo, desde la perspectiva, por ejemplo, de la ciencia política, podríamos aceptar que existe una teoría que explique de un modo objetivo, completo y literalmente verdadero los fenómenos acaecidos en cualquier período histórico y localización geográfica. Es ésta una premisa teórica que el investigador asume cuando entiende que su labor tiene una relevancia material, y además, una posible utilidad pública, en tanto que obtendrá información universalizable. No obstante, es en las ciencias sociales donde la interpretación de los hechos y la intromisión de los valores juegan un papel complejo para alcanzar los mínimos de rigor y objetividad que la ciencia clásica -del método científico- exigiría.

Ahora dirán ustedes ¿por qué este rollo? Simplemente intento entender qué sucede en nuestro país. Mis medios de investigación son mi vago conocimiento empírico y teórico de la historia española, la prensa internacional, las redes sociales y los comentarios de familiares y amigos. Como entenderán mi objeto de estudio es fundamentalmente  Podemos. Cuestión que, para los expatriados que llevamos más de un año y medio fuera de España, representa una incógnita esperanzadora o siniestra, dependiendo del lugar en el que se sitúe uno dentro de la polaridad ideológica del Estado.  Me interesan especialmente los calurosos debates y agresivas acusaciones en diversos medios que ha generado esta nueva formación. Entiendo, de acuerdo al citado realismo científico, que existen hechos objetivos que muestran el porqué de semejante despiporre (abandono la pose intelectual, porque a fin de cuentas, no contaré nada que no sepan).

Tenemos una corta y débil tradición democrática. Las generaciones que alcanzaron la edad adulta antes de 1978  provienen en su mayoría de una España agrícola y preindustrializada, con dificultades para el acceso a la educación superior; están socializadas en las estructuras de dominación ideológica propias de todo gobierno dictatorial, que sentó dicho control, además de la violencia directa, en la dirección de los hábitos y costumbres de la población, gracias a la connivencia, entre otras estructuras de poder, de la Iglesia católica. Dentro de esas otras estructuras de poder, encontramos también aquellos  grupos sociales que enriquecidos durante la dictadura mantienen hasta nuestros días una relevante capacidad de decisión en el país: medios de comunicación, puestos en la administración pública, empresas privadas… Ya que los acuerdos de amnistía -mal llamada, ejemplar- durante la transición, les salvó de rendir cuentas acerca de su simpatía con el fascismo. Lo que explicaría porque la clase empresarial española se encuentra posicionada generalmente a la derecha.

Así llegamos a las generaciones nacidas y criadas en democracia, quienes somos herederos de los comentados favores preconstitucionales, o bien hijos de una clase obrera despolitizada por el deslumbrante fenómeno del consumo -el resto son minoría. Tras el aturdimiento de los cuarenta años de orgía capitalista, a los segundos nos devuelven a la posición inicial con la privatización de los bienes públicos, el deterioro del sistema social, y un largo etcétera, en un intento de regresión al marco relacional previo. Sin embargo, el proceso democrático nos había regalado también el acceso a la educación, lo que irremediablemente se traduce en respuesta. De modo que los movimientos contestatarios no se hicieron esperar, primero fue el 15M, ahora Podemos.

Tampoco es de extrañar la masiva oposición de los medios de comunicación (cara visible de los agentes de poder) y de una población aterrorizada habituada al caudillaje y al caciquismo, a tantas propuestas democráticas que discutan o se pregunten acerca del status quo dominante. A los que habría que decirle en la misma clave axiológica del principio de este artículo, y con las palabras de Antonio Machado en boca de Juan de Mairena, lo siguiente:

Primero. Que si la historia es, como el tiempo, irreversible, no hay manera de restaurar el pasado.

Segundo. Que si hay algo en la historia fuera del tiempo, valores eternos, eso, que no ha pasado, tampoco puede restaurarse.

Tercero. Que si aquellos polvos trajeron estos lodos, no se puede condenar el presente y absolver el pasado.

Cuarto. Que si tornásemos a aquellos polvos volveríamos a estos lodos.

Me voy a correr.

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Días de noviembre. Uno que no termina de volver.

Mi experiencia en Salzburgo necesita un fin, por eso desatiendo el blog.

Y la escritura. No quiere decir que desee abandonarlo, pero sí enriquecerme de nuevas experiencias que me estimulen.  Es el mal del nómada. Quien sale un día sin intención clara de volver, emprende un viaje abierto.  El ansia de aprender y aprehender -no es momento de explicar la diferencia- se convierten en adicción. Cuando esto falla, comienza el merodeo del toxicómano.  En busca desesperada de países, ciudades, empleos, grupos de personas que propongan un nuevo relato.

Menudo lujo.  Se mueven de aquí para allá, lejos de casa, hombres y mujeres orquesta -ilustrados queda feo- que lo mismo te pintan tu casa, que hablan tres idiomas, que tocan la guitarra o destripan el Teorema de Incompletitud de Gödel. Por supuesto, hay algo trágico. Les echa ese país gobernado por ineptos que reflejan la misma estupidez de la sociedad que los aupa.

Mi primer trabajo tras terminar la licenciatura fue coger aguacates; fui becario para la administración pública supliendo a un funcionario; trabajé por tres euros la hora en una biblioteca pública (TEA); soporté descalificaciones de jefes de empresas de servicios que explotan con descaro y apoyo gubernamental a sus trabajadores -lo hacen todas, sin excepción; intenté emprender un proyecto empresarial que la burrocracia despedazó exigiendo permisos y reformas ilógicas; dialogué con cargos políticos, gestores y asesores ignorantes puestos a dedo por nuestra historia caciquil; y vi como la connivencia con esos poderes, y saber sonreír a las fuerzas oportunas -no he hablado de felaciones-  son los mejores métodos de posicionamiento laboral.  Pero a pesar de esos pesares, ni soy una víctima, ni les guardo rencor. Todo lo contrario.

En primer lugar, porque debí denunciar, patalear, apedrear y maltratar de la peor manera imaginable a tanto cabrón y cabrona que se han servido de las políticas públicas o de sus puestos en empresas privadas para, en ambos sectores, acabar con las ilusiones, las ganas y la energía de jóvenes de diferente formación y contexto social. Ese es mi error, haber aceptado la correa del amo cuando la necesidad no apretaba, cuando podía pagarme el alquiler con poco sin perder la oportunidad de aplastar con sadismo esa degeneración. Como yo, muchos no lo hicieron. Corrijo. Empezó un día y fueron pocos. 15M. (Será grande, espero)

En segundo lugar,  porque me siento afortunado. Gracias a esa indignidad de la que hablo he aprendido inglés, algo de alemán, tengo amigos repartidos por medio planeta, y sé que aquí, fuera, también se cuecen habas -y de qué manera. Y sobre todo, he aprendido que en este planeta hay infinitos y hermosos rincones en los que sentarse a leer.

Pues eso, que vuelvo a escribir en breve. Cuando tenga un plan. Denme tiempo para organizarlo. Unos meses o así.  Me asomaré a veces, discreto.

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Para quedarme

¿Sigue alguien aún las actualizaciones de este blog?

Perdonen la ausencia. De nuevo. Nuestro tiempo se dispara y las horas del día corren “como lágrimas en la lluvia”. Para colmo de bienes, nuevo trabajo. No se imagina usted -o quizás sí- lo complicado que es asumir tareas de responsabilidad en una lengua extranjera tan lejana como el alemán. Mitad del día estudiando, la otra mitad con cara de idiota intentando entender. En el segundo periodo se encuentran las reuniones de equipo (hay que ver lo que les gusta un meeting), entrevistas con alcalde, seguridad ciudadana. .. Y todo esto en Abtenau, el lugar de trabajo. Un pueblito de montaña al que uno va a esquiar o bien cae por equivocación, como es mi caso. Porque aunque el empleo gusta y se agradece, me pregunto si podrían colocar la dichosa localidad más cerca de mi casa.

Para colmo de males, nos dejó Carlos. Lector asiduo de este blog, amigo entre los amigos, y suma sigue en los elogios que podría dedicarle. Un día les hablaré de él. Bajo estas líneas mi despedida. Va por ti compañero.
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Querido Carlos,

Puedo imaginarte hablando en este momento. Hemos compartido tanto que gracias a ello cargo con la inmensa fortuna de tener parte de ti en mi pensamiento. Por eso sé que en este preciso instante quitarías importancia a las circunstancias -como siempre haces con algo que tiene que ver contigo- encadenándolas con un hecho histórico o político. Me hablarías de la muerte heroica que buscabas cuando te alistaste para luchar en Angola. De cómo en esa época uno deseaba morir por una causa noble, más que aceptar la desidia de los que se quejan “desde la casa y el sofá”. De tus últimos días con tu madre en Miami, me comentas: “si creyera en estas cosas, diría que la pobre esperó a que yo llegara”. O de la muerte del Che y de cómo hervían las calles de La Habana para despedirlo.

 

Y luego saltarías a otro tema, ¿cómo no? Si es que no sabes hablar sin hacer paréntesis interminables. De lo sagrado a lo profano, de la historia universal a los pequeños problemas domésticos. Desplegas tu saber con la misma humildad con la que un día me elegiste como amigo. Tú, el profesor inagotable, tú, el vigoroso naufrago de todos los sistemas, me halagas en cada conversación, agigantando mis proezas, como si fuera yo, y no tú, un luchador incansable.

 

Porque todos sabemos que has luchado hasta apurar lo posible. Lo has hecho remolcado por el amor a Olga, a tus hijos y a la filosofía. Hasta el último día has estado preocupado por los tuyos, incluso por mí, recomendándome cuidar mi garganta.  Me han dicho que además seguías leyendo a Hegel. Es que no te cansas. Aún ahora, sigues trabajando. Aquí, entre nosotros, en la herencia perenne que dejas a los que contaminaste con semejante apasionamiento.

 

Termino con esto, porque a diferencia de ti –sabes que siempre lo haces- no quiero extenderme. O más bien no puedo. Duele demasiado aceptar que no voy a recibir otra de tus llamadas de dos horas o que no hay un té en tu compañía esperándome en la cocina.

Gracias amigo. No puedo decir más, sólo gracias.

 

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Ausente

No me he olvidado de este espacio cibernético. Es el único lugar en el que derramo con más fama (entre amigos y familiares) que fortuna mis reflexiones. Pero a veces, como ahora, el clima no acompaña y uno se concentra en los parapetos y la despensa. La tormenta arremete con fuerza, son meses de reparaciones y abastecimiento. El cómo es de sobra conocido, entrevistas, correos electrónicos, horas frente al ordenador y largas caminatas de puerta en puerta.

Pido perdón y paciencia. Sí, he vuelto, pero con más intermitencia.

De regalo, una canción. Nos vemos pronto.

http://www.youtube.com/watch?v=DED812HKWyM

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Desconectar

“Nos vamos de fin de semana a un hotel para desconectar”, “Tómate una vacaciones para desconectar”, “Necesitas desconectar del tema”. Suma y sigue. Desconectar es la metáfora tecnológica más horripilante que hemos detectado (conversación recurrente con mi sabio amigo Samuel) en nuestro lenguaje cotidiano. Implica cortar el flujo entre dos objetos que, por razones varias, interactúan. Así, tiene sentido desconectar el teléfono móvil de la red telefónica, la conexión a Internet, el televisor de la corriente, y todo cachivache electrónico. Prueben a hacerlo de vez en cuando y verán que el día se alarga, que hay más gente alrededor de la que pensaban, e incluso que, pasadas unas semanas de angustia, las posibilidades de desarrollo personal son más variadas de lo esperado. Pero este es otro tema. La cuestión a la que me refiero es cómo desconectar de la vida y, lo más inquietante, ¿por qué?

No les quiero discutir el derecho al descanso, pero sí la aparente evasión. No nos engañemos, desconectar de nuestros problemas dando un paseo por un centro comercial, de vacaciones en Cancún o en un hotel de lujo en el sur de Tenerife, reconecta con la misma dialéctica de la que pretendemos escapar. El ritmo frenético del trabajo -o su búsqueda-, los exámenes, las –mal entendidas- obligaciones familiares, exigen un alto nivel de atención, la entrega a causas ajenas a nuestras necesidades. Y cuando nos embarcamos en esos programas de tiempo libre para huir de dichas cargas, no hacemos más que repetir el patrón: entregarnos a la lógica de disfrute que otros han dispuesto para nosotros y que generalmente implica una relación de compra-venta. Ya saben de qué pie cojeo.

No obstante, seré sincero, desde hace algo más de un año, yo también he decidido desconectar. Pero sólo de esa misma palabra. Es una cuestión de perspectiva. Los problemas personales nos persiguen y no podremos resolverlos a menos que los aceptemos como parte de nosotros. Ojo, he dicho aceptarlos, no encararlos. Porque solucionar un impedimento, en este sentido, no es una lucha, es una alianza. Imposible desconectarse, están unidos a nuestra condición. Si eres obrero y te joden en el curro -o ni siquiera lo tienes-, no te va salvar la tele, sino reconocerte como parte de un grupo que sufre las mismas circunstancias y con el que unirte para solventarlas. Si has sufrido una tragedia personal en tu seno familiar, reconoce tu nueva situación e intenta crear un nuevo escenario. De otro modo, la vida es sólo un camino de penurias, donde incluso las ocasiones de disfrute son una tortura de planes y facturas.

Así que, por favor, más magreo, abrazo, risotada, hablar hasta por los codos, festividades varias y celebraciones cotidianas. Que sí, “que la vida iba en serio” (perdóname Biedma), por eso es posible tomársela con guasa.

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Realidad onírica

Porque me fui deprisa, salí sin revisar.

Sé lo que sucede cuando no lo hago: Los grifos se abren, la cocinilla exhala butano y las puertas invitan a los pocos extraños que pasan por la calle. ¿No lo sabían? Por eso iba el último a la cama y hacía cinco rondas previas, del patio a la entrada y de la cocina al baño.

Nos excedimos por la gravedad del comunicado: “Abandonamos los eufemismos” –dijo entre líneas el presidente desde la Casa de Gobierno. Cómo no alarmarse. Con semejante retórica no hace falta ver los tanques en la calle o que cierren indefinidamente los bancos. Empacamos a la desesperada nuestros bienes y nos marchamos. Bien mirado, una huida es una huida, de nada sirve arrepentirse.

De hecho, la familia y los amigos sobreviven. Ha pasado un año. La casa dejada a su voluntad. Los grifos gotean, la cocinilla expiró en su propio gas y las puertas no dan abasto al trasiego de desconocidos.

Ya no necesito revisar. Quizás, volver.

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Terrorismo interno

Yo soy mi peor enemigo y mi mejor amigo.

No lo he sacado de un libro de autoayuda, es la conclusión a varios años de terrorismo interno que, bien en mi carne, bien en  la de otros, veo reflejada cotidianamente. Generalmente el reactivo es un conflicto enraizado en nuestra interacción con la sociedad. En función de la personalidad de cada cual, y cómo dicho conflicto conecta con vivencias previas, afrontaremos su gestión. Pondré un ejemplo retomado de un artículo anterior: la entrevista de trabajo. Sabemos que debemos exponer lo mejor de nosotros para ser seleccionados para el puesto, y por ello, prepararemos con anterioridad las posibles preguntas y respuestas. Pero supongamos que ya hemos hecho una veintena sin resultados positivos, y que además de esto, tenemos una baja autoestima y una necesidad imperiosa de empleo. En ese caso cabe la posibilidad de que a nuestra mente vengan esas ocasiones fallidas con una ristra de pensamientos nocivos que nos condicionarán negativamente (insomnio, nerviosismo…), hasta el punto que demos por perdida la batalla antes de comenzarla. No es fácil parar el pensamiento, callar al diablillo maligno de nuestro cerebro. ¿Quién no se ha despertado en medio de la noche, o ha tomado conciencia en un escenario cualquiera, repitiéndose a sí mismo maldiciones sobre su persona? No puedes, será imposible, verás que fallas –te dices.

¿Y qué hay del mejor amigo que nos ayuda a disfrutar de la vida? Ese yo que nos acompaña en las carcajadas, el amor, la paz interior y el placer. Con él debemos compenetrarnos en todo momento consciente, cuidarlo, traerlo al frente hasta que desplace a su destructivo alter ego. Es uno de los objetivos de mi estancia en Austria y en la vida, hermanarme conmigo mismo. No conozco las claves, pero sí algunos trucos. Entre ellos, interesarme por mí como lo haría por la persona amada. Regalarme  alegrías y cumplidos, celebrar los pequeños logros, ser paciente cuando no me aguanto, a sabiendas de que unos días más tarde retomaremos la comunicación. En definitiva, aceptarme, quererme y disfrutar de todo lo que implica estar vivo. Aunque cueste.

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Vomitar con estilo

Habrá quien escribe por dinero, habrá quien lo hace por reconocimiento, y quien -claro está- por ambos, pues son, en estos tiempos, muy a mi pesar, el mismo objeto. Pero hay un grupo que lo hace además por pasión, por una pulsión irrefrenable que les invade con la misma violencia que la náusea induce al vómito.

A ellos, todos mis respetos.

Dicen que cuando vomitas te sientes mejor. Si fuera tan fácil… Padecemos las indigestiones y las resacas taponadas en la incapacidad. A veces no encontramos las palabras, o a veces, simplemente, desconocemos el origen del malestar. Pasarán días hasta la llegada de ese terapéutico momento cuando, de madrugada, las ideas, casi siempre incómodas, nos revolverán en la cama hasta despertarnos bolígrafo en mano.

Esas historias, las que ustedes conocen, las que nos cuentan, cimientan el porvenir. Son la medicina pautada que psicólogos y siglos de literatura nos prescriben. Me sobran los ejemplos: Quevedo, Unamuno… Sin embargo, están mal vistos. El poeta, el cantor o el filósofo que dedica su vida a mitigar la angustia de la cotidianidad, a dar sentido a la vida, es, a ojos del común, en nuestros días, un vago encerrado en sus sueños adolescentes. Mientras las coristas de las multinacionales, los asesores, y toda la calaña financiera, invierten su conocimiento en complicarnos la existencia, finiquitando lo que de naturaleza le queda a este planeta y de dignidad a sus habitantes. Eso sí, con la apariencia de hacer un gran trabajo, de ser sujetos importantes y decentes.

A ellos, el resultado de mis arcadas, las reales, las que me provocan.

Les dejo una corta reflexión acerca del menospreciado oficio de la evocación, fue una advertencia: –Jonay, lo más ingrato de escribir es que, a pesar del esfuerzo, no se suda.

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Otredad

Que la gestión de las emociones es una asignatura pendiente en nuestro sistema educativo, no es una novedad. Pero no sólo en el nuestro, sino en el currículo de buena parte de occidente. Ocurre que vivimos como si éstas no existieran, como si fueran indecorosas e inoportunas. Le pondré un ejemplo de la vida diaria al que recurro últimamente para hablar de ello. La entrevista de trabajo.

Próximamente comenzaré con la búsqueda activa de empleo –sí, el voluntariado termina- y me adelanto, como de costumbre (con todo lo que eso implica), al citado momento: nervios, malestar, desagrado. Sólo la idea de enfrentarme al empleador que escudriña detenidamente movimientos y palabras, me indigesta. Y creo que hablo por más de una persona al decir esto. Porque en España (veremos en Austria) una entrevista de trabajo es, generalmente, una súplica de clemencia. Le habla alguien que ha pisado algunos cursos de integración laboral para jóvenes desempleados, en los que los profesionales del sector nos decían que, de cara a la entrevista, debíamos hacer “marketing personal”, “saber vendernos”… -siento la náusea del recuerdo-. De ahí las preguntas que me acechan. En primer lugar, al técnico de recursos humanos, generalmente licenciado o licenciada en psicología, y por ende, profesional de una disciplina interesada en mejorar las condiciones de vida de la sociedad, ¿cómo puede aceptar el desequilibrio de poder que implica esa situación y la tensión que genera al entrevistado? Máxime en el contexto de crisis económica, cuando es tan difícil acceder a un puesto de trabajo. ¿Acaso ha olvidado el temario de la universidad, el desastroso efecto que una situación de estrés provoca en el organismo? Es imprescindible investigar otros procesos de selección que atiendan a la salud emocional del candidato. Porque, y esto me lleva a la segunda pregunta, ¿no ha sido el propio seleccionador o el empresario víctima de una situación similar anteriormente? ¿Por qué perpetuar prácticas nocivas?

Sé que así son las reglas del juego, pero, como tales, siempre hay tiempo para  cambiarlas. Al igual que el mundo laboral, el terreno educativo, basado en los atemorizantes exámenes, o el sexo, banalizado en su sombra de tabú, son los lugares comunes de nuestros terrores cotidianos, y aun padeciéndolos, los complicamos.

Me encantaría dar una solución en este texto, si la tuviera; por eso me quedaré en un comienzo:

Mire a los ojos de su interlocutor reconociéndose en él, y seguro de ser un mismo yo, procure el bienestar que también usted necesita.

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