28 mm

Se acerca la hora de marcharse. Después de doce días en Tenerife, “pam”; cae la claqueta. El director repite furioso: “¡Acción!” Titubeo, como si no fuera conmigo. Tengo que decir algo, moverme, provocar una situación. No puedo. ¿Qué se espera que haga? –me pregunto.  No sé dónde poner las manos, hacia dónde dirigirme o qué perfil enseñar. Sólo querría eternizar este instante de amor, el de la despedida, sin darme la vuelta en el aeropuerto ni llorar a moco tendido.

Pero me esperan. Amigos y familiares me observan detrás de las cámaras. Están nerviosos, quieren que la función continúe. Me dicen “ánimo, tú puedes”, “confiamos en ti”, “aquí estamos siempre para lo que necesites”, “recuerda, cuando vuelvas todo seguirá igual”. Lo sé, me lo repito también, sin embargo, me emociono y amplifico dramáticamente las circunstancias: “¿Cómo volver a mi vívida ficción de canario paleto que intenta sobrevivir en Austria? Si yo no hablo alemán, si casi no me entienden en inglés…” Y sumen más preguntas y excusas, los cantos de sirena del inmovilismo. De nuevo el director: “¡He dicho, acción! ¡Joder Jonay, siempre buscando disculpas! ¡Lánzate!”

Por eso subo, subiré, al avión. Pasaré el control policial del aeropuerto, me daré la vuelta y diré adiós con la mente puesta en las próximas horas de viaje. Si me preguntan cómo evité el terrorismo interno, seré sincero: no lo he conseguido, sólo acepto mi fragilidad. Siento miedo, los nervios me destrozan el estómago, lloro en las despedidas, pruebo poco, yerro más que acierto, necesito amar y ser amado, detesto la soledad, las compañías huecas, un día aprenderé a vivir conmigo…

“¡Corten! Pasemos a la escena de la llegada a Salzburgo.”

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2014

Empecé el año aturdido por las bombas emocionales que explotaban alrededor, corriendo por las calles de una vida plagada de recuerdos que no reconocía. Aquellos mazacotes de hormigón que antaño llamé cobijo, descansaban entonces esparcidos bajo mis pies. La ciudad ya no era mía, sino de un yo que había descuidado los detalles. Incapaz de hacer frente a nuevos anhelos, y menos aún, a semejante bombardeo, me preguntaba: ¿Cómo he llegado hasta aquí?

Continué corriendo. Cuando uno no encuentra respuesta a ciertos dilemas, prefiere apretar los dientes y seguir hacia adelante; aunque no sepa a donde. Es una pulsión que nos empuja a resistir. No puedo describirla, se tiene o no se tiene. O en la mayor parte de los casos, se tiene de mal modo. Esta última, la resistencia pasiva, o lo que llaman “ir tirando”, es la eterna repetición de lo mismo que condena a una existencia –a mi entender- anodina, complacida con simplemente sobrevivir.  La otra resistencia, la primera, la activa, es la del ensayo y error, la que no asegura triunfo pero dota de sentido al inexplicable esfuerzo que supone la vida.

Termino el año en otro lugar, Austria, lejos de las islas y de la tensión social. Aquí me trajo esa pulsión activa de la que les hablo: huir de la crisis económica y humana. Porque nos equivocamos. Aceptamos el contrato de las grandes corporaciones que nos vendían felicidad a cambio de nuestros salarios. Y cuando no hubo salarios, aceptamos también que no hubiera felicidad, porque no teníamos dinero para pagarla. Sin embargo, no todo está perdido, comienza una nueva fase para volver a intentarlo, y quizás, corregirlo. Propongo, por ejemplo, parar los relojes, que el único tiempo importante sea el que tardemos en entendernos. Separar las citas de la agenda y escribir en medio tareas de obligado y necesario cumplimiento: sonreír, abrazar, apasionarse, volar de vez en cuando. No exigirnos, ni exigir a los otros, más resultados que el placer y el sosiego. Y cuando el viento en contra sople con más fuerza, atarnos a las manos amigas de quien nos da siempre asilo. Recuerden, “El mundo nada puede contra un hombre que canta en la miseria.” Ernesto Sabato.

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Dulce navidad

Uno intenta desvincularse de la majadería navideña. Pero no es fácil. El gordo, el turrón, el anuncio del Almendro y los tres de Oriente nos lobotomizan durante semanas. Se nos cae la baba bailando en los centros comerciales al son de “viva el mal, viva el capital” mientras esto –España- se hunde con nosotros dentro. Qué quieren que les diga, no me gusta salir a comprar, podría dinamitar buena parte de las zonas comerciales con tal de no sentirme obligado a acompañarles. Sin embargo, disfruto del fin de año y la nochebuena comiendo sin discreción y derritiendo mi hígado con amigos y familiares. Lo que tampoco aguanto es esa dosis de melodrama del “vuelve, a casa vuelve”. Es intolerable en cualquier época del año por lo meditada que está: moquear a destajo, y luego, hasta más ver. El muchacho regresa a su hogar por Navidad para visitar a la familia, termina el anuncio y nadie sabe por qué se fue. Como las noticias del último año plagadas de testimonios de jóvenes españoles acongojados en sus exilios económicos. Que sí, que es una putada, pero dramatizando no solucionamos nada.  Hace unos años un buen amigo me dijo: -si quieres vete a tu habitación y llora todo lo que necesites, pero mañana sal de ahí y haz lo que debes. Así fue. Podemos sollozar porque mamá y papá están al otro lado de la esfera planetaria, pero acto seguido toca luchar por nuestro futuro y enseñarle los dientes a tanto hijo de mala madre que descansa sobre nuestro lomo. Ya que la verdadera noticia está en las razones de fondo que nos impulsan a marcharnos y que nadie explica. ¿Tan difícil sería dedicar diez minutos de máxima audiencia a contar de qué va la especulación financiera?

A veces me pregunto por qué recaigo constantemente en cuestiones políticas y emocionales, y acto seguido me respondo: porque no me queda otra. “Soltar  todo y largarse” implica un posicionamiento, lo llamo “sálvese quien pueda”. Y aunque no es fácil irse, mucho menos es quedarse en el país con actitud combativa, soportando discursos vacíos y mala sangre en la calle. Por si fuera poco, en estas semanas de fiestas atacan a las emociones con el dedo del marketing clavado entre las costillas. Por ello les propongo cambiar la frase del brindis navideño, del “Feliz Navidad y próspero año nuevo” al famoso grito de Camilo Cienfuegos: “¡Aquí no se rinde nadie carajo!”.

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El Messi de Golling

Golling es un pueblo pequeño situado en la rivera del río Salzach, el mismo que divide a la ciudad de Salzburgo. Encajado entre dos valles, es lugar de paso obligatorio para los amantes de deportes de montaña e invierno. Así, desde hace algunos años, ha diversificado su actividad económica con una sugerente oferta gastronómica y hotelera sin renunciar al sector primario, agrícola y ganadero, que provee al primero de excelentes manjares. Doy fe de ello en lo que al queso, los huevos, las hortalizas y la carne se refiere.

Ahí es donde trabajo y donde me familiarizo con las costumbres austriacas. Como pueblo de montaña, mantiene vivas las tradiciones, por lo que, en cierto modo, es una ventana al pasado que no puedo despreciar. Hace algunos días, tomando una cerveza con mis compañeros de trabajo en una típica cantina de la zona, revivimos parte de esa historia.

Al entrar al lugar nos saludó ceremonialmente un hombre enorme, con apariencia de obrero de los años cincuenta –como los que toman el almuerzo colgados de un andamio de un rascacielos en una conocida fotografía. El señor en cuestión nos acompañó dentro del local e inició una conversación que duraría dos horas. El Messi de Golling. Hace veinte años fue un héroe del deporte para la villa y para los treintañeros de hoy que lo recuerdan nostálgicos. Como mis compañeros preguntando detalles de una época extinta, de la que sólo ellos sacan provecho en este tipo de circunstancias. Porque, para su desgracia, no puede rendir homenaje a su pasado. Se lamenta constantemente de una carrera perdida por las drogas y de unas relaciones sociales que supieron, por igual, alabarlo y olvidarlo.  Pero le quedan algunos amigos, como uno que esa misma noche le cortó el pelo, una larga coleta grisácea, para ayudarle en la búsqueda de empleo. ¿Pensaría que los cincuenta años y el abuso del alcohol se notarían menos?

Si van a Golling, entren en el primer bar que encuentren después de la estación de tren, con suerte conocerán a una estrella del deporte o verán su cabellera pendiendo de una lámpara.

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San Nicolás y sus colegas

Primera semana de diciembre, fiestas navideñas en Austria. San Nicolás, un hombre de barba blanca, ropaje eclesiástico y bastón de mando, más parecido al Papá Noel yanqui que al citado beato, pasea de cabalgata en cabalgata, y de hogar en hogar, la noche del día seis. A diferencia de nuestros intangibles Reyes Magos (que aquí también vienen en Enero), este señor visita las casas en cuerpo presente ante la atenta mirada de los enanos. Previamente los padres informan al resucitado santo acerca de las andanzas de sus hijos a lo largo del año. Así reprende y felicita, y ellos, los pequeños, aceptan sin responder, porque saben lo que les espera: cacahuetes, regalos, caramelos, mandarinas… y Krampus.

En una tradición católica no puede faltar la personificación del mal. Como una banda de Rock metálico y suburbial, San Nicolás toca a la puerta con su horda de violentos diablos. Son  enormes y peludos, engendro caprino-humano, y les encanta zumbar a la población con una vara. De eso va la cabalgata. Pasean en grupos enseñando sus trajes, terminada la exhibición ¡Sálvese quien pueda! Corren detrás de los presentes atizándoles sin piedad. Pueden hacer mucho daño y no es fácil reconocer al energúmeno con la máscara. Por esa razón, y para distinguirlos también de las cargas policiales en España, los Krampus van identificados con un número en la espalda.

Cómo extrañaba una dosis de descontrol en la población austriaca. En cierto modo, toda comunidad, por civilizada que sea, lo necesita. Es una buena forma de admitir la herencia ancestral que nos encarna en padres de la divinidad y hermanos de la bestia.

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A vueltas con el inglés, de nuevo.

Les he contado mis estrategias para sortear los apuros a los que me expone el inglés –el idioma, claro-. Pasados unos meses de aquel artículo, la situación no mejora, aunque al menos tengo una hipótesis para explicarlo -quizás también para subsanarlo-. No es sano, ni cabal, ni sencillo, estudiar dos idiomas al mismo tiempo;  mucho menos, hablarlos. Por la mañana y por la noche, en la residencia de estudiantes, hablamos inglés. Por la tarde, en mi trabajo, alemán. Y a ratos, cuando me pitan los oídos por sus demandas, hablo español, vía Skype, con mi familia. ¿Así quién se aclara? Habrá quien lo consiga, alguien inteligente y joven, o políglota de nacimiento. Lo primero se presupone, lo segundo es demasiado tarde para remediarlo.

Sin embargo, hay una razón más profunda y esotérica que me incapacita para estos menesteres. Lo diré sin rodeos: estoy poseído. Poseído por un fantasma que recorre Europa en desacuerdo con no se qué imperialismo de la lengua de Shakespeare. Aparece y revuelve las palabras en mi mente, dispersa todo atisbo de gramática. Así, desvalido, me conformo con gesticular y balbucear frases carentes de sentido. Para colmo de males, mi entorno no me ayuda. Convivo con dos sujetos estadounidenses que se empeñan en referirse a sus costumbres patrias con el sintagma “en América”. “En América comemos esto”, “En América se estudia esto otro” –dicen. Y yo pregunto- “¿En América? ¿Dónde?”. Dentro de un continente con tal diversidad cultural, hablar de América así, en general, como si todo fuera Estados Unidos, es una imprecisión geográfica y una desconsideración política. Mucho peor cuando, a modo de burla, para criticar los gustos de su interlocutor, estos estereotípicos muchachos profieren frases del tipo: “¿Qué pasa, eres comunista?”. Razón tiene el fantasma que me habita haciendo esas preguntas sardónicas y tirando de mi puño hacia arriba.

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Fábula otoñal

Escondemos nuestros cuerpos acorralados por la nieve que avanza en ataque desde la cima de las montañas. Le precede el frío y la caída fugaz de las hojas. Como hormigas agobiadas por la lluvia, pares de ojos corretean apresurados cargando con una masa deforme de chaquetas, gorros y bufandas. Saltamos de refugio en refugio asediados por ese tembleque insano. La calle es un lugar de paso. Por eso recubren los monumentos con madera, nadie puede detenerse a contemplarlos. Guardamos también las hamacas, la cama elástica, vestigios de un verano lejano e irrepetible. Aunque en toda guerra hay sujetos optimistas que mantienen la sombrilla plantada en el balcón, o temerarios, nudistas, que pasean al descubierto la nariz y la boca.

El otoño de Salzburgo –invierno canario- despeja los lugares públicos a las cinco de una nocturna tarde. ¿Dónde están los austriacos? Los que conozco están trabajando, haciendo deporte y en casa con sus hijos. En otras palabras, viviendo de puertas adentro, disfrutando de la comodidad planificada durante meses y generaciones. Una postal idónea de previsión y mesura. Ahora bien, incolora. No lo digo yo, lo dicen ellos; deseosos de aprender español y pasar largas temporadas en América Latina o España. Algo bueno tendrá ser la cigarra, “sin futuro, sin curro, sin casa”, que ahogada en la adversidad, sonríe y canta.

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A palabras necias… una de refranes.

Leo en la prensa española que “el partido (socialista) será republicano pero sólo de espíritu.”. ¿De espíritu? ¿Y eso cómo se hace? ¿Hay que pedir cita con la Divina Providencia o con el oráculo de Delfos? Suponga que le digo que soy canario pero sólo de espíritu, y que estoy en Austria, pero sólo en espíritu. ¿Se entiende? Y que, oiga, si la cosa se pone fea, y me piden rendir cuentas, en mi espíritu cabe lo que usted quiera: recortar en sanidad, en educación o regalarle unos millones de nada a la banca. En otras palabras, citando a un cómico estadounidense, “estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”. No sea que un día me dejen sin pastel. Más vale estar en misa y repicando que con el mazo dando. Mire usted, lo mismo “todo es falso, salvo alguna cosa” y no vamos a perder el tiempo posicionándonos con seriedad. Así es el mundo del sólo la puntita en el que está inmersa nuestra política de partidos y sus manos mediáticas. Incluso el conservadurismo se tiñe de un romántico halo sociata. “El PP es el partido de los trabajadores” –decían- siempre y cuando sepan ponerse de rodillas –añado-. Eufemismos y palabras vacías insultando por doquier.

En ese panorama estamos también nosotros, los de la polis-tica. Acongojados por el presente regalamos el futuro a estos mercaderes mejor posicionados. Nos desentendemos de nuestras responsabilidades y olvidamos, como ellos, que cuando uno habla debe pensar antes y, a ser posible, argumentar después. Y si lo de hablar lo trasladamos al voto o al consumo, tanto mejor. Porque uno es ciudadano de espíritu y de obrar, quien lo quiera disociar es indecente y tantea otra forma de gobierno distinta a la democracia.

Lo siento, quien se pica ajos come.

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Escuela para perros

Hace seis meses que no piso una mierda en la calle. Soez o no, es una alegría. Puedo caminar mirando al horizonte, al cielo, con la cabeza alta, sin miedo a hundirme en un mazacote de excrementos. No había reparado en ello hasta hace unos días, cuando escuché esta asombrosa costumbre austriaca. Una compañera de trabajo ha comprado una perra y está algo nerviosa por ello. Hasta ahí todo normal. Supuse que hacerse cargo de una nueva mascota conlleva asumir también nuevas responsabilidades. Pero me equivocaba, el asunto es más complejo: en Austria los perros van a la escuela. Como lo oyen. Es un hecho consabido, indiscutible, educar a tu mascota. ¿De verdad que ustedes no lo hacen? –pregunta sorprendida. Cómo vamos a educar a los animales, si tan siquiera podemos educar a los dueños.

Cada semana, perra y compañera, asisten a clases de buenos modales. La una aprende a mandar y la otra a cumplir –no tengo claro quién es quién. Pasados tres meses, examen final. Un exigente entrenador evalúa comandos y ejecuciones. Demostrarán su aptitud para la vida en sociedad.  Tópico entre los tópicos: la educación es vital para cambiar el mundo. Sin embargo, es también ese mundo el que debe cambiar para que la educación surta efecto. De nada sirve un perro educado sin un dueño que recoja sus miserias o con una sociedad que tolere pisarlas.

Ahora me asalta una duda. Si no encuentro boñigas en la acera, ¿será que estos bichos van al baño?

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Lengua extranjera

Imagine la situación. Está usted sentada detrás del mostrador, en una mesa de oficina o  donde sea que se encuentre su lugar de trabajo. El caso es que de golpe y porrazo aparece por la puerta o en la ventanilla -ya le he dicho que lo adapte a sus circunstancias- un muchacho con aspecto del otro lado de la galaxia. Diametralmente opuesto a lo que acostumbra a encontrarse en su empresa, es uno de esos que no salen en los anuncios, y en resumen, de los que, a primera vista, no querría como yerno. Para alimentar la xenofobia que usted creía desterrada colaborando como voluntaria y en aquellas conferencias sobre multiculturalismo, el citado joven habla un español incomprensible que a veces parece inglés, a veces el tarareo de una canción y a veces el balbuceo de la ebriedad. Naturalmente le invadirá la sorpresa. Su cara será el espejo de un alma colmada de dudas, un limón mordido con asco.

Ahora le cuento la versión del muchacho, o para ser más exactos, la mía. Me obligo a hablar alemán cada día. Sin embargo, esa obligación la delego, a su pesar, a mi interlocutor, que se ve privado de la posibilidad de evitarme. Porque debe ser jodido entenderme. Si en mi lengua madre algunos me creen extranjero –o demasiado canario, o demasiado de Ofra-, ¡Qué pensarán estos austriacos y austriacas! Y no será por no prepararme el guión. Vaya a donde vaya me adelanto a la situación y recreo en mi mente las palabras oportunas para comunicarme con éxito. Repaso el orden perfecto de la oración. Incluso las posibles preguntas y respuestas que genere el encuentro; nunca se sabe, quizás la farmacia o el supermercado son lugares propicios para ponerme al día sobre mecánica cuántica. Lo que no predigo es la reacción, casi siempre inesperada. ¿Qué? –me dicen. O simplemente ponen esa cara que he descrito y que a fin de cuentas expresa lo mismo. Luego me esfuerzo por repetirme más lentamente marcando la pronunciación. También, en ocasiones, cabe utilizar otra frase con el mismo significado; de esas que había pensado de antemano.

Normalmente, al tercer intento, la cosa funciona. Si no, vuelvo a casa con un nuevo producto para la caja de los “objetos no deseados”. Otro más comprado por vergüenza, como el complejo vitamínico y el cuadernillo de sumas y restas.

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