Los amigos.

Sobremesas. Almuerzos que empatan con la cena hasta la madrugada. Sonaba Piazzolla, a veces Frank Zappa, algo de los Beatles. Nos encanta hablar, pero aún más reír. Reírnos de nosotros mismos, de los otros, de lo que uno no debe. Sumábamos en espiral barbaridades para reír de nuevo. ¡Joder, qué animales! –solías decir, Lucía.  Pero también te reías. Porque hay algo divertido en eso de exagerar las miserias y sacarle punta a los cuchillos que ya nos apuñalan. A media tarde conversación profunda, quizás algo pedante. Culpa mía. Tengo una habilidad especial para atenuar la luz y densificar el aire con un “¿por qué?”. Por suerte aparecía la guitarra. Jose con sus canciones de siempre; yo con mis canciones de siempre; Pablo pidiendo siempre las mismas canciones. Empezar por “Dos gardenias” y terminar desgañitados en “La caldera” –de Taburiente.

Al “nieto de la vid, licor bendito”, rendíamos tributo en cada encuentro. Al asado argentino, otro tanto. La liturgia de los fines de semana con un culto soez: la crisis. Analizábamos los sucesos del periódico tan sorprendidos como indignados. Reafirmábamos un sentimiento común buscando sentido a lo incomprensible.

Así fue durante años.

Hoy leemos la prensa y discutimos a solas, por separado. Por eso de la crisis, ya se sabe. Aunque lejos, nos sabemos presentes. Allí, en la calle, maldiciendo a un gobierno obtuso que esquilma el sistema educativo en su provecho.

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Ella

Recostada sobre un delgado cojín, en el suelo del pasaje Platzl, sonríe a los viandantes. Ese gesto desentona con una vida hundida en las arrugas. ¿Fue actriz o una maternal cocinera?

Correteamos a su alrededor, calle arriba, calle abajo, con la prisa de una ciudad pequeña que se siente asediada por los impertinentes turistas. Ella está en un margen de la foto, como sentada en la última fila de la clase. Aislada en su metro cuadrado de baldosas tiende un cabo para contactar con el inmundo. Mano extendida que no invita a bailar, ni  comprueba si está lloviendo. Aunque habrá quien lo dude. Porque esa prestancia, tal límpida mirada, no es protocolar en la mendicidad. Lo dicta la rancia costumbre.

Si el gélido invierno de Salzburgo la derrota, será, en parte, su decisión –me he estado informando.  Por lo pronto, la veré en otoño, lunes, miércoles y viernes, regalándome paz a cambio de monedas.

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LA SORPRESA: Dedicado a todos los que están lejos.

Probablemente ya han visto este video LA SORPRESA: Dedicado a todos los que están lejos. En tan sólo unos días  ha recibido más de un millón de visitas. Y aunque hoy no tengo demasiado tiempo para escribir, quiero aprovechar las emociones que me ha generado. Por favor, antes de seguir leyendo, véanlo y así no les arruino esto, LA SORPRESA.

Todavía no he experimentado lo que supone la vuelta a casa. Hace cinco meses que estoy fuera y tampoco me ha invadido la nostalgia. Sin embargo, sé lo que supone, por boca de otros, estar mucho tiempo sin ver a tu familia. Tengo varios amigos que llegaron a Tenerife cuando éramos el -falso- milagro económico de Europa, pero además  comparto mi vida con alguien que emigró por razones similares siendo aún muy joven. Ella, como otros tantos compatriotas suyos,  fue la víctima de otra crisis económica; en este caso, la argentina. Crisis que, también allí, afectó a las clases populares y a los más jóvenes. Su SORPRESA llega cada navidad cuando vuelve a casa con su familia tras un año esforzándose por reunir el dinero suficiente. En dos ocasiones tuve la suerte de acompañarla. Y les puedo asegurar que el video que les propongo es un claro ejemplo de esta realidad. Concretamente la amarga despedida.

Deseo apuntar que estos casos particulares están inmersos en la historia, y como tal, debemos tenerla presente. No puedo, ni quiero, borrar de mi memoria lo ingrato que fue nuestro país, parte de sus ciudadanos, con los inmigrantes. Recuerdo con especial desagrado la manifestación en Santa Cruz de Tenerife bajo el lema: “No cabemos más”. Y también a algunos funcionarios de inmigración tratando irrespetuosamente a los que hacían colas durante horas en la Calle de la Marina para regularizarse. Por eso agradezco que en Austria la administración sea tan ágil -al menos con los ciudadanos comunitarios- y su población tan acogedora. Porque sé lo que se sufre. Ser ilegal en un país donde se habla tu misma lengua, donde tienes antepasados cercanos, y que además le debe tanto a América Latina por quinientos años de expolio sistemático, es un martirio y una desvergüenza.

Y ahora nos toca a nosotros, los del citado milagro económico, marchar de casa. Detrás, los padres, amigos y una vida plagada de recuerdos. Ellos, los que se quedan, también sufren las consecuencias, acaba resquebrajada la red de relaciones construida durante años. LA SORPRESA me ha emocionado especialmente al dedicar ese sufrimiento a los responsables y malos gestores de la estafa. Es un ejercicio de rendición de cuentas. Lo tengo muy claro y no me tiembla al pulso al escribirlo: Algo habrá que hacer para que no duerman tranquilos.

 

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Supongo que a usted también le pasa

A veces no me aguanto. Y no es que no me quiera. Me quiero y mucho. Pero aún así, no me tolero. Sucede cuando menos lo espero y sin razón aparente. Demasiado tarde para percibirlo, el único remedio es evitarme. Complicado. Cuesta correr delante de uno mismo perseguido por su sombra y sus fantasmas. Ni hablar de desconectar la consciencia acudiendo a la cama. Allí estoy indefenso; isla desierta del yo girando sobre mí.

Afortunadamente, tengo tres opciones infalibles: paseo por la ciudad, película o escritura automática y compulsiva. Acerca de la primera alternativa versa este texto. Un profesor de la Universidad de La Laguna me contó que,  en una circunstancia similar, una pintada en un muro consiguió sacarlo del abatimiento, decía: “Hoy puede ser tu gran día”. Pues bien, yo también he encontrado mi grafiti (ojo Arturo, lo he escrito con una t) en la Reserva Natural  Bluntautal, en Golling. En uno de los lagos de dicha reserva, hay un tronco inerte sumergido en el agua. Sólo un recodo del mismo asoma a la superficie. Una minúscula porción de madera estéril donde han crecido flores violetas. A pesar de los patos, la lluvia, el viento, y todos los pesares del universo, “cualquier noche puede salir el sol”.

http://www.youtube.com/watch?v=9C-SjuP0wZohttp://

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Desde el espejo, la rutina feliz. (Ejercicio telegráfico)

Cada noche lo mismo; de la cama al baño, del baño a la cocina y de la cocina a la cama. Luchas contra la deshidratación del húmedo clima centroeuropeo. Quién te lo iba a decir, vecino del Sahara.

Te adelantas al despertador para liberarlo de sus funciones. Con movimientos  espasmódicos recobras la vitalidad de tus extremidades y planeas las próximas acciones. No sabes si tienes pan, si hay queso en la nevera o suficiente yogur para la taza. Mear antes de vestirse o vestirse antes de mear. Sabes la medida de cada cosa, anímate coño –te dices- sólo tienes que encontrar el orden. Después tendrás tiempo para la improvisación. Navegar en Internet arribando en puertos inusitados, coquetear con nuevos conocimientos y concebir un nuevo post o una nueva conversación con ese muchacho del centro de España.

Si los fantasmas personales te dejaron, dormiste bien y puedes salir a correr. Media hora. Ducha y coger el tren camino al lugar donde trabajas. Golling, el pueblo de montaña donde choca la nube y a veces sale el sol. Quién te lo iba a decir, con tus vientos Alisios y tu lluvia horizontal en Anaga. Llegas pronto, cómo no. Trabajar.  Comes con los niños que llegan del colegio, padres de tu alemán y mártires de tu aprendizaje. Revisas sus tareas, haces las mismas preguntas cada día (recuerdas cuando a ti también te las hacían). Luego enseñas cómo tocar la guitarra, juegas al futbolín, a los dados, a los espadachines; o conduces por carreteras recientemente familiares para comprar comida o recogerlos de sus actividades (recuerdas cuando lo hacían también contigo). Para acabar, la ducha; examinar las uñas, las orejas y los dientes. Manos limpias –nadie las tiene. Tampoco en Austria- y a cenar.  Cuando los delincuentes de colegio se enchufan al televisor, llega la paz y tú dispones el regreso. Tren nocturno, caras de cansancio. La estación de Salzburgo está mojada y en la residencia de estudiantes te espera de nuevo el Telémaco informático o la compañía de los que, como tú, tuvieron su rutina feliz.

A dormir, buenas noches, yo también te quiero.

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En otra piel

La habitación de mi infancia trasnochó muchas veces a nuestro lado. Guardiana de mis toses y mis fiebres, soportó con paciencia la atmósfera enrarecida de la enfermedad. Se pintó de la tenue luz de una lámpara de mesa y transformó sus  tabiques para entretenerme. Del simple gotelé a las ballenas volantes, a los hombres prehistóricos de lanzas en mano… Todo en las mismas paredes. Esas cuatro paredes delirantes que mi madre recubrió con su cuidado. Doctora, enfermera, maestra, filósofa, ama de casa, toda en una, entregada de por vida, y entregando su vida, por cuidarme.

Semanas atrás visité una habitación similar. Fue en mi lugar de trabajo y la ocupaba una niña de diez años. Bárbara, acurrucada bajo el edredón y amedrentada por el decaimiento, esperaba la visita de alguno de sus cuidadores. En este caso, yo. Me acerqué a su lado, tomé su mano y deseé transmitirle, al menos por un instante, todo lo que mi madre no puede darle.

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Las Meninas

Supongo que conocen este famoso cuadro de Velázquez. Margarita de Austria en el centro de la escena rodeada por sus sirvientes y el ilustre pintor de la obra asomado tras el lienzo. Con la mirada parece medir el contexto que dibuja. Traslada la perspectiva tridimensional de la realidad a las dos dimensiones de la tela. Pero ¿qué  escenario en concreto? No podemos saberlo. El caballete nos da la espalda. Somos el espejo en el que se refleja la imagen. Más allá, diría que somos el objeto de la misma, y no la corte de Felipe IV. Según esta interpretación, cada vez que un observador se sitúa frente a Las meninas, se convierte en un modelo  para el pintor, Velázquez; quien ha conseguido inmortalizarse a sí mismo pintando una obra infinita. Él es el pasado que se expone al futuro, recordándonos que aún sigue en nuestras vidas. Si intentamos enterrarlo, acabamos sepultados en el mismo hoyo. Así funciona la historia. Cada mirada hacia atrás nos da una nueva interpretación del presente. Y hay tantas lecturas del pasado, como posibles presentes y futuros. Basta aceptar este continuo temporal para entender, por ejemplo, nuestra coexistencia con los familiares desaparecidos.

Mi abuelo Ángel falleció cuando yo tenía apenas cinco años. Lo recuerdo sentado en una silla de ruedas junto a la mesa de la cocina (¿Quién no tiene una mesa de cocina en el recuerdo?). No hay mucho más en mi memoria. Durante un tiempo intenté reconstruir su personalidad indagando en sus papeles. Luego entendí que, al igual que Velázquez, habita en nosotros y nos interroga con su presencia.

Junto a él he coronado mi primera montaña austriaca. Nieve, lluvia y un desnivel de grado “rompe piernas”. Tres horas de ascenso marcadas por la respiración entrecortada, el corazón en la boca y el frío metido en los huesos. Un sádico placer que sólo disfruta un amante de los deportes de montaña. Como lo es mi abuelo y lo somos sus nietos, “arando el porvenir con viejos bueyes”.

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Fe en el caos

Aún soy el niño ordenado que cuidaba de sus juguetes para una infancia eterna. Lo aprendí de mis padres: un lugar para cada objeto y un método para cada acción. Llámenme obseso, pero me es imposible limpiar el polvo después de fregar el suelo o salir de casa sin revisar los enchufes, los grifos, las ventanas y las puertas. Sin embargo, la adolescencia me regaló un oscuro abismo en medio de tanta estructura. Es una emoción que me colma por momentos y a la que me debo inevitablemente. Necesidad de caos, la llamo. Las vías para mitigar esta carencia son variadas pero conexas. Se engarzan en el exceso: tocar la guitarra durante horas, discutir con alguien poniendo en duda los más sensatos dogmas de nuestra cultura, bailar, saltar, correr hasta el agotamiento.

Esta tendencia personal es también un compromiso teórico. En la búsqueda de nuevos horizontes de realización, la realidad y el pensamiento necesitan desgarrarse, ponerse de cabeza y del revés. Conocemos los límites, sólo cuando intentamos rebasarlos. De lo contrario, nos mantenemos en la eterna repetición de lo mismo. Por eso confío en el caos. El desorden, la algarabía, el descontrol –la revolución, si quieren- son el germen de un nuevo cosmos que, tarde o temprano, también debemos superar.

En esta línea, y después de tanta alabanza al modelo austriaco, cabe hacerle una crítica. Por un lado, acerca del aparente estado de la ciudad. Vivimos en una maqueta escala 1:1. Incluso los errores o desperfectos parecen buscados. Cuidan el aspecto al detalle; pero detrás del correcto acabado de los colores y las formas, están los problemas familiares que intentamos resolver en mi trabajo. Por otro lado, los ciudadanos. Hasta ahora mis compañeros han mostrado simpatía y respeto. Cuando cometo una equivocación, me corrigen con delicadeza. Pero no suelen ser directos. Bordean los temas. Añoro esas discusiones acaloradas que tenemos en el sur. Las diferencias viscerales que estrechan las relaciones.

A colación, esta cita de Orson Welles en su película  El tercer hombre. Ambientada, valga la redundancia, en Austria.

“En Italia, durante treinta años bajo los Borgia, tuvieron guerras, terror, asesinatos y derramamiento de sangre pero también tuvieron Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza tuvieron amor fraternal, tuvieron quinientos años de democracia y paz ¿y qué produjeron? El reloj de cuco.”

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Todo lo recuerdo

Cuando le dices a un amigo que te marchas del país para hacer un voluntariado, el primer destino que viene a su cabeza es África o Sudamérica. Por eso, ante la palabra “Austria”, el gesto de sorpresa y la pregunta “¿Qué vas a hacer ahí, si esa gente es rica?” fue la tónica general previa a mi despedida. Mi respuesta se acercó más a un ejercicio de empatía que a una exposición teórica.

Los niños con los que trabajo han sido apartados de sus familias por riesgo de exclusión (adicciones unidas a desempleo prolongado y ausencia de recursos, maltrato, etc.). En Pro Juventute (así se llama la organización) recreamos el ambiente familiar y educamos en civilidad; desde como sentarse a la mesa, hasta cómo tener una buena salud dental o seguir un calendario de vacunación. Intentamos mejorar las condiciones de la población infantil que padece una vida indigna dentro de un país opulento. Una realidad compartida por los países occidentales con economías desarrolladas. Con la diferencia de que algunos, como Austria, tienen un buen soporte para sobrellevarlo, fundado en políticas sociales y el profundo sentimiento nacional de sus empresas. Mi proyecto, como otros tantos, se financia exclusivamente por capital privado.

Quizás no es buen momento para solicitar lo mismo a las empresas canarias y españolas. Aunque me pregunto dónde estaban algunas de éstas durante los años de la burbuja inmobiliaria.  Leyendo los últimos titulares de la prensa, imagino que se encontraban desviando capitales al extranjero, buscando resquicios legales para evadir impuestos o financiando campañas electorales. Pero no se alarmen, estoy sólo fantaseando. No obstante, esas mismas empresas que pudieron participar activamente en un desarrollo sostenible que repercutiría a su vez en sí mismas, nos han pedido, arrinconadas por la avaricia, comprensión y esfuerzo. Yo les respondo con otro ejercicio de empatía.

En fin, que todo lo recuerdo.
Y como todo lo recuerdo,
¿qué carajo me pide usted que haga?
Pero además, pregúnteles.
Estoy seguro
de que también recuerdan ellos.

 Nicolás Guillén.

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Límite a más infinito.

Está mal decirlo, pero las matemáticas siempre se me han dado genial. Quizás por eso estudié una carrera de letras. Y costó más explicárselo a mis profesores que a mis padres. Te vas a morir de hambre –me decían. Qué le voy a hacer, la tónica de mis decisiones es contravenir lo sensato. No sé si me hastían los caminos abiertos, necesito demostrar algo a alguien o planeo invadir Polonia, el desenlace siempre es el mismo: el más difícil todavía. No se equivoquen; no tengo un palmarés de triunfos envidiable, ni he arriesgado demasiado en mis decisiones. La cuestión es otra, es desafiarme a mi mismo. Los psicólogos lo denominan “superar la zona de confort”.

Explicada superficialmente –que me perdonen los expertos-, la zona de confort es la inercia en la que desenvolvemos nuestras vidas, ésa que nos define y de la que raras veces escapamos. Abandonarla genera cierta ansiedad o excitación, pero en condiciones óptimas puede llevar a una mejora del rendimiento. De lo contrario, a la desgana y el inmovilismo. Les pongo un ejemplo. En las Islas Canarias conocemos bien cómo afectan esas condiciones nocivas. Sólo necesito recordarles unas cuantas frases de nuestro imaginario colectivo para mostrar lo acomodados que estamos a esta zona de confort (“Qué suerte vivir aquí”) y lo que nos cuesta salir de ella (“exigir a las empresas que contraten mano de obra local”). Los canarios acostumbramos a minusvalorarnos, a compadecernos de nosotros mismos, y al mismo tiempo a elogiar nuestra tierra. Una contradicción que nos ancla al sometimiento caciquil de tiempos pretéritos. Por eso esta experiencia austriaca es tan estimulante para mí. En Austria aún no he encontrado muestras de este estúpido chovinismo; viven su tradición y sus costumbres con pasión y naturalidad. Cada persona alberga un reto que me hace preguntarme por los míos: mejorar el inglés, hacer un doctorado, viajar a Canadá, escalar…

El estudiante de matemáticas del que les hablé aprendió que una fórmula puede tender a “más” (+) o menos (-) infinito” según se acerca a un determinado valor. En Canarias, y en mi vida, nuestra fórmula vital, cuando ésta se acerca al valor “futuro”, deseo que supere la zona de confort y tienda a “más infinito”.

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