Hallucination

Hablo un inglés de lexemas hispanos. Si desconozco la traducción de un término que intuyo cercano al español, sustituyo la última sílaba de esa palabra por “–tion” o “–lity”. De este modo, posición es position, posibilidad es possibility, y en este caso, alucinación es hallucination. Este juego pasaría inadvertido si no me equivocara más de lo que deseo o no hubiese hispanohablantes alrededor. Pero no es el caso. Cuando, en medio de una conversación acerca del LSD con otros voluntarios europeos, espeté “alucination”, un compañero catalán estuvo a punto de infartarse en una carcajada. Sin embargo, para sorpresa de ambos, yo no estaba errado. Alucinación y hallucination tienen el mismo origen grecolatino, de ahí su parecido y mi carambola.

Tengo la inmensa suerte de enfrentarme a estas situaciones a diario. En el Servicio de Voluntariado (EVS) participamos jóvenes de toda la Unión Europea (en ocasiones también extracomunitarios), la lengua de comunicación es -para el disfrute de mis contertulios- el inglés. Y gracias a ésta ponemos en común lo que queda de diferente entre nosotros… si es que queda algo.

Compartimos ademanes y bromas, conocimientos teóricos y prácticos acerca de disciplinas científicas, historia y tecnología, referencias de la cultura de masas, películas, libros y música. Ésto da para muchas horas de entretenimiento, pero no me satisface por completo. Como con el inglés, juego con la cultura indagando en el origen. Al margen de las afinidades, me empeño en explorar la idiosincrasia de cada voluntario y de los austriacos contraponiéndolas con la mía. Sin saber qué significa ser canario, expongo lo que me identifica. O mejor dicho, aquello con lo que quiero identificarme: el mundo aborigen, el paisaje, la liviandad moral, el saber estar, la estrecha relación migratoria con América Latina, y por supuesto, las historias de mis abuelas.

Así llegamos al LSD, elucubrando qué tipo de hallucinations gestaron las asombrosas vivencias de mi difunta abuela Consuelo, ese universo fantástico que me atemorizó y me atrajo a partes iguales.

Por todas esas noches recostado en un húmedo delantal de cocina escuchando tus noventa y cuatro años de soledad, te dedico este artículo.

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Guachinches austriacos

Los austriacos no conocen el vino de las Islas Canarias. Tampoco los ciudadanos de los países circundantes con los que he tenido contacto a lo largo de estos tres meses, han disfrutado de la excelente calidad y variedad de caldos que producimos en el archipiélago. Qué ha pasado para que nuestros vinos, tiempo atrás tan codiciados en las mesas de las grandes familias centroeuropeas, hayan caído en el olvido. Autores de la talla de Immanuel Kant o William Shakespeare describían en sus obras su excelencia. Eran los máximos exponentes de la cultura germana y británica los que promocionaban el vino de Canarias, y ahora sus conciudadanos desconocen su existencia.

Lejos de lanzar una hipótesis –arriesgada e insuficiente, me contento con dar un aviso a bodegueros y autoridades canarias al respecto (quizás alguno quiere mi curriculum vitae) y con realizar la misma labor de promoción, pero a la inversa: en Austria también hay guachinches.

Aquí los llaman Heurigen. Junto a un plato típico de la gastronomía austriaca, en un ambiente familiar  y por un bajo coste, en estos establecimientos se deleitarán con el vino de la zona. El funcionamiento es similar al del guachinche, familias bodegueras venden su producción vinícola (aquí la limitación legal también está clara: sólo cosecha propia) brindando a la vez los mejores manjares de la cocina patria. El precio ronda 1,50 € la copa de vino y 3,90 € el plato. La mayor diferencia, que creo de interés para nuestra tierra, es el tipo de negocio. Generalmente son restaurantes de la propia familia, pero en ocasiones también escuelas agrícolas dedicadas cada mes a una familia productora. De tal modo que si se asiste a la misma cantina durante un año, disfrutarán de doce producciones sin par. Y es que la variedad de uvas y caldos es tan sorprendente como su magnífico sabor. Destacar, entre otras, la variedad Zweigelt, muy apropiada para acompañar carnes rojas.

Recuerden, Heurigen.

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Estudiar alemán

En lugar de estar sentado frente al teclado debería estar haciendo precisamente esto: estudiar alemán. Pero no es fácil, requiere mucho tiempo y… hoy es domingo.

A lo largo de estos tres meses de vida en Austria he realizado dos cursos al respecto. El primero, nivel A1 (la división por niveles es la siguiente: A1, A2, B1, B2, C1 y C2), en el Volkshoschule. Esta institución tiene sedes en todo el país. Como su nombre indica es la Escuela o Instituto del Pueblo. Ofrece lecciones de diferentes idiomas (incluido Español) y por un módico precio –para ser Austria- también los ciudadanos foráneos podemos mejorar nuestras competencias en la lengua patria durante seis meses dos veces por semana. La única pega al respecto es que quienes deseamos aprender con mayor celeridad tenemos que adaptarnos al ritmo de los diferentes antecedentes académicos del estudiantado. Por ejemplo, en mi clase nos encontramos once personas de diferentes nacionalidades –lo que es enriquecedor, pero complejo para el docente- y tan solo tres habíamos finalizado la educación secundaria.

El segundo curso ha sido intensivo –e intenso. Lo he cursado en una academia privada que tiene convenio con la Universidad de Salzburgo, las lecciones se dictan en sus aulas y algunos docentes proceden de esta institución. El nombre es ISK. En tres semanas, tres horas y media cada día, es posible superar un nivel entero de la lengua; en mi caso el A2. La experiencia ha sido estupenda. Este curso está orientado a estudiantes universitarios o posgraduados, por lo que el profesorado, además de dictar con mayor rapidez los temas, se detiene a explicar cuestiones etimológicas y de historia de la lengua de gran interés para los amantes de las humanidades. Como se podrán imaginar, el inconveniente es el precio: desorbitado. No obstante, tienen ofertas para voluntarios europeos. Gracias a esto me he beneficiado de un veinticinco por ciento de descuento en la matrícula.

Mi próximo curso será en la Universidad de Salzburgo. Aún no me he inscrito. He leído que es muy barato, o gratis, y las clases son apasionantes. En Octubre hablamos.

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Hécuba.

A su alrededor la resaca del infierno. Centenares de hombres sin vida confirman la profecía: Troya ha caído. Y con ella, sus hijos. Ardiente de dolor aplasta con la mirada las burlas del ejército extranjero. La reina de los troyanos es ahora la reina de las esclavas combatiendo en la peor de las derrotas. Sabe lo que le espera. Nuevas fronteras en una nueva tierra, aprender la lengua, recordar cada día a los que se llevaron. Volver a luchar, volver a perder quizás.

Hécuba vive, como tantos refugiados, lejos de casa. Limpia la vivienda en la que trabajo. Su Troya fue Goražde, como para tantas otras Hécubas de la antigua Yugoslavia. Habla Alemán, tiene familia. Invisible y en silencio hace el trabajo que subyace al nuestro. Sostiene el mundo en sus manos sin ser conciente de ello. Si nos encontramos en un pasillo, le saco conversación y comparte conmigo su origen: ese candor de los pueblos periféricos que dan sentido al centro de Europa.

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Yo confieso

Algunos pertenecemos a la generación del “puedo y no quiero”. Decíamos: “Puedo estudiar, pero no quiero. Prefiero trabajar y ganar dinero”; “Puedo luchar un poco más por mis derechos, pero no quiero. Estoy más tranquilo sentado en el sillón”; y así otros tantos “puedos” propios de quien tiene opciones y le falta motivación y amplitud de miras.

Con el tiempo hemos derivado en la generación del “quiero y no puedo”: “Quiero trabajar, pero no puedo. No encuentro nada (o bien no tengo formación, o bien me pasé de largo estudiando -según los empleadores de este país ingrato)”; “Quiero emanciparme, pero no puedo. No tengo casa”; “Quiero tener una casa, pero no puedo. Los precios son desorbitados”; “Quiero formar una familia, pero no puedo: no tengo trabajo, ni casa, ni dinero.”; y, desde hace un tiempo, escuchamos un mal mayor (gracias Wert): “Quiero estudiar, pero no puedo. Cuesta mucho dinero”.

La primera generación en España que pudo “llegar a ser algo en la vida”, se queda a medio camino. Y lejos de lamentarnos, nos confesamos. Sí, lo sabemos. Disfrutamos de la buena vida, pero no de una vida buena. Estuvimos anestesiados por el consumo. Pensábamos que éramos ricos. Que podríamos codearnos eternamente con los grandes propietarios vistiendo sus ropas, conduciendo sus coches, comiendo en sus restaurantes y viviendo en sus mismas calles. Ahora despertamos de sopetón con la oportunidad de “querer y poder”; pero esta vez en otra dirección. Seremos “algo en la vida” cuando, alejados del comprar-tirar-comprar como dogma, nos convirtamos en ciudadanos responsables con el medio ambiente y trabajemos por el bien común de esta sociedad global.

Antes de marcharme del país, pude disfrutar parte de este proceso. Confío en que sabremos hacerlo. En Austria, a pesar de la opulencia, buena parte de la población lo tiene claro. Necesitaron dos guerras mundiales, invasiones, crisis y un clima horrendo para enterarse. Con Canarias deseo ser más optimista. Qué quieren que les diga, como dice un amigo, para mí  “lo bueno de esto (la crisis), es lo malo que se está poniendo (el anterior modelo de vida)”.

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Dios existe.

 

Dios existe. No es uno, ni trino. Es antropomorfo y tiene muchos nombres. No responde a un obrar, ni tiene un plan. No necesita fieles, ni templos, ni representaciones, ni oraciones, ni normas. Actúa guiado por su naturaleza. Sea como sea, haga lo que haga, diga lo que diga, invade tus entrañas de por vida. Ese dios, esos dioses, esos nombres, están a nuestro alrededor. Los que me conocen saben que tengo un panteón repleto de ellos y que a menudo los alabo diciendo: “Esta tía – o tío- es Dios”.

Mis primeros dioses, como suele suceder, fueron –son- mis padres. Ellos  me iniciaron en esta religión politeísta y sigo su credo desde que soy un niño. Me instruyeron en el único dogma no dogmático sin apenas esfuerzo ni conocimiento. Años más tarde  encontré el concepto que lo nombra, hablo del Humanismo.

En Austria he ampliado esta larga lista de deidades. Hoy, por ejemplo. Uno de los niños con los que trabajo ha tenido un encuentro con su padre . Lo que debería ser un jornada familiar normal, para él –ellos- es una excepción. Las visitas a sus familias las realizan cada quince días y duran sólo el fin de semana. En este caso es aún más complejo. Puede verlo durante cuatro horas y en presencia de una trabajadora social. Después lo he recogido con el coche. Sollozaba, me miraba de reojo. Tras cuatro chistes estúpidos en un alemán macarrónico retomó la compostura y me regaló una sonrisa. Él también es Dios.

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Un no parar

En este momento mi cerebro procesa la realidad con retardo. A mi alrededor se suceden cordialmente los estímulos respetando el turno de palabra: primero, la luz; segundo, el color; tercero, la forma… sin embargo, respondo atropelladamente y a destiempo. Reviso tres veces los grifos de la casa, paso de largo mi salida en la autopista, pierdo la mirada y bostezo exageradamente sin reparo. A estas alturas, aunque me cueste comprenderlo (este alrededor parece ajeno), he hallado la razón.  No sé si lo han experimentado. Lo llaman cansancio. Después de diez días trabajando ininterrumpidamente es ineludible.

He estado de vacaciones con los niños de la vivienda en la que trabajo. ¿Todavía no he explicado de qué va esto? Aquí lo llaman WG  (Wohnung Group), vivienda grupal en español. En Austria la atención a la infancia, discapacidad -o capacidades diversas- y mayores es un derecho indiscutible en la planificación económica del país. La inversión tanto pública como privada (sí, aquí las empresas invierten en el futuro de la nación; igualito que en casa) dota de grandes recursos a las organizaciones sociales. En mi caso, se dedica a menores con familias gravemente desestructuradas. Construye viviendas para grupos de ocho niños y niñas hasta los catorce años de edad (luego deben a ir a otro tipo de vivienda grupal) y gestiona, gracias a la labor de psicólogos, pedagogos, trabajadores sociales y personal de limpieza, su educación.

Estos diez días han sido las vacaciones del grupo y hemos estado en el Tirol disfrutando de los lagos y las montañas de la zona. Ha sido tan maravilloso como intenso: caminar mucho, nadar más, jugar exponencialmente y, en los momentos de descanso, cuando los pequeños duermen y sólo queda recoger la cocina –de niño me encantaba seguir a mis padres y a mis abuelas en estas rutinas, establecer contacto con mis compañeros.

Estos menores, como sus familias, carecen de habilidades básicas de ciudadanía. Necesitan aprender normas de comportamiento tanto como socializarse expresando sus emociones con empatía y respeto. Por ello, cada día es una repetición del anterior, exceptuando un mínimo paso hacia delante en su progreso personal. Lentamente esos pequeños pasos construyen su futuro y son nuestra satisfacción.

En resumen, estoy más orgulloso que cansado.

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Aprendiendo a vivir

He crecido en el seno de una familia sufrida. Según la RAE es una familia que “sufre con resignación” y, haciendo un mal pareado, yo añado: “porque no conoce otra opción”. La aplanadora ideológica de la dictadura –iglesia católica mediante- infectó del virus de la culpa a nuestro país. La vida se presentó como un camino de padecimiento en el que la clase trabajadora sólo podía resignarse (la RAE no suele fallar) a aceptar las penurias de una larga posguerra. Y no basta una generación para limpiar esa mancha. Las ideas se cuelan por las grietas de la historia, si esa historia está construida con el autoengaño; como, por ejemplo, “una transición ejemplar”. Máxime si aquellos fantasmas preconstitucionales siguen imprimiendo su carácter en la política económica, cultural y educativa.

Así llegamos a mi experiencia previa a Austria (hay que ver cómo alimenta el ego un blog). En Canarias muchos jóvenes nos hemos acostumbrado -siguiendo la estela familiar e inmersos en esta fraudulenta crisis- a trabajar en “curros de mierda” donde es importante mostrar a tus superiores que te dejas la piel, que sufres exprimiéndote al máximo y encima a dar las gracias por ello (recomiendo este artículo para familiarizarse con la experiencia). Da igual si eres becario, voluntario, asalariado o autónomo: te explotan o te auto explotas. Porque trabajar no es un medio, ni siquiera es un fin, es –si te descuidas- El Fin. Y por supuesto, teniendo en cuenta el espíritu predador de parte del empresariado, ese fin está plagado de sinsabores. Supongo que a estas alturas no hace falta que les diga que este modelo político y empresarial no funciona.

Por eso me he propuesto probar el camino inverso, el camino austriaco. Les cuento. Trabajo seis horas diarias, cinco días a la semana, con mucha libertad: puedo cambiar los días libres cómo y cuándo quiera, siempre que lo avise y me coordine con los compañeros (de igual modo, las vacaciones);  las pausas dentro de la jornada las establezco yo; mis superiores se interesan por mi salud física y emocional en todo momento y su única exigencia es que “cumplas tu objetivo, sepas trabajar en equipo y disfrutes de ello” –palabras textuales. El camino austriaco, por tanto, lo resumo en  disfrutar, reírme y hacer de mi esfuerzo un parque de atracciones. No escatimar en viajar, comer (me encanta; mucho y de todo) y conocer a gente con la que compartir ideas. Quizás así toda la energía invertida tenga por fin resultado.

Todo esto para contarles que estoy dinamizando las vacaciones de los niños del centro durante diez días en el Tirol , y de tanta alegría he rebozado en el blog. Queda pendiente un post para contar la experiencia.

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Suicidio no es matar a un suizo. Les Luthiers

El pueblo donde vivo tiene la tasa de suicidio más alta de la región; sobre todo en invierno. O al menos eso me han dicho. Hubiese preferido la tasa más alta de niños superdotados, gatos hipoalergénicos o esperanza de vida. Pero no, sin buscarla -esta vez-, la espada de Damocles se balancea. Aunque no tengo pensado unirme al conteo de la estadística, me pregunto qué será de mí en esos meses y qué tendrá el invierno para ser tan mortífero. Porque lejos de asustarme, este dato me sorprende.

Hasta ahora la impresión que me he llevado de los austriacos es totalmente contraria al tópico. Son personas amistosas y alegres, preocupadas por disfrutar plenamente la vida. Y para ello, dicen, es importante cuidar los detalles. Cada casa, con su jardín, es un universo donde orbitan los elementos que definen a sus miembros: las bicicletas (tantas como habitantes, me recuerdan al cuento infantil de las camas y los osos), el jardín geométrica y cromáticamente ordenado, la cama elástica de los niños, la fuente, el césped recién cortado, y cuantos elementos se necesiten para la reedición centroeuropea de los Brady (The Brady Bunch).  Para los austriacos es tan normal que todo vecino practique un deporte y pertenezca a una asociación (cabe casi cualquier cosa, desde “Amigos de la infancia de la calle X” a “Fumadores de la mesa 5 del Bar Y”, créanme) como que cada sábado prueben la alarma del pueblo que alertaría en caso de una catástrofe. Me pregunto si le encontrarán la gracia al “Show de Truman”.

Dedican mucho tiempo –necesario- a las emociones. En mi trabajo, por ejemplo, cada reunión comienza con una breve explicación de los trabajadores acerca de las suyas en ese día, acerca de cómo se enfrentan a esa jornada y qué esperan de ella. Además, bimestralmente, un profesional de la gestión de equipos realiza actividades grupales para mantener y mejorar el clima entre nosotros.

Y a pesar de esto se suicidan.

En España, en cambio, sin tanta corrección nos suicidamos menos. Perdón, nos suicidábamos menos. Hasta que llegó la crisis. En contra del tópico del patio andaluz con tablado y farra diaria que nos caracteriza de puertas afuera, tenemos los desahucios y el desempleo, entre otras razones, que desesperan hasta este funesto límite a nuestros conciudadanos.

Y a pesar de esto seguimos luchando.

P. D.: Durante diez días trabajaré en otra ciudad. Intentaré mantenerme conectado.

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Algo se muere en el alma…

Cuando un amigo se va por circunstancias económicas, tu cara de disgusto oscila entre la pena por la pérdida y la angustia por no hacer lo mismo -o por no saber qué hacer. Al menos eso sentí yo meses antes de marchar. Durante los dos últimos años he escuchado cómo personas de mi entorno, o próximas a éste, decidían emigrar o retornar a sus países de origen. ¿Y ahora qué hago yo? ¿Quizás debería…? –me preguntaba. Y en eso estoy.

La otra cara de la moneda, los primeros días del emigrante (me suena a palabra en desuso, o no aplicable a mí, pero es oportuna), es la que me acerca al teclado en este día. Mi caso, como saben, no ejemplifica ni de lejos la dificultad del momento (pueden leer el post: ¿Cómo he llegado hasta aquí?): a mi me han acogido entre susurros y algodón. No obstante, las horas de soledad en tu nueva habitación, de la nueva ciudad o pueblo en donde vives, son comunes. Sin nada que hacer -porque ni siquiera sabes qué puedes hacer, ni tienes con quien- intentas ubicarte:  deshacer la maleta, colocar la ropa, los productos de aseo, inspeccionar la cocina y sus elementos, romper el hielo con tus compañeros de vivienda –si tienes la suerte de tenerlos a mano. A todo esto, y a algo más, lo llamo “personalizar tu fondo de escritorio”. Perdonen la metáfora tecnológica, mi cerebro es así de simple. Necesito colocar “mis documentos”, decorar con un relajante “papel tapiz” las paredes de mi cuarto, tener un buen “navegador” con el que moverme, una “papelera de reciclaje” (mejor no dar explicaciones) y tantos otros “accesos directos” adaptados al lugar.

Con un espacio para cada cosa, llega el verdadero momento de soledad: ahora no te queda nada por hacer…. Salvo lo más habitual y lo que creo contraproducente –seguro que habrá opiniones divergentes: llamar a la familia. He llegado bien –dices- Sí, hay de todo; no, no hace frío; estoy bien, de verdad – respondes sollozando y aspirando moco. Luego tocará trabajar, o alguna otra actividad necesaria para la vida, y poco a poco ir creando un hueco donde te sientas cómodo. Cuando lo consiga, les cuento.

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