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Para quedarme

¿Sigue alguien aún las actualizaciones de este blog?

Perdonen la ausencia. De nuevo. Nuestro tiempo se dispara y las horas del día corren “como lágrimas en la lluvia”. Para colmo de bienes, nuevo trabajo. No se imagina usted -o quizás sí- lo complicado que es asumir tareas de responsabilidad en una lengua extranjera tan lejana como el alemán. Mitad del día estudiando, la otra mitad con cara de idiota intentando entender. En el segundo periodo se encuentran las reuniones de equipo (hay que ver lo que les gusta un meeting), entrevistas con alcalde, seguridad ciudadana. .. Y todo esto en Abtenau, el lugar de trabajo. Un pueblito de montaña al que uno va a esquiar o bien cae por equivocación, como es mi caso. Porque aunque el empleo gusta y se agradece, me pregunto si podrían colocar la dichosa localidad más cerca de mi casa.

Para colmo de males, nos dejó Carlos. Lector asiduo de este blog, amigo entre los amigos, y suma sigue en los elogios que podría dedicarle. Un día les hablaré de él. Bajo estas líneas mi despedida. Va por ti compañero.
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Querido Carlos,

Puedo imaginarte hablando en este momento. Hemos compartido tanto que gracias a ello cargo con la inmensa fortuna de tener parte de ti en mi pensamiento. Por eso sé que en este preciso instante quitarías importancia a las circunstancias -como siempre haces con algo que tiene que ver contigo- encadenándolas con un hecho histórico o político. Me hablarías de la muerte heroica que buscabas cuando te alistaste para luchar en Angola. De cómo en esa época uno deseaba morir por una causa noble, más que aceptar la desidia de los que se quejan “desde la casa y el sofá”. De tus últimos días con tu madre en Miami, me comentas: “si creyera en estas cosas, diría que la pobre esperó a que yo llegara”. O de la muerte del Che y de cómo hervían las calles de La Habana para despedirlo.

 

Y luego saltarías a otro tema, ¿cómo no? Si es que no sabes hablar sin hacer paréntesis interminables. De lo sagrado a lo profano, de la historia universal a los pequeños problemas domésticos. Desplegas tu saber con la misma humildad con la que un día me elegiste como amigo. Tú, el profesor inagotable, tú, el vigoroso naufrago de todos los sistemas, me halagas en cada conversación, agigantando mis proezas, como si fuera yo, y no tú, un luchador incansable.

 

Porque todos sabemos que has luchado hasta apurar lo posible. Lo has hecho remolcado por el amor a Olga, a tus hijos y a la filosofía. Hasta el último día has estado preocupado por los tuyos, incluso por mí, recomendándome cuidar mi garganta.  Me han dicho que además seguías leyendo a Hegel. Es que no te cansas. Aún ahora, sigues trabajando. Aquí, entre nosotros, en la herencia perenne que dejas a los que contaminaste con semejante apasionamiento.

 

Termino con esto, porque a diferencia de ti –sabes que siempre lo haces- no quiero extenderme. O más bien no puedo. Duele demasiado aceptar que no voy a recibir otra de tus llamadas de dos horas o que no hay un té en tu compañía esperándome en la cocina.

Gracias amigo. No puedo decir más, sólo gracias.

 

Publicado el por Jonay Sánchez en General, Personal ¿Qué opinas?

Desconectar

“Nos vamos de fin de semana a un hotel para desconectar”, “Tómate una vacaciones para desconectar”, “Necesitas desconectar del tema”. Suma y sigue. Desconectar es la metáfora tecnológica más horripilante que hemos detectado (conversación recurrente con mi sabio amigo Samuel) en nuestro lenguaje cotidiano. Implica cortar el flujo entre dos objetos que, por razones varias, interactúan. Así, tiene sentido desconectar el teléfono móvil de la red telefónica, la conexión a Internet, el televisor de la corriente, y todo cachivache electrónico. Prueben a hacerlo de vez en cuando y verán que el día se alarga, que hay más gente alrededor de la que pensaban, e incluso que, pasadas unas semanas de angustia, las posibilidades de desarrollo personal son más variadas de lo esperado. Pero este es otro tema. La cuestión a la que me refiero es cómo desconectar de la vida y, lo más inquietante, ¿por qué?

No les quiero discutir el derecho al descanso, pero sí la aparente evasión. No nos engañemos, desconectar de nuestros problemas dando un paseo por un centro comercial, de vacaciones en Cancún o en un hotel de lujo en el sur de Tenerife, reconecta con la misma dialéctica de la que pretendemos escapar. El ritmo frenético del trabajo -o su búsqueda-, los exámenes, las –mal entendidas- obligaciones familiares, exigen un alto nivel de atención, la entrega a causas ajenas a nuestras necesidades. Y cuando nos embarcamos en esos programas de tiempo libre para huir de dichas cargas, no hacemos más que repetir el patrón: entregarnos a la lógica de disfrute que otros han dispuesto para nosotros y que generalmente implica una relación de compra-venta. Ya saben de qué pie cojeo.

No obstante, seré sincero, desde hace algo más de un año, yo también he decidido desconectar. Pero sólo de esa misma palabra. Es una cuestión de perspectiva. Los problemas personales nos persiguen y no podremos resolverlos a menos que los aceptemos como parte de nosotros. Ojo, he dicho aceptarlos, no encararlos. Porque solucionar un impedimento, en este sentido, no es una lucha, es una alianza. Imposible desconectarse, están unidos a nuestra condición. Si eres obrero y te joden en el curro -o ni siquiera lo tienes-, no te va salvar la tele, sino reconocerte como parte de un grupo que sufre las mismas circunstancias y con el que unirte para solventarlas. Si has sufrido una tragedia personal en tu seno familiar, reconoce tu nueva situación e intenta crear un nuevo escenario. De otro modo, la vida es sólo un camino de penurias, donde incluso las ocasiones de disfrute son una tortura de planes y facturas.

Así que, por favor, más magreo, abrazo, risotada, hablar hasta por los codos, festividades varias y celebraciones cotidianas. Que sí, “que la vida iba en serio” (perdóname Biedma), por eso es posible tomársela con guasa.

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Realidad onírica

Porque me fui deprisa, salí sin revisar.

Sé lo que sucede cuando no lo hago: Los grifos se abren, la cocinilla exhala butano y las puertas invitan a los pocos extraños que pasan por la calle. ¿No lo sabían? Por eso iba el último a la cama y hacía cinco rondas previas, del patio a la entrada y de la cocina al baño.

Nos excedimos por la gravedad del comunicado: “Abandonamos los eufemismos” –dijo entre líneas el presidente desde la Casa de Gobierno. Cómo no alarmarse. Con semejante retórica no hace falta ver los tanques en la calle o que cierren indefinidamente los bancos. Empacamos a la desesperada nuestros bienes y nos marchamos. Bien mirado, una huida es una huida, de nada sirve arrepentirse.

De hecho, la familia y los amigos sobreviven. Ha pasado un año. La casa dejada a su voluntad. Los grifos gotean, la cocinilla expiró en su propio gas y las puertas no dan abasto al trasiego de desconocidos.

Ya no necesito revisar. Quizás, volver.

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Terrorismo interno

Yo soy mi peor enemigo y mi mejor amigo.

No lo he sacado de un libro de autoayuda, es la conclusión a varios años de terrorismo interno que, bien en mi carne, bien en  la de otros, veo reflejada cotidianamente. Generalmente el reactivo es un conflicto enraizado en nuestra interacción con la sociedad. En función de la personalidad de cada cual, y cómo dicho conflicto conecta con vivencias previas, afrontaremos su gestión. Pondré un ejemplo retomado de un artículo anterior: la entrevista de trabajo. Sabemos que debemos exponer lo mejor de nosotros para ser seleccionados para el puesto, y por ello, prepararemos con anterioridad las posibles preguntas y respuestas. Pero supongamos que ya hemos hecho una veintena sin resultados positivos, y que además de esto, tenemos una baja autoestima y una necesidad imperiosa de empleo. En ese caso cabe la posibilidad de que a nuestra mente vengan esas ocasiones fallidas con una ristra de pensamientos nocivos que nos condicionarán negativamente (insomnio, nerviosismo…), hasta el punto que demos por perdida la batalla antes de comenzarla. No es fácil parar el pensamiento, callar al diablillo maligno de nuestro cerebro. ¿Quién no se ha despertado en medio de la noche, o ha tomado conciencia en un escenario cualquiera, repitiéndose a sí mismo maldiciones sobre su persona? No puedes, será imposible, verás que fallas –te dices.

¿Y qué hay del mejor amigo que nos ayuda a disfrutar de la vida? Ese yo que nos acompaña en las carcajadas, el amor, la paz interior y el placer. Con él debemos compenetrarnos en todo momento consciente, cuidarlo, traerlo al frente hasta que desplace a su destructivo alter ego. Es uno de los objetivos de mi estancia en Austria y en la vida, hermanarme conmigo mismo. No conozco las claves, pero sí algunos trucos. Entre ellos, interesarme por mí como lo haría por la persona amada. Regalarme  alegrías y cumplidos, celebrar los pequeños logros, ser paciente cuando no me aguanto, a sabiendas de que unos días más tarde retomaremos la comunicación. En definitiva, aceptarme, quererme y disfrutar de todo lo que implica estar vivo. Aunque cueste.

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Otredad

Que la gestión de las emociones es una asignatura pendiente en nuestro sistema educativo, no es una novedad. Pero no sólo en el nuestro, sino en el currículo de buena parte de occidente. Ocurre que vivimos como si éstas no existieran, como si fueran indecorosas e inoportunas. Le pondré un ejemplo de la vida diaria al que recurro últimamente para hablar de ello. La entrevista de trabajo.

Próximamente comenzaré con la búsqueda activa de empleo –sí, el voluntariado termina- y me adelanto, como de costumbre (con todo lo que eso implica), al citado momento: nervios, malestar, desagrado. Sólo la idea de enfrentarme al empleador que escudriña detenidamente movimientos y palabras, me indigesta. Y creo que hablo por más de una persona al decir esto. Porque en España (veremos en Austria) una entrevista de trabajo es, generalmente, una súplica de clemencia. Le habla alguien que ha pisado algunos cursos de integración laboral para jóvenes desempleados, en los que los profesionales del sector nos decían que, de cara a la entrevista, debíamos hacer “marketing personal”, “saber vendernos”… -siento la náusea del recuerdo-. De ahí las preguntas que me acechan. En primer lugar, al técnico de recursos humanos, generalmente licenciado o licenciada en psicología, y por ende, profesional de una disciplina interesada en mejorar las condiciones de vida de la sociedad, ¿cómo puede aceptar el desequilibrio de poder que implica esa situación y la tensión que genera al entrevistado? Máxime en el contexto de crisis económica, cuando es tan difícil acceder a un puesto de trabajo. ¿Acaso ha olvidado el temario de la universidad, el desastroso efecto que una situación de estrés provoca en el organismo? Es imprescindible investigar otros procesos de selección que atiendan a la salud emocional del candidato. Porque, y esto me lleva a la segunda pregunta, ¿no ha sido el propio seleccionador o el empresario víctima de una situación similar anteriormente? ¿Por qué perpetuar prácticas nocivas?

Sé que así son las reglas del juego, pero, como tales, siempre hay tiempo para  cambiarlas. Al igual que el mundo laboral, el terreno educativo, basado en los atemorizantes exámenes, o el sexo, banalizado en su sombra de tabú, son los lugares comunes de nuestros terrores cotidianos, y aun padeciéndolos, los complicamos.

Me encantaría dar una solución en este texto, si la tuviera; por eso me quedaré en un comienzo:

Mire a los ojos de su interlocutor reconociéndose en él, y seguro de ser un mismo yo, procure el bienestar que también usted necesita.

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28 mm

Se acerca la hora de marcharse. Después de doce días en Tenerife, “pam”; cae la claqueta. El director repite furioso: “¡Acción!” Titubeo, como si no fuera conmigo. Tengo que decir algo, moverme, provocar una situación. No puedo. ¿Qué se espera que haga? –me pregunto.  No sé dónde poner las manos, hacia dónde dirigirme o qué perfil enseñar. Sólo querría eternizar este instante de amor, el de la despedida, sin darme la vuelta en el aeropuerto ni llorar a moco tendido.

Pero me esperan. Amigos y familiares me observan detrás de las cámaras. Están nerviosos, quieren que la función continúe. Me dicen “ánimo, tú puedes”, “confiamos en ti”, “aquí estamos siempre para lo que necesites”, “recuerda, cuando vuelvas todo seguirá igual”. Lo sé, me lo repito también, sin embargo, me emociono y amplifico dramáticamente las circunstancias: “¿Cómo volver a mi vívida ficción de canario paleto que intenta sobrevivir en Austria? Si yo no hablo alemán, si casi no me entienden en inglés…” Y sumen más preguntas y excusas, los cantos de sirena del inmovilismo. De nuevo el director: “¡He dicho, acción! ¡Joder Jonay, siempre buscando disculpas! ¡Lánzate!”

Por eso subo, subiré, al avión. Pasaré el control policial del aeropuerto, me daré la vuelta y diré adiós con la mente puesta en las próximas horas de viaje. Si me preguntan cómo evité el terrorismo interno, seré sincero: no lo he conseguido, sólo acepto mi fragilidad. Siento miedo, los nervios me destrozan el estómago, lloro en las despedidas, pruebo poco, yerro más que acierto, necesito amar y ser amado, detesto la soledad, las compañías huecas, un día aprenderé a vivir conmigo…

“¡Corten! Pasemos a la escena de la llegada a Salzburgo.”

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2014

Empecé el año aturdido por las bombas emocionales que explotaban alrededor, corriendo por las calles de una vida plagada de recuerdos que no reconocía. Aquellos mazacotes de hormigón que antaño llamé cobijo, descansaban entonces esparcidos bajo mis pies. La ciudad ya no era mía, sino de un yo que había descuidado los detalles. Incapaz de hacer frente a nuevos anhelos, y menos aún, a semejante bombardeo, me preguntaba: ¿Cómo he llegado hasta aquí?

Continué corriendo. Cuando uno no encuentra respuesta a ciertos dilemas, prefiere apretar los dientes y seguir hacia adelante; aunque no sepa a donde. Es una pulsión que nos empuja a resistir. No puedo describirla, se tiene o no se tiene. O en la mayor parte de los casos, se tiene de mal modo. Esta última, la resistencia pasiva, o lo que llaman “ir tirando”, es la eterna repetición de lo mismo que condena a una existencia –a mi entender- anodina, complacida con simplemente sobrevivir.  La otra resistencia, la primera, la activa, es la del ensayo y error, la que no asegura triunfo pero dota de sentido al inexplicable esfuerzo que supone la vida.

Termino el año en otro lugar, Austria, lejos de las islas y de la tensión social. Aquí me trajo esa pulsión activa de la que les hablo: huir de la crisis económica y humana. Porque nos equivocamos. Aceptamos el contrato de las grandes corporaciones que nos vendían felicidad a cambio de nuestros salarios. Y cuando no hubo salarios, aceptamos también que no hubiera felicidad, porque no teníamos dinero para pagarla. Sin embargo, no todo está perdido, comienza una nueva fase para volver a intentarlo, y quizás, corregirlo. Propongo, por ejemplo, parar los relojes, que el único tiempo importante sea el que tardemos en entendernos. Separar las citas de la agenda y escribir en medio tareas de obligado y necesario cumplimiento: sonreír, abrazar, apasionarse, volar de vez en cuando. No exigirnos, ni exigir a los otros, más resultados que el placer y el sosiego. Y cuando el viento en contra sople con más fuerza, atarnos a las manos amigas de quien nos da siempre asilo. Recuerden, “El mundo nada puede contra un hombre que canta en la miseria.” Ernesto Sabato.

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El Messi de Golling

Golling es un pueblo pequeño situado en la rivera del río Salzach, el mismo que divide a la ciudad de Salzburgo. Encajado entre dos valles, es lugar de paso obligatorio para los amantes de deportes de montaña e invierno. Así, desde hace algunos años, ha diversificado su actividad económica con una sugerente oferta gastronómica y hotelera sin renunciar al sector primario, agrícola y ganadero, que provee al primero de excelentes manjares. Doy fe de ello en lo que al queso, los huevos, las hortalizas y la carne se refiere.

Ahí es donde trabajo y donde me familiarizo con las costumbres austriacas. Como pueblo de montaña, mantiene vivas las tradiciones, por lo que, en cierto modo, es una ventana al pasado que no puedo despreciar. Hace algunos días, tomando una cerveza con mis compañeros de trabajo en una típica cantina de la zona, revivimos parte de esa historia.

Al entrar al lugar nos saludó ceremonialmente un hombre enorme, con apariencia de obrero de los años cincuenta –como los que toman el almuerzo colgados de un andamio de un rascacielos en una conocida fotografía. El señor en cuestión nos acompañó dentro del local e inició una conversación que duraría dos horas. El Messi de Golling. Hace veinte años fue un héroe del deporte para la villa y para los treintañeros de hoy que lo recuerdan nostálgicos. Como mis compañeros preguntando detalles de una época extinta, de la que sólo ellos sacan provecho en este tipo de circunstancias. Porque, para su desgracia, no puede rendir homenaje a su pasado. Se lamenta constantemente de una carrera perdida por las drogas y de unas relaciones sociales que supieron, por igual, alabarlo y olvidarlo.  Pero le quedan algunos amigos, como uno que esa misma noche le cortó el pelo, una larga coleta grisácea, para ayudarle en la búsqueda de empleo. ¿Pensaría que los cincuenta años y el abuso del alcohol se notarían menos?

Si van a Golling, entren en el primer bar que encuentren después de la estación de tren, con suerte conocerán a una estrella del deporte o verán su cabellera pendiendo de una lámpara.

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San Nicolás y sus colegas

Primera semana de diciembre, fiestas navideñas en Austria. San Nicolás, un hombre de barba blanca, ropaje eclesiástico y bastón de mando, más parecido al Papá Noel yanqui que al citado beato, pasea de cabalgata en cabalgata, y de hogar en hogar, la noche del día seis. A diferencia de nuestros intangibles Reyes Magos (que aquí también vienen en Enero), este señor visita las casas en cuerpo presente ante la atenta mirada de los enanos. Previamente los padres informan al resucitado santo acerca de las andanzas de sus hijos a lo largo del año. Así reprende y felicita, y ellos, los pequeños, aceptan sin responder, porque saben lo que les espera: cacahuetes, regalos, caramelos, mandarinas… y Krampus.

En una tradición católica no puede faltar la personificación del mal. Como una banda de Rock metálico y suburbial, San Nicolás toca a la puerta con su horda de violentos diablos. Son  enormes y peludos, engendro caprino-humano, y les encanta zumbar a la población con una vara. De eso va la cabalgata. Pasean en grupos enseñando sus trajes, terminada la exhibición ¡Sálvese quien pueda! Corren detrás de los presentes atizándoles sin piedad. Pueden hacer mucho daño y no es fácil reconocer al energúmeno con la máscara. Por esa razón, y para distinguirlos también de las cargas policiales en España, los Krampus van identificados con un número en la espalda.

Cómo extrañaba una dosis de descontrol en la población austriaca. En cierto modo, toda comunidad, por civilizada que sea, lo necesita. Es una buena forma de admitir la herencia ancestral que nos encarna en padres de la divinidad y hermanos de la bestia.

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A vueltas con el inglés, de nuevo.

Les he contado mis estrategias para sortear los apuros a los que me expone el inglés –el idioma, claro-. Pasados unos meses de aquel artículo, la situación no mejora, aunque al menos tengo una hipótesis para explicarlo -quizás también para subsanarlo-. No es sano, ni cabal, ni sencillo, estudiar dos idiomas al mismo tiempo;  mucho menos, hablarlos. Por la mañana y por la noche, en la residencia de estudiantes, hablamos inglés. Por la tarde, en mi trabajo, alemán. Y a ratos, cuando me pitan los oídos por sus demandas, hablo español, vía Skype, con mi familia. ¿Así quién se aclara? Habrá quien lo consiga, alguien inteligente y joven, o políglota de nacimiento. Lo primero se presupone, lo segundo es demasiado tarde para remediarlo.

Sin embargo, hay una razón más profunda y esotérica que me incapacita para estos menesteres. Lo diré sin rodeos: estoy poseído. Poseído por un fantasma que recorre Europa en desacuerdo con no se qué imperialismo de la lengua de Shakespeare. Aparece y revuelve las palabras en mi mente, dispersa todo atisbo de gramática. Así, desvalido, me conformo con gesticular y balbucear frases carentes de sentido. Para colmo de males, mi entorno no me ayuda. Convivo con dos sujetos estadounidenses que se empeñan en referirse a sus costumbres patrias con el sintagma “en América”. “En América comemos esto”, “En América se estudia esto otro” –dicen. Y yo pregunto- “¿En América? ¿Dónde?”. Dentro de un continente con tal diversidad cultural, hablar de América así, en general, como si todo fuera Estados Unidos, es una imprecisión geográfica y una desconsideración política. Mucho peor cuando, a modo de burla, para criticar los gustos de su interlocutor, estos estereotípicos muchachos profieren frases del tipo: “¿Qué pasa, eres comunista?”. Razón tiene el fantasma que me habita haciendo esas preguntas sardónicas y tirando de mi puño hacia arriba.

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