austria

Fábula otoñal

Escondemos nuestros cuerpos acorralados por la nieve que avanza en ataque desde la cima de las montañas. Le precede el frío y la caída fugaz de las hojas. Como hormigas agobiadas por la lluvia, pares de ojos corretean apresurados cargando con una masa deforme de chaquetas, gorros y bufandas. Saltamos de refugio en refugio asediados por ese tembleque insano. La calle es un lugar de paso. Por eso recubren los monumentos con madera, nadie puede detenerse a contemplarlos. Guardamos también las hamacas, la cama elástica, vestigios de un verano lejano e irrepetible. Aunque en toda guerra hay sujetos optimistas que mantienen la sombrilla plantada en el balcón, o temerarios, nudistas, que pasean al descubierto la nariz y la boca.

El otoño de Salzburgo –invierno canario- despeja los lugares públicos a las cinco de una nocturna tarde. ¿Dónde están los austriacos? Los que conozco están trabajando, haciendo deporte y en casa con sus hijos. En otras palabras, viviendo de puertas adentro, disfrutando de la comodidad planificada durante meses y generaciones. Una postal idónea de previsión y mesura. Ahora bien, incolora. No lo digo yo, lo dicen ellos; deseosos de aprender español y pasar largas temporadas en América Latina o España. Algo bueno tendrá ser la cigarra, “sin futuro, sin curro, sin casa”, que ahogada en la adversidad, sonríe y canta.

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Escuela para perros

Hace seis meses que no piso una mierda en la calle. Soez o no, es una alegría. Puedo caminar mirando al horizonte, al cielo, con la cabeza alta, sin miedo a hundirme en un mazacote de excrementos. No había reparado en ello hasta hace unos días, cuando escuché esta asombrosa costumbre austriaca. Una compañera de trabajo ha comprado una perra y está algo nerviosa por ello. Hasta ahí todo normal. Supuse que hacerse cargo de una nueva mascota conlleva asumir también nuevas responsabilidades. Pero me equivocaba, el asunto es más complejo: en Austria los perros van a la escuela. Como lo oyen. Es un hecho consabido, indiscutible, educar a tu mascota. ¿De verdad que ustedes no lo hacen? –pregunta sorprendida. Cómo vamos a educar a los animales, si tan siquiera podemos educar a los dueños.

Cada semana, perra y compañera, asisten a clases de buenos modales. La una aprende a mandar y la otra a cumplir –no tengo claro quién es quién. Pasados tres meses, examen final. Un exigente entrenador evalúa comandos y ejecuciones. Demostrarán su aptitud para la vida en sociedad.  Tópico entre los tópicos: la educación es vital para cambiar el mundo. Sin embargo, es también ese mundo el que debe cambiar para que la educación surta efecto. De nada sirve un perro educado sin un dueño que recoja sus miserias o con una sociedad que tolere pisarlas.

Ahora me asalta una duda. Si no encuentro boñigas en la acera, ¿será que estos bichos van al baño?

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Lengua extranjera

Imagine la situación. Está usted sentada detrás del mostrador, en una mesa de oficina o  donde sea que se encuentre su lugar de trabajo. El caso es que de golpe y porrazo aparece por la puerta o en la ventanilla -ya le he dicho que lo adapte a sus circunstancias- un muchacho con aspecto del otro lado de la galaxia. Diametralmente opuesto a lo que acostumbra a encontrarse en su empresa, es uno de esos que no salen en los anuncios, y en resumen, de los que, a primera vista, no querría como yerno. Para alimentar la xenofobia que usted creía desterrada colaborando como voluntaria y en aquellas conferencias sobre multiculturalismo, el citado joven habla un español incomprensible que a veces parece inglés, a veces el tarareo de una canción y a veces el balbuceo de la ebriedad. Naturalmente le invadirá la sorpresa. Su cara será el espejo de un alma colmada de dudas, un limón mordido con asco.

Ahora le cuento la versión del muchacho, o para ser más exactos, la mía. Me obligo a hablar alemán cada día. Sin embargo, esa obligación la delego, a su pesar, a mi interlocutor, que se ve privado de la posibilidad de evitarme. Porque debe ser jodido entenderme. Si en mi lengua madre algunos me creen extranjero –o demasiado canario, o demasiado de Ofra-, ¡Qué pensarán estos austriacos y austriacas! Y no será por no prepararme el guión. Vaya a donde vaya me adelanto a la situación y recreo en mi mente las palabras oportunas para comunicarme con éxito. Repaso el orden perfecto de la oración. Incluso las posibles preguntas y respuestas que genere el encuentro; nunca se sabe, quizás la farmacia o el supermercado son lugares propicios para ponerme al día sobre mecánica cuántica. Lo que no predigo es la reacción, casi siempre inesperada. ¿Qué? –me dicen. O simplemente ponen esa cara que he descrito y que a fin de cuentas expresa lo mismo. Luego me esfuerzo por repetirme más lentamente marcando la pronunciación. También, en ocasiones, cabe utilizar otra frase con el mismo significado; de esas que había pensado de antemano.

Normalmente, al tercer intento, la cosa funciona. Si no, vuelvo a casa con un nuevo producto para la caja de los “objetos no deseados”. Otro más comprado por vergüenza, como el complejo vitamínico y el cuadernillo de sumas y restas.

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LA SORPRESA: Dedicado a todos los que están lejos.

Probablemente ya han visto este video LA SORPRESA: Dedicado a todos los que están lejos. En tan sólo unos días  ha recibido más de un millón de visitas. Y aunque hoy no tengo demasiado tiempo para escribir, quiero aprovechar las emociones que me ha generado. Por favor, antes de seguir leyendo, véanlo y así no les arruino esto, LA SORPRESA.

Todavía no he experimentado lo que supone la vuelta a casa. Hace cinco meses que estoy fuera y tampoco me ha invadido la nostalgia. Sin embargo, sé lo que supone, por boca de otros, estar mucho tiempo sin ver a tu familia. Tengo varios amigos que llegaron a Tenerife cuando éramos el -falso- milagro económico de Europa, pero además  comparto mi vida con alguien que emigró por razones similares siendo aún muy joven. Ella, como otros tantos compatriotas suyos,  fue la víctima de otra crisis económica; en este caso, la argentina. Crisis que, también allí, afectó a las clases populares y a los más jóvenes. Su SORPRESA llega cada navidad cuando vuelve a casa con su familia tras un año esforzándose por reunir el dinero suficiente. En dos ocasiones tuve la suerte de acompañarla. Y les puedo asegurar que el video que les propongo es un claro ejemplo de esta realidad. Concretamente la amarga despedida.

Deseo apuntar que estos casos particulares están inmersos en la historia, y como tal, debemos tenerla presente. No puedo, ni quiero, borrar de mi memoria lo ingrato que fue nuestro país, parte de sus ciudadanos, con los inmigrantes. Recuerdo con especial desagrado la manifestación en Santa Cruz de Tenerife bajo el lema: “No cabemos más”. Y también a algunos funcionarios de inmigración tratando irrespetuosamente a los que hacían colas durante horas en la Calle de la Marina para regularizarse. Por eso agradezco que en Austria la administración sea tan ágil -al menos con los ciudadanos comunitarios- y su población tan acogedora. Porque sé lo que se sufre. Ser ilegal en un país donde se habla tu misma lengua, donde tienes antepasados cercanos, y que además le debe tanto a América Latina por quinientos años de expolio sistemático, es un martirio y una desvergüenza.

Y ahora nos toca a nosotros, los del citado milagro económico, marchar de casa. Detrás, los padres, amigos y una vida plagada de recuerdos. Ellos, los que se quedan, también sufren las consecuencias, acaba resquebrajada la red de relaciones construida durante años. LA SORPRESA me ha emocionado especialmente al dedicar ese sufrimiento a los responsables y malos gestores de la estafa. Es un ejercicio de rendición de cuentas. Lo tengo muy claro y no me tiembla al pulso al escribirlo: Algo habrá que hacer para que no duerman tranquilos.

 

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Supongo que a usted también le pasa

A veces no me aguanto. Y no es que no me quiera. Me quiero y mucho. Pero aún así, no me tolero. Sucede cuando menos lo espero y sin razón aparente. Demasiado tarde para percibirlo, el único remedio es evitarme. Complicado. Cuesta correr delante de uno mismo perseguido por su sombra y sus fantasmas. Ni hablar de desconectar la consciencia acudiendo a la cama. Allí estoy indefenso; isla desierta del yo girando sobre mí.

Afortunadamente, tengo tres opciones infalibles: paseo por la ciudad, película o escritura automática y compulsiva. Acerca de la primera alternativa versa este texto. Un profesor de la Universidad de La Laguna me contó que,  en una circunstancia similar, una pintada en un muro consiguió sacarlo del abatimiento, decía: “Hoy puede ser tu gran día”. Pues bien, yo también he encontrado mi grafiti (ojo Arturo, lo he escrito con una t) en la Reserva Natural  Bluntautal, en Golling. En uno de los lagos de dicha reserva, hay un tronco inerte sumergido en el agua. Sólo un recodo del mismo asoma a la superficie. Una minúscula porción de madera estéril donde han crecido flores violetas. A pesar de los patos, la lluvia, el viento, y todos los pesares del universo, “cualquier noche puede salir el sol”.

http://www.youtube.com/watch?v=9C-SjuP0wZohttp://

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Desde el espejo, la rutina feliz. (Ejercicio telegráfico)

Cada noche lo mismo; de la cama al baño, del baño a la cocina y de la cocina a la cama. Luchas contra la deshidratación del húmedo clima centroeuropeo. Quién te lo iba a decir, vecino del Sahara.

Te adelantas al despertador para liberarlo de sus funciones. Con movimientos  espasmódicos recobras la vitalidad de tus extremidades y planeas las próximas acciones. No sabes si tienes pan, si hay queso en la nevera o suficiente yogur para la taza. Mear antes de vestirse o vestirse antes de mear. Sabes la medida de cada cosa, anímate coño –te dices- sólo tienes que encontrar el orden. Después tendrás tiempo para la improvisación. Navegar en Internet arribando en puertos inusitados, coquetear con nuevos conocimientos y concebir un nuevo post o una nueva conversación con ese muchacho del centro de España.

Si los fantasmas personales te dejaron, dormiste bien y puedes salir a correr. Media hora. Ducha y coger el tren camino al lugar donde trabajas. Golling, el pueblo de montaña donde choca la nube y a veces sale el sol. Quién te lo iba a decir, con tus vientos Alisios y tu lluvia horizontal en Anaga. Llegas pronto, cómo no. Trabajar.  Comes con los niños que llegan del colegio, padres de tu alemán y mártires de tu aprendizaje. Revisas sus tareas, haces las mismas preguntas cada día (recuerdas cuando a ti también te las hacían). Luego enseñas cómo tocar la guitarra, juegas al futbolín, a los dados, a los espadachines; o conduces por carreteras recientemente familiares para comprar comida o recogerlos de sus actividades (recuerdas cuando lo hacían también contigo). Para acabar, la ducha; examinar las uñas, las orejas y los dientes. Manos limpias –nadie las tiene. Tampoco en Austria- y a cenar.  Cuando los delincuentes de colegio se enchufan al televisor, llega la paz y tú dispones el regreso. Tren nocturno, caras de cansancio. La estación de Salzburgo está mojada y en la residencia de estudiantes te espera de nuevo el Telémaco informático o la compañía de los que, como tú, tuvieron su rutina feliz.

A dormir, buenas noches, yo también te quiero.

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En otra piel

La habitación de mi infancia trasnochó muchas veces a nuestro lado. Guardiana de mis toses y mis fiebres, soportó con paciencia la atmósfera enrarecida de la enfermedad. Se pintó de la tenue luz de una lámpara de mesa y transformó sus  tabiques para entretenerme. Del simple gotelé a las ballenas volantes, a los hombres prehistóricos de lanzas en mano… Todo en las mismas paredes. Esas cuatro paredes delirantes que mi madre recubrió con su cuidado. Doctora, enfermera, maestra, filósofa, ama de casa, toda en una, entregada de por vida, y entregando su vida, por cuidarme.

Semanas atrás visité una habitación similar. Fue en mi lugar de trabajo y la ocupaba una niña de diez años. Bárbara, acurrucada bajo el edredón y amedrentada por el decaimiento, esperaba la visita de alguno de sus cuidadores. En este caso, yo. Me acerqué a su lado, tomé su mano y deseé transmitirle, al menos por un instante, todo lo que mi madre no puede darle.

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Las Meninas

Supongo que conocen este famoso cuadro de Velázquez. Margarita de Austria en el centro de la escena rodeada por sus sirvientes y el ilustre pintor de la obra asomado tras el lienzo. Con la mirada parece medir el contexto que dibuja. Traslada la perspectiva tridimensional de la realidad a las dos dimensiones de la tela. Pero ¿qué  escenario en concreto? No podemos saberlo. El caballete nos da la espalda. Somos el espejo en el que se refleja la imagen. Más allá, diría que somos el objeto de la misma, y no la corte de Felipe IV. Según esta interpretación, cada vez que un observador se sitúa frente a Las meninas, se convierte en un modelo  para el pintor, Velázquez; quien ha conseguido inmortalizarse a sí mismo pintando una obra infinita. Él es el pasado que se expone al futuro, recordándonos que aún sigue en nuestras vidas. Si intentamos enterrarlo, acabamos sepultados en el mismo hoyo. Así funciona la historia. Cada mirada hacia atrás nos da una nueva interpretación del presente. Y hay tantas lecturas del pasado, como posibles presentes y futuros. Basta aceptar este continuo temporal para entender, por ejemplo, nuestra coexistencia con los familiares desaparecidos.

Mi abuelo Ángel falleció cuando yo tenía apenas cinco años. Lo recuerdo sentado en una silla de ruedas junto a la mesa de la cocina (¿Quién no tiene una mesa de cocina en el recuerdo?). No hay mucho más en mi memoria. Durante un tiempo intenté reconstruir su personalidad indagando en sus papeles. Luego entendí que, al igual que Velázquez, habita en nosotros y nos interroga con su presencia.

Junto a él he coronado mi primera montaña austriaca. Nieve, lluvia y un desnivel de grado “rompe piernas”. Tres horas de ascenso marcadas por la respiración entrecortada, el corazón en la boca y el frío metido en los huesos. Un sádico placer que sólo disfruta un amante de los deportes de montaña. Como lo es mi abuelo y lo somos sus nietos, “arando el porvenir con viejos bueyes”.

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Fe en el caos

Aún soy el niño ordenado que cuidaba de sus juguetes para una infancia eterna. Lo aprendí de mis padres: un lugar para cada objeto y un método para cada acción. Llámenme obseso, pero me es imposible limpiar el polvo después de fregar el suelo o salir de casa sin revisar los enchufes, los grifos, las ventanas y las puertas. Sin embargo, la adolescencia me regaló un oscuro abismo en medio de tanta estructura. Es una emoción que me colma por momentos y a la que me debo inevitablemente. Necesidad de caos, la llamo. Las vías para mitigar esta carencia son variadas pero conexas. Se engarzan en el exceso: tocar la guitarra durante horas, discutir con alguien poniendo en duda los más sensatos dogmas de nuestra cultura, bailar, saltar, correr hasta el agotamiento.

Esta tendencia personal es también un compromiso teórico. En la búsqueda de nuevos horizontes de realización, la realidad y el pensamiento necesitan desgarrarse, ponerse de cabeza y del revés. Conocemos los límites, sólo cuando intentamos rebasarlos. De lo contrario, nos mantenemos en la eterna repetición de lo mismo. Por eso confío en el caos. El desorden, la algarabía, el descontrol –la revolución, si quieren- son el germen de un nuevo cosmos que, tarde o temprano, también debemos superar.

En esta línea, y después de tanta alabanza al modelo austriaco, cabe hacerle una crítica. Por un lado, acerca del aparente estado de la ciudad. Vivimos en una maqueta escala 1:1. Incluso los errores o desperfectos parecen buscados. Cuidan el aspecto al detalle; pero detrás del correcto acabado de los colores y las formas, están los problemas familiares que intentamos resolver en mi trabajo. Por otro lado, los ciudadanos. Hasta ahora mis compañeros han mostrado simpatía y respeto. Cuando cometo una equivocación, me corrigen con delicadeza. Pero no suelen ser directos. Bordean los temas. Añoro esas discusiones acaloradas que tenemos en el sur. Las diferencias viscerales que estrechan las relaciones.

A colación, esta cita de Orson Welles en su película  El tercer hombre. Ambientada, valga la redundancia, en Austria.

“En Italia, durante treinta años bajo los Borgia, tuvieron guerras, terror, asesinatos y derramamiento de sangre pero también tuvieron Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza tuvieron amor fraternal, tuvieron quinientos años de democracia y paz ¿y qué produjeron? El reloj de cuco.”

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Todo lo recuerdo

Cuando le dices a un amigo que te marchas del país para hacer un voluntariado, el primer destino que viene a su cabeza es África o Sudamérica. Por eso, ante la palabra “Austria”, el gesto de sorpresa y la pregunta “¿Qué vas a hacer ahí, si esa gente es rica?” fue la tónica general previa a mi despedida. Mi respuesta se acercó más a un ejercicio de empatía que a una exposición teórica.

Los niños con los que trabajo han sido apartados de sus familias por riesgo de exclusión (adicciones unidas a desempleo prolongado y ausencia de recursos, maltrato, etc.). En Pro Juventute (así se llama la organización) recreamos el ambiente familiar y educamos en civilidad; desde como sentarse a la mesa, hasta cómo tener una buena salud dental o seguir un calendario de vacunación. Intentamos mejorar las condiciones de la población infantil que padece una vida indigna dentro de un país opulento. Una realidad compartida por los países occidentales con economías desarrolladas. Con la diferencia de que algunos, como Austria, tienen un buen soporte para sobrellevarlo, fundado en políticas sociales y el profundo sentimiento nacional de sus empresas. Mi proyecto, como otros tantos, se financia exclusivamente por capital privado.

Quizás no es buen momento para solicitar lo mismo a las empresas canarias y españolas. Aunque me pregunto dónde estaban algunas de éstas durante los años de la burbuja inmobiliaria.  Leyendo los últimos titulares de la prensa, imagino que se encontraban desviando capitales al extranjero, buscando resquicios legales para evadir impuestos o financiando campañas electorales. Pero no se alarmen, estoy sólo fantaseando. No obstante, esas mismas empresas que pudieron participar activamente en un desarrollo sostenible que repercutiría a su vez en sí mismas, nos han pedido, arrinconadas por la avaricia, comprensión y esfuerzo. Yo les respondo con otro ejercicio de empatía.

En fin, que todo lo recuerdo.
Y como todo lo recuerdo,
¿qué carajo me pide usted que haga?
Pero además, pregúnteles.
Estoy seguro
de que también recuerdan ellos.

 Nicolás Guillén.

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