casa

Fábula otoñal

Escondemos nuestros cuerpos acorralados por la nieve que avanza en ataque desde la cima de las montañas. Le precede el frío y la caída fugaz de las hojas. Como hormigas agobiadas por la lluvia, pares de ojos corretean apresurados cargando con una masa deforme de chaquetas, gorros y bufandas. Saltamos de refugio en refugio asediados por ese tembleque insano. La calle es un lugar de paso. Por eso recubren los monumentos con madera, nadie puede detenerse a contemplarlos. Guardamos también las hamacas, la cama elástica, vestigios de un verano lejano e irrepetible. Aunque en toda guerra hay sujetos optimistas que mantienen la sombrilla plantada en el balcón, o temerarios, nudistas, que pasean al descubierto la nariz y la boca.

El otoño de Salzburgo –invierno canario- despeja los lugares públicos a las cinco de una nocturna tarde. ¿Dónde están los austriacos? Los que conozco están trabajando, haciendo deporte y en casa con sus hijos. En otras palabras, viviendo de puertas adentro, disfrutando de la comodidad planificada durante meses y generaciones. Una postal idónea de previsión y mesura. Ahora bien, incolora. No lo digo yo, lo dicen ellos; deseosos de aprender español y pasar largas temporadas en América Latina o España. Algo bueno tendrá ser la cigarra, “sin futuro, sin curro, sin casa”, que ahogada en la adversidad, sonríe y canta.

Publicado el por Jonay Sánchez en General, Opinión 1 comentario

Yo confieso

Algunos pertenecemos a la generación del “puedo y no quiero”. Decíamos: “Puedo estudiar, pero no quiero. Prefiero trabajar y ganar dinero”; “Puedo luchar un poco más por mis derechos, pero no quiero. Estoy más tranquilo sentado en el sillón”; y así otros tantos “puedos” propios de quien tiene opciones y le falta motivación y amplitud de miras.

Con el tiempo hemos derivado en la generación del “quiero y no puedo”: “Quiero trabajar, pero no puedo. No encuentro nada (o bien no tengo formación, o bien me pasé de largo estudiando -según los empleadores de este país ingrato)”; “Quiero emanciparme, pero no puedo. No tengo casa”; “Quiero tener una casa, pero no puedo. Los precios son desorbitados”; “Quiero formar una familia, pero no puedo: no tengo trabajo, ni casa, ni dinero.”; y, desde hace un tiempo, escuchamos un mal mayor (gracias Wert): “Quiero estudiar, pero no puedo. Cuesta mucho dinero”.

La primera generación en España que pudo “llegar a ser algo en la vida”, se queda a medio camino. Y lejos de lamentarnos, nos confesamos. Sí, lo sabemos. Disfrutamos de la buena vida, pero no de una vida buena. Estuvimos anestesiados por el consumo. Pensábamos que éramos ricos. Que podríamos codearnos eternamente con los grandes propietarios vistiendo sus ropas, conduciendo sus coches, comiendo en sus restaurantes y viviendo en sus mismas calles. Ahora despertamos de sopetón con la oportunidad de “querer y poder”; pero esta vez en otra dirección. Seremos “algo en la vida” cuando, alejados del comprar-tirar-comprar como dogma, nos convirtamos en ciudadanos responsables con el medio ambiente y trabajemos por el bien común de esta sociedad global.

Antes de marcharme del país, pude disfrutar parte de este proceso. Confío en que sabremos hacerlo. En Austria, a pesar de la opulencia, buena parte de la población lo tiene claro. Necesitaron dos guerras mundiales, invasiones, crisis y un clima horrendo para enterarse. Con Canarias deseo ser más optimista. Qué quieren que les diga, como dice un amigo, para mí  “lo bueno de esto (la crisis), es lo malo que se está poniendo (el anterior modelo de vida)”.

Publicado el por Jonay Sánchez en General, Opinión ¿Qué opinas?