costumbres

Matar a Dios por vanidad.

“Me acepto y me quiero con humildad”. Con esta frase de mi querido hermano Luis deseo comenzar esta reflexión. Porque quizás sea éste uno de los  principios básicos que nos salve de la barbarie.

Me explico.

Cuando Dios descansó en camposanto, asumimos nuestra responsabilidad en la historia. Pero la luz de la razón terminó deslumbrando. De tan responsables, medimos los cráneos, los orgasmos, y las ideas, pensando que el misterio del yo con los otros, cuando surge el amor o el odio, también podría calcularse. Y claro, si sólo los números, las fórmulas y los conceptos nos hablan de la verdad, de nada sirven el arte y la ética. Así pasaron guerras, hasta hoy, donde una disciplina tan poderosa como la economía -neoliberal-, destinada a facilitarnos la gestión de los recursos, reprocha que sobra una variable: nosotros, sus creadores, sus dioses.

Como a los mercados financieros, la soberbia bajo control nos refina, pero sin restricciones, nos devora. Por un lado, uno puede creerse el centro del universo e intentar aplastar con su molde al resto de iguales. Por otro, ser esclavo de la ambición con la exigencia constante de parecer más y mejor, una proyección insatisfecha, por irreal e inalcanzable.

Dijo uno de los anteriores pontífices (siento la herejía, me obliga la congruencia textual) que la vanidad es el comienzo de todos los pecados. Desconozco sus argumentos, aunque como conclusión encaja al completo con los míos. A la humanidad y a los particulares que la componen nos bastaría con querernos tal y como somos, ahora bien, con humildad. Prosperar en aquellas parcelas de nuestra existencia acordes a las necesidades que nuestra condición animal y social exige. ¿Parece fácil? Entonces, ¿cuándo empezamos?

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¿Por qué me meteré en estos berenjenales?

Hace seis años escuché por primera vez, explicadas con simplicidad y exactitud, las tesis fundamentales del realismo científico gracias al profesor de la Universidad de Santiago de Compostela, José Miguel Sagüillo. A saber:

  1. Existe una realidad externa independiente de nosotros;
  2. esa realidad posee una estructura determinada independiente de nosotros;
  3. existe una representación o teoría completa, objetiva y literalmente verdadera de la realidad independiente;
  4. esa representación o teoría es científicamente cognoscible.

Aunque se refiere a las ciencias naturales, los mismos axiomas podrían aplicarse a las ciencias sociales -siempre que confiemos en dichas disciplinas como ciencias. De este modo, desde la perspectiva, por ejemplo, de la ciencia política, podríamos aceptar que existe una teoría que explique de un modo objetivo, completo y literalmente verdadero los fenómenos acaecidos en cualquier período histórico y localización geográfica. Es ésta una premisa teórica que el investigador asume cuando entiende que su labor tiene una relevancia material, y además, una posible utilidad pública, en tanto que obtendrá información universalizable. No obstante, es en las ciencias sociales donde la interpretación de los hechos y la intromisión de los valores juegan un papel complejo para alcanzar los mínimos de rigor y objetividad que la ciencia clásica -del método científico- exigiría.

Ahora dirán ustedes ¿por qué este rollo? Simplemente intento entender qué sucede en nuestro país. Mis medios de investigación son mi vago conocimiento empírico y teórico de la historia española, la prensa internacional, las redes sociales y los comentarios de familiares y amigos. Como entenderán mi objeto de estudio es fundamentalmente  Podemos. Cuestión que, para los expatriados que llevamos más de un año y medio fuera de España, representa una incógnita esperanzadora o siniestra, dependiendo del lugar en el que se sitúe uno dentro de la polaridad ideológica del Estado.  Me interesan especialmente los calurosos debates y agresivas acusaciones en diversos medios que ha generado esta nueva formación. Entiendo, de acuerdo al citado realismo científico, que existen hechos objetivos que muestran el porqué de semejante despiporre (abandono la pose intelectual, porque a fin de cuentas, no contaré nada que no sepan).

Tenemos una corta y débil tradición democrática. Las generaciones que alcanzaron la edad adulta antes de 1978  provienen en su mayoría de una España agrícola y preindustrializada, con dificultades para el acceso a la educación superior; están socializadas en las estructuras de dominación ideológica propias de todo gobierno dictatorial, que sentó dicho control, además de la violencia directa, en la dirección de los hábitos y costumbres de la población, gracias a la connivencia, entre otras estructuras de poder, de la Iglesia católica. Dentro de esas otras estructuras de poder, encontramos también aquellos  grupos sociales que enriquecidos durante la dictadura mantienen hasta nuestros días una relevante capacidad de decisión en el país: medios de comunicación, puestos en la administración pública, empresas privadas… Ya que los acuerdos de amnistía -mal llamada, ejemplar- durante la transición, les salvó de rendir cuentas acerca de su simpatía con el fascismo. Lo que explicaría porque la clase empresarial española se encuentra posicionada generalmente a la derecha.

Así llegamos a las generaciones nacidas y criadas en democracia, quienes somos herederos de los comentados favores preconstitucionales, o bien hijos de una clase obrera despolitizada por el deslumbrante fenómeno del consumo -el resto son minoría. Tras el aturdimiento de los cuarenta años de orgía capitalista, a los segundos nos devuelven a la posición inicial con la privatización de los bienes públicos, el deterioro del sistema social, y un largo etcétera, en un intento de regresión al marco relacional previo. Sin embargo, el proceso democrático nos había regalado también el acceso a la educación, lo que irremediablemente se traduce en respuesta. De modo que los movimientos contestatarios no se hicieron esperar, primero fue el 15M, ahora Podemos.

Tampoco es de extrañar la masiva oposición de los medios de comunicación (cara visible de los agentes de poder) y de una población aterrorizada habituada al caudillaje y al caciquismo, a tantas propuestas democráticas que discutan o se pregunten acerca del status quo dominante. A los que habría que decirle en la misma clave axiológica del principio de este artículo, y con las palabras de Antonio Machado en boca de Juan de Mairena, lo siguiente:

Primero. Que si la historia es, como el tiempo, irreversible, no hay manera de restaurar el pasado.

Segundo. Que si hay algo en la historia fuera del tiempo, valores eternos, eso, que no ha pasado, tampoco puede restaurarse.

Tercero. Que si aquellos polvos trajeron estos lodos, no se puede condenar el presente y absolver el pasado.

Cuarto. Que si tornásemos a aquellos polvos volveríamos a estos lodos.

Me voy a correr.

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Desconectar

“Nos vamos de fin de semana a un hotel para desconectar”, “Tómate una vacaciones para desconectar”, “Necesitas desconectar del tema”. Suma y sigue. Desconectar es la metáfora tecnológica más horripilante que hemos detectado (conversación recurrente con mi sabio amigo Samuel) en nuestro lenguaje cotidiano. Implica cortar el flujo entre dos objetos que, por razones varias, interactúan. Así, tiene sentido desconectar el teléfono móvil de la red telefónica, la conexión a Internet, el televisor de la corriente, y todo cachivache electrónico. Prueben a hacerlo de vez en cuando y verán que el día se alarga, que hay más gente alrededor de la que pensaban, e incluso que, pasadas unas semanas de angustia, las posibilidades de desarrollo personal son más variadas de lo esperado. Pero este es otro tema. La cuestión a la que me refiero es cómo desconectar de la vida y, lo más inquietante, ¿por qué?

No les quiero discutir el derecho al descanso, pero sí la aparente evasión. No nos engañemos, desconectar de nuestros problemas dando un paseo por un centro comercial, de vacaciones en Cancún o en un hotel de lujo en el sur de Tenerife, reconecta con la misma dialéctica de la que pretendemos escapar. El ritmo frenético del trabajo -o su búsqueda-, los exámenes, las –mal entendidas- obligaciones familiares, exigen un alto nivel de atención, la entrega a causas ajenas a nuestras necesidades. Y cuando nos embarcamos en esos programas de tiempo libre para huir de dichas cargas, no hacemos más que repetir el patrón: entregarnos a la lógica de disfrute que otros han dispuesto para nosotros y que generalmente implica una relación de compra-venta. Ya saben de qué pie cojeo.

No obstante, seré sincero, desde hace algo más de un año, yo también he decidido desconectar. Pero sólo de esa misma palabra. Es una cuestión de perspectiva. Los problemas personales nos persiguen y no podremos resolverlos a menos que los aceptemos como parte de nosotros. Ojo, he dicho aceptarlos, no encararlos. Porque solucionar un impedimento, en este sentido, no es una lucha, es una alianza. Imposible desconectarse, están unidos a nuestra condición. Si eres obrero y te joden en el curro -o ni siquiera lo tienes-, no te va salvar la tele, sino reconocerte como parte de un grupo que sufre las mismas circunstancias y con el que unirte para solventarlas. Si has sufrido una tragedia personal en tu seno familiar, reconoce tu nueva situación e intenta crear un nuevo escenario. De otro modo, la vida es sólo un camino de penurias, donde incluso las ocasiones de disfrute son una tortura de planes y facturas.

Así que, por favor, más magreo, abrazo, risotada, hablar hasta por los codos, festividades varias y celebraciones cotidianas. Que sí, “que la vida iba en serio” (perdóname Biedma), por eso es posible tomársela con guasa.

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Terrorismo interno

Yo soy mi peor enemigo y mi mejor amigo.

No lo he sacado de un libro de autoayuda, es la conclusión a varios años de terrorismo interno que, bien en mi carne, bien en  la de otros, veo reflejada cotidianamente. Generalmente el reactivo es un conflicto enraizado en nuestra interacción con la sociedad. En función de la personalidad de cada cual, y cómo dicho conflicto conecta con vivencias previas, afrontaremos su gestión. Pondré un ejemplo retomado de un artículo anterior: la entrevista de trabajo. Sabemos que debemos exponer lo mejor de nosotros para ser seleccionados para el puesto, y por ello, prepararemos con anterioridad las posibles preguntas y respuestas. Pero supongamos que ya hemos hecho una veintena sin resultados positivos, y que además de esto, tenemos una baja autoestima y una necesidad imperiosa de empleo. En ese caso cabe la posibilidad de que a nuestra mente vengan esas ocasiones fallidas con una ristra de pensamientos nocivos que nos condicionarán negativamente (insomnio, nerviosismo…), hasta el punto que demos por perdida la batalla antes de comenzarla. No es fácil parar el pensamiento, callar al diablillo maligno de nuestro cerebro. ¿Quién no se ha despertado en medio de la noche, o ha tomado conciencia en un escenario cualquiera, repitiéndose a sí mismo maldiciones sobre su persona? No puedes, será imposible, verás que fallas –te dices.

¿Y qué hay del mejor amigo que nos ayuda a disfrutar de la vida? Ese yo que nos acompaña en las carcajadas, el amor, la paz interior y el placer. Con él debemos compenetrarnos en todo momento consciente, cuidarlo, traerlo al frente hasta que desplace a su destructivo alter ego. Es uno de los objetivos de mi estancia en Austria y en la vida, hermanarme conmigo mismo. No conozco las claves, pero sí algunos trucos. Entre ellos, interesarme por mí como lo haría por la persona amada. Regalarme  alegrías y cumplidos, celebrar los pequeños logros, ser paciente cuando no me aguanto, a sabiendas de que unos días más tarde retomaremos la comunicación. En definitiva, aceptarme, quererme y disfrutar de todo lo que implica estar vivo. Aunque cueste.

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Dulce navidad

Uno intenta desvincularse de la majadería navideña. Pero no es fácil. El gordo, el turrón, el anuncio del Almendro y los tres de Oriente nos lobotomizan durante semanas. Se nos cae la baba bailando en los centros comerciales al son de “viva el mal, viva el capital” mientras esto –España- se hunde con nosotros dentro. Qué quieren que les diga, no me gusta salir a comprar, podría dinamitar buena parte de las zonas comerciales con tal de no sentirme obligado a acompañarles. Sin embargo, disfruto del fin de año y la nochebuena comiendo sin discreción y derritiendo mi hígado con amigos y familiares. Lo que tampoco aguanto es esa dosis de melodrama del “vuelve, a casa vuelve”. Es intolerable en cualquier época del año por lo meditada que está: moquear a destajo, y luego, hasta más ver. El muchacho regresa a su hogar por Navidad para visitar a la familia, termina el anuncio y nadie sabe por qué se fue. Como las noticias del último año plagadas de testimonios de jóvenes españoles acongojados en sus exilios económicos. Que sí, que es una putada, pero dramatizando no solucionamos nada.  Hace unos años un buen amigo me dijo: -si quieres vete a tu habitación y llora todo lo que necesites, pero mañana sal de ahí y haz lo que debes. Así fue. Podemos sollozar porque mamá y papá están al otro lado de la esfera planetaria, pero acto seguido toca luchar por nuestro futuro y enseñarle los dientes a tanto hijo de mala madre que descansa sobre nuestro lomo. Ya que la verdadera noticia está en las razones de fondo que nos impulsan a marcharnos y que nadie explica. ¿Tan difícil sería dedicar diez minutos de máxima audiencia a contar de qué va la especulación financiera?

A veces me pregunto por qué recaigo constantemente en cuestiones políticas y emocionales, y acto seguido me respondo: porque no me queda otra. “Soltar  todo y largarse” implica un posicionamiento, lo llamo “sálvese quien pueda”. Y aunque no es fácil irse, mucho menos es quedarse en el país con actitud combativa, soportando discursos vacíos y mala sangre en la calle. Por si fuera poco, en estas semanas de fiestas atacan a las emociones con el dedo del marketing clavado entre las costillas. Por ello les propongo cambiar la frase del brindis navideño, del “Feliz Navidad y próspero año nuevo” al famoso grito de Camilo Cienfuegos: “¡Aquí no se rinde nadie carajo!”.

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El Messi de Golling

Golling es un pueblo pequeño situado en la rivera del río Salzach, el mismo que divide a la ciudad de Salzburgo. Encajado entre dos valles, es lugar de paso obligatorio para los amantes de deportes de montaña e invierno. Así, desde hace algunos años, ha diversificado su actividad económica con una sugerente oferta gastronómica y hotelera sin renunciar al sector primario, agrícola y ganadero, que provee al primero de excelentes manjares. Doy fe de ello en lo que al queso, los huevos, las hortalizas y la carne se refiere.

Ahí es donde trabajo y donde me familiarizo con las costumbres austriacas. Como pueblo de montaña, mantiene vivas las tradiciones, por lo que, en cierto modo, es una ventana al pasado que no puedo despreciar. Hace algunos días, tomando una cerveza con mis compañeros de trabajo en una típica cantina de la zona, revivimos parte de esa historia.

Al entrar al lugar nos saludó ceremonialmente un hombre enorme, con apariencia de obrero de los años cincuenta –como los que toman el almuerzo colgados de un andamio de un rascacielos en una conocida fotografía. El señor en cuestión nos acompañó dentro del local e inició una conversación que duraría dos horas. El Messi de Golling. Hace veinte años fue un héroe del deporte para la villa y para los treintañeros de hoy que lo recuerdan nostálgicos. Como mis compañeros preguntando detalles de una época extinta, de la que sólo ellos sacan provecho en este tipo de circunstancias. Porque, para su desgracia, no puede rendir homenaje a su pasado. Se lamenta constantemente de una carrera perdida por las drogas y de unas relaciones sociales que supieron, por igual, alabarlo y olvidarlo.  Pero le quedan algunos amigos, como uno que esa misma noche le cortó el pelo, una larga coleta grisácea, para ayudarle en la búsqueda de empleo. ¿Pensaría que los cincuenta años y el abuso del alcohol se notarían menos?

Si van a Golling, entren en el primer bar que encuentren después de la estación de tren, con suerte conocerán a una estrella del deporte o verán su cabellera pendiendo de una lámpara.

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San Nicolás y sus colegas

Primera semana de diciembre, fiestas navideñas en Austria. San Nicolás, un hombre de barba blanca, ropaje eclesiástico y bastón de mando, más parecido al Papá Noel yanqui que al citado beato, pasea de cabalgata en cabalgata, y de hogar en hogar, la noche del día seis. A diferencia de nuestros intangibles Reyes Magos (que aquí también vienen en Enero), este señor visita las casas en cuerpo presente ante la atenta mirada de los enanos. Previamente los padres informan al resucitado santo acerca de las andanzas de sus hijos a lo largo del año. Así reprende y felicita, y ellos, los pequeños, aceptan sin responder, porque saben lo que les espera: cacahuetes, regalos, caramelos, mandarinas… y Krampus.

En una tradición católica no puede faltar la personificación del mal. Como una banda de Rock metálico y suburbial, San Nicolás toca a la puerta con su horda de violentos diablos. Son  enormes y peludos, engendro caprino-humano, y les encanta zumbar a la población con una vara. De eso va la cabalgata. Pasean en grupos enseñando sus trajes, terminada la exhibición ¡Sálvese quien pueda! Corren detrás de los presentes atizándoles sin piedad. Pueden hacer mucho daño y no es fácil reconocer al energúmeno con la máscara. Por esa razón, y para distinguirlos también de las cargas policiales en España, los Krampus van identificados con un número en la espalda.

Cómo extrañaba una dosis de descontrol en la población austriaca. En cierto modo, toda comunidad, por civilizada que sea, lo necesita. Es una buena forma de admitir la herencia ancestral que nos encarna en padres de la divinidad y hermanos de la bestia.

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A vueltas con el inglés, de nuevo.

Les he contado mis estrategias para sortear los apuros a los que me expone el inglés –el idioma, claro-. Pasados unos meses de aquel artículo, la situación no mejora, aunque al menos tengo una hipótesis para explicarlo -quizás también para subsanarlo-. No es sano, ni cabal, ni sencillo, estudiar dos idiomas al mismo tiempo;  mucho menos, hablarlos. Por la mañana y por la noche, en la residencia de estudiantes, hablamos inglés. Por la tarde, en mi trabajo, alemán. Y a ratos, cuando me pitan los oídos por sus demandas, hablo español, vía Skype, con mi familia. ¿Así quién se aclara? Habrá quien lo consiga, alguien inteligente y joven, o políglota de nacimiento. Lo primero se presupone, lo segundo es demasiado tarde para remediarlo.

Sin embargo, hay una razón más profunda y esotérica que me incapacita para estos menesteres. Lo diré sin rodeos: estoy poseído. Poseído por un fantasma que recorre Europa en desacuerdo con no se qué imperialismo de la lengua de Shakespeare. Aparece y revuelve las palabras en mi mente, dispersa todo atisbo de gramática. Así, desvalido, me conformo con gesticular y balbucear frases carentes de sentido. Para colmo de males, mi entorno no me ayuda. Convivo con dos sujetos estadounidenses que se empeñan en referirse a sus costumbres patrias con el sintagma “en América”. “En América comemos esto”, “En América se estudia esto otro” –dicen. Y yo pregunto- “¿En América? ¿Dónde?”. Dentro de un continente con tal diversidad cultural, hablar de América así, en general, como si todo fuera Estados Unidos, es una imprecisión geográfica y una desconsideración política. Mucho peor cuando, a modo de burla, para criticar los gustos de su interlocutor, estos estereotípicos muchachos profieren frases del tipo: “¿Qué pasa, eres comunista?”. Razón tiene el fantasma que me habita haciendo esas preguntas sardónicas y tirando de mi puño hacia arriba.

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Fábula otoñal

Escondemos nuestros cuerpos acorralados por la nieve que avanza en ataque desde la cima de las montañas. Le precede el frío y la caída fugaz de las hojas. Como hormigas agobiadas por la lluvia, pares de ojos corretean apresurados cargando con una masa deforme de chaquetas, gorros y bufandas. Saltamos de refugio en refugio asediados por ese tembleque insano. La calle es un lugar de paso. Por eso recubren los monumentos con madera, nadie puede detenerse a contemplarlos. Guardamos también las hamacas, la cama elástica, vestigios de un verano lejano e irrepetible. Aunque en toda guerra hay sujetos optimistas que mantienen la sombrilla plantada en el balcón, o temerarios, nudistas, que pasean al descubierto la nariz y la boca.

El otoño de Salzburgo –invierno canario- despeja los lugares públicos a las cinco de una nocturna tarde. ¿Dónde están los austriacos? Los que conozco están trabajando, haciendo deporte y en casa con sus hijos. En otras palabras, viviendo de puertas adentro, disfrutando de la comodidad planificada durante meses y generaciones. Una postal idónea de previsión y mesura. Ahora bien, incolora. No lo digo yo, lo dicen ellos; deseosos de aprender español y pasar largas temporadas en América Latina o España. Algo bueno tendrá ser la cigarra, “sin futuro, sin curro, sin casa”, que ahogada en la adversidad, sonríe y canta.

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Escuela para perros

Hace seis meses que no piso una mierda en la calle. Soez o no, es una alegría. Puedo caminar mirando al horizonte, al cielo, con la cabeza alta, sin miedo a hundirme en un mazacote de excrementos. No había reparado en ello hasta hace unos días, cuando escuché esta asombrosa costumbre austriaca. Una compañera de trabajo ha comprado una perra y está algo nerviosa por ello. Hasta ahí todo normal. Supuse que hacerse cargo de una nueva mascota conlleva asumir también nuevas responsabilidades. Pero me equivocaba, el asunto es más complejo: en Austria los perros van a la escuela. Como lo oyen. Es un hecho consabido, indiscutible, educar a tu mascota. ¿De verdad que ustedes no lo hacen? –pregunta sorprendida. Cómo vamos a educar a los animales, si tan siquiera podemos educar a los dueños.

Cada semana, perra y compañera, asisten a clases de buenos modales. La una aprende a mandar y la otra a cumplir –no tengo claro quién es quién. Pasados tres meses, examen final. Un exigente entrenador evalúa comandos y ejecuciones. Demostrarán su aptitud para la vida en sociedad.  Tópico entre los tópicos: la educación es vital para cambiar el mundo. Sin embargo, es también ese mundo el que debe cambiar para que la educación surta efecto. De nada sirve un perro educado sin un dueño que recoja sus miserias o con una sociedad que tolere pisarlas.

Ahora me asalta una duda. Si no encuentro boñigas en la acera, ¿será que estos bichos van al baño?

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