Dios

Matar a Dios por vanidad.

“Me acepto y me quiero con humildad”. Con esta frase de mi querido hermano Luis deseo comenzar esta reflexión. Porque quizás sea éste uno de los  principios básicos que nos salve de la barbarie.

Me explico.

Cuando Dios descansó en camposanto, asumimos nuestra responsabilidad en la historia. Pero la luz de la razón terminó deslumbrando. De tan responsables, medimos los cráneos, los orgasmos, y las ideas, pensando que el misterio del yo con los otros, cuando surge el amor o el odio, también podría calcularse. Y claro, si sólo los números, las fórmulas y los conceptos nos hablan de la verdad, de nada sirven el arte y la ética. Así pasaron guerras, hasta hoy, donde una disciplina tan poderosa como la economía -neoliberal-, destinada a facilitarnos la gestión de los recursos, reprocha que sobra una variable: nosotros, sus creadores, sus dioses.

Como a los mercados financieros, la soberbia bajo control nos refina, pero sin restricciones, nos devora. Por un lado, uno puede creerse el centro del universo e intentar aplastar con su molde al resto de iguales. Por otro, ser esclavo de la ambición con la exigencia constante de parecer más y mejor, una proyección insatisfecha, por irreal e inalcanzable.

Dijo uno de los anteriores pontífices (siento la herejía, me obliga la congruencia textual) que la vanidad es el comienzo de todos los pecados. Desconozco sus argumentos, aunque como conclusión encaja al completo con los míos. A la humanidad y a los particulares que la componen nos bastaría con querernos tal y como somos, ahora bien, con humildad. Prosperar en aquellas parcelas de nuestra existencia acordes a las necesidades que nuestra condición animal y social exige. ¿Parece fácil? Entonces, ¿cuándo empezamos?

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San Nicolás y sus colegas

Primera semana de diciembre, fiestas navideñas en Austria. San Nicolás, un hombre de barba blanca, ropaje eclesiástico y bastón de mando, más parecido al Papá Noel yanqui que al citado beato, pasea de cabalgata en cabalgata, y de hogar en hogar, la noche del día seis. A diferencia de nuestros intangibles Reyes Magos (que aquí también vienen en Enero), este señor visita las casas en cuerpo presente ante la atenta mirada de los enanos. Previamente los padres informan al resucitado santo acerca de las andanzas de sus hijos a lo largo del año. Así reprende y felicita, y ellos, los pequeños, aceptan sin responder, porque saben lo que les espera: cacahuetes, regalos, caramelos, mandarinas… y Krampus.

En una tradición católica no puede faltar la personificación del mal. Como una banda de Rock metálico y suburbial, San Nicolás toca a la puerta con su horda de violentos diablos. Son  enormes y peludos, engendro caprino-humano, y les encanta zumbar a la población con una vara. De eso va la cabalgata. Pasean en grupos enseñando sus trajes, terminada la exhibición ¡Sálvese quien pueda! Corren detrás de los presentes atizándoles sin piedad. Pueden hacer mucho daño y no es fácil reconocer al energúmeno con la máscara. Por esa razón, y para distinguirlos también de las cargas policiales en España, los Krampus van identificados con un número en la espalda.

Cómo extrañaba una dosis de descontrol en la población austriaca. En cierto modo, toda comunidad, por civilizada que sea, lo necesita. Es una buena forma de admitir la herencia ancestral que nos encarna en padres de la divinidad y hermanos de la bestia.

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Dios existe.

 

Dios existe. No es uno, ni trino. Es antropomorfo y tiene muchos nombres. No responde a un obrar, ni tiene un plan. No necesita fieles, ni templos, ni representaciones, ni oraciones, ni normas. Actúa guiado por su naturaleza. Sea como sea, haga lo que haga, diga lo que diga, invade tus entrañas de por vida. Ese dios, esos dioses, esos nombres, están a nuestro alrededor. Los que me conocen saben que tengo un panteón repleto de ellos y que a menudo los alabo diciendo: “Esta tía – o tío- es Dios”.

Mis primeros dioses, como suele suceder, fueron –son- mis padres. Ellos  me iniciaron en esta religión politeísta y sigo su credo desde que soy un niño. Me instruyeron en el único dogma no dogmático sin apenas esfuerzo ni conocimiento. Años más tarde  encontré el concepto que lo nombra, hablo del Humanismo.

En Austria he ampliado esta larga lista de deidades. Hoy, por ejemplo. Uno de los niños con los que trabajo ha tenido un encuentro con su padre . Lo que debería ser un jornada familiar normal, para él –ellos- es una excepción. Las visitas a sus familias las realizan cada quince días y duran sólo el fin de semana. En este caso es aún más complejo. Puede verlo durante cuatro horas y en presencia de una trabajadora social. Después lo he recogido con el coche. Sollozaba, me miraba de reojo. Tras cuatro chistes estúpidos en un alemán macarrónico retomó la compostura y me regaló una sonrisa. Él también es Dios.

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