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San Nicolás y sus colegas

Primera semana de diciembre, fiestas navideñas en Austria. San Nicolás, un hombre de barba blanca, ropaje eclesiástico y bastón de mando, más parecido al Papá Noel yanqui que al citado beato, pasea de cabalgata en cabalgata, y de hogar en hogar, la noche del día seis. A diferencia de nuestros intangibles Reyes Magos (que aquí también vienen en Enero), este señor visita las casas en cuerpo presente ante la atenta mirada de los enanos. Previamente los padres informan al resucitado santo acerca de las andanzas de sus hijos a lo largo del año. Así reprende y felicita, y ellos, los pequeños, aceptan sin responder, porque saben lo que les espera: cacahuetes, regalos, caramelos, mandarinas… y Krampus.

En una tradición católica no puede faltar la personificación del mal. Como una banda de Rock metálico y suburbial, San Nicolás toca a la puerta con su horda de violentos diablos. Son  enormes y peludos, engendro caprino-humano, y les encanta zumbar a la población con una vara. De eso va la cabalgata. Pasean en grupos enseñando sus trajes, terminada la exhibición ¡Sálvese quien pueda! Corren detrás de los presentes atizándoles sin piedad. Pueden hacer mucho daño y no es fácil reconocer al energúmeno con la máscara. Por esa razón, y para distinguirlos también de las cargas policiales en España, los Krampus van identificados con un número en la espalda.

Cómo extrañaba una dosis de descontrol en la población austriaca. En cierto modo, toda comunidad, por civilizada que sea, lo necesita. Es una buena forma de admitir la herencia ancestral que nos encarna en padres de la divinidad y hermanos de la bestia.

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Desde el espejo, la rutina feliz. (Ejercicio telegráfico)

Cada noche lo mismo; de la cama al baño, del baño a la cocina y de la cocina a la cama. Luchas contra la deshidratación del húmedo clima centroeuropeo. Quién te lo iba a decir, vecino del Sahara.

Te adelantas al despertador para liberarlo de sus funciones. Con movimientos  espasmódicos recobras la vitalidad de tus extremidades y planeas las próximas acciones. No sabes si tienes pan, si hay queso en la nevera o suficiente yogur para la taza. Mear antes de vestirse o vestirse antes de mear. Sabes la medida de cada cosa, anímate coño –te dices- sólo tienes que encontrar el orden. Después tendrás tiempo para la improvisación. Navegar en Internet arribando en puertos inusitados, coquetear con nuevos conocimientos y concebir un nuevo post o una nueva conversación con ese muchacho del centro de España.

Si los fantasmas personales te dejaron, dormiste bien y puedes salir a correr. Media hora. Ducha y coger el tren camino al lugar donde trabajas. Golling, el pueblo de montaña donde choca la nube y a veces sale el sol. Quién te lo iba a decir, con tus vientos Alisios y tu lluvia horizontal en Anaga. Llegas pronto, cómo no. Trabajar.  Comes con los niños que llegan del colegio, padres de tu alemán y mártires de tu aprendizaje. Revisas sus tareas, haces las mismas preguntas cada día (recuerdas cuando a ti también te las hacían). Luego enseñas cómo tocar la guitarra, juegas al futbolín, a los dados, a los espadachines; o conduces por carreteras recientemente familiares para comprar comida o recogerlos de sus actividades (recuerdas cuando lo hacían también contigo). Para acabar, la ducha; examinar las uñas, las orejas y los dientes. Manos limpias –nadie las tiene. Tampoco en Austria- y a cenar.  Cuando los delincuentes de colegio se enchufan al televisor, llega la paz y tú dispones el regreso. Tren nocturno, caras de cansancio. La estación de Salzburgo está mojada y en la residencia de estudiantes te espera de nuevo el Telémaco informático o la compañía de los que, como tú, tuvieron su rutina feliz.

A dormir, buenas noches, yo también te quiero.

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Todo lo recuerdo

Cuando le dices a un amigo que te marchas del país para hacer un voluntariado, el primer destino que viene a su cabeza es África o Sudamérica. Por eso, ante la palabra “Austria”, el gesto de sorpresa y la pregunta “¿Qué vas a hacer ahí, si esa gente es rica?” fue la tónica general previa a mi despedida. Mi respuesta se acercó más a un ejercicio de empatía que a una exposición teórica.

Los niños con los que trabajo han sido apartados de sus familias por riesgo de exclusión (adicciones unidas a desempleo prolongado y ausencia de recursos, maltrato, etc.). En Pro Juventute (así se llama la organización) recreamos el ambiente familiar y educamos en civilidad; desde como sentarse a la mesa, hasta cómo tener una buena salud dental o seguir un calendario de vacunación. Intentamos mejorar las condiciones de la población infantil que padece una vida indigna dentro de un país opulento. Una realidad compartida por los países occidentales con economías desarrolladas. Con la diferencia de que algunos, como Austria, tienen un buen soporte para sobrellevarlo, fundado en políticas sociales y el profundo sentimiento nacional de sus empresas. Mi proyecto, como otros tantos, se financia exclusivamente por capital privado.

Quizás no es buen momento para solicitar lo mismo a las empresas canarias y españolas. Aunque me pregunto dónde estaban algunas de éstas durante los años de la burbuja inmobiliaria.  Leyendo los últimos titulares de la prensa, imagino que se encontraban desviando capitales al extranjero, buscando resquicios legales para evadir impuestos o financiando campañas electorales. Pero no se alarmen, estoy sólo fantaseando. No obstante, esas mismas empresas que pudieron participar activamente en un desarrollo sostenible que repercutiría a su vez en sí mismas, nos han pedido, arrinconadas por la avaricia, comprensión y esfuerzo. Yo les respondo con otro ejercicio de empatía.

En fin, que todo lo recuerdo.
Y como todo lo recuerdo,
¿qué carajo me pide usted que haga?
Pero además, pregúnteles.
Estoy seguro
de que también recuerdan ellos.

 Nicolás Guillén.

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Un no parar

En este momento mi cerebro procesa la realidad con retardo. A mi alrededor se suceden cordialmente los estímulos respetando el turno de palabra: primero, la luz; segundo, el color; tercero, la forma… sin embargo, respondo atropelladamente y a destiempo. Reviso tres veces los grifos de la casa, paso de largo mi salida en la autopista, pierdo la mirada y bostezo exageradamente sin reparo. A estas alturas, aunque me cueste comprenderlo (este alrededor parece ajeno), he hallado la razón.  No sé si lo han experimentado. Lo llaman cansancio. Después de diez días trabajando ininterrumpidamente es ineludible.

He estado de vacaciones con los niños de la vivienda en la que trabajo. ¿Todavía no he explicado de qué va esto? Aquí lo llaman WG  (Wohnung Group), vivienda grupal en español. En Austria la atención a la infancia, discapacidad -o capacidades diversas- y mayores es un derecho indiscutible en la planificación económica del país. La inversión tanto pública como privada (sí, aquí las empresas invierten en el futuro de la nación; igualito que en casa) dota de grandes recursos a las organizaciones sociales. En mi caso, se dedica a menores con familias gravemente desestructuradas. Construye viviendas para grupos de ocho niños y niñas hasta los catorce años de edad (luego deben a ir a otro tipo de vivienda grupal) y gestiona, gracias a la labor de psicólogos, pedagogos, trabajadores sociales y personal de limpieza, su educación.

Estos diez días han sido las vacaciones del grupo y hemos estado en el Tirol disfrutando de los lagos y las montañas de la zona. Ha sido tan maravilloso como intenso: caminar mucho, nadar más, jugar exponencialmente y, en los momentos de descanso, cuando los pequeños duermen y sólo queda recoger la cocina –de niño me encantaba seguir a mis padres y a mis abuelas en estas rutinas, establecer contacto con mis compañeros.

Estos menores, como sus familias, carecen de habilidades básicas de ciudadanía. Necesitan aprender normas de comportamiento tanto como socializarse expresando sus emociones con empatía y respeto. Por ello, cada día es una repetición del anterior, exceptuando un mínimo paso hacia delante en su progreso personal. Lentamente esos pequeños pasos construyen su futuro y son nuestra satisfacción.

En resumen, estoy más orgulloso que cansado.

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