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Viaje de San Petersburgo a Moscú

Hacía tiempo que acariciaba la idea de realizar un viaje a Rusia. Hacerlo a bordo de un barco que nos transportara desde la histórica ciudad de San Petersburgo hasta Moscú, navegando a través de ríos y lagos, no parecía una mala opción. Un trayecto este sobre el que escribieron dos de sus más insignes literatos, aunque eso sí, con intenciones muy diferentes a las de este modesto artículo sobre viajes.

Pareja ataviada con ropaje de la época de los zares, frente al  Ermitage, en San Petersburgo

En mayo de 1790, Alexandr Radíschev publicó “Viaje de Petersburgo a Moscú”, donde se criticaba al régimen zarista y se denunciaba la pobreza y sometimiento del pueblo ruso. El junio de ese mismo año, el libro llegó a las manos de Catalina la Grande y el autor acabó encerrado en la fortaleza de Pedro y Pablo y más tarde desterrado a Siberia. Años después, Pushkin, otro destacado literato ruso, empezó a confeccionar un libro -que nunca llegó a terminar-, en el que narraría el trayecto que describía su antecesor, pero en sentido inverso. En la nueva obra, que llevaba por título “Viaje de Moscú a Petersburgo”el autor deseaba contrastar los cambios que habían acontecido entre la realidad rusa vivida por Radíschev y la de su tiempo.

Hace tan solo un mes, me encontraba navegando por el Delta de los ríos Sine y Saloum en Senegal, a bordo de rudimentarias canoas. Así que, ¿por qué no tomarme ahora un tiempo de relax, viajando de una manera más tranquila y sosegada a bordo de uno de esos cruceros fluviales que promueven operadores turísticos y agencias de viajes?

Vista del río desde la cubierta del barco que nos llevaría a Moscú

Me puse en modo “manos a la obra” y como bien dice el refranero: “Del dicho al hecho hay un buen trecho”. En este caso, el buen trecho comenzaba por tramitar visados, elegir fechas, itinerario y otros cuantos requisitos más. Cumplimentados todos los previos, toca viajar en avión hasta Moscú. Una vez allí y tras pasar el imprescindible control de aduanas, hay que recorrer, como ratón en laberinto, pasillos y escaleras metálicas, subiendo y bajando niveles para, finalmente, coger una lanzadera que atravesando la pista de manera subterránea nos lleve desde la terminal internacional hasta otra destinada a los vuelos locales. Una vez allí debíamos embarcar en un nuevo avión que nos transportaría hasta San Petersburgo. Toda una odisea que acabó sin grandes contratiempos.

Salas de embarque en el aeropuerto de Moscú

Tras todo un día entre aeropuertos, controles e incomprensibles carteles con signos cirílicos, llega la noche, y con ella nos trasladamos hasta el puerto de Utkina, a las afueras de la ciudad, donde embarcaremos en la nave que tenemos contratada. Con la llegada del nuevo día, ya instalados en el que sería nuestro nuevo domicilio flotante por un par de semanas, iniciamos con renovada energía nuestros itinerarios por la histórica ciudad de San Petersburgo.

Vista de la ciudad de San Petersburgo desde el campanario de la catedral de San Isaac

Fundada por el zar Pedro El Grande con la intención de convertirla en la puerta de Rusia a Occidente a través del mar Báltico, la nueva urbe comenzó a construirse en el año 1703, sobre una pantanosa zona costera en el Golfo de Finlandia. El clima y las condiciones adversas del lugar ocasionaron un elevado nivel de mortalidad entre los trabajadores y siervos (campesinos) traídos de manera obligatoria por el zar desde las diferentes regiones del Imperio para trabajar en la titánica empresa. Como consecuencia de esta realidad histórica los huesos de los miles de trabajadores que sucumbieron al esfuerzo quedaron entremezclados de por siempre con los cimientos de la ciudad.

Cúpulas decoradas en el interior de la iglesia del Salvador en San Petersburgo

Desde su creación, la ciudad también conocida por su red de canales como la Venecia del Norte ha tenido diferentes nombres: San Petersburgo, Petrogrado y Leningrado. Cada uno de ellos asignado según las diferentes épocas históricas que le ha tocado vivir. Pero a pesar de las vicisitudes experimentadas el lugar ha conseguido mantener todo el esplendor de su pasado imperial, que junto a otros monumentales espacios y edificios de diferentes épocas y estilos, le confieren un aspecto urbano único, que la convierten en la segunda ciudad más importante de la Federación Rusa y una de las más importantes de Europa.

Red de canales de la ciudad de San Petersburgo

Son muchos los lugares que merecen ser visitados en esta extraordinaria metrópolis considerada desde 1990 Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Caminar por sus amplias avenidas, navegar por sus canales o perderse entre callejones y pasadizos es toda una experiencia. La visita a los lugares más emblemáticos es de obligada realización: la Fortaleza de Pedro y Pablo, palacio museo Ermitage, iglesia de la Sangre Derramada, catedral de San Isaac, teatro Mariinski o palacio de Peterhof.

Vista de los jardines y cascadas del Palacio de Peterhof

Tras un par de días deambulando por la ciudad y sus alrededores partimos hacia Moscú. A medida que nos alejamos de la ciudad, el barco en el que viajamos va discurriendo lentamente por las tranquilas aguas del río Neva, entre paisajes repletos de abedules y cúpulas de iglesias rurales con forma de bulbos de cebolla. La vida en estos pequeños barcos —en cuyas cubiertas puedes sentarte a leer y tomar el sol (cuando toque)— transcurre de una manera mucha más tranquila de la que se ofrece en los grandes cruceros marítimos donde todo es aglomeración y exceso de actividades.

Tranquila cubierta en el barco de cruceros fluviales por el río Volga

Durante los días de navegación a través de ríos y lagos visitamos pequeños lugares de gran encanto, tales como Mandrogi una encantadora aldea tradicional rusa con originales casas construidas de madera o la isla de Kizhi en el lago Onega.

Carros de caballos y típicas casas de madera en Mandrogi

Mientras nos aproximamos a esta última observamos con asombro la monumental estructura de la iglesia de la Transfiguración, que con sus 22 cúpulas de madera encastrada destaca sobre el horizonte. Todo un anticipo de las estructuras que podremos admirar durante nuestro recorrido por esta fascinante isla de tan solo 7 kilómetros de longitud.

Monumentales estructuras de madera, destacan sobre el horizonte en la isla de Kizhi

Nuestro itinerario, continua a través del canal que une el Volga con el mar Báltico, una ruta cargada de historia y transitada en otros tiempos por todo tipo de mercaderes venidos de lejanos pueblos y países. Una ruta que aproxima a las dos grandes ciudades rusas. Dos capitales de diferente estructura urbana, donde la rivalidad histórica, ha contribuido finalmente a fusionarlas de manera indisoluble a través de la vía fluvial y cultural que ahora transitamos.

Monasterio de San Cirilo del Lago Blanco, en Goritzy

Durante la ruta hacemos escala en las ciudades de Goritzy, Yaroslavl y Uglich, en las que proliferan los monasterios, iglesias y catedrales ortodoxas. Construcciones de origen religioso que con sus peculiares cúpulas en forma de bulbo, directamente heredadas de la arquitectura mogol, destacan sobre el resto de construcciones. Todo un gratificante paseo por la historia de estas regiones de Rusia que vamos visitando y conociendo. A pesar de que los tiempos de escala no son todo lo extensos que nos gustaría, nos llevamos de cada lugar un agradable recuerdo. Tanto del trato con sus gentes como del disfrute de sus paisajes.

Gente en un parque de la ciudad de Yaroslavl

El viaje va tocando a su fin, pero aún nos queda por visitar la emblemática ciudad de Moscú, capital y centro neurálgico del país. Nos espera la gran metrópolis, con una superficie superior a los 2.500 kilómetros cuadrados y más de 12 millones de habitantes. A medida que nos vamos acercando al puerto de Severnyy Rechnoy navegando por el canal de Moscú, las urbanizaciones con grandes y modernos edificios que surgen a ambos lados del río van sustituyendo a los paisajes rurales y aldeanos que nos han acompañado hasta ahora.

Canal de Moscú y modernos edificios en los barrios residenciales de la ciudad

Moscú sorprende al visitante por sus imponentes dimensiones, monumentalidad arquitectónica y contrastes históricos. Empezando por el Kremlin, la antigua fortaleza junto al río Moscova, lugar desde el que se germinó la actual ciudad y que protege tras sus muros a unas cuantas iglesias (que durante la época comunista fueron usados como graneros). En el exterior, junto a uno de sus rojizos muros, se encuentra la célebre y gigantesca Plaza Roja. Allí, dominando cada lado de la plaza, coexisten emblemáticas representaciones de las diferentes épocas vividas por la ciudad y el país. De un lado, el Mausoleo de Lenin y las efigies de los más destacados líderes comunistas, enfrentados ahora a los grandes almacenes GUM, todo un símbolo del capitalismo que se erige al otro lado de la plaza. Y en el extremo, como arbitro y testigo histórico de estas confrontaciones de signos, la basílica de San Basilio, un espectáculo barroco y multicolor de cúpulas que se alzan hacia el cielo.

Vista del Kremlin de Moscú junto al río Moscova

De esta manera, solo con un primer paseo por el centro histórico se puede constatar el carácter de esta ciudad, donde palacios y fortalezas construidos por los antiguos zares comparten espacio con enormes edificios y monumentos, símbolos inconfundibles de la era soviética. Todo esto entre medio de un renovado y grandioso paisaje urbano, salpicado aquí y allá por las doradas y multicolores cúpulas de las iglesias y catedrales ortodoxas. Estas, pese a las prohibiciones y censuras a las que se vieron sometidas durante el periodo comunista, se han mantenido en pie como velas encendidas por la religiosidad, que de una manera u otra no ha dejado de impregnar el alma del pueblo ruso.

Cúpulas de las iglesias en el interior del Kremlin de Moscú

Pese a esta impresionante grandiosidad, ante la que el ser humano parece empequeñecerse, la ciudad de Moscú se va metiendo poco a poco en el ánimo del viajero, y a medida que la va conociendo más prendado se queda de su calidez y belleza. Museos, catedrales, plazas, parques, avenidas y hasta las estaciones de metro, convertidas en el Palacio del pueblo, como le gustaba llamarlas a Stalin, todo adquiere un gran interés visual y cultural.

Esculturas en la estación de metro de la Plaza de la Revolución

Una ciudad que se ha convertido en el destino de muchos visitantes que la recorren entusiasmados por el día y por la noche, cuando la ciudad engalana sus edificios y monumentos con un derroche de iluminación artificial.

Rascacielos y plazas iluminadas en las noches de Moscú

Me queda la certeza y el deseo de volver a estas tierras eslavas para descubrir nuevos parajes y seguir recorriendo los ya conocidos. Quien sabe si hasta me atreva a hacerlo en invierno. Creo que a pesar del frío valdría el esfuerzo.

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