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Viaje a la reserva natural de Ranthambore

No quería abandonar el estado de Rajasthán sin haber visitado antes una de sus más importantes reservas de animales, el Ranthambore National Park, hábitat de numerosas especies, entre las que se encuentran ciervos, leopardos, osos bezudos, monos, cocodrilos, una rica variedad de aves y, sobre todo, el más célebre de todos sus habitantes, el tigre. Así que, con la intención de visitar este parque, me alojo en un cómodo hotel próximo al parque, y una vez instalado me dispongo a realizar los tratos pertinentes para llevar a cabo mi deseado safari fotográfico por este interesante espacio natural.

El espacio que ahora ocupa el Ranthambore fue en otros tiempos utilizado como coto de caza privado por los maharajas de Jaipur, debido a la abundancia faunística de la zona y por ser un entorno en el que abundaban los tigres de bengala, el más preciado trofeo de caza de la realeza rajastani y de sus posteriores aliados británicos. Esta practica continuada de la caza como “deporte”, unida a las ya más recientes  incursiones de cazadores furtivos, casi acaba con la población de tigres en la zona hasta que en 1973 el parque pasó a formar parte del Proyecto Tigre.

El Parque Nacional de Ranthambore está situado entre los montes Aravali y Vindhya, ocupando una superficie de 275 Kms cuadrados. Elevados riscos, profundos barrancos, lagos y junglas ofrecen un perfecto hábitat para las diferentes especies animales que allí se congregan, pero, sin duda, el tigre siendo su más célebre habitante. Para visitar el parque, que ocupa una superficie de unos 275 Km cuadrados, se organizan safaris en vehículos ligeros 4×4 y en camiones abiertos, también con tracción a las cuatro ruedas, durante los meses comprendidos entre octubre y junio. 

Cuando me disponía a disfrutar del “safari” que previamente había contratado en la agencia de viajes de Jaipur, me encuentro que el vehículo asignado no era un 4×4 ligero como había solicitado, y en su lugar me “meten” en un camión todo-terreno lleno de turistas más interesados en la foto de recuerdo familiar que en fotografiar animales. Un subterfugio este, el de darte gato por liebre, que ya empezaba a resultarme familiar. Parece que el engaño es una arraigada costumbre entre los comerciantes indios.

Antes de iniciar la marcha por la reserva natural, una nube de vendedores de “souvenirs” del Parque Nacional de Ranthambore rodean los vehículos asediando a los ocupantes de los camiones todo-terreno. La cabeza de un tigre figura en todas las camisetas y gorras ofrecidas a los visitantes. Lo más probable es que esa sea la única imagen que llegaran a ver del admirado y esquivo tigre.

Para más contrariedad, el conductor del camión parecía que había aprendido a conducir en alguna pista de carreras local, dada la forma brusca y vertiginosa con que se movía por las polvorientas pistas del Parque. Con ese tipo de conducción era muy difícil poder observar a los animales que nos encontrábamos al paso y mucho menos fotografiarlos, ya que todos salían huyendo con tanto ajetreo y, por supuesto, intentar avistar un tigre era del todo imposible.

En más de una ocasión me tuve que levantar de mi asiento para recordarle con evidente enfado que estábamos en un supuesto “safari” y no en un rally. La verdad, parecía que este alocado conductor no tenía clara la diferencia entre los dos conceptos. Para rematar la jornada nos sorprendió una lluvia monzónica, y dado que viajábamos en un vehículo descubierto la lluvia terminó por empapar a todo el personal, incluido el chófer. Solo yo y mis cámaras permanecíamos protegidos ante la estupefacta mirada del resto de los pasajeros, gracias al oportuno y socorrido chubasquero de bolsillo que suelo llevar en mi mochila de fotos en previsión de estas situaciones.

Al final, solo los monos parecían permanecer observando subidos a las ramas de los árboles este ruidoso tráfico de máquinas y humanos, que dejaban un enorme rastro de tierra y polvo por entre los senderos del parque.

Nada más acabar esa decepcionante experiencia, una vez en el pequeño hotel rural cerca del parque, donde me alojaba esos días, hice que el responsable de la oficina de safaris viniese a verme. Llamadas a la oficina local, llamadas a Jaipur, hasta que, finalmente, a fuerza de insistir y persistir, el encargado apareció. Las excusas y disculpas se sucedían una tras otra: no lo sabían, el conductor era novato, etc, etc, etc.

A la mañana siguiente tendría el vehículo ligero y el guía experto. Esta vez sí, parecía que iba por el buen camino en este segundo día de safari en Ranthambhore. Después de haberle explicado el día anterior mis intenciones con toda claridad a los responsables de la organización, parece que en este vehículo más ligero y con un guía experimentado tendría más posibilidades de conseguir mi objetivo de fotografiar al tigre de Bengala. Una especie amenazada y en peligro de extinción, de la que según rezan los informes, solo quedan 3.500 ejemplares. Tras muchas vueltas por los senderos y pistas del Parque en busca del famoso tigre, por fin dimos con uno. Allí estaba, mostrándose ante nuestros asombrados ojos, majestuoso y desafiante. Durante un buen rato, permaneció entre la maleza mirando indiferente hacia nuestros objetivos, la caza fotográfica, por esta vez y a pesar de todas las vicisitudes, había culminado con éxito.

Wadi Rum, el desierto rojo de Jordania

Wadi Rum, el desierto rojo que se extiende al sur de Jordania, en las proximidades del también Mar Rojo, es un extraordinario paraje natural y protegido, salpicado por escarpadas montañas de arenisca y granito, ante cuya visión no pude más que sentir admiración y asombro. Wadi Rum o Uadi Rum, como se traduciría literalmente del árabe, llegó a ser muy conocido en Occidente por haber sido escenario de la Rebelión árabe ocurrida entre los años 1916 y 1918, en la que participó de manera muy activa un oficial británico de nombre Thomas Edward Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia.

Como dato curioso, cabe mencionar que en recuerdo y honor a las hazañas y la vinculación de este insigne personaje con la región de Wadi Rum, entre las formaciones montañosas de este desierto, destaca una a la que se bautizó con el nombre de Los Siete Pilares de la Sabiduría, en referencia al libro escrito por T.E. Lawrence, donde relata sus experiencias bélicas y humanas. Esta montaña es fácil de localizar, ya que se alza frente al Centro de Visitantes desde donde parten a diario excursiones en vehículos todo-terrenos. Con estos  vehículos, gestionados por la cooperativa de beduinos, se ofrece a los turistas visitas guiadas a los lugares más destacados de la zona.

Vehículos todo-terrenos y formación rocosa de los Siete Pilares

Planeando entrar en Wadi Rum, el desierto rojo

Aunque si alguna vez llegas hasta ahí y decides apuntarte a una de estas excursiones, procura, al menos, aprovisionarte con un buen sombrero o pañuelo que te protejan de la arena. Unas gafas de sol, abundante agua y crema de protección solar, porque aunque los recorridos no se dilatan mucho en horas de travesía, mejor que el calor, la arena y los botes del vehículo, no te cojan desprevenido. 

Vehículo pick-up abierto utilizado por los beduinos para llevar turistas.

En mi caso, y dada mi necesidad de disponer de más tiempo para  realizar fotografías de este espectacular paraje, necesitaba algo más que una mera incursión de un par de horas. Durante mis pesquisas informativas previas sobre el lugar, contacté con una compañía que parecía ajustarse a mis necesidades. 

Vista general de la ciudad de Petra

Durante mi viaje por tierras jordanas, estando ya en la ciudad de Petra, me personé en la oficina de la compañía, y entre sorbos de té a la menta, un poco de inglés de supervivencia y algo de gesticulación internacional, conseguí que tanto el manager como los guías presentes en la improvisada reunión hicieran ademán de que entendían y consentirían las demandas que solicitaba. Sé que viajar con un fotógrafo puede ser en ocasiones muy estresante para guías, conductores y acompañantes en general. Siempre parando donde menos lo imaginan y haciendo cosas que los “turistas normales” ni siquiera se plantean.

Entrando en Wadi Rum, el desierto rojo

A la mañana siguiente, con las primeras luces del día, iniciamos nuestro periplo por los rojizos paisajes de Wadi Rum. Desde el momento en que abandonas el asfalto, y vas adentrándote en el paisaje a través de las rodaderas que otros vehículos han dejado sobre la fina arena, los ardorosos paisajes del desierto comienzan a mostrarte su auténtica inmensidad. Al rato, no puedes sino que acabar reconociendo tu propia pequeñez y vulnerabilidad. Una extraña sensación que te sobrecoge el alma pero que, a la vez, expande tu naturaleza espiritual. Algunos escritores y viajeros han llegado a comparar el desierto con el mar, pero mi propia experiencia me aleja de esta poco fundamentada comparación. Los dos son inmensos, sí, pero son tan diferentes entre ellos, como la propia esencia de sus elementos, uno el agua y el otro el fuego.

A lo largo de mi trayectoria de viajero, he pisado varios desiertos, Sáhara, Thar o Sechura, entre otros, y cada uno de ellos, con una diferente formación geológica y paisajista, que les define. El de Wadi Rum ofrece un rojizo paisaje de arenisca, flanqueado por elevadas formaciones montañosas de granito, que lo convierten en un escenario único y espectacular. Atravesar este espacio es toda una increíble experiencia, un paisaje pleno de colores y sensaciones que además te harán reflexionar sobre la vida y la muerte, la soledad del ser y la grandeza de la naturaleza. Durante el recorrido que hicimos por este desierto pude admirar y fotografiar parajes de extraordinaria y singular belleza, tales como los Siete Pilares de la Sabiduría o los puentes de piedra de Burdah y Um Frouth, unos espectaculares arcos formados por la erosión del viento en las amarillentas rocas del desierto, todo ello, gracias al indiscutible y apreciable conocimiento de la zona que los guías que nos acompañaron demostraron tener.

Arco de Um Frouth, una de las caprichosas formaciones rocosas en el desierto de Wadi Rum

En algunas ocasiones, cuando llegábamos a determinados emplazamientos en los que se podía apreciar la inmensidad del desierto, yo prefería desvincularme del grupo y deambular por la zona, en busca de rincones que fotografiar y, también, porque no decirlo, de esa soledad a veces necesaria para sentir más aún la inmensidad de este tipo de paisajes. Porque, sinceramente, siempre he sentido que para entender y apreciar la quietud de estos desérticos parajes, hay que pararse para mirar y buscar una correspondencia de ánimo, en el interior de uno mismo. Al parecer no era el único que buscaba estos momentos de reflexión. Enfrente tenía encaramado a un peñasco próximo al que yo había subido al amigo Mohammad, uno de los guías, que también parecía disfrutar al contemplar de manera solitaria el magnífico ‘decorado’ que se extendía ante nuestros ojos, momento que aproveché para tomar la fotografía bajo estas líneas.

El hombre se empequeñece, ante la inmensidad del desierto

Recorrer tantos kilómetros bajo el implacable sol supone un considerable gasto de energía, así que al caer la tarde nos dirigimos a uno de los improvisados campamentos que los beduinos tienen distribuidos por la zona. Descansar bajo las lonas de una jaima y tomar un delicioso té es todo un rito ancestral entre las costumbres hospitalarias que aún perviven entre los pueblos árabes, y que bien vale la pena compartir en compañía de estos auténticos habitantes del desierto.

La hora del té en el interior de una jaima

La extraordinaria oportunidad de recorrer algunas de las más sugerentes zonas de Wadi Rum, el desierto rojo, escuchando tan solo el viento mientras busco imágenes entre las luces y las sombras de estos singulares y extraordinarios parajes, ha contribuido enormemente a modelar mi propia esencia profesional y humana, en la misma manera que el naturalista y explorador francés Théodore Monod apuntaba: “El desierto, no es complaciente, esculpe el alma”.

La misteriosa ciudad de Petra, excavada en la roca

Visitar la misteriosa ciudad de Petra era desde siempre uno de los principales objetivos viajeros que deseaba cumplir. Por eso, organicé este viaje a la Jordania legendaria y arqueológica para, de esta manera, sentir, disfrutar y fotografiar de forma directa, las extraordinarias edificaciones excavadas y ocultas entre las rojizas piedras del Valle del Aravá.

La ciudad creada por los Nabateos, un pueblo de origen nómada que habitualmente vivía en sencillas tiendas construidas con piel de cabra, sigue sorprendiendo a todo aquel que la visita. Así mismo debió sucederle a Jean Louis Burckhardt, el aventurero de origen suizo que viajando disfrazado de mercader árabe explorando el interior de África, acabó descubriendo en 1812 la antigua y misteriosa ciudad, oculta en el interior de las montañas, y de la que le hablaban los beduinos que iba encontrando en su camino.

Carros de caballos con turistas entrando al desfiladero de acceso a Petra
Carros de caballos con turistas entrando al desfiladero de acceso a Petra

LA MISTERIOSA CIUDAD DE PETRA

A la ciudad de Petra, oculta durante más de 2000 años entre los desfiladeros y elevaciones de las montañas que se extienden sobre el Valle del Aravá, una frontera natural entre las fértiles tierras de Palestina y las desérticas tierras de Arabia, se accede a través de un angosto y estrecho desfiladero de 1.200 metros de longitud, con paredes que superan los 80 metros de altura y que en ocasiones apenas dejan pasar la luz del Sol. Pero cuando llegas al final del desfiladero, antes de acceder a la zona más amplia e iluminada, se vislumbran los perfiles de la primera construcción, de nombre Al-Khazneh, más conocida como El Tesoro.

Es en ese preciso momento cuando puedes llegar a comprender y experimentar la emoción que debió sentir su descubridor, cuando tras atravesar ese estrecho, con los peligros de emboscada que suponía, se encontró con esta increíble construcción de estilo helenístico, labrada en la piedra, y que, al parecer, sirvió como tumba de un importante rey Nabateo.

Desfiladero, guardia real y fachada de El Tesoro
Desfiladero, guardia real y fachada de El Tesoro

Nada te prepara para tu primera impresión de la misteriosa ciudad de Petra

Tengo que reconocer que, a pesar de toda la información que como es habitual había consultado previamente, y de las numerosas fotos y mapas que estuve visionando antes de viajar a la misteriosa ciudad de Petra, una vez logré atravesar el desfiladero y recrearme con la increíble construcción que se erige en esta entrada principal, no pude dejar de asombrarme a cada nuevo paso que daba. Entre las montañas, se erigían verdaderos conjuntos arquitectónicos esculpidos entre las altas y rojizas rocas, alternando su presencia con otras construcciones de clásicas proporciones, irguiéndose sobre el cauce más llano del barranco.

Los distintos conjuntos dentro del emplazamiento

El Teatro, que podía albergar hasta unas 8.000 personas, y una amplia avenida flanqueada por las columnas próximas a los Templos. También, un extraordinario complejo habitacional, en el que no faltaba el agua. El preciado elemento, imprescindible para la vida, y tan difícil de conseguir en estos desérticos parajes, se obtenía gracias a la construcción de ingeniosos canales y albercas o depósitos subterráneos, creados para almacenar y distribuir el agua de las lluvias por toda la ciudad.

Avenida rodeada de columnas en Petra
Avenida rodeada de columnas en Petra

Mientras deambulaba por entre las ruinas arqueológicas de la antigua ciudad, la principal incógnita que seguía rondando por mi cabeza era la de intentar comprender cómo en un ambiente tan inhóspito, los Nabateos, un pueblo de origen nómada, llegó a construir esta gigantesca metrópoli, en la que se pueden observar los diversos estilos arquitectónicos de la época: romano, griego e incluso egipcio; todo un símbolo de poder y riqueza en medio de tan desolados parajes.

Vista panorámica de zonas de las ruinas de la ciudad de Petra
Vista panorámica de zonas de las ruinas de la ciudad de Petra

Un espectacular secreto escondido en el desierto y que, tan solo 200 años atrás, era la tierra donde moraban los Djinn, unos genios invisibles, a los que las antiguas leyendas del desierto, contadas de generación en generación por los beduinos del sur de Jordania, atribuían la creación de estas fabulosas y misteriosas edificaciones.

Restos de antiguas edificaciones en los áridos paisajes del valle
Restos de antiguas edificaciones en los áridos paisajes del valle

Ascensión hasta Ad-Deir / El Monasterio de la misteriosa ciudad de Petra

Pero a pesar de los genios de las leyendas y del calor sofocante que caía sobre nuestras cabezas, estaba claro que subiría los más de 800 escalones que ascendían esculpidos en las rocas, por escarpados barrancos, hasta la zona en la que se ubica uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad de Petra, el Ad-Deir o Monasterio para conseguir ver y fotografiar esta maravilla.  

Beduinos en camello atravesando el valle
Beduinos en camello atravesando el valle

El Monasterio, es uno de los edificios más importantes del complejo arquitectónico de Petra. Su fachada exterior, esculpida en la roca, mide 48 metros de alto por 47 de ancho. El frontal de la edificación, exhibe un pórtico flanqueado por columnas y en su interior se encuentran dos amplias salas, que durante el periodo bizantino fueron utilizados como capilla cristiana, de ahí el nombre de Monasterio (Deir en árabe). La mayoría de los turistas que acuden a Petra con una excursión programada de un solo día se quedan sin la oportunidad de visitarlo, debido a la lejanía de esta construcción con respecto al resto del conjunto y, también, al escabroso camino de acceso a través de barrancos y nuevos desfiladeros en los que se hace necesario emplear casi una hora en subirlos, según las condiciones físicas de cada cual.

El Monasterio construido en lo alto de una zona montañosa del desértico valle
El Monasterio construido en lo alto de una zona montañosa del desértico valle

Un final memorable de la visita a Petra

Pero llegar hasta allí arriba tenía su recompensa. Un montón de fotografías desde todos los ángulos posibles y un merecido refresco sentado a la sombra, en el improvisado kiosco que los actuales descendientes de los antiguos Nabateos (o así lo afirman los beduinos que allí viven), habían montado estratégicamente frente a la pétrea y colosal edificación. Desde allí, reflexionaba sobre el posible origen de toda esta increíble obra formada por cientos de construcciones, la mayoría de ellas directamente talladas en las paredes rocosas de los escarpados cañones.

Circunstancias, todas las aquí narradas, por las que la misteriosa ciudad de Petra no deja de sorprender a todo aquel que tiene la oportunidad de visitarla y contemplarla.