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Turismo de altos vuelos en el Friuli italiano

Imagínate viajar de un país a otro, volando y sin tener que soportar controles de aeropuerto, desembarques de equipaje, ni listas de espera y que además de estas ventajas, tu avión aterrice en la misma puerta del hotel en el que te vas a alojar. Pues todas estas ideales situaciones, son la realidad que disfrutan muchos de los viajeros que acostumbra hospedarse en el Agriturismo  Al Casale, una granja con campo de aviación ubicada en la llanura del Friuli, en la localidad de Codroipo, convertida en destino de muchos audaces viajeros que a bordo de sus propias aeronaves, sobrevuelan Europa.

Agriturismo de Al Casale, visto desde el aire

Los datos históricos de esta antigua granja construida en el siglo XVII, nos trasladan hasta la existencia de una pequeña capilla dedicada a la Virgen de Loreto, posteriormente transformada en iglesia por un grupo de frailes peregrinos que asentados en la zona, construyeron junto a la antigua capilla un monasterio, desarrollaron una granja agrícola y campos de cultivos de vid. En la actualidad, gracias a los extraordinarios trabajos de restauración que han llevado a cabo la familia Parussin, la finca construida en L y con un patio y pozo en el centro, sigue conservando el estilo arquitectónico rural de la época renacentista. Incorporar una pista de aterrizaje en las extensas tierras de su alrededor, es sin duda un novedoso concepto hotelero, que permite a pilotos y tripulación de ultraligeros y helicópteros, encontrar en estas instalaciones un lugar donde alojarse y avituallarse con toda comodidad y confort.

Torre de control y campo de aterrizaje en la finca de agriturismo.

Durante un memorable tiempo, esta histórica y sorprendente instalación fue mi residencia habitual en el norte de Italia. Había llegado a la región del Friuli-Venezia-Julia, para trabajar como fotógrafo para Enel, una de las más importantes compañías eléctricas de Italia. Mi labor consistiría en fotografiar las lineas de media tensión desde un helicóptero, para detectar fallos y roturas en las instalaciones de la red. Así que cada mañana, al despuntar el día y tras un copioso desayuno en uno de los comedores de la Hacienda, ingeniero de vuelo, piloto y fotógrafo dirigíamos nuestros pasos hasta la pista de aterrizaje, ubicada en la trasera de esta extraordinaria granja. Allí, nos esperaba el mecánico con el helicóptero listo y cargado de combustible. Finalizadas las comprobaciones habituales y obligatorias antes de iniciar un vuelo, comenzaba nuestra jornada de trabajo.

Sandro controlando el tráfico aéreo desde la pequeña torre del campo de aterrizaje

Desde la pequeña torre de control situada a un extremo del campo, Sandro nuestro anfitrión y experimentado piloto, nos autorizaba para el despegue. A medida que ascendíamos, la granja y los ultraligeros de vivos colores estacionados en los márgenes de la pista de aterrizaje se iban empequeñeciendo y los paisajes de llanos, ríos  y montañas, comenzaban a desplegarse bajo nuestra mirada. En esos momentos, como cada mañana se esbozaba una amplia sonrisa en nuestros rostros, mientras la adrenalina recorría nuestros cuerpos. Nos sentíamos unos privilegiados por poder ganarnos el pan con esta dura pero fascinante ocupación. Seguir el trazado de las líneas eléctricas, volando a baja altura no era tarea fácil para ninguno de los tres. La concentración y la coordinación de todos nuestros movimientos, para llevar a cabo el seguimiento de cada línea, era esencial. Perseguir y fotografiar los postes y torres que en interminables hileras se extendían por campos, pueblos y ciudades, precisaba de toda nuestra atención, aunque debo confesar que con el tiempo aprendí a aprovechar cada segundo entre foto y foto para admirar los extraordinarios paisajes que se extendían bajo mis pies.

Fantásticos paisajes alpinos contemplados desde el aire

Cuando nos tocaba seguir las lineas que atravesaban las formaciones montañosas de los Alpes, la cosa se ponía mucho más difícil. Maniobrar un helicóptero en ascenso o descenso en vuelo paralelo sobre las escarpadas laderas requería de mucha pericia y aplomo, tanta como la que siempre demostraba Augusto, nuestro piloto. Desde mi posición en la parte trasera de la nave y con la puerta abierta, tenía una visión tan directa que a veces tenía la sensación de poner tocar las copas de los árboles con mis manos. Como la duración máxima de cada vuelo no debe exceder de las 2 horas hacíamos tres vuelos y dos pausas diarias. Nuestro mecánico desde tierra se encargaba cada día de localizar un emplazamiento para que pudiéramos aterrizar, y allí nos esperaba para indicar las maniobras de aterrizaje, revisar y repostar la nave y proveernos de agua y bocadillos. ¡Grande el trabajo de estos mecánicos!

Aterrizábamos en medio de los bellos escenarios, que nos ofrecían los Alpes Julianos

Al finalizar cada jornada regresábamos a la base. Allí confraternizábamos con el personal de Al Casale, con los pilotos de ultraligeros locales, que guardaban sus naves en los hangares de la finca, y con los visitantes tedescos -nombre con el se designa en Italia a los pueblos de origen germánico-. Estos últimos, pilotos y acompañantes, venidos principalmente desde Austria y Alemania, llegaban hasta la zona atravesando los Alpes en sus ligeras aeronaves, y también lo hacían esbozando esa sonrisa propia de los que viven sus propias aventuras, sin miedo, y sabiendo que compartían la visión de los Dioses, en cada vuelo. La mayoría de ellos eran profesionales libres, que aprovechaban su tiempo vacacional, para deambular de un lado para otro a bordo de sus máquinas voladoras, conocidas en el mundo aeronáutico como ultraligeros.

Precioso ultraligero en uno de los hangares de Al Casale

Unos aviones deportivos muy similares a las avionetas, pero de menor peso, y provistos de motores con escaso consumo. Los ultraligeros, deben volar por debajo de los 300 m  sobre el nivel del suelo y de manera visual, es decir desde el amanecer hasta el ocaso. Las licencias para volar con estos aparatos son mucho más asequibles que para las aviación deportiva tradicional, y por lo general, estas aeronaves no necesitan rellenar ningún plan de vuelo, ni ponerse en contacto con las torres de control, siendo de la propia responsabilidad del piloto el evitar la aproximación a otras aeronaves y el sobrevolar zonas urbanas.

Vista del patio exterior de la finca, donde nos reuníamos para cenar cada noche

A la hora de la cena los miembros de la familia y los empleados de la casa con Sandro a la cabeza, como si de un señor feudal se tratara, compartían una larga mesa con todos los que allí nos hospedábamos. Montada en el patio exterior, junto al pozo, rodeada de árboles e iluminada con tenues luces de tungsteno, la escena se ofrecía idónea para disfrutar de las exquisitas y abundantes especialidades culinarias, con las que los anfitriones nos brindaban cada noche. Entre bocado y bocado, los comensales situados a un lado y otro de la mesa,  como si de una gran familia se tratara, compartíamos las vivencias del día, y el buen vino. Intercambiando historias, anécdotas y fotos. Aún recuerdo aquellas fantásticas imágenes que alguno de ellos me mostraron, en las que se habían fotografiado de manera subjetiva, a los mandos del ultraligero, mientras sobrevolaban los Alpes o acampados con un pequeño vivac, junto a su máquina voladora y una fogata. De esta manera, culminábamos siempre nuestra jornada, entre entusiastas conversaciones en las que se mezclaba italiano, español, alemán e inglés, y al contrario de lo que debió suceder entre los constructores de la bíblica Torre de Babel, en estas reuniones alrededor de la mesa, prevalecía la concordia y la camaradería, entre unos peculiares personajes a los que nos unía el gusto de “andar por las nubes”.

Los pilotos realizando labores de mantenimiento en sus aeronaves

Con la llegada de cada nuevo día, comenzaba de nuevo la actividad en el Agriturismo de Al Casale. El personal de la granja, se ocupaba de los animales, los servicios de habitaciones, restaurante, y cocina, se afanaban en que todo este estuviese a punto, para una nueva jornada. Los pilotos “tedescos” comprobaban que todo estuviera listo en sus aeronaves para volar. Algunos de ellos ya regresaban a casa, a la vez que otros recién llegados, aterrizaban y ocupaban con sus ligeras y coloridas naves, los estacionamientos libres junto a la pista.

Nosotros, subidos a nuestro helicóptero amarillo y con los rotores en marcha, iniciábamos un nuevo día de vuelo siguiendo las líneas eléctricas, que nos llevaría a través de los paisajes y pueblos de esta bella región del noreste italiano. Una región que abarca desde las altas montañas de los Alpes Julianos, hasta las costas del Adriatico.

Vista aérea del pueblo de Erto, construido en las laderas de las montañas

Poder visualizar estos bonitos parajes era todo un privilegio. Los pueblos construidos en las laderas de las altas montañas eran todo un espectáculo vistos desde el aire. Cosa que también parecían saber sus propios habitantes. En ocasiones cuando tomábamos tierra para cumplir con las obligadas pausas en alguna explanada cercana a uno de estos pueblos, se nos acercaba la gente preguntando por el precio del vuelo. La primera vez que oí esta pregunta me llamó mucho la atención el que la gente estuviese interesada por el costo de los vuelos, hasta que el piloto me explico que en la zona habían helicópteros que en ocasiones iban de un lado a otro, ofreciendo vuelos sobre los pueblos y sus alrededores, a cambio de un determinado precio. Al oir esto, me vinieron a la memoria los personajes de “Nada es Azar”, una novela escrita por Richard Bach (autor de Juan Salvador Gaviota) en la que narraba y filosofaba sobre las peripecias de dos pilotos errantes que viajaban sobrevolando las zonas rurales de Estados Unidos, ofreciendo paseos aéreos sobre pueblos y granjas a cambio de dinero para combustible y comida.

Vistas aéreas de los pueblos de montaña

En cierta manera, lo que nosotros hacíamos se asemejaba un poco con este tipo de vida que llevan los viajeros errantes. No paseábamos a los aldeanos, pero hacíamos fotos a los postes de las líneas eléctricas a cambio de dinero para seguir volando, comiendo y viviendo nuevas experiencias.

Bergen, puerta de acceso a los fiordos noruegos

Visitar los fiordos noruegos, un paisaje que ha sido reconocido como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, es una de esos cosas que todo viajero de pro parece tener en su lista de deseos. Bergen, no es solo una de las ciudades más importantes de Noruega, sino uno de los lugares ideales desde done partir a explorar los fiordos.

Tal vez, la manera más autentica de cumplir con esta viajera aspiración, sería la de hacerlo por las sinuosas carreteras del interior del país, fuera de la época estival. Cuando la cada vez mayor afluencia de visitantes que llegan hasta estos lares, en los más indulgentes y cálidos meses de verano, es prácticamente inexistente. No cabe duda que moverse por estos lejanos y solitarios parajes, cubiertos de nieve y de hielo, nos hará conectar de manera muy directa con la propia naturaleza del lugar. Pero para ello tendremos que soportar los cortes de comunicación y las bajas temperaturas propias de las épocas no estivales, a pesar de que los noruegos proclamen que “no existe el frío, sino ropa inadecuada” -según pude leer en algún rincón de la red-.

Crucero navegando por el interior de los fiordos noruegos
Crucero navegando por el interior de los fiordos noruegos

En consecuencia, para esta primera toma de contacto con los fiordos elegí hacerlo navegando a bordo de uno de esos cruceros que operan en la zona, desde los meses de mayo hasta septiembre, cuando el clima es algo más benevolente. Viajar en crucero no es algo que me entusiasme demasiado y mucho menos a bordo de esos barcos gigantes, que como consecuencia directa del afán de los armadores por llevar más pasajeros, acaban convirtiéndose en monstruosos “parques temáticos flotantes”. Siempre abarrotados de gente que ocupan de manera masiva cada rincón del barco, ofreciendo así un panorama muy alejado de la sosegada e idílica imagen que se muestra en los catálogos y folletos publicitarios de las compañías. 

Navegando por los fiordos de la costa noruega
Navegando por los fiordos de la costa noruega

Sin embargo, estos viajes en crucero tienen otras ventajas que me parecen interesantes. Poder moverme de un punto a otro con el “hotel” a cuestas, sin tener que mover equipajes en cada desplazamiento o visitar diferentes lugares alejados entre sí en poco tiempo, gracias a la navegación nocturna. Son para mí dos de las más destacadas ventajas. Suficientes para que, en esta ocasión, me decidiera por utilizar este medio de transporte. Absorto en estas reflexiones sobre el medio en el que viajo, para llegar hasta los fiordos de Noruega, observo con atención —asomado al balcón de mi camarote— a las gaviotas que acompañan al barco, avisando con sus graznidos de la proximidad a tierra firme.

Las gaviotas nos recuerdan la proximidad a tierra firme
Las gaviotas nos recuerdan la proximidad a tierra firme

LLEGADA A LA CIUDAD DE BERGEN

Llegamos a la población costera de Bergen, la ciudad noruega más importante y grande tras Oslo. Tiene fama de ser la ciudad más bonita de toda Noruega y un punto estratégico desde el que parten los viajeros que se dirigen al norte para internarse en la región de los míticos fiordos; esos estrechos valles costeros excavados entre las altas formaciones montañosas por la acción de los glaciares. Está construida sobre un valle rodeado de montañas a las que se las conoce como las “siete montañas” (syv fjell), nombre con el que las bautizó el dramaturgo e historiador Ludving Holberg en un intento de establecer paralelismo simbólico con las ‘siete colinas de Roma’. Bergen comenzó a adquirir gran importancia a principio del siglo XII gracias al comercio del bacalao. Muchos mercaderes de origen frisio y germano pertenecientes a la Liga Hanseática, red de comercio surgida entre las ciudades del norte de Europa-, se establecieron allí. 

Vistas y ambientes de la ciudad de Bergen

En la actualidad, el puerto de Bergen, además de seguir conservando un destacado movimiento de productos y mercancías a través de las rutas marítimas que lo enlazan, es reconocido y promocionado como la puerta de acceso a los fiordos, circunstancia por la que ha acabado convirtiéndose en el mayor puerto de cruceros de Noruega y uno de los más importantes de Europa. El barco en el que viajaba había llegado a puerto y ya estaba deseando desembarcar, para disfrutar de todos los lugares que, de manera previa, había localizado a través de publicaciones, mapas y la página de la propia Oficina de Turismo de la ciudad.

Funicular que asciende hasta el monte Floyen
Funicular que asciende hasta el monte Floyen

CALLEJEANDO POR BERGEN

En la Oficina de Turismo, desde el primer momento, atendieron de manera amable y eficaz todas mis consultas y solicitudes de  información sobre el lugar y su entorno. Sí, definitivamente, hay muchas cosas para ver y disfrutar en esta pintoresca e histórica ciudad.Subir al monte Floyen en el funicular era mi primer objetivo. Lo más acertado es acudir a primeras horas del día, antes de que la aglomeración de visitantes se extienda por la calle anexa a la estación en forma de largas e interminables colas. Desde el amplio mirador que corona el monte se vislumbran interesantes vistas panorámicas de toda la ciudad. Tras un paseo por los entornos del mirador, emprendemos el regreso a la ciudad, pero evitamos el funicular que ya empieza a colapsarse, y lo hacemos por un agradable camino que, entre arboledas con vistas de la ciudad, nos conduce de nuevo al puerto.

Vista del puerto y de la ciudad de Bergen, desde el mirador del monte Floyen
Vista del puerto y de la ciudad de Bergen, desde el mirador del monte Floyen

Tras callejear un rato por las zonas residenciales de blancas casas de madera, asentadas en las laderas del monte, nos dirigimos ya en la zona del puerto, al viejo barrio de Bryggen, que con sus viejas casas de madera de principios del siglo XVIII constituyen una de las obligadas visitas de Bergen. Sin duda, este pintoresco barrio y sus coloridas casas de madera se ha convertido en uno de los rincones más destacados y visitados de la ciudad. Un espacio en el que poder disfrutar de restaurantes y terrazas o pasear visitando las tiendas de artesanía y moda allí ubicadas.

Típicas casas de madera en el barrio de Bryggen
Típicas casas de madera en el barrio de Bryggen

EL MERCADO Y OTROS PUNTOS DE INTERÉS

La visita a la Lonja de pescado se hace obligada e imprescindible, un mercado abierto al puerto que sirve de punto de encuentro entre la vieja y la nueva ciudad de Bergen. Muy visitado por los turistas, en este mercado de pescado podrás disfrutar de exquisitos platos con pescado fresco, mariscos e incluso de unos peculiares embutidos de carne de reno o ballena, servidos en cualquiera de sus improvisados restaurantes callejeros al aire libre. Tras deleitarnos con los productos del mar, seguimos paseando por esta atractiva ciudad. La Torre de Rosenkratz, la catedral de San Olav, el Teatro Nacional, la iglesia vikinga de Fantoft y otros muchos espacios, completarán nuestra visita antes de partir rumbo a los fiordos.

Puestos de venta de pescado y mariscos en el Mercado de Pescado de Bergen
Puestos de venta de pescado y mariscos en el Mercado de Pescado de Bergen

RUMBO A LOS FIORDOS

Dejando atrás el puerto de Bergen, el barco navega tranquilo, camino de las profundas gargantas de los fiordos que bordean de norte a sur todo el país. Desde la cubierta podemos admirar estos increíbles y monumentales paisajes, que como elevados muros aparecen ante nuestros ojos. El fiordo de Geiranger, con 15 kms de longitud y una anchura máxima de 1,5 kms, es nuestro destino. Impresiona ver como colgando de las empinadas laderas, aparecen rústicas viviendas, ejemplo de la tenacidad y voluntad de los hombres que se han esforzado por sobrevivir en un terreno tan dificultoso. Durante el recorrido visitamos el pueblo de Hellesylt y admiramos las famosas cascadas que caen verticalmente sobre los acantilados, conocidas como ‘las siete hermanas’, el pretendiente o el velo nupcial. 

Navegando por los fiordos entre cascadas
Navegando por los fiordos entre cascadas

Llegados a Geiranger, desembarcamos en lanchas hasta el pequeño embarcadero del pueblo, y desde allí ascendimos por la carretera hasta el mirador de Flydalsjuvet, desde el que se pueden apreciar espectaculares panorámicas del lugar. Algunas fotos más tarde, seguimos la ruta que nos llevaría hasta el lago de Djupvatnet y finalmente hasta uno de los miradores más conocidos y visitados de la zona. Me refiero al mirador situado en lo alto de la montaña de Dalsnibba, a 1500 mts de altitud, desde el que se vislumbra un impresionante paisaje, que justifica todo el esfuerzo soportado.

Vista del fiordo y barcos de cruceros
Vista del fiordo y barcos de cruceros

DEJANDO ATRÁS LOS FIORDOS

El viaje continua y otros destinos nos esperan en nuestro recorrido, pero sabemos que Bergen y los fiordos permanecerán en nuestra memoria y en nuestro deseo de volver a visitarlos. Tal vez con un nuevo y más intenso plan de viaje que nos permita adentrarnos un poco más en la esencia de estos increíbles paisajes y poblaciones.

Vistas de los fiordos de Geiranger

Estoy seguro, de que cuando regrese a casa echaré de menos, no despertarme en un nuevo puerto cada día, descubriendo nuevos paisajes y culturas, tal como he venido haciendo en estos últimos días.

Eu amo Lisboa

La primera vez que viaje a Lisboa lo hice como fotógrafo para una compañía discográfica venezolana que deseaba promocionar uno de sus cantantes de salsa, con una gira por Europa. Y aunque en esa ocasión por razones del propio trabajo no pude dedicar mucho tiempo para conocer la ciudad, lo poco que pude ver, me pareció muy interesante.

Vista de la ciudad desde el castillo de San Jorge

Desde esa primera incursión iniciática, he seguido visitando la ciudad en otras nuevas ocasiones. Estas otras incursiones han sido propiciadas por diferentes y variados motivos. Pero lo que ha permanecido inalterable, es mi atracción por este histórico emplazamiento luso, a pesar de que en los últimos tiempos he venido comprobando que también esta sufriendo las consecuencias del fenómeno conocido como gentrificación.

Modernos edificios y estructuras en el Parque de las Naciones

Lisboa es una ciudad con vocación modernista, y pruebas de ello las tenemos en las nuevas obras de ingeniería y arquitectura que se suman al paisaje urbano de la ciudad, como es el caso del moderno distrito surgido alrededor del Parque de Las Naciones. Pero a pesar de esta apuesta por la modernidad, Lisboa sigue teniendo ese encantador aire decadente que nos traslada a la época de las colonias. En muchas ocasiones, mientras camino por entre sus calles y plazas, tengo la sensación de estar recorriendo algunas de las ciudades de nuestra América del Sur. La arquitectura, la distribución de sus calles y una exuberante vegetación en la que abundan las palmeras, me hacen recordar ciudades de Cuba, Brasil o Ecuador.

Iglesia de San Vicente de Fora y cúpula del Panteón Nacional

La ciudad de Lisboa, asentada en el estuario del río Tajo, con una superficie de casi 3.000 kilómetros cuadrados y una población que supera el medio millón de habitantes, cuenta con numerosos vestigios arquitectónicos y monumentales, reminiscencias de su esplendoroso pasado colonial y de la proyección mundial que tuvieron los portugueses a través de sus marinos y conquistadores.

Monumento a los Conquistadores, en el barrio de Belém

La ciudad está distribuida en distritos o barrios, siendo los de Belém, Alfama, Chiado, Baixa y Barrio Alto, los más conocidos y populares. La mejor forma de conocerlos, sin duda, es a pie, pero dado lo elevado de las colinas circundantes en las que se encuentran algunos de los asentamientos y las largas distancias entre algunos de los diferentes distritos, se recomienda hacer uso de los transportes públicos, ya sean los típicos y peculiares tranvías, el metro, los autobuses o los taxis, cuyas tarifas son relativamente bajas.

Tranvía estacionado en la Plaza del Comercio, centro neurálgico de la ciudad

También, se puede hacer uso de los autobuses de recorrido turístico basados en el sistema “hop-on hop-off”, que te permiten desplazarte hasta los enclaves de mayor interés, realizar la visita a tu aire y retomar el servicio de la línea cuando te apetece. En Lisboa existen actualmente tres líneas, CitySightseeing y Cityrama con autobuses de color rojo que salen desde la plaza del Marqués de Pombal y la tercera línea con autobuses de color amarillo de nombre Yellowbus que, además de ser un servicio oficial, ofrece a mi entender mucho más agilidad en sus líneas y combina en el mismo ticket, sus servicios con los tranvías que circulan por las estrechas y empinadas calles del casco histórico, en los que podrás desplazarte hasta los barrios más carismáticos de la ciudad.

Histórica y emblemática Torre de Belém, a orillas del río Tajo

Torre Vasco de Gama, monumento a los Conquistadores, Monasterio de Los Jerónimos, Torre de Belém, Castillo de San Jorge, Catedral de Sé… Así podríamos seguir enumerando una larga lista de iglesias, edificios, plazas y monumentos repartidos por la toda la geografía urbanística de la ciudad, por los que Lisboa merece ser recorrida de un extremo a otro sin olvidarnos, claro está, de sus dorados atardeceres.

Puente 25 de Abril, sobre las aguas del río Tajo

Los paseos en barco por el río, las extensas playas cercanas, las exquisitas recetas gastronómicas, sus famosos pasteles de Belém, los Fados, el talante tranquilo y hospitalario de sus gentes,… Todos estos ingredientes, y más, contribuirán a que el visitante se sienta atraído por este enclave lusitano asomado a las orillas del Atlántico, de tal manera que pueda llegar a sentir en propia piel la expresión que da nombre a este artículo: “Eu amo Lisboa” (Yo amo a Lisboa).

Vista del barrio de Alfama al atardecer

Definitivamente diré, que con cada nueva visita más me adentro en su sentir callejero del día a día, y más me enamoro de esta ciudad que ya hace tiempo que forma parte de la lista de ciudades que no me canso de visitar.

Cazando los tranvías de Lisboa

En Lisboa, los tranvías además de ser un medio práctico de transporte urbano también han llegado a convertirse en uno de los más reconocidos atractivos de la ciudad, ya que la mayoría de las líneas del centro histórico siguen conservando unos vehículos de diseño tradicional y nostálgico que atrae la mirada y las cámaras de los visitantes. La visión de estos coloridos tranvías circulando por las estrechas calles o ascendiendo y descendiendo por las empinadas vías que enlazan los diferentes barrios de la ciudad, mientras alertan de su paso a los sorprendidos y despistados peatones con el repicar de su campana, nos trasladan a otra época.

Tranvía estacionado en la parada de la centrica plaza del Comercio

La red de tranvías de Lisboa está dividida en cinco rutas y cuenta con una flota de 58 vehículos o “carros eléctricos”, como los conocen los lisboetas, de los cuales 40 son tranvías de madera que aún mantienen el carrozado tradicional. Las líneas de “eléctricos” más conocidas y usadas por los turistas son la 28 y la 15. Ambas recorren el centro de la ciudad con frecuentes paradas en los más importantes tramos del recorrido. La línea 28 efectúa un largo recorrido a través de los barrios más importantes del centro histórico, Graca, Alfama, Baixa, Chiado, Barrio Alto y la línea 15 con vehículos más modernos y menos pintorescos, hace el recorrido hasta el importante Barrio de Belém, donde se ubican gran parte de los monumentos más importantes de la ciudad, como el Monasterio de los Jerónimos, la Torre de Belém y el monumento a los Conquistadores.

Tranvías circulando por los más emblematicos rincones de la ciudad de Lisboa

Los tranvías de Lisboa han llegado a convertirse en uno de los símbolos más representativos  de la ciudad, su peculiar imagen, aparece en libros, postales, productos de souvenirs, anuncios, en los cuadros de los artistas callejeros y, si te descuidas, detrás de ti… Conviene estar siempre muy atento.

Tranvía circulando frente a la Asamblea de la República, en el barrio de Sao Bento

Debo confesarles que la imagen de estos pequeños y románticos tranvías circulando por las calles de Lisboa, repletos de turistas, me atrapa y fascina, hasta el punto de que no había día que caminara por las calles de Lisboa sin acabar  persiguiendo a alguno de estos “carros” por las estrechas callejuelas.  En ocasiones, cuando encontraba un escenario que me atraía, esperaba pacientemente cámara en mano hasta que pasara alguno de estos singulares tranvías por el lugar que ya tenía encuadrado de antemano para “cazarlos”.

Tranvía circulando por las calles del Barrio Alto

La verdad es que con mi proceder, debía ofrecer una extraña imagen a quienes casualmente se tropezaran conmigo, porque si bien es verdad que cada vez son más los turistas que utilizan la fotografía como medio testimonial de los lugares que visitan para luego exhibirlas en los foros y redes sociales, estos actúan como si la cámara o el móvil fuesen una prolongación de sus ojos y, por regla general, disparan a todo lo que se mueve, sin tener demasiado en cuenta otros factores de luz, composición o tiempos.

Turista haciendo fotos a un tranvía en Barrio Alto

Y aunque existen otros grupos minoritarios de turistas aficionados a la fotografía de viajes, que equipados con caros y sofisticados equipos, muestran algo más de interés por esta disciplina, y que cuando estoy haciendo fotos, merodean por la zona con disimulo y “zas” disparan sobre la escena hacia la que estoy apuntando con mi cámara. Al parecer, en estas ocasiones,  ninguno de ellos llegaba a mostrar el interés suficiente,  para superar la incómoda y larga espera necesaria para “cazar” fotos de tranvías en las calles de Lisboa.

Tranvías en la céntrica plaza de Figuiera

Si lo pienso bien, esto de ir de un lado para otro con la cámara a cuesta es cada día más difícil, pero me gusta, así que siempre que viaje a Lisboa seguiré recorriendo sus asombrosos barrios del casco antiguo atento a la caza de nuevas imágenes de estos, convertidos ya en símbolo universal de la ciudad.

Isla de Malta: histórica y mediterránea

El trasiego de jóvenes que acuden cada temporada para estudiar inglés en Malta, junto a la continua afluencia de cruceros cargados de turistas, están convirtiendo el archipiélago maltés, en uno de los enclaves más visitados del Mediterráneo. El clima suave, la huella de la historia presente en cada uno de sus rincones y la herencia cultural visible en las costumbres y tradiciones de sus pobladores, hacen de la isla un enclave muy atractivo para aquellos que la visitan. Ya seas un estudiante que aprovecha la ocasión para aprender idiomas y descubrir nuevos destinos, un crucerista o un empedernido viajero en busca de nuevas experiencias, te aseguro que la isla de Malta, no te va a dejar indiferente.

Barcos en uno de los muelles de La Valeta, capital de Malta.

Aún recuerdo la magnífica impresión que desde la proa del barco en el que viajaba, me causó la vista de los múltiples puertos y embarcaderos que asomaban en cada rincón de la intrincada y laberíntica bahía de La Valeta, capital de la república de Malta. Mientras, el color amarillento de la piedra caliza con la que se construyeron los altos muros de defensa y los edificios de la ciudad, impregnaba el singular paisaje que ahora se ofrecía ante mi asombrada mirada.

Barco de pesca y vista de la ciudad de La Valeta

La estratégica situación geográfica de la isla en medio del Mediterráneo motivó que fuese poblada y conquistada una y otra vez por las diferentes civilizaciones que poblaron las regiones continentales más cercanas. Fenicios, cartagineses y romanos dejaron su huella y cultura en las pequeñas islas. Más tarde, bizantinos, vándalos, árabes y normandos sicilianos se disputaron el territorio. La isla junto a la de Sicilia, también estuvo bajo el dominio de la Corona de Aragón, hasta que en 1530 el rey Carlos I la cedió a los Caballeros Hospitalarios, más conocidos como los caballeros de la Orden de Malta, que junto a la Santa Liga formada por España, Venecia y Génova lograron detener el avance turco.

Barcos y amarillentos edificios de caliza, se asoman al frente costero de la ciudad.

Fue en este convulso periodo cuando se construyó la ciudad fortificada de La Valeta, que tanto me impresiono y que más tarde acabaría ocupando Napoleón Bonaparte en su viaje a Egipto. Con el tiempo, los malteses se rebelaron contra los franceses y fueron los británicos los que tomaron el control, convirtiendo el archipiélago en su protectorado, hasta septiembre de 1964, en que Malta proclamó su independencia.

La enumeración de estos datos y acontecimientos históricos, se hace casi necesaria para poder entender el carismático ambiente que el visitante se va a encontrar durante su visita a la isla de Malta. Pasear por las estrechas calles de La Valeta, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, es caminar por escenarios anclados en la memoria de la Historia. Desvencijados edificios de los que sobresalen curiosos balcones de madera, normalmente pintados de verde, junto a las altas murallas defensivas, restos del tumultuoso y conflictivo pasado de la ciudad, completan el decorado de tan peculiar emplazamiento.

Herméticos y descuidados balcones de madera, asoman en las fachadas de piedra caliza.

Además de La Valeta, se hace interesante visitar la ciudad amurallada de Mdina y algunos otros puntos del interior de la isla. Para esta pequeña incursión nada mejor que usar el medio de transporte público más singular de la isla: los legendarios autobuses de color amarillo y naranja, decorados a la manera oriental que presupongo herencia de las culturas musulmanas y con el volante a la derecha, legado británico indiscutible.

Peculiares autobuses de transporte público en la isla de Malta.

Viajar en uno de estos llamativos autobuses, es toda una experiencia que recomiendo a cualquier viajero que visite la isla. Solo observar a los diferentes tipos de pasajeros que hacen uso de estos transportes mientras te trasladas rumbo a tu nuevo destino, bien merece el paseo.

Sicilia, isla histórica y legendaria

Es muy frecuente que al pronunciar el nombre de Sicilia nuestro interlocutor lo asocie de inmediato con imágenes e historias de la “mafia”. La mayor parte de ellas, introducidas en la memoria colectiva por la industria del cine y la televisión.

Aunque, para sorpresa de todos los que la visitan, Sicilia, la isla más grande del Mar Mediterráneo, ofrece mucho más que estas historias sobre la mafia. La isla se muestra como una tierra en la que abundan los vestigios arquitectónicos y culturales heredados de los múltiples pueblos que en diferentes épocas de la Historia la conquistaron y poblaron.

Templos griegos, villas romanas, mezquitas y catedrales normandas, aparecen repartidos por la geografía de esta isla mediterránea, permaneciendo hasta nuestros días como testigos fieles de la impronta cultural dejada por fenicios, griegos, cartagineses, romanos, germánicos, bizantinos o normandos. Una historia repleta de invasiones, conquistas y reconquistas, que junto a la insularidad y a lo intrincado de su geografía, han modelado a través de los tiempos el peculiar carácter de sus gentes que orgullosamente anteponen su identidad y cultura siciliana a la de la propia nación italiana a la que pertenecen.

Adentrarse en los ambientes humanos de esta isla de cinco millones de habitantes compartiendo, aunque solo sea por un momento, el modo de vida sus habitantes es una experiencia absolutamente recomendable. Son numerosos los pueblos y paisajes que con su carga de historia, tradiciones y leyendas, convierten el viaje a Sicilia en una instructiva aventura.

Palermo, la capital de la isla, es una de las visitas imprescindibles. La antigua ciudad está repleta de impresionantes edificios y monumentos entre los que destaca la catedral y el Palazzo dei Normanni, de curioso estilo árabe-normando. Callejear por ella es como pasear por las diferentes etapas de su historia.

Vista de la catedral de Palermo

Cerca de Palermo, a tan solo 13 km de distancia, se halla la zona costera de Mondello, a los pies del monte Pellegrino. Grandes villas, hoteles y un antiguo balneario, siguen en pie, recordando las doradas épocas de un turismo de élite que prosperó en la zona entre los años 1890 y 1910.

Antiguo balneario en la playa de Mondello

También muy próximo a la capital se encuentra Monreale, una población de montaña, cuyo origen se remonta a la Baja Edad Media. Su grandiosa catedral normanda y el claustro interior de 228 columnas, lo han convertido en lugar de visita obligada.

Claustro interior de la catedral normanda de Monreale

Cefalú es un atractivo pueblo de la costa norte. Sus luminosos rincones marineros y una colosal catedral normanda construida a la sombra de una gran peña, han propiciado que este pueblo de pescadores sea uno de los lugares más visitados de la isla.

Puerto y costa de Cefalú

Para adentrarnos en la historia de las grandes civilizaciones que se establecieron en esta isla, es obligado pasear sin prisa por el Valle de los Templos, un importante yacimiento arqueológico en las cercanías de la ciudad de Agrigento. Contemplar los magníficos restos de los templos de Juno, Hércules, Júpiter Olímpico, Dioscuros o el de la Concordia es todo un espectáculo, y de manera muy especial, cuando al caer la tarde los últimos rayos solares se reflejan sobre las antiguas construcciones de piedra, tiñéndolas con un refulgente y cálido tono naranja.

Restos arqueológicos y templo de la Concordia, en Agrigento

Otro de los espectáculos que nos ofrece la isla es la visita al volcán Etna, el más grande y activo de Europa. La última vez que mostró actividad fue pocos días antes de iniciar nuestro recorrido el pasado mes de marzo. Desde las poblaciones cercanas todavía se podía vislumbrar la columna de humo sobre su cima.

Vista del volcán Etna, en actividad

Catania, en la costa oriental, es una de las grandes poblaciones próximas al volcán, que ya en 1669 sufrió los efectos de una devastadora erupción. Esta populosa ciudad en la que destaca la Piazza del Duomo y su original fuente del Elefante fue declarada en el 2002 Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Vista de la ciudad, con el volcán Etna en el horizonte

La encantadora Taormina, ubicada sobre las altas y rocosas costas entre las que se suceden pequeñas calas y bahías, bañadas por las tranquilas aguas del mar Jónico, también se encuentra próxima al volcán. De hecho, desde las antiguas ruinas del Teatro Griego, se puede contemplar su silueta destacando sobre la costa y el mar, a manera de fondo natural de tan histórico escenario.

Ruinas arqueológicas del Teatro Griego

Siracusa, es una de las grandes ciudades históricas de Sicilia, que bajo ningún concepto, debes dejar de visitar. Por sus calles y plazas pasearon algunos de los más grandes filósofos y matemáticos de la época helénica, tales como Platón, Esquilo o Arquímedes. El antiguo barrio de la isla de Ortigia, con sus muros de defensa y la zona central en la que se ubica la Piazza del Duomo, se ha convertido en una zona de referencia para los visitantes de la ciudad. También merece la pena visitar el Parque Arqueológico de Neapolis, donde se ubican los principales monumentos griegos y romanos, aunque durante nuestra incursión pudimos observar, con cierta tristeza, que la mayor parte de las instalaciones se encuentran en un lamentable estado de abandono.

Piazza del Duomo

Para recorrer Sicilia y poder descubrir sus encantadores rincones te recomendaría alquilar un coche. Esta opción te aportará más autonomía y libertad de decisiones, pero a la vez necesitaras grandes dosis de paciencia y bastante agilidad a la hora de circular entre el caótico tráfico de las ciudades y la temeraria falta de respeto a las normas de tráfico, con la que la mayoría de los conductores conducen por las carreteras de la isla. Pero, si pasas la prueba con éxito, podrás llegar a lugares de gran interés como los descritos y otros tantos más, como pueden ser las dos Ragusas.

Ragusa Ibla, pequeña ciudad señorial construida sobre una elevación montañosa en el fondo de un valle y la nueva Ragusa Superiore, más amplia y moderna y construida tras el terremoto de 1693.

Mercadillos de Navidad

Con el mes de diciembre, llegan los tradicionales Mercadillos de Navidad, presentes en casi todos los pueblos y ciudades de Europa. Estos singulares mercados, se instalan cada año en los más destacados espacios de pueblos y ciudades. En los kioscos, stands y puestos ambulantes, que forman estos tradicionales mercados, se pueden encontrar, desde los típicos adornos navideños, hasta exquisitos productos culinarios, propios de estas fiestas.

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En Alemania, considerada la cuna de los mercados de Navidad, esta tradición de instalar los tradicionales mercadillos navideños, conocidos como Christkindlsmarkt ó mercados del niño Jesús, en las plazas de sus principales pueblos y ciudades, posee gran arraigo social y cultural.

Uno de estos mercados alemanes, más emblemáticos es el de Núremberg, que desde hace cuatro siglos, se viene instalando en la plaza Hauptmark (plaza del mercado), situada junto al Ayuntamiento y en pleno centro histórico-medieval.

Entre sus puestos repletos de vistosos objetos artesanos y decoraciones típicas de estas fiestas, se pueden degustar algunas exquisiteces tradicionales originales. Tales como el Lebkuchen, unas galletas decoradas y condimentadas con especias ó el famoso Glühwein, vino caliente con canela y azúcar al que también se le añaden especias, y se sirve muy caliente, ideal para entrar en calor, durante las frías noches de centro Europa.

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La bulliciosa actividad, que se registra en el mercado de Navidad de Núremberg, se intensifica con la llegada de la noche. Los grupos de gente que se mueven entre los puestos, invaden la plaza y calles adyacentes, formando una masa compacta, entre la que de manera intermitente, se abre paso a golpe de corneta, unas carrozas tiradas por caballos. Unos magníficos vehículos decorados con los antiguos emblemas de los transportes del correo imperial, que ofrecen a los visitantes, cortos paseos por las zonas cercanas.

Como dato curioso, podrás observar como estos históricos carruajes, se detienen a su paso por los kioscos, donde los taberneros obsequian a los conductores, con una tradicional jarra de vino caliente, para que así puedan soportar el aire frío de la noche.

Puedes obtener más información en Oficina de Turismo de Núremberg.