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Viaje a la reserva natural de Ranthambore

No quería abandonar el estado de Rajasthán sin haber visitado antes una de sus más importantes reservas de animales, el Ranthambore National Park, hábitat de numerosas especies, entre las que se encuentran ciervos, leopardos, osos bezudos, monos, cocodrilos, una rica variedad de aves y, sobre todo, el más célebre de todos sus habitantes, el tigre. Así que, con la intención de visitar este parque, me alojo en un cómodo hotel próximo al parque, y una vez instalado me dispongo a realizar los tratos pertinentes para llevar a cabo mi deseado safari fotográfico por este interesante espacio natural.

El espacio que ahora ocupa el Ranthambore fue en otros tiempos utilizado como coto de caza privado por los maharajas de Jaipur, debido a la abundancia faunística de la zona y por ser un entorno en el que abundaban los tigres de bengala, el más preciado trofeo de caza de la realeza rajastani y de sus posteriores aliados británicos. Esta practica continuada de la caza como “deporte”, unida a las ya más recientes  incursiones de cazadores furtivos, casi acaba con la población de tigres en la zona hasta que en 1973 el parque pasó a formar parte del Proyecto Tigre.

El Parque Nacional de Ranthambore está situado entre los montes Aravali y Vindhya, ocupando una superficie de 275 Kms cuadrados. Elevados riscos, profundos barrancos, lagos y junglas ofrecen un perfecto hábitat para las diferentes especies animales que allí se congregan, pero, sin duda, el tigre siendo su más célebre habitante. Para visitar el parque, que ocupa una superficie de unos 275 Km cuadrados, se organizan safaris en vehículos ligeros 4×4 y en camiones abiertos, también con tracción a las cuatro ruedas, durante los meses comprendidos entre octubre y junio. 

Cuando me disponía a disfrutar del “safari” que previamente había contratado en la agencia de viajes de Jaipur, me encuentro que el vehículo asignado no era un 4×4 ligero como había solicitado, y en su lugar me “meten” en un camión todo-terreno lleno de turistas más interesados en la foto de recuerdo familiar que en fotografiar animales. Un subterfugio este, el de darte gato por liebre, que ya empezaba a resultarme familiar. Parece que el engaño es una arraigada costumbre entre los comerciantes indios.

Antes de iniciar la marcha por la reserva natural, una nube de vendedores de “souvenirs” del Parque Nacional de Ranthambore rodean los vehículos asediando a los ocupantes de los camiones todo-terreno. La cabeza de un tigre figura en todas las camisetas y gorras ofrecidas a los visitantes. Lo más probable es que esa sea la única imagen que llegaran a ver del admirado y esquivo tigre.

Para más contrariedad, el conductor del camión parecía que había aprendido a conducir en alguna pista de carreras local, dada la forma brusca y vertiginosa con que se movía por las polvorientas pistas del Parque. Con ese tipo de conducción era muy difícil poder observar a los animales que nos encontrábamos al paso y mucho menos fotografiarlos, ya que todos salían huyendo con tanto ajetreo y, por supuesto, intentar avistar un tigre era del todo imposible.

En más de una ocasión me tuve que levantar de mi asiento para recordarle con evidente enfado que estábamos en un supuesto “safari” y no en un rally. La verdad, parecía que este alocado conductor no tenía clara la diferencia entre los dos conceptos. Para rematar la jornada nos sorprendió una lluvia monzónica, y dado que viajábamos en un vehículo descubierto la lluvia terminó por empapar a todo el personal, incluido el chófer. Solo yo y mis cámaras permanecíamos protegidos ante la estupefacta mirada del resto de los pasajeros, gracias al oportuno y socorrido chubasquero de bolsillo que suelo llevar en mi mochila de fotos en previsión de estas situaciones.

Al final, solo los monos parecían permanecer observando subidos a las ramas de los árboles este ruidoso tráfico de máquinas y humanos, que dejaban un enorme rastro de tierra y polvo por entre los senderos del parque.

Nada más acabar esa decepcionante experiencia, una vez en el pequeño hotel rural cerca del parque, donde me alojaba esos días, hice que el responsable de la oficina de safaris viniese a verme. Llamadas a la oficina local, llamadas a Jaipur, hasta que, finalmente, a fuerza de insistir y persistir, el encargado apareció. Las excusas y disculpas se sucedían una tras otra: no lo sabían, el conductor era novato, etc, etc, etc.

A la mañana siguiente tendría el vehículo ligero y el guía experto. Esta vez sí, parecía que iba por el buen camino en este segundo día de safari en Ranthambhore. Después de haberle explicado el día anterior mis intenciones con toda claridad a los responsables de la organización, parece que en este vehículo más ligero y con un guía experimentado tendría más posibilidades de conseguir mi objetivo de fotografiar al tigre de Bengala. Una especie amenazada y en peligro de extinción, de la que según rezan los informes, solo quedan 3.500 ejemplares. Tras muchas vueltas por los senderos y pistas del Parque en busca del famoso tigre, por fin dimos con uno. Allí estaba, mostrándose ante nuestros asombrados ojos, majestuoso y desafiante. Durante un buen rato, permaneció entre la maleza mirando indiferente hacia nuestros objetivos, la caza fotográfica, por esta vez y a pesar de todas las vicisitudes, había culminado con éxito.

Ruta de ecoturismo por Gambia y Senegal

Mientras navego entre manglares por el Delta del Sine-Saloum, sentado en la zona de proa, permanezco en silencio. Un silencio que también parecía haberse apoderado de todos los pasajeros y la tripulación con los que compartía barca. Solo el monótono ronroneo del motor fuera borda y el constante chapoteo del agua contra el caso de la vieja embarcación, mientras se abría paso a través de las oscuras aguas, sobresalía sobre el fragor natural de la selva. La magia del momento me confirmaba que cuando se viaja, no solo lo hacemos a través de junglas y desiertos sino que al final el viaje que más nos gratifica, es el que hacemos al interior de uno mismo.

Navegando por el Delta de los ríos Sine y Saloum

Con la vista puesta en el horizonte disfruto una vez más de la experiencia de surcar los ríos de África. Aquellos que cuando niño veía dibujados en los coloridos mapas geográficos que tanto me atraían y que me hacían soñar con que algún día emularía las hazañas de exploradores como Speke, Burton, Livingstone o Stanley.

Mapas, libros de notas y cámaras, herramientas imprescindibles en mis viajes

Y aunque el África de hoy ya no se corresponde con ese escenario de cacerías, tesoros escondidos y vida salvaje a los que hacían alusión en su obras los románticos escritores de la época colonial. El continente, sigue ofreciendo extraordinarios enclaves en los que los viajeros pueden disfrutar del contacto con sus gentes y paisajes, a pesar de que la Coca-Cola, el wifi, y los teléfonos inteligentes ya están presentes hasta en los más recónditos rincones de su geografía.

Turistas a bordo de un cayuco navegan en la zona de Joal-Fadiouth de Senegal

Una nueva forma de viajar, conocida como ecoturismo o turismo de naturaleza, comienza a surgir a finales del pasado siglo XX, como alternativa al turismo tradicional. Orientando sus objetivos hacia actividades que estén más en consonancia con la sostenibilidad y la preservación del medio natural. Esta modalidad permite al viajero tener un contacto más directo con la realidad del país visitado, y además de contribuir con el desarrollo de las comunidades nativas, se fomentan la preservación de los ecosistemas y de la fauna.

Fotografiando baobabs en Senegal

Y aunque habitualmente suelo realizar mis viajes fotográficos en solitario, por la necesidad de establecer y planificar mis propias rutas de trabajo, esta nueva tendencia me pareció idónea para combinarla con la organización de futuros viajes fotográficos que pretendo promover para grupos reducidos.

Un hombre asciende por el tronco de una palmera con un rudimentario arnés

Los vecinos países de Senegal y Gambia, a los que ya he viajado en diferentes ocasiones y por diferentes objetivos, son idóneos para realizar este tipo de rutas. Ambos, comparten lenguas, etnias y estrechos vínculos familiares. Por estos últimos motivos a esta región del África occidental también se la conoce con el nombre unificador de Senegambia, surgido tras el acuerdo de Confederación que ambos países suscribieron en 1981 y disuelto oficialmente en 1989. En realidad, Gambia es un pequeño país que extendiéndose sobre los márgenes del río del que toma su nombre, divide a Senegal, de mayor superficie, en dos. Una de esas caprichosas herencias del colonialismo.

Campos de cultivo entre árboles de anacardos y palmeras

Estos dos países a los que solo los diferencian el idioma oficial y las costumbres recibidas de franceses e ingleses cuentan además con una interesante diversidad paisajística: extensas playas de fina arena, exuberantes zonas selváticas, serpenteantes ríos rodeados de amplias zonas de manglares, que permiten la navegación, en barcos o canoas, y amplias zonas utilizadas como  reservas de animales que junto a la sencillez y talante hospitalario de sus pueblos propician la práctica de interesantes rutas de ecoturismo en esta zona de la costa occidental africana.

Guiados por jóvenes nativos que además del idioma español demuestran un amplio conocimiento de la Historia, costumbres y leyendas de sus países, las Rutas de ecoturismo a través de Gambia y Senegal, ofrecen al viajero experiencias y sensaciones inolvidables.

Gaviotas sobre un descolorido cayuco de pesca, en la playa de Tanji en Gambia

En los primeros días, una obligada visita a la singular ciudad de Banjul, capital histórica de Gambia, y su abigarrado mercado. La playa de Tanji, donde al atardecer llegan los cayucos para descargar su preciada carga de pesca diaria, es otro de los enclaves a visitar. Cada día, cientos de personas esperan en la orilla la llegada de los barcos, especialmente grupos de mujeres que se afanan con la venta del pescado, en la misma playa.

Cientos de personas esperan la llegada de los barcos de pesca, en las playas de Tanji

La zona protegida de Makasutu, con sus frondosos  senderos  que serpentean entre termiteros y palmerales, es otro de los escenarios a visitar. Un poblado de artesanos, manadas de inquietos monos babuinos  y un paseo en canoa por el río Mandina Bolong, completan las rutas por el pequeño país de Gambia.

Fotografía aérea del río Mandina Bolong a su paso por Makasutu

El viejo y destartalado Ferry que une la ciudad de Banjul con el puerto de Barra es testigo de nuestro nuevo trasiego de mochilas. Ya desembarcados  una furgoneta nos espera para emprender camino hacia la frontera con Senegal y más tarde hasta la Reserva Natural de Fathala, situada a tan solo 10 kilómetro de la frontera.

Vehículos 4×4 para recorrer la Reserva Natural de Fathala, en Senegal

Recorrer kilómetros de pistas en un 4×4, a través de polvorientos caminos, y avistar algunos de los animales que viven en la reserva compensa el esfuerzo realizado. Mientras fotografiamos a jirafas, antílopes y gacelas, podemos observar cómo mientras unos andan ocupados con su alimentación, sin que al parecer le importe nuestra intromisión, otros nos contemplan curioso. Al parecer se sienten tan atraídas por nuestra presencia como nosotros por la de ellas.

Girafas y antílopes en la reserva Natural de Fathala, Senegal

El Delta del Sine-Saloum es nuestro próximo destino. Es una de las regiones más bellas de Senegal, en la que abunda una gran variedad de paisajes. Pequeñas islas, bosques, lagunas y manglares, que sirven de hábitat protegido para infinidad de especies animales. 

Cayuco en las aguas del Sine-Saloum

Nos alojaremos en un sencillo campamento ubicado en la isla de Sipo, al que se llega tras unos treinta minutos de navegación desde la orilla continental y otros tantos andando desde el pequeño pueblo de pescadores en el que desembarcamos. El campamento, gestionado por los propios pueblos que habitan en la Reserva, se vislumbra como un autentico remanso de paz, en el que disfrutar de la naturaleza en su más extenso sentido.

Vista de mi cabaña en el campamento de Keur – Bamboung de la isla de Sipo

Senderismo entre los bosques cercanos, paseos por los manglares durante la marea baja y navegación en kayak por el río, esperan a los viajeros para mostrar el lado más autentico de la zona.

Un enorme baobab sobresale sobre las cabañas en un poblado de Sipo

Camino de Dakar pernoctaremos en Palmarin, junto a la costa. Tras acomodarnos en un exótico lodge frente a la playa podremos visitar la zona, subidos en carretas tiradas por caballos al más puro estilo local.

Subidos en rudimentarias carretas, los viajeros recorren las marismas de Palmarin

Palmarin, ubicada en una gran lengua de arena que se extiende entre el océano y la desembocadura de los ríos Sine y Saloum, ofrece un onírico paisaje plagado de palmeras, baobabs y salinas. Los pozos de sal, cuyos derechos de explotación se traspasan de madres a hijas, constituyen uno de los singulares atractivos de la zona.

Esbeltas palmeras y majestuosos baobabs, una constante en el paisaje de Palmarin

Recorrer al atardecer las extensas marismas bordeadas por espectaculares bosques de baobabs, con el propósito de avistar a las hienas que acuden a beber en las aguas del río, completa la jornada.

Hienas en las salinas de Palmarin

Por la mañana tras el recuento de las picaduras de mosquitos, y el reparador desayuno, seguimos con la ruta. La isla de Fadiouth era nuestro siguiente objetivo. Una isla construida sobre un lecho de conchas marinas que permanece unido a la zona continental por un largo puente.

Vista del puente que une la población de Joal con la isla de Fadiouth

La población de esta pequeña isla, al contrario que en el resto del país, es mayoritariamente cristiana y en su peculiar cementerio comparten el sueño eterno, cristianos y musulmanes, en tumbas custodiadas por los siempre presentes y venerados baobabs.

Un gigantesco baobab custodia las tumbas en el cementerio de Fadiouth

Dejando atrás esta bonita región del Sine Saloum, nos encaminamos hacia el final de la aventura, y la isla de Goree en Dakar es nuestro siguiente objetivo. Una isla tristemente conocida por su histórica utilización como centro de internamiento y tráfico de los esclavos, que luego serían enviados a Europa y América. Cada día, hasta el pequeño puerto de la isla, llegan desde la ciudad de Dakar ferries cargados de bulliciosos grupos de escolares, comerciantes y, como no, turistas, que invaden las calles y plazas de tierra de esta pequeña isla.

Vista del patio interior de una antigua mansión de esclavos en la isla de Goree

Terminada la visita a Goree, se impone un obligado recorrido por la populosa ciudad de Dakar, antes de ponernos en camino hacia el Lago Rosa donde emulando al antiguo Rally de París-Dakar, estableceremos nuestra meta final.

Ruta por las playas cercanas al Lago Rosa a bordo de un viejo camión 4×4

Un recorrido en 4×4 por las extensas zonas de playas y arenales de los alrededores y una incursión en barca por las aguas del lago, en las que se afanan bajo un sol abrasador algunos hombres que, con rudimentarios utensilios, extraen palada a palada cientos de kilos de sal desde los fondos del lago.

Los hombres del lugar se afanan cada día, en extraer la sal desde el fondo del Lago Rosa

La sal extraída se va depositando en el interior de sus barcas, y una vez llenas del preciado elemento las acercan con enorme esfuerzo hasta la orilla, donde los grupos de mujeres, muchas de ellas con sus bebes a la espalda, cargan la sal en cubos que transportan sobre sus cabezas hasta las salinas cercanas.

Hombres y mujeres extrayendo sal en el Lago Rosa

El viaje toca a su fin, y con la mochila cargada de fotos, algunos buenos recuerdos y muchas nuevas experiencias, retomamos el camino a casa. Ahora toca editar y clasificar las fotos, ordenar las notas obtenidas y  comenzar a preparar una nueva aventura.

Turismo de altos vuelos en el Friuli italiano

Imagínate viajar de un país a otro, volando y sin tener que soportar controles de aeropuerto, desembarques de equipaje, ni listas de espera y que además de estas ventajas, tu avión aterrice en la misma puerta del hotel en el que te vas a alojar. Pues todas estas ideales situaciones, son la realidad que disfrutan muchos de los viajeros que acostumbra hospedarse en el Agriturismo  Al Casale, una granja con campo de aviación ubicada en la llanura del Friuli, en la localidad de Codroipo, convertida en destino de muchos audaces viajeros que a bordo de sus propias aeronaves, sobrevuelan Europa.

Agriturismo de Al Casale, visto desde el aire

Los datos históricos de esta antigua granja construida en el siglo XVII, nos trasladan hasta la existencia de una pequeña capilla dedicada a la Virgen de Loreto, posteriormente transformada en iglesia por un grupo de frailes peregrinos que asentados en la zona, construyeron junto a la antigua capilla un monasterio, desarrollaron una granja agrícola y campos de cultivos de vid. En la actualidad, gracias a los extraordinarios trabajos de restauración que han llevado a cabo la familia Parussin, la finca construida en L y con un patio y pozo en el centro, sigue conservando el estilo arquitectónico rural de la época renacentista. Incorporar una pista de aterrizaje en las extensas tierras de su alrededor, es sin duda un novedoso concepto hotelero, que permite a pilotos y tripulación de ultraligeros y helicópteros, encontrar en estas instalaciones un lugar donde alojarse y avituallarse con toda comodidad y confort.

Torre de control y campo de aterrizaje en la finca de agriturismo.

Durante un memorable tiempo, esta histórica y sorprendente instalación fue mi residencia habitual en el norte de Italia. Había llegado a la región del Friuli-Venezia-Julia, para trabajar como fotógrafo para Enel, una de las más importantes compañías eléctricas de Italia. Mi labor consistiría en fotografiar las lineas de media tensión desde un helicóptero, para detectar fallos y roturas en las instalaciones de la red. Así que cada mañana, al despuntar el día y tras un copioso desayuno en uno de los comedores de la Hacienda, ingeniero de vuelo, piloto y fotógrafo dirigíamos nuestros pasos hasta la pista de aterrizaje, ubicada en la trasera de esta extraordinaria granja. Allí, nos esperaba el mecánico con el helicóptero listo y cargado de combustible. Finalizadas las comprobaciones habituales y obligatorias antes de iniciar un vuelo, comenzaba nuestra jornada de trabajo.

Sandro controlando el tráfico aéreo desde la pequeña torre del campo de aterrizaje

Desde la pequeña torre de control situada a un extremo del campo, Sandro nuestro anfitrión y experimentado piloto, nos autorizaba para el despegue. A medida que ascendíamos, la granja y los ultraligeros de vivos colores estacionados en los márgenes de la pista de aterrizaje se iban empequeñeciendo y los paisajes de llanos, ríos  y montañas, comenzaban a desplegarse bajo nuestra mirada. En esos momentos, como cada mañana se esbozaba una amplia sonrisa en nuestros rostros, mientras la adrenalina recorría nuestros cuerpos. Nos sentíamos unos privilegiados por poder ganarnos el pan con esta dura pero fascinante ocupación. Seguir el trazado de las líneas eléctricas, volando a baja altura no era tarea fácil para ninguno de los tres. La concentración y la coordinación de todos nuestros movimientos, para llevar a cabo el seguimiento de cada línea, era esencial. Perseguir y fotografiar los postes y torres que en interminables hileras se extendían por campos, pueblos y ciudades, precisaba de toda nuestra atención, aunque debo confesar que con el tiempo aprendí a aprovechar cada segundo entre foto y foto para admirar los extraordinarios paisajes que se extendían bajo mis pies.

Fantásticos paisajes alpinos contemplados desde el aire

Cuando nos tocaba seguir las lineas que atravesaban las formaciones montañosas de los Alpes, la cosa se ponía mucho más difícil. Maniobrar un helicóptero en ascenso o descenso en vuelo paralelo sobre las escarpadas laderas requería de mucha pericia y aplomo, tanta como la que siempre demostraba Augusto, nuestro piloto. Desde mi posición en la parte trasera de la nave y con la puerta abierta, tenía una visión tan directa que a veces tenía la sensación de poner tocar las copas de los árboles con mis manos. Como la duración máxima de cada vuelo no debe exceder de las 2 horas hacíamos tres vuelos y dos pausas diarias. Nuestro mecánico desde tierra se encargaba cada día de localizar un emplazamiento para que pudiéramos aterrizar, y allí nos esperaba para indicar las maniobras de aterrizaje, revisar y repostar la nave y proveernos de agua y bocadillos. ¡Grande el trabajo de estos mecánicos!

Aterrizábamos en medio de los bellos escenarios, que nos ofrecían los Alpes Julianos

Al finalizar cada jornada regresábamos a la base. Allí confraternizábamos con el personal de Al Casale, con los pilotos de ultraligeros locales, que guardaban sus naves en los hangares de la finca, y con los visitantes tedescos -nombre con el se designa en Italia a los pueblos de origen germánico-. Estos últimos, pilotos y acompañantes, venidos principalmente desde Austria y Alemania, llegaban hasta la zona atravesando los Alpes en sus ligeras aeronaves, y también lo hacían esbozando esa sonrisa propia de los que viven sus propias aventuras, sin miedo, y sabiendo que compartían la visión de los Dioses, en cada vuelo. La mayoría de ellos eran profesionales libres, que aprovechaban su tiempo vacacional, para deambular de un lado para otro a bordo de sus máquinas voladoras, conocidas en el mundo aeronáutico como ultraligeros.

Precioso ultraligero en uno de los hangares de Al Casale

Unos aviones deportivos muy similares a las avionetas, pero de menor peso, y provistos de motores con escaso consumo. Los ultraligeros, deben volar por debajo de los 300 m  sobre el nivel del suelo y de manera visual, es decir desde el amanecer hasta el ocaso. Las licencias para volar con estos aparatos son mucho más asequibles que para las aviación deportiva tradicional, y por lo general, estas aeronaves no necesitan rellenar ningún plan de vuelo, ni ponerse en contacto con las torres de control, siendo de la propia responsabilidad del piloto el evitar la aproximación a otras aeronaves y el sobrevolar zonas urbanas.

Vista del patio exterior de la finca, donde nos reuníamos para cenar cada noche

A la hora de la cena los miembros de la familia y los empleados de la casa con Sandro a la cabeza, como si de un señor feudal se tratara, compartían una larga mesa con todos los que allí nos hospedábamos. Montada en el patio exterior, junto al pozo, rodeada de árboles e iluminada con tenues luces de tungsteno, la escena se ofrecía idónea para disfrutar de las exquisitas y abundantes especialidades culinarias, con las que los anfitriones nos brindaban cada noche. Entre bocado y bocado, los comensales situados a un lado y otro de la mesa,  como si de una gran familia se tratara, compartíamos las vivencias del día, y el buen vino. Intercambiando historias, anécdotas y fotos. Aún recuerdo aquellas fantásticas imágenes que alguno de ellos me mostraron, en las que se habían fotografiado de manera subjetiva, a los mandos del ultraligero, mientras sobrevolaban los Alpes o acampados con un pequeño vivac, junto a su máquina voladora y una fogata. De esta manera, culminábamos siempre nuestra jornada, entre entusiastas conversaciones en las que se mezclaba italiano, español, alemán e inglés, y al contrario de lo que debió suceder entre los constructores de la bíblica Torre de Babel, en estas reuniones alrededor de la mesa, prevalecía la concordia y la camaradería, entre unos peculiares personajes a los que nos unía el gusto de “andar por las nubes”.

Los pilotos realizando labores de mantenimiento en sus aeronaves

Con la llegada de cada nuevo día, comenzaba de nuevo la actividad en el Agriturismo de Al Casale. El personal de la granja, se ocupaba de los animales, los servicios de habitaciones, restaurante, y cocina, se afanaban en que todo este estuviese a punto, para una nueva jornada. Los pilotos “tedescos” comprobaban que todo estuviera listo en sus aeronaves para volar. Algunos de ellos ya regresaban a casa, a la vez que otros recién llegados, aterrizaban y ocupaban con sus ligeras y coloridas naves, los estacionamientos libres junto a la pista.

Nosotros, subidos a nuestro helicóptero amarillo y con los rotores en marcha, iniciábamos un nuevo día de vuelo siguiendo las líneas eléctricas, que nos llevaría a través de los paisajes y pueblos de esta bella región del noreste italiano. Una región que abarca desde las altas montañas de los Alpes Julianos, hasta las costas del Adriatico.

Vista aérea del pueblo de Erto, construido en las laderas de las montañas

Poder visualizar estos bonitos parajes era todo un privilegio. Los pueblos construidos en las laderas de las altas montañas eran todo un espectáculo vistos desde el aire. Cosa que también parecían saber sus propios habitantes. En ocasiones cuando tomábamos tierra para cumplir con las obligadas pausas en alguna explanada cercana a uno de estos pueblos, se nos acercaba la gente preguntando por el precio del vuelo. La primera vez que oí esta pregunta me llamó mucho la atención el que la gente estuviese interesada por el costo de los vuelos, hasta que el piloto me explico que en la zona habían helicópteros que en ocasiones iban de un lado a otro, ofreciendo vuelos sobre los pueblos y sus alrededores, a cambio de un determinado precio. Al oir esto, me vinieron a la memoria los personajes de “Nada es Azar”, una novela escrita por Richard Bach (autor de Juan Salvador Gaviota) en la que narraba y filosofaba sobre las peripecias de dos pilotos errantes que viajaban sobrevolando las zonas rurales de Estados Unidos, ofreciendo paseos aéreos sobre pueblos y granjas a cambio de dinero para combustible y comida.

Vistas aéreas de los pueblos de montaña

En cierta manera, lo que nosotros hacíamos se asemejaba un poco con este tipo de vida que llevan los viajeros errantes. No paseábamos a los aldeanos, pero hacíamos fotos a los postes de las líneas eléctricas a cambio de dinero para seguir volando, comiendo y viviendo nuevas experiencias.

Bergen, puerta de acceso a los fiordos noruegos

Visitar los fiordos noruegos, un paisaje que ha sido reconocido como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, es una de esos cosas que todo viajero de pro parece tener en su lista de deseos. Bergen, no es solo una de las ciudades más importantes de Noruega, sino uno de los lugares ideales desde done partir a explorar los fiordos.

Tal vez, la manera más autentica de cumplir con esta viajera aspiración, sería la de hacerlo por las sinuosas carreteras del interior del país, fuera de la época estival. Cuando la cada vez mayor afluencia de visitantes que llegan hasta estos lares, en los más indulgentes y cálidos meses de verano, es prácticamente inexistente. No cabe duda que moverse por estos lejanos y solitarios parajes, cubiertos de nieve y de hielo, nos hará conectar de manera muy directa con la propia naturaleza del lugar. Pero para ello tendremos que soportar los cortes de comunicación y las bajas temperaturas propias de las épocas no estivales, a pesar de que los noruegos proclamen que “no existe el frío, sino ropa inadecuada” -según pude leer en algún rincón de la red-.

Crucero navegando por el interior de los fiordos noruegos
Crucero navegando por el interior de los fiordos noruegos

En consecuencia, para esta primera toma de contacto con los fiordos elegí hacerlo navegando a bordo de uno de esos cruceros que operan en la zona, desde los meses de mayo hasta septiembre, cuando el clima es algo más benevolente. Viajar en crucero no es algo que me entusiasme demasiado y mucho menos a bordo de esos barcos gigantes, que como consecuencia directa del afán de los armadores por llevar más pasajeros, acaban convirtiéndose en monstruosos “parques temáticos flotantes”. Siempre abarrotados de gente que ocupan de manera masiva cada rincón del barco, ofreciendo así un panorama muy alejado de la sosegada e idílica imagen que se muestra en los catálogos y folletos publicitarios de las compañías. 

Navegando por los fiordos de la costa noruega
Navegando por los fiordos de la costa noruega

Sin embargo, estos viajes en crucero tienen otras ventajas que me parecen interesantes. Poder moverme de un punto a otro con el “hotel” a cuestas, sin tener que mover equipajes en cada desplazamiento o visitar diferentes lugares alejados entre sí en poco tiempo, gracias a la navegación nocturna. Son para mí dos de las más destacadas ventajas. Suficientes para que, en esta ocasión, me decidiera por utilizar este medio de transporte. Absorto en estas reflexiones sobre el medio en el que viajo, para llegar hasta los fiordos de Noruega, observo con atención —asomado al balcón de mi camarote— a las gaviotas que acompañan al barco, avisando con sus graznidos de la proximidad a tierra firme.

Las gaviotas nos recuerdan la proximidad a tierra firme
Las gaviotas nos recuerdan la proximidad a tierra firme

LLEGADA A LA CIUDAD DE BERGEN

Llegamos a la población costera de Bergen, la ciudad noruega más importante y grande tras Oslo. Tiene fama de ser la ciudad más bonita de toda Noruega y un punto estratégico desde el que parten los viajeros que se dirigen al norte para internarse en la región de los míticos fiordos; esos estrechos valles costeros excavados entre las altas formaciones montañosas por la acción de los glaciares. Está construida sobre un valle rodeado de montañas a las que se las conoce como las “siete montañas” (syv fjell), nombre con el que las bautizó el dramaturgo e historiador Ludving Holberg en un intento de establecer paralelismo simbólico con las ‘siete colinas de Roma’. Bergen comenzó a adquirir gran importancia a principio del siglo XII gracias al comercio del bacalao. Muchos mercaderes de origen frisio y germano pertenecientes a la Liga Hanseática, red de comercio surgida entre las ciudades del norte de Europa-, se establecieron allí. 

Vistas y ambientes de la ciudad de Bergen

En la actualidad, el puerto de Bergen, además de seguir conservando un destacado movimiento de productos y mercancías a través de las rutas marítimas que lo enlazan, es reconocido y promocionado como la puerta de acceso a los fiordos, circunstancia por la que ha acabado convirtiéndose en el mayor puerto de cruceros de Noruega y uno de los más importantes de Europa. El barco en el que viajaba había llegado a puerto y ya estaba deseando desembarcar, para disfrutar de todos los lugares que, de manera previa, había localizado a través de publicaciones, mapas y la página de la propia Oficina de Turismo de la ciudad.

Funicular que asciende hasta el monte Floyen
Funicular que asciende hasta el monte Floyen

CALLEJEANDO POR BERGEN

En la Oficina de Turismo, desde el primer momento, atendieron de manera amable y eficaz todas mis consultas y solicitudes de  información sobre el lugar y su entorno. Sí, definitivamente, hay muchas cosas para ver y disfrutar en esta pintoresca e histórica ciudad.Subir al monte Floyen en el funicular era mi primer objetivo. Lo más acertado es acudir a primeras horas del día, antes de que la aglomeración de visitantes se extienda por la calle anexa a la estación en forma de largas e interminables colas. Desde el amplio mirador que corona el monte se vislumbran interesantes vistas panorámicas de toda la ciudad. Tras un paseo por los entornos del mirador, emprendemos el regreso a la ciudad, pero evitamos el funicular que ya empieza a colapsarse, y lo hacemos por un agradable camino que, entre arboledas con vistas de la ciudad, nos conduce de nuevo al puerto.

Vista del puerto y de la ciudad de Bergen, desde el mirador del monte Floyen
Vista del puerto y de la ciudad de Bergen, desde el mirador del monte Floyen

Tras callejear un rato por las zonas residenciales de blancas casas de madera, asentadas en las laderas del monte, nos dirigimos ya en la zona del puerto, al viejo barrio de Bryggen, que con sus viejas casas de madera de principios del siglo XVIII constituyen una de las obligadas visitas de Bergen. Sin duda, este pintoresco barrio y sus coloridas casas de madera se ha convertido en uno de los rincones más destacados y visitados de la ciudad. Un espacio en el que poder disfrutar de restaurantes y terrazas o pasear visitando las tiendas de artesanía y moda allí ubicadas.

Típicas casas de madera en el barrio de Bryggen
Típicas casas de madera en el barrio de Bryggen

EL MERCADO Y OTROS PUNTOS DE INTERÉS

La visita a la Lonja de pescado se hace obligada e imprescindible, un mercado abierto al puerto que sirve de punto de encuentro entre la vieja y la nueva ciudad de Bergen. Muy visitado por los turistas, en este mercado de pescado podrás disfrutar de exquisitos platos con pescado fresco, mariscos e incluso de unos peculiares embutidos de carne de reno o ballena, servidos en cualquiera de sus improvisados restaurantes callejeros al aire libre. Tras deleitarnos con los productos del mar, seguimos paseando por esta atractiva ciudad. La Torre de Rosenkratz, la catedral de San Olav, el Teatro Nacional, la iglesia vikinga de Fantoft y otros muchos espacios, completarán nuestra visita antes de partir rumbo a los fiordos.

Puestos de venta de pescado y mariscos en el Mercado de Pescado de Bergen
Puestos de venta de pescado y mariscos en el Mercado de Pescado de Bergen

RUMBO A LOS FIORDOS

Dejando atrás el puerto de Bergen, el barco navega tranquilo, camino de las profundas gargantas de los fiordos que bordean de norte a sur todo el país. Desde la cubierta podemos admirar estos increíbles y monumentales paisajes, que como elevados muros aparecen ante nuestros ojos. El fiordo de Geiranger, con 15 kms de longitud y una anchura máxima de 1,5 kms, es nuestro destino. Impresiona ver como colgando de las empinadas laderas, aparecen rústicas viviendas, ejemplo de la tenacidad y voluntad de los hombres que se han esforzado por sobrevivir en un terreno tan dificultoso. Durante el recorrido visitamos el pueblo de Hellesylt y admiramos las famosas cascadas que caen verticalmente sobre los acantilados, conocidas como ‘las siete hermanas’, el pretendiente o el velo nupcial. 

Navegando por los fiordos entre cascadas
Navegando por los fiordos entre cascadas

Llegados a Geiranger, desembarcamos en lanchas hasta el pequeño embarcadero del pueblo, y desde allí ascendimos por la carretera hasta el mirador de Flydalsjuvet, desde el que se pueden apreciar espectaculares panorámicas del lugar. Algunas fotos más tarde, seguimos la ruta que nos llevaría hasta el lago de Djupvatnet y finalmente hasta uno de los miradores más conocidos y visitados de la zona. Me refiero al mirador situado en lo alto de la montaña de Dalsnibba, a 1500 mts de altitud, desde el que se vislumbra un impresionante paisaje, que justifica todo el esfuerzo soportado.

Vista del fiordo y barcos de cruceros
Vista del fiordo y barcos de cruceros

DEJANDO ATRÁS LOS FIORDOS

El viaje continua y otros destinos nos esperan en nuestro recorrido, pero sabemos que Bergen y los fiordos permanecerán en nuestra memoria y en nuestro deseo de volver a visitarlos. Tal vez con un nuevo y más intenso plan de viaje que nos permita adentrarnos un poco más en la esencia de estos increíbles paisajes y poblaciones.

Vistas de los fiordos de Geiranger

Estoy seguro, de que cuando regrese a casa echaré de menos, no despertarme en un nuevo puerto cada día, descubriendo nuevos paisajes y culturas, tal como he venido haciendo en estos últimos días.

Fotos de viaje, información y sentido del lugar

Antes de iniciar un viaje es conveniente recabar toda la información posible sobre el lugar que se va a visitar. Esta información, que previamente hemos recopilado antes de salir de viaje, se debe seguir incrementando una vez que estemos en el destino con la información publicada que vayamos encontrando en el aeropuerto, e incluso en el hotel. Un buen recurso es observar las postales que se exhiben en las tiendas de recuerdos.

Postales en una tienda de souvenirs de Londres

De esta manera nos podremos hacer una idea de cómo se han interpretado los lugares más emblemáticos del destino y los ángulos de las tomas, para así poder considerar la posibilidad de buscar tomas alternativas según nuestros propios criterios fotográficos. Además, conviene personarse en las oficinas de información y turismo para obtener mapas, folletos e información detallada sobre los temas que más te interesen de la zona o ciudad visitada. También conviene recordar que una de las mejores fuentes de información es la proporcionada por las propias personas que nos rodean, el empleado del hotel o pensión, el camarero, el taxista y, en general, por todas aquellas personas que tengan que ver y conozcan el nuevo entorno en el que nos movemos. Una buena política para comprobar que las informaciones obtenidas por estos medios de trato personal sean las correctas, es la de realizar la misma pregunta a diferentes personas.

Taxista en Dakar, una buena fuente de información

Una vez hemos realizados las averiguaciones pertinentes conviene realizar un guión o plan de trabajo, procurando tener claro cuales son los objetivos que se quieren fotografiar, y seguidamente comenzaremos con las visitas de reconocimiento a los lugares elegidos, donde ya podremos iniciar una primera sesión de fotos a la vez que tomamos nota de los posibles efectos que puede tener la luz sobre el motivo en los diferentes momentos del día. Para esto habrá que averiguar la hora y el punto por donde sale y se pone el sol. 

Zocos de Marrakech

La palabra Zoco o Souk proviene del árabe süq, y se refiere a los mercados propios de los países del norte de África. Estos zocos eran originalmente mercados al aire libre donde los comerciantes del lugar mercadeaban con las caravanas que realizaban las largas rutas comerciales. Con el paso del tiempo, y debido al crecimiento que experimentaban las ciudades, estos mercados se fueron integrando en el interior de los centros urbanos, y con la colonización europea, la utilización del término zoco también se exportó a occidente. Los zocos de Marrakech quizás sean los más populares del vecino Marruecos.

El ambiente de los zocos, siempre me ha causado una gran fascinación. Desde muy pequeño ya acompañaba a mi madre o a mis tías a la compra tanto en el zoco de Tánger como en el de Tetuán (ciudad donde nací). En mi memoria aún permanece viva la sensación que me causaban los vivos colores de las mercancías y productos de la tierra. Los penetrantes aromas de las especias y de las frutas, mezclados de manera ineludible con los olores de los excrementos de las ovejas, cabras y burros que circulaban por entre sus callejuelas. El vociferío de los vendedores promocionando sus mercaderías y el trasiego constante de gente que iba de un lado para otro por los angostos callejones. Más tarde, en posteriores etapas de mi vida, he podido visitar y fotografiar muchos de estos tradicionales y animados zocos en los diferentes países, pueblos y ciudades por los que he viajado.  Pasear por entre sus laberínticas calles aún sigue fascinando y alimentando mis sentidos.

Aromáticas y coloridas especias se muestran en cada rincón del Zoco.

Los zocos de la ciudad de Marrakech constituyen un escenario ideal para que el visitante pueda experimentar esas sensaciones a las que me refiero.  Surgida al amparo del auge militar y comercial, la ciudad floreció en una época en la que las grandes caravanas que realizaban las rutas comerciales, atravesaban el desierto del Sáhara, uniendo así el África negra con las grandes ciudades árabes del norte del continente. Marrakech y sus zocos adquirieron una notable importancia comercial, al convertirse en uno de los enclaves de abastecimiento más importante de la zona. En la actualidad, alrededor de estos mercados o zocos, que ocupan casi toda la mitad norte de la Medina, se sigue apreciando un intenso movimiento productivo y comercial, siendo además uno de los principales atractivos turísticos de la ciudad. En realidad, si vas a Marrakech y no te pierdes paseando por entre sus zocos no has disfrutado de la esencia de esta ciudad.

Teteras platedas de latón, expuestas en un comercio en el Zoco de Marrakech.

En estos abigarrados zocos, en los que podrás encontrar todo tipo de objetos y productos, conviene recordar que el regateo es parte del juego comercial. Una ley no escrita que propicia el trato comercial y personal entre vendedor y cliente. También conviene recordar que hay que actuar con cautela y respeto para con las costumbres culturales de los autóctonos, sobre todo a la hora de realizar fotografías a las personas. Para ejercer esta actividad (cada vez más extendida) es conveniente que antes de disparar pidas permiso a los improvisados modelos, así todo fluirá de una manera más satisfactoria y correcta para todos.

Comerciante en el interior de una tienda en el Zoco de Marrakech.

Y es que hoy día, con el masivo uso de cámaras digitales, teléfonos móviles o tablets que incorporan cámara de foto y vídeo por una gran parte de los turistas que recorren la ciudad con la actitud y el deseo irrefrenable de captar sus propios recuerdos para luego luego publicarlos en las redes sociales, es fácil entender que las gentes del país se sientan acosadas y hastiadas, y que, cada vez más, se nieguen, en ocasiones hasta de manera algo violenta, a ser tratadas como si fuesen personajes de un parque temático o animales de zoológico. 

Laberínticos paseos cubiertos con comercios atestados de mercancías variopintas.

Deambular pausadamente por entre las laberínticas callejuelas que conforman la medina es toda una experiencia, y a través del paseo curioso podremos acceder hasta los comercios y talleres de los diferentes gremios de artesanos que, agrupados por zonas o barrios, han dado origen a los diferentes zocos de Marrakech.

Aunque no es tarea fácil para el visitante distinguir los límites de estos zocos, repartidos por la medina de Marrakech, finalmente he podido destacar los que a continuación expongo:

1.- Zoco el Bab Salaam. Uno de los zocos más frecuentados por los turistas, al que acuden los nativos para proveerse de todo tipo de mercancías, que van desde productos varios de alimentación, especias, cosmética hasta comida para aves.

Pequeños puestos del Zoco, en los que se puede conseguir “casi de todo”.

2.- Zoco Zrabia o de las alfombras. Este zoco, en el que ahora se pueden apreciar coloridas alfombras y tapices de alegres dibujos geométricos, fue en otros tiempos un lugar en el que se celebraban las subastas de los esclavos que traían los negreros.

Bicicleta aparcada junto a unas alfombras colgadas en un muro del Zoco

3.- Zoco de los Tintoreros. Para los amantes de la fotografía, este zoco ofrece un colorido espectáculo con sus madejas de lana recién teñidas colgando para su secado en cuerdas o rústicos soportes de palo y caña, a lo largo de las calles en las que se ubican los talleres y comercios de este tradicional gremio de artesanos.

4.- Zoco Smata o de las babuchas. Las pequeñas tiendas y talleres de este zoco abren sus puertas cada día para ofrecer a los clientes sus originales y coloridas babuchas, realizadas en cuero con diferentes acabados y diseños, entre las que destacan los modelos más tradicionales acabados en punta.

Tienda repleta de coloridas babuchas en el interior del Zoco

5.- Zoco de los curtidores. Este mercado o barrio de curtidores está bastante alejado de la zona central, más frecuentada por los turistas, y la razón es bastante obvia, el nauseabundo olor que despiden las pieles de los animales que son empapadas en las grandes cubas de cemento. El olor es tan desagradable que los guías reparten hojas de hierbabuena a sus turistas para que colocándolas bajo las fosas nasales, puedan soportar el pestilente ambiente.

Zoco de curtidores un lugar poco frecuentado por los turistas convencionales.

Además de los expuestos en estas breves  referencias, la cantidad de zocos ubicados en la medina de Marrakech puede pasar de la veintena, y a esta lista habría que añadir unos cuantos más. Tales como el Zoco el Kebir, ubicado en una de las principales arterias de la medina y donde se exhiben atractivos artículos de cuero y marroquinería, el Zoco de Siyyaghin o mercado de las joyas, Zoco el Maazi, donde se comercia con pieles de cabra, Zoco Chourai, en el que trabajan los artesanos de la cestería y la madera, Zoco de Addadine, especializado en trabajos de latón y cobre… Así uno tras otro, el paseo te va introduciendo en este exótico mundo de los zocos, que te retrotraen en la historia o te trasladan hasta los escenarios imaginados en las mil y una noches.

Finalmente, entre tanto paseo por las intrincadas callejuelas y plazas de la medina en busca de los exóticos zocos llega el momento de realizar un alto en el camino y, si andas atento, entre tantos bazares y puestos siempre encontrarás algún rincón donde acomodarte para degustar cualquiera de los exquisitos platos de la cocina marroquí y tomarte un tiempo para  el merecido descanso.

En el Zoco de Marrakech podrás disfrutar de la excelente cocina marroquí y de su tradicional té de menta.

Distribuidos por la medina podrás encontrar gran variedad de establecimientos que ofrecen sus servicios de restauración, con diferentes estilos y tendencias, entre los que podrás elegir según tus gustos y posibilidades.

Restaurante adaptado para turistas, en la azotea de una casa en el centro de La Medina de Marrakech

Reserva de Bandia en Senegal

Como bien afirmaba el escritor inglés Graham Greene… “África será siempre la de la época de los mapas de la era victoriana, el inexplorado continente vacío con forma de corazón humano”.

Ciertamente, creo que el nombre de África seguirá evocando inevitablemente en muchos de nosotros aquellas casi ingenuamente idealizadas historias de intrépidos exploradores,  que se adentraban en el desconocido continente para descubrir los misterios y riquezas de tan salvajes parajes. La fauna africana, única, diversa y abundante también ha sido desde el principio, un símbolo identificativo del continente. La más característica y endémica, formada por leones, elefantes, jirafas, cebras, rinocerontes y otras miles de especies más, entre mamíferos, reptiles, anfibios y aves. Se ubican en la región tropical, más conocida como África Subsahariana. En muchas regiones de esta zona, la fauna había ido desapareciendo de manera gradual, debido a la presión demográfica y a la caza incontrolada y furtiva. La creación de Parques Naturales, para proteger la vida y el hábitat de estos animales, se hizo imprescindible.

En el vecino Senegal, podemos disfrutar de uno de estos santuarios, destinados a preservar la naturaleza. Nos referimos a la Reserva de Bandia, un entorno de 3.500 hectáreas de extensión. Plagado de enormes baobabs, acacias, matorrales espinosos y exuberante vegetación, donde conviven diferentes especies animales, en su mayoría mamíferos herbívoros.

La lista de los animales que conviven en esta reserva, es bastante surtida e interesante, cebras, jirafas, búfalos, antílopes, gacelas, jabalís monos, chacales, cocodrilos, tortugas, avestruces, algunos pocos ejemplares de rinocerontes blancos y más de 120 especies de aves, que habitan en el parque durante las épocas migratorias.

Situada a 65 kilómetros de Dakar y a tan solo 15 de la ciudad costera y turística de Saly, en la carretera de va de Mbour a la Casamance, la Reserva de Bandia es una visita que no deberías perderte. Puedes realizarla en taxi o coche privado, aunque eso sí, siempre se tiene que ir acompañado de un guía oficial de la reserva. También puedes hacerla en los vehículos todo-terreno que el parque tiene a la disposición de los visitantes, especialmente en la época de lluvias en la que el barro dificulta la conducción por entre las diferentes pistas de tierra que recorren este espacio.

Vehículos 4×4 en la entrada principal a la Reserva de Bandia en Senegal

Si te gusta la fotografía — como en mi caso – podrás en determinadas ocasiones, bajarte del vehículo siguiendo atentamente los consejos del guía. Dado que en el parque no habitan grandes carnívoros, los animales de la reserva se mueven con bastante tranquilidad. Esta circunstancia propicia el poder aproximarse a los animales, para realizar fotografías. Solo debes poner especial cuidado de no molestar demasiado a los rinocerontes y sobre todo ni te acerques a los avestruces, especialmente a los machos con plumaje blanco y negro, son de lo más agresivos. Especialmente en la época de apareamiento.  

El Parque cuenta con un nutrido equipo de guías expertos que te acompañaran en tu recorrido fotográfico por este inmenso bosque de baobabs, y gracias a su amplio conocimiento de la zona y del comportamiento de los animales te dirigirán hasta los lugares más propicios para el deseado avistamiento de las diferentes especies que habitan la reserva.

Gracias a los conocimientos del guía que me acompañaba, y tras algunos kilómetros recorriendo las polvorientas, pistas de tierra rojiza, tan características del paisaje africano, pudimos localizar a uno de los rinocerontes que habitan en el parque. Abandoné el vehículo, y me fui acercando sigilosamente hasta una distancia bastante prudencial. El animal estaba detrás de unos zarzales y parecía bastante tranquilo, aunque su inmensa mole acorazada y el imponente cuerno impresionaban bastante. Pero a pesar de todo, finalmente pude realizar algunas fotos de este extraordinario ejemplar. 

Unos kilómetros más adelante, nos encontramos con algunos avestruces, pero en esta ocasión, preferí hacer las fotos desde el interior del vehículo, a través de la ventanilla, por si las moscas. No debe ser muy agradable verse atacado por un ‘pájaro’ de entre 2 y 3 metros de altura y más de 180 kilos de peso, que no puede volar, pero corre más que tú.

Después de tantas emociones y precauciones acabo la jornada en el centro de visitantes, de rústica construcción. Desde la terraza del bar restaurante se puede observar una pequeña charca formada por las aguas del río Somone, a su paso por el parque. Allí, se revuelcan los búfalos y acechan los cocodrilos, disfrazados de troncos flotantes, mientras los monos chillan desde los árboles. Aprovecho para tomarme una cerveza bien fría y los guías (de religión musulmana), un refresco. 

Eu amo Lisboa

La primera vez que viaje a Lisboa lo hice como fotógrafo para una compañía discográfica venezolana que deseaba promocionar uno de sus cantantes de salsa, con una gira por Europa. Y aunque en esa ocasión por razones del propio trabajo no pude dedicar mucho tiempo para conocer la ciudad, lo poco que pude ver, me pareció muy interesante.

Vista de la ciudad desde el castillo de San Jorge

Desde esa primera incursión iniciática, he seguido visitando la ciudad en otras nuevas ocasiones. Estas otras incursiones han sido propiciadas por diferentes y variados motivos. Pero lo que ha permanecido inalterable, es mi atracción por este histórico emplazamiento luso, a pesar de que en los últimos tiempos he venido comprobando que también esta sufriendo las consecuencias del fenómeno conocido como gentrificación.

Modernos edificios y estructuras en el Parque de las Naciones

Lisboa es una ciudad con vocación modernista, y pruebas de ello las tenemos en las nuevas obras de ingeniería y arquitectura que se suman al paisaje urbano de la ciudad, como es el caso del moderno distrito surgido alrededor del Parque de Las Naciones. Pero a pesar de esta apuesta por la modernidad, Lisboa sigue teniendo ese encantador aire decadente que nos traslada a la época de las colonias. En muchas ocasiones, mientras camino por entre sus calles y plazas, tengo la sensación de estar recorriendo algunas de las ciudades de nuestra América del Sur. La arquitectura, la distribución de sus calles y una exuberante vegetación en la que abundan las palmeras, me hacen recordar ciudades de Cuba, Brasil o Ecuador.

Iglesia de San Vicente de Fora y cúpula del Panteón Nacional

La ciudad de Lisboa, asentada en el estuario del río Tajo, con una superficie de casi 3.000 kilómetros cuadrados y una población que supera el medio millón de habitantes, cuenta con numerosos vestigios arquitectónicos y monumentales, reminiscencias de su esplendoroso pasado colonial y de la proyección mundial que tuvieron los portugueses a través de sus marinos y conquistadores.

Monumento a los Conquistadores, en el barrio de Belém

La ciudad está distribuida en distritos o barrios, siendo los de Belém, Alfama, Chiado, Baixa y Barrio Alto, los más conocidos y populares. La mejor forma de conocerlos, sin duda, es a pie, pero dado lo elevado de las colinas circundantes en las que se encuentran algunos de los asentamientos y las largas distancias entre algunos de los diferentes distritos, se recomienda hacer uso de los transportes públicos, ya sean los típicos y peculiares tranvías, el metro, los autobuses o los taxis, cuyas tarifas son relativamente bajas.

Tranvía estacionado en la Plaza del Comercio, centro neurálgico de la ciudad

También, se puede hacer uso de los autobuses de recorrido turístico basados en el sistema “hop-on hop-off”, que te permiten desplazarte hasta los enclaves de mayor interés, realizar la visita a tu aire y retomar el servicio de la línea cuando te apetece. En Lisboa existen actualmente tres líneas, CitySightseeing y Cityrama con autobuses de color rojo que salen desde la plaza del Marqués de Pombal y la tercera línea con autobuses de color amarillo de nombre Yellowbus que, además de ser un servicio oficial, ofrece a mi entender mucho más agilidad en sus líneas y combina en el mismo ticket, sus servicios con los tranvías que circulan por las estrechas y empinadas calles del casco histórico, en los que podrás desplazarte hasta los barrios más carismáticos de la ciudad.

Histórica y emblemática Torre de Belém, a orillas del río Tajo

Torre Vasco de Gama, monumento a los Conquistadores, Monasterio de Los Jerónimos, Torre de Belém, Castillo de San Jorge, Catedral de Sé… Así podríamos seguir enumerando una larga lista de iglesias, edificios, plazas y monumentos repartidos por la toda la geografía urbanística de la ciudad, por los que Lisboa merece ser recorrida de un extremo a otro sin olvidarnos, claro está, de sus dorados atardeceres.

Puente 25 de Abril, sobre las aguas del río Tajo

Los paseos en barco por el río, las extensas playas cercanas, las exquisitas recetas gastronómicas, sus famosos pasteles de Belém, los Fados, el talante tranquilo y hospitalario de sus gentes,… Todos estos ingredientes, y más, contribuirán a que el visitante se sienta atraído por este enclave lusitano asomado a las orillas del Atlántico, de tal manera que pueda llegar a sentir en propia piel la expresión que da nombre a este artículo: “Eu amo Lisboa” (Yo amo a Lisboa).

Vista del barrio de Alfama al atardecer

Definitivamente diré, que con cada nueva visita más me adentro en su sentir callejero del día a día, y más me enamoro de esta ciudad que ya hace tiempo que forma parte de la lista de ciudades que no me canso de visitar.

Cazando los tranvías de Lisboa

En Lisboa, los tranvías además de ser un medio práctico de transporte urbano también han llegado a convertirse en uno de los más reconocidos atractivos de la ciudad, ya que la mayoría de las líneas del centro histórico siguen conservando unos vehículos de diseño tradicional y nostálgico que atrae la mirada y las cámaras de los visitantes. La visión de estos coloridos tranvías circulando por las estrechas calles o ascendiendo y descendiendo por las empinadas vías que enlazan los diferentes barrios de la ciudad, mientras alertan de su paso a los sorprendidos y despistados peatones con el repicar de su campana, nos trasladan a otra época.

Tranvía estacionado en la parada de la centrica plaza del Comercio

La red de tranvías de Lisboa está dividida en cinco rutas y cuenta con una flota de 58 vehículos o “carros eléctricos”, como los conocen los lisboetas, de los cuales 40 son tranvías de madera que aún mantienen el carrozado tradicional. Las líneas de “eléctricos” más conocidas y usadas por los turistas son la 28 y la 15. Ambas recorren el centro de la ciudad con frecuentes paradas en los más importantes tramos del recorrido. La línea 28 efectúa un largo recorrido a través de los barrios más importantes del centro histórico, Graca, Alfama, Baixa, Chiado, Barrio Alto y la línea 15 con vehículos más modernos y menos pintorescos, hace el recorrido hasta el importante Barrio de Belém, donde se ubican gran parte de los monumentos más importantes de la ciudad, como el Monasterio de los Jerónimos, la Torre de Belém y el monumento a los Conquistadores.

Tranvías circulando por los más emblematicos rincones de la ciudad de Lisboa

Los tranvías de Lisboa han llegado a convertirse en uno de los símbolos más representativos  de la ciudad, su peculiar imagen, aparece en libros, postales, productos de souvenirs, anuncios, en los cuadros de los artistas callejeros y, si te descuidas, detrás de ti… Conviene estar siempre muy atento.

Tranvía circulando frente a la Asamblea de la República, en el barrio de Sao Bento

Debo confesarles que la imagen de estos pequeños y románticos tranvías circulando por las calles de Lisboa, repletos de turistas, me atrapa y fascina, hasta el punto de que no había día que caminara por las calles de Lisboa sin acabar  persiguiendo a alguno de estos “carros” por las estrechas callejuelas.  En ocasiones, cuando encontraba un escenario que me atraía, esperaba pacientemente cámara en mano hasta que pasara alguno de estos singulares tranvías por el lugar que ya tenía encuadrado de antemano para “cazarlos”.

Tranvía circulando por las calles del Barrio Alto

La verdad es que con mi proceder, debía ofrecer una extraña imagen a quienes casualmente se tropezaran conmigo, porque si bien es verdad que cada vez son más los turistas que utilizan la fotografía como medio testimonial de los lugares que visitan para luego exhibirlas en los foros y redes sociales, estos actúan como si la cámara o el móvil fuesen una prolongación de sus ojos y, por regla general, disparan a todo lo que se mueve, sin tener demasiado en cuenta otros factores de luz, composición o tiempos.

Turista haciendo fotos a un tranvía en Barrio Alto

Y aunque existen otros grupos minoritarios de turistas aficionados a la fotografía de viajes, que equipados con caros y sofisticados equipos, muestran algo más de interés por esta disciplina, y que cuando estoy haciendo fotos, merodean por la zona con disimulo y “zas” disparan sobre la escena hacia la que estoy apuntando con mi cámara. Al parecer, en estas ocasiones,  ninguno de ellos llegaba a mostrar el interés suficiente,  para superar la incómoda y larga espera necesaria para “cazar” fotos de tranvías en las calles de Lisboa.

Tranvías en la céntrica plaza de Figuiera

Si lo pienso bien, esto de ir de un lado para otro con la cámara a cuesta es cada día más difícil, pero me gusta, así que siempre que viaje a Lisboa seguiré recorriendo sus asombrosos barrios del casco antiguo atento a la caza de nuevas imágenes de estos, convertidos ya en símbolo universal de la ciudad.

Wadi Rum, el desierto rojo de Jordania

Wadi Rum, el desierto rojo que se extiende al sur de Jordania, en las proximidades del también Mar Rojo, es un extraordinario paraje natural y protegido, salpicado por escarpadas montañas de arenisca y granito, ante cuya visión no pude más que sentir admiración y asombro. Wadi Rum o Uadi Rum, como se traduciría literalmente del árabe, llegó a ser muy conocido en Occidente por haber sido escenario de la Rebelión árabe ocurrida entre los años 1916 y 1918, en la que participó de manera muy activa un oficial británico de nombre Thomas Edward Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia.

Como dato curioso, cabe mencionar que en recuerdo y honor a las hazañas y la vinculación de este insigne personaje con la región de Wadi Rum, entre las formaciones montañosas de este desierto, destaca una a la que se bautizó con el nombre de Los Siete Pilares de la Sabiduría, en referencia al libro escrito por T.E. Lawrence, donde relata sus experiencias bélicas y humanas. Esta montaña es fácil de localizar, ya que se alza frente al Centro de Visitantes desde donde parten a diario excursiones en vehículos todo-terrenos. Con estos  vehículos, gestionados por la cooperativa de beduinos, se ofrece a los turistas visitas guiadas a los lugares más destacados de la zona.

Vehículos todo-terrenos y formación rocosa de los Siete Pilares

Planeando entrar en Wadi Rum, el desierto rojo

Aunque si alguna vez llegas hasta ahí y decides apuntarte a una de estas excursiones, procura, al menos, aprovisionarte con un buen sombrero o pañuelo que te protejan de la arena. Unas gafas de sol, abundante agua y crema de protección solar, porque aunque los recorridos no se dilatan mucho en horas de travesía, mejor que el calor, la arena y los botes del vehículo, no te cojan desprevenido. 

Vehículo pick-up abierto utilizado por los beduinos para llevar turistas.

En mi caso, y dada mi necesidad de disponer de más tiempo para  realizar fotografías de este espectacular paraje, necesitaba algo más que una mera incursión de un par de horas. Durante mis pesquisas informativas previas sobre el lugar, contacté con una compañía que parecía ajustarse a mis necesidades. 

Vista general de la ciudad de Petra

Durante mi viaje por tierras jordanas, estando ya en la ciudad de Petra, me personé en la oficina de la compañía, y entre sorbos de té a la menta, un poco de inglés de supervivencia y algo de gesticulación internacional, conseguí que tanto el manager como los guías presentes en la improvisada reunión hicieran ademán de que entendían y consentirían las demandas que solicitaba. Sé que viajar con un fotógrafo puede ser en ocasiones muy estresante para guías, conductores y acompañantes en general. Siempre parando donde menos lo imaginan y haciendo cosas que los “turistas normales” ni siquiera se plantean.

Entrando en Wadi Rum, el desierto rojo

A la mañana siguiente, con las primeras luces del día, iniciamos nuestro periplo por los rojizos paisajes de Wadi Rum. Desde el momento en que abandonas el asfalto, y vas adentrándote en el paisaje a través de las rodaderas que otros vehículos han dejado sobre la fina arena, los ardorosos paisajes del desierto comienzan a mostrarte su auténtica inmensidad. Al rato, no puedes sino que acabar reconociendo tu propia pequeñez y vulnerabilidad. Una extraña sensación que te sobrecoge el alma pero que, a la vez, expande tu naturaleza espiritual. Algunos escritores y viajeros han llegado a comparar el desierto con el mar, pero mi propia experiencia me aleja de esta poco fundamentada comparación. Los dos son inmensos, sí, pero son tan diferentes entre ellos, como la propia esencia de sus elementos, uno el agua y el otro el fuego.

A lo largo de mi trayectoria de viajero, he pisado varios desiertos, Sáhara, Thar o Sechura, entre otros, y cada uno de ellos, con una diferente formación geológica y paisajista, que les define. El de Wadi Rum ofrece un rojizo paisaje de arenisca, flanqueado por elevadas formaciones montañosas de granito, que lo convierten en un escenario único y espectacular. Atravesar este espacio es toda una increíble experiencia, un paisaje pleno de colores y sensaciones que además te harán reflexionar sobre la vida y la muerte, la soledad del ser y la grandeza de la naturaleza. Durante el recorrido que hicimos por este desierto pude admirar y fotografiar parajes de extraordinaria y singular belleza, tales como los Siete Pilares de la Sabiduría o los puentes de piedra de Burdah y Um Frouth, unos espectaculares arcos formados por la erosión del viento en las amarillentas rocas del desierto, todo ello, gracias al indiscutible y apreciable conocimiento de la zona que los guías que nos acompañaron demostraron tener.

Arco de Um Frouth, una de las caprichosas formaciones rocosas en el desierto de Wadi Rum

En algunas ocasiones, cuando llegábamos a determinados emplazamientos en los que se podía apreciar la inmensidad del desierto, yo prefería desvincularme del grupo y deambular por la zona, en busca de rincones que fotografiar y, también, porque no decirlo, de esa soledad a veces necesaria para sentir más aún la inmensidad de este tipo de paisajes. Porque, sinceramente, siempre he sentido que para entender y apreciar la quietud de estos desérticos parajes, hay que pararse para mirar y buscar una correspondencia de ánimo, en el interior de uno mismo. Al parecer no era el único que buscaba estos momentos de reflexión. Enfrente tenía encaramado a un peñasco próximo al que yo había subido al amigo Mohammad, uno de los guías, que también parecía disfrutar al contemplar de manera solitaria el magnífico ‘decorado’ que se extendía ante nuestros ojos, momento que aproveché para tomar la fotografía bajo estas líneas.

El hombre se empequeñece, ante la inmensidad del desierto

Recorrer tantos kilómetros bajo el implacable sol supone un considerable gasto de energía, así que al caer la tarde nos dirigimos a uno de los improvisados campamentos que los beduinos tienen distribuidos por la zona. Descansar bajo las lonas de una jaima y tomar un delicioso té es todo un rito ancestral entre las costumbres hospitalarias que aún perviven entre los pueblos árabes, y que bien vale la pena compartir en compañía de estos auténticos habitantes del desierto.

La hora del té en el interior de una jaima

La extraordinaria oportunidad de recorrer algunas de las más sugerentes zonas de Wadi Rum, el desierto rojo, escuchando tan solo el viento mientras busco imágenes entre las luces y las sombras de estos singulares y extraordinarios parajes, ha contribuido enormemente a modelar mi propia esencia profesional y humana, en la misma manera que el naturalista y explorador francés Théodore Monod apuntaba: “El desierto, no es complaciente, esculpe el alma”.