LOS NIÑOS ROBADOS

 

Una de las leyendas urbanas más extendidas es la de los niños robados en los supermercados para traficar con sus órganos. Nunca le di crédito.

Y la de los niños presuntamente muertos en las clínicas y hospitales nada más nacer para ser vendidos a familias sin hijos. La de los bebés de madres prostitutas y drogodependientes tasados en unos miles de euros para su venta en el supuesto mercado negro de las adopciones irregulares. Costaba creerlo. Y está la vieja fábula de los niños expósitos abandonados por madres sin recursos en los tornos de las iglesias. No cabe la menor duda.

Y los niños ‘colocados’ por los orfanatos en hogares pudientes a tanto la pieza. Los vendidos, revendidos y a veces devueltos por defectos de fabricación Ese horror de la crónica negra del mundo infantil, que incluye la ‘adquisición’ de ejemplares para consumo sexual de una lacra infecta de pedofilia adoptiva disfrazada de una paternidad ejemplar. Toda esa mierda humana en que ha degenerado esta especie que abochornaría a ese pariente gorila del zoo londinense que, por lo visto, camina de pie.

Hagamos la pregunta: ¿Está usted convencido de que su padre y su madre son los auténticos?

Existen bancos de ADN que ya conservan las pruebas del delito.

La creencia popular estaba preparada hasta ahora, por una ‘berlusconización’ tan atávica como socialmente consentida, para la sorpresa de saberse fruto de una infidelidad. Pero admitirse hijo robado, sustraído a la fuerza o bajo patraña, hijo falsificado como en la dictadura argentina de Videla, es una ignominia que desborda toda capacidad moral y se prolonga hasta nuestros días, desprovista ya de todo precedente político con la llegada de Franco, reducida a razones económicas sin más.

Los centenares de casos del hurto de niños (dos, al menos, en Canarias, donde se cuentan asimismo por decenas) que acaban de ser denunciados ante la Fiscalía General de Estado ponen al descubierto, sin concesiones a ninguna clase de superchería, la existencia contrastada de personas adultas que han llegado al convencimiento de que fueron arrebatados de los brazos de sus padres biológicos desde los años 40 de la posguerra civil.

La amalgama de casos tiene origen en presas republicanas embarazadas, que perdieron sus hijos en favor de familias estériles franquistas o que querían sumar nuevos hijos. Después, este negocio sórdido de la paternidad postiza derivó en esas truculentas historias de incubadoras públicas y privadas, donde los bebés, de pronto, perecían y todo era un embuste y eran vendidos dentro de una trama organizada de médicos, comadronas y enfermeras bajo una impunidad socialmente tejida a conveniencia de familias bien (he leído con desgarro toda una abundante casuística en los foros de Internet que desconocía por completo y que se me antoja un escándalo social que permanecía agazapado, quizá por vergüenza, a falta de esta espoleta de los primeros casos judicializados). Algunos curas y monjas y funcionarios de registros civiles y hasta operarios de cementerios cooperaron en el oprobio encubierto hasta nuestros días.

Sigue pasando, y las recientes detenciones de presuntos implicados en la compraventa de niños de madres indigentes y toxicómanas de Tenerife, casos que fueron ‘abortados’ por la Guardia Civil, son la punta de ese iceberg.

¿Qué hará ahora Cándido Conde-Pumpido ante la avalancha de denunciantes en bloque? Mirar para otro lado sería inútil e indigno. Se calcula que los afectados son más de 300.000. Y quieren conocer la verdad con urgencia, manchados por una filiación impostora. Bastó que a sólo uno de ellos llamaran por teléfono con la revelación de que había sido un niño robado según el testimonio de alguien que acababa de morir, para que el movimiento de hijos en busca de padres biológicos y padres en busca de hijos naturales desaparecidos se pusiera en marcha y llegara a las puertas de la fiscalía con pancartas y lágrimas en los ojos. Los delitos contra la humanidad no prescriben.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión 451 comentarios