MÁS OBAMA, MENOS MAL

 

Si Carter y Bush padre no lo consiguieron, la reelección de Obama en un escenario de crisis económica parecía expuesta a frustrarse bajo la presión de un candidato de irrefutable imagen conservadora, que interiorizó un discurso colindante con el racismo, despreció a los votantes ‘apesebrados’ de su adversario, y, apoyado en fuertes sumas de donantes multimillonarios (Adelson, el del Eurovegas, le aportó 54 millones de dólares, según las malas lenguas), llegó al final de la campaña electoral con empate en las encuestas.

 

El fantasma del moderado Sarkozy en Francia, batido en las urnas por el socialista Hollande y víctima política de la crisis, sobrevoló la ofensiva del demócrata, que trató de movilizar a sus acólitos para evitar fugas de votos seguros. Quizá la diosa fortuna estuvo de su parte cuando se precipitó sobre EE.UU el fiero huracán ‘Sandy’. Obama reveló dotes de comandante en jefe ante una catástrofe y eso le salvó la cara delante de un país en busca de un guía de verdad desde 2001 –algo más de una década-, cuando culminó su segundo mandato Bill Clinton.

 

La decisiva influencia de la comunidad latina (12 millones de votantes potenciales en una población de 50 millones de hispanohablantes) hace de Obama el presidente del resto de América, al que ven con buenos ojos dirigentes del ‘eje del mal’ como Hugo Chávez (en parte, ambos unidos, salvando las distancias, por la necesidad de cautivar al mundo marginal frente a la clase media alta en sus respectivos países).

 

Obama es, ahora más si cabe, un símbolo fuera de EE.UU., tras infligir un severo castigo, no ya tanto a su oponente republicano, como a cualificados iconos del Tea Party, corriente de ultra derecha alentada por una desaparecida Sarah Palin (que formó tándem con John  McCain en 2008). Esta victoria sobre un movimiento de ideales xenófobos y clasistas no es baladí si pensamos desde Europa que esas mismas tendencias están experimentando un escalofriante auge en países de la UE al abrigo del apocalipsis económico.

 

Mujeres y jóvenes han afianzado, también, la figura del primer presidente afroamericano de la historia de un país cada vez más cercano para quienes vivimos en esta orilla. En Europa, donde Obama goza de una abrumadora simpatía, se han vivido estas elecciones como propias, y de buen grado los europeos habríamos querido participar en ellas. Si aquella vez en que un asesor de Clinton popularizó la máxima, “Es la economía, estúpido”, estaba claro el epicentro del pulso electoral, en esta ocasión, en que con más motivo el cataclismo económico estaba en el centro de todas las preocupaciones, da la impresión de que han incidido más en el resultado cuestiones ajenas a la ortodoxia argumental de una campaña de esta envergadura. La captura y muerte de Osama Bin Laden, de una parte, y asuntos más domésticos que afectan a amplias capas de la sociedad norteamericana, como las promesas de regularización hacia una masa imparable de inmigrantes indocumentados, algo que aterrorizaba al republicano Romney; la defensa de las uniones homosexuales, o del aborto, la polémica cobertura sanitaria, y, como ya se dijo, la gestión del huracán Sandy, que irrumpió cuando la campaña daba sus últimos coletazos poniendo en riesgo la imagen del presidente, si nos remitíamos al precedente de Bush cuando el Katrina.

 

Obama ha tenido suerte y constancia. Los votos decisivos los ganó en los estados clave palmo a palmo, con quinientos millones de dólares menos que su rival, y con el hándicap de tener que contradecir toda una tradición desde Roosevelt: ningún presidente fue reelegido con más del 7% de paro (7,9% es su registro de octubre). “Lo mejor está por venir”, proclamó en el primer discurso de la victoria, sin duda en referencia a su país. Pero cabe añadir que se confía en que con su concurso lo mejor esté por suceder también en Europa, donde se espera mucho de los buenos oficios de Obama ante Angela Merkel para facilitar la recuperación de los países en dificultades, como España.

 

La crisis reeligió a este ya canoso político demócrata, que entra en la historia, junto a Kennedy y Clinton, como la esperanza –ahora, más aún, como la única esperanza- de un mundo a la deriva que demanda, desde múltiples rincones del planeta, la figura de un líder. Obama, con su continuidad en la Casa Blanca, ha de asumir ese desafío.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión Comentarios desactivados

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